Igual lo que voy a decir es una tontería

Carmen Duce Díaz para revista 15/15\15 - Hace más de 20 años que empecé a contar cuántas mujeres y cuántos hombres hay entre el público de una charla, en una mesa redonda, en una imagen, en una reunión. Especialmente en las asambleas y en los coloquios, me he acostumbrado a registrar rápidamente el número de intervenciones de unas y otros, su duración, el tono, el volumen. Y si aportan algo nuevo o sólo repiten lo que ya han dicho otras personas. Si has hecho este ejercicio en alguna ocasión, no te voy a descubrir nada cuando te diga que en un altísimo porcentaje de ocasiones, cuando las mujeres toman la palabra, arrancan —o arrancamos— con frases de este estilo: “creo que…”, “no estoy segura pero…”, “quizás no es muy relevante lo que voy a decir…”, “en mi opinión…”. O la del título —“igual lo que voy a decir es una tontería”—, tremenda: de primeras ya nos juzgamos y condenamos.

Si en alguna ocasión has hecho el ejercicio que te propongo, anotando bien el número y tiempo de las intervenciones, también habrás podido comprobar que, en general, las mujeres intervenimos públicamente muchas menos veces, y menos tiempo, que los hombres. En las publicaciones escritas ocurre algo similar. La preocupación del consejo editorial de esta revista, 15/15\15, por animar y garantizar una presencia de autoras en la revista es constante, y hasta el momento, poco fructífera o, al menos, no todo lo satisfactoria que quisiéramos.

Las causas de estas dificultades para ocupar el espacio público son múltiples e históricas, y no quiero extenderme ahora en ellas. Si te interesa, hay un montón de relatos que explican el encorsetamiento de las mujeres en el espacio privado, doméstico, en la casa, y las múltiples trabas que han encontrado las mujeres a lo largo de la historia para hacer oír sus voces. Hablo de mujeres, y no de “la mujer”, porque somos millones, diversas, con diferentes historias y circunstancias, aunque todas habitando en sociedades patriarcales en las que toca pelear y defender hasta los derechos más obvios. En cuanto a nuestras voces, hay algunos estudios que indican que los bebés varones lloran más tiempo y más fuerte; en general, el volumen al que pueden hablar los hombres es bastante más alto que el de las mujeres. Pero además de estas cuestiones genéticas, la socialización de unas y otros condiciona tremendamente nuestro comportamiento en público. Quizá creíamos, en esta pequeña parte del mundo enriquecido, que estábamos superando estas cuestiones de los roles de género, pero mucho me temo que los avances alcanzados por el feminismo, por los feminismos, están en serio peligro, o directamente en retroceso.

Y todo esto, ¿qué tiene que ver con el tema de la revista, con el colapso, con una nueva civilización? En mi opinión, mucho. Marvin Harris, antropólogo y principal exponente del materialismo cultural —esto es, la corriente de la antropología que propone que las bases materiales de la vida, las condiciones biofísicas en las que nos desarrollamos, son las que determinan nuestras conductas, comportamientos e incluso mitos— expone en uno de sus libros, Caníbales y Reyes (1977), una teoría para explicar el sometimiento de las mujeres y la violencia contra ellas. De manera muy simplificada, el feminicidio se explicaría como un método para controlar la población en momentos en los que los recursos naturales se empiezan a agotar. En las guerras mueren fundamentalmente hombres, pero basta un solo hombre para fecundar a muchas mujeres, con lo que esa estrategia, la guerra, no sirve para controlar la población. Las únicas maneras efectivas de controlar la población, según esta teoría —y dado que el acceso a los anticonceptivos es algo muy reciente y aún muy reducido geográfica y culturalmente— sería el infanticidio, y —mucho más eficaz— el feminicidio.

Desde que el Homo sapiens es lo que es, muchas sociedades humanas se han enfrentado al agotamiento de los recursos en el entorno en que vivían, hasta llegar al colapso. Algunas sociedades consiguieron revertir la situación; muchas no lo lograron, y desaparecieron. Hoy nos enfrentamos a un colapso global: gran parte del planeta vive ya en condiciones extremas, afectado por sequías, agotamiento de la fertilidad de la tierra, escasez de pesca, dificultades para el acceso a la energía para cocinar o calentarse, etc. En las regiones del mundo en las que aún no sentimos con tanta gravedad esta situación, vemos ya con claridad cómo el asegurar los recursos energéticos y naturales necesarios para la vida se va complicando cada día para buena parte de la población.

En esta situación, la amenaza de regresión a un modelo patriarcal del que nunca hemos logrado salir se hace muy patente. Las mujeres afganas en los años 50 y 60 vivían con bastante más libertad que las españolas de aquellos años: iban a la universidad, trabajaban, compartían espacios públicos con los hombres. Y, desde luego, pocas usaban burka. Las malas cosechas de 1970 y 1971, la Guerra Fría, el interés estratégico de EE.UU. y de la URSS por controlar el Golfo Pérsico para acceder al gas y al petróleo, unido todo al auge del fanatismo religioso, llevaron a décadas de guerra que convirtieron Afganistán en una enorme cárcel para las mujeres. El retroceso en cuanto a los derechos de las mujeres ha sido también terrible en las últimas décadas en Irán, Irak, Turquía, Libia, Palestina, Siria… En América Latina las iglesias evangélicas, con el apoyo de EE.UU., frente a la Teología de la Liberación, han atraído tanto a la población campesina como a muchos líderes, imponiendo sus doctrinas ultraconservadoras y relegando una vez más los derechos de las mujeres al plano más invisible.

