Economía colectivizada y autogestión en 1936
[Texto publicado originalmente en descontrol.cat]
Cuando se habla de la Revolución Social de 1936, a menudo se recuerdan las milicias, las barricadas o la efervescencia política de los primeros meses de guerra. Pero una de las transformaciones más profundas y singulares de aquel proceso se produjo en el ámbito económico: la colectivización de fábricas, talleres, transportes, servicios y tierras agrícolas por parte de los trabajadores organizados.
Tras la derrota del golpe de Estado fascista del 19 de julio en Catalunya, la huida o desaparición de muchos patronos y el empuje de los sindicatos (especialmente de la CNT) abrieron una situación inédita. Miles de trabajadores comenzaron a gestionar directamente la producción y los servicios, poniendo en práctica formas de autogestión que hasta entonces habían sido sobre todo un horizonte político y sindical.
Diversos libros de nuestro catálogo nos permiten aproximarnos a aquella experiencia desde perspectivas complementarias.
Organizar una nueva economía
El Decret de Col·lectivitzacions de octubre de 1936 intentó dar forma legal a una realidad revolucionaria que ya existía en las calles y los centros de trabajo. Elaborado bajo la Conselleria d’Economia de la Generalitat, dirigida por el cenetista Joan Pau Fàbregas, el decreto reconocía el control obrero sobre muchas empresas y establecía mecanismos de gestión colectiva.

Cafetería colectivizada en Barcelona
Lejos de ser un proyecto improvisado, la revolución económica venía precedida de décadas de debate dentro del movimiento libertario sobre cómo sustituir el capitalismo por una organización social basada en la cooperación y el apoyo mutuo. En Els factors econòmics de la revolució, Fàbregas defiende precisamente la necesidad de una economía coordinada por los trabajadores, capaz de superar las desigualdades del sistema capitalista y resistir al mismo tiempo las dificultades impuestas por la guerra.
Aquella transformación se desarrollaba, sin embargo, en medio de una tensión constante. Por un lado, los comités obreros impulsaban nuevas formas de producción y distribución; por otro, la Generalitat (con ERC y el PSUC ganando peso) intentaba recuperar el control institucional de la economía y limitar el alcance revolucionario del proceso.
La revolución cotidiana
Si los textos de Fàbregas muestran la dimensión política y organizativa de las colectivizaciones, Las colectividades de Aragón, de Félix Carrasquer, permite ver su dimensión humana y cotidiana. El libro describe cómo decenas de pueblos aragoneses abolieron la propiedad privada de la tierra y reorganizaron la vida colectiva sobre bases asamblearias.
Las colectividades no solo transformaban la producción agrícola; también modificaban las relaciones sociales, la educación o las formas de consumo. En muchos casos se crearon comedores comunes, escuelas racionalistas o sistemas de distribución según las necesidades. La revolución tomaba forma en la vida diaria.

Colectivistas aragoneses
Carrasquer también muestra las contradicciones y dificultades del proceso: la escasez, la presión militar, los desacuerdos políticos y, finalmente, la represión impulsada por las autoridades republicanas contra muchas experiencias autogestionarias.
Pensar la revolución
En El organismo económico de la revolución, Diego Abad de Santillán plantea una reflexión más amplia sobre cómo debía organizarse una economía revolucionaria. El dirigente anarquista defendía la necesidad de coordinar la producción y la distribución a gran escala sin reproducir estructuras estatales ni jerarquías burocráticas.
El debate era central: ¿cómo compatibilizar autogestión y eficacia económica? ¿Cómo sostener una guerra sin renunciar a los objetivos revolucionarios? ¿Cómo evitar que la institucionalización acabara desactivando el impulso nacido en julio de 1936?
Estas preguntas atraviesan también libros como 80 dies al govern de la Generalitat o Les finances de la Revolució, donde Joan Pau Fàbregas relata las tensiones entre el poder revolucionario surgido de los sindicatos y la reconstrucción progresiva de la autoridad estatal.
Una experiencia única
Las colectivizaciones de 1936 constituyeron una de las experiencias de autogestión obrera más importantes del siglo XX. A pesar de las limitaciones, la guerra y la derrota final, durante meses miles de personas demostraron que era posible gestionar fábricas, transportes o tierras agrícolas sin patronos.
Hoy, estas obras permiten recuperar no solo la memoria de aquel proceso, sino también los debates que lo hicieron posible. Leerlas es volver a un momento en que la revolución no era una abstracción, sino una práctica cotidiana construida desde los talleres, las cooperativas y las asambleas.
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