Seguramente el fanatismo religioso sea la consecuencia lógica de la crisis alimentaria y energética. Sin una alternativa compartida y cooperativa, el hambre y el miedo a perder lo poco que se tiene son el caldo de cultivo ideal para las ideologías extremas. Y además, ya sabemos, a río revuelto, ganancia de pescadores. La serie de TV El cuento de la criada (2017) ha puesto de nuevo sobre la mesa la terrorífica distopía que Margaret Atwood publicara en 1985. La acción transcurre en Estados Unidos: tras una serie de atentados terroristas supuestamente organizados por fanáticos islamistas, el Gobierno responde con un recorte a los derechos y libertades, con la excusa de garantizar la seguridad, y el país paulatinamente se convierte en una teocracia “cristiana” en la que las mujeres son cosificadas, reducidas a gestantes y criadoras sin ningún tipo de derecho, sin ni siquiera nombre propio. Las que no sirven para criar —si no pertenecen a la clase dirigente— son enviadas a limpiar zonas contaminadas por radiación nuclear. Treinta años después de escribirlo, con un personaje como Trump en la presidencia de los EEUU, hemos de cruzar los dedos para que “El cuento de la criada” siga siendo una distopía, y no una novela premonitoria. Aterroriza pensar lo rápido que las sociedades humanas han sido capaces de caer, a lo largo de la historia, en fanatismos de diversa índole.

Bien, el escenario está ahí. Conocemos los riesgos, o deberíamos conocerlos y difundirlos entre una mayoría social que no quiere oír. Y una vez que los conocemos, ¿qué hacer? La nueva civilización que construyamos ha de ser justa, solidaria, cooperativa, de tal forma que las vidas de las personas merezcan la pena ser vividas, como nos explican Amaia P. Orozco y Yayo Herrero. Obviamente, las vidas de todas las personas, no solo las de algunas. Esto nos obliga a pensar qué tipo de vida nos parece que merece la pena ser vivida. Ha de ser una vida en la que tengamos las necesidades satisfechas, pero sin opulencias, ya que no nos quedan más recursos para ello. Habrá que definir bien cuáles son esas necesidades, renunciar a muchos privilegios que hemos adquirido en estas décadas de petróleo barato, como los viajes largos, la comida que viene de lejos, el exceso de ropa y cosas… tantas cosas. Y ¿la lavadora? ¿Es una necesidad o una máquina superflua? Y ¿los pañales desechables, ya sean para bebés o para personas ancianas? ¿Podemos de verdad sustituirlos por pañales no desechables y, a la vez, renunciar a la lavadora? ¿Cuántas horas de nuestro tiempo vamos a dedicar a conseguir la comida, el abrigo y, sobre todo, los cuidados necesarios para mantener la vida? Tenemos que pensar un plan, y comenzar ya a vivirlo y a ponerlo en marcha. Un plan para una nueva civilización en la que las tareas de cuidados se valoren y se organicen comunitariamente. Pero que no se organicen sólo por grupos de mujeres, como nos proponía Alexandra Kollontai hace 100 años y como nos hemos estado organizando siempre, sino por grupos de personas, tanto hombres como mujeres. Tendremos que pensar también cómo, cuándo y quién va a tener la tarea de reproducirse. La reproducción, en un mundo con los recursos extremadamente limitados ¿es un derecho?, ¿una necesidad?, ¿un privilegio? ¿Cuántos hijos podemos permitir que engendre cada hombre? ¿Debe ser esterilizado una vez haya engendrado el límite? En un mundo colapsado, ¿modificaremos nuestra ética para aceptar la eugenesia?

Si no colocamos estos debates sobre la mesa, con serenidad y rigor, y nos cargamos de argumentos éticos, serán otros, con más poder, quienes impongan sus normas por la vía de los hechos. Y la mayoría de la población lo aceptará.

En esta construcción colectiva de una nueva civilización, urge aliarnos. Tejer alianzas, mujeres y hombres feministas, ecologistas, con conciencia social, con los que compartimos principios y valores. Encontrar los puntos de acuerdo, y ver cómo nos aliamos contra el sexismo, el fanatismo y las violencias. Tenemos que conseguir levantar nuestra voz, las mujeres, pero necesitamos también que os convirtáis, los hombres, en aliados para escuchar, para visibilizar los miedos, y hacerles frente.

Aunque igual todo esto no sea más que una tontería.

La ilustración de cabecera es de Antía Barba Mariño

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https://www.15-15-15.org/webzine/2017/09/14/igual-lo-que-voy-a-decir-es-una-tonteria/
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