[Debate sindicalismo] Favorecer la unión de fuerzas que apuesten por el cambio

Por Roberto Sánchez, afiliado a CNT Barcelona

Tras las intervenciones anteriores tengo la sensación que el sindicalismo revolucionario está intentando desvelar cuál es el siguiente paso a dar, una vez se supere la implantación del mismo sobre el terreno en el que pretende influir. Sin embargo, considero que aún no estamos preparados para ese gran paso. Nuestras victorias son parciales o muy pequeñas. La implantación en los espacios donde se pretende influir son, en cierta medida, anecdóticas. Cierto es que se está trabajando en esa línea de confrontación y que cada vez hay menos dudas que se pueda superar. Quizás yo estoy desinformado y este pequeño texto de introducción no sea el más acertado, pero valga mi opinión en cuanto clamo al cielo para que yo mismo pueda salir de esta parálisis permanente que me impide evolucionar hacia el sindicalismo revolucionario de la forma más pragmática posible.

Como primera aportación al debate comparto las impresiones que me han producido todos los que hasta fecha de hoy han participado en el debate.

Pepe Gutiérrez-Álvarez sugiere un borrón y cuenta nueva, eso si, sin desechar ninguna experiencia, para dejar aparte el dogmatismo y las posturas inamovibles del ideal (sectarismo). El resurgir de los movimientos sociales en los últimos años convergerá en algo diferente, según él. Al tiempo. Supongo que esta nueva organización, en caso de poder concretarse, superaría el concepto que tenemos hoy como tal.

Carretero apuesta por la creación de un gran sindicato que invierta su tiempo en una suerte de sindicalismo social que aun no termina de cuajar. Afirma también, debido a que las mareas y nuevas corrientes contestatarias son un nuevo rebufo socialdemócrata, para un cambio en profundidad éstas son claramente insuficientes.

Lluis Argans intenta mostrar la necesidad de lo concreto, con sus estrategias, para volver a dar combatividad al sindicalismo pero desecha la utilidad de un gran sindicato por la gran diversidad de asuntos a tratar y los múltiples enfoques.

O. Alverola pone en énfasis en la proyección de un horizonte sobre todas las luchas, a pesar de ser crítico con los objetivos de los anteriores escritos, que califica de ensoñaciones puesto que no llegan siquiera aludir a la emancipación como fin último. En su segundo escrito clarifica y contrapone lo que es la realidad de lo que es el sindicalismo revolucionario hoy en día y lo que "deseamos", porque el mismo no existe.

Martín Paradelo continúa la línea iniciada por Lluis marcada por iniciativas y proyectos de reconstrucción del sindicalismo laboral, desechando el sindicalismo social, por el simple hecho de que el segundo no será viable mientras el primero no funcione con unas mínimas garantías.

El escrito de Ruymán apremia a vislumbrar un contenido acertado de estrategia en la parte social debido al desarrollo de las luchas que han llevado a cabo colectivamente. La necesidad de volver a dar un nuevo golpe de timón les lleva a considerar la creación de un sindicato de inquilinos (de contenido social), debido a la multiplicidad de problemas materiales, morales y éticos de los que están rodeados.

Por mi parte, desde una perspectiva ingenua y poco motivado, el hecho de participar en un sindicato revolucionario (que no existe, es cierto) facilita un pequeño avance en la estrategia de confrontación debido al "bautismo" ideológico (o revolucionario) que se recibe tras atravesar las puertas del mismo. Siendo así la realidad, que muestra que no existe o que no se ha puesto en marcha y dando vueltas a un mismo círculo de ideas, es evidente que no se prepara una revolución.

Como dice Ruymán (así lo interpreto), se deben abrir las puertas para poder tomar la iniciativa de gestión de luchas a gran escala.

Una organización que practique con asiduidad el apoyo mutuo y la solidaridad, por legado histórico, por conveniencia y por efectividad (¿ensoñación?) debe estar apoyando esas causas. ¿Por qué no lo hace? Porque los medios son claramente insuficientes. Como los de las mareas, aunque en otra línea. El problema está en que esa organización, que debiera estar profundamente cohesionada, no existe. Lo más cercano a una organización revolucionaria en nuestro país es una suerte de "reinos de taifas" enfrentados continuamente entre si por tal o cual razón, olvidándose de la necesidad de dar el gran paso hacia lo que se está transmitiendo desde este debate sobre sindicalismo revolucionario.

Parece claro que todos estamos intentando plasmar nuestras reflexiones en base a la experiencia y conocimientos adquiridos. Incluso se puede añadir que la primera fase de esclarecimiento de las ideas revolucionarias sobre el terreno complejo en el que nos movemos está por algunas incluso superadas, como pueda ser el tener locales de reunión, voceros, actividades culturales… Sin embargo, la sensación que me transmite este debate es que la intención por llegar a una segunda etapa, no esclarece si se trata un segundo apartado dentro de la primera fase o una segunda fase a tener en cuenta.

De todas maneras, me considero parte de esa primera fase o etapa, esa que todavía no ha superado contradicciones de ningún tipo y que choca frontalmente contra estereotipos y actitudes marcadamente reaccionarias en algunos casos. ¿Cómo superar esta barrera? Pues a mi ver, apostando por el carácter libertario que aporta la propaganda de nuestra acción y del ideal. Lo que no es tan evidente es que esta difusión de ideas y actos encajen con suficiente solidez en el proyecto de una organización de masas revolucionaria. De ahí la similitud anteriormente expresada entre lo que hay y los "reinos de taifas".

Estoy de acuerdo en la coordinación de campañas concretas, de objetivos concretos y de intentar diluirlos lo menos posible, para evitar un desgarramiento de la poca fuerza solidaria que realmente se puede aportar. Para ello habría que establecer unos grados de actuación que partan de un consenso organizativo que es muy difícil de conseguir.

Por lo tanto, las respuestas que debe dar el sindicalismo revolucionario han de ser "expresiones de fuerza" de cara al exterior de la misma organización, concentrándose en hechos concretos y comprobando si la estructura de la cual se dota, es lo suficientemente flexible y útil para avanzar. De la misma manera esa flexibilidad ha de servir de cauce para poder albergar en su seno todas las sensibilidades que acepten un pacto o acuerdo organizativo de manera que sean " mil pies y mil ojos" los que decidan el avance hacia esos objetivos, con sus distintas graduaciones de importancia, para poder realizar pulsos netos al Capital y al Estado.

Soy consciente de que mis palabras parten de una lógica fría... ¿Quién decide que esto o aquello tiene más importancia? La correlación de fuerzas a mi ver. Solo así debemos avanzar, con unión y fuerza a partir de sindicatos que funcionen con estructuras sólidas, engrasadas e independientes. La unión de estos podría dar fuerza a un sindicalismo revolucionario. El actual está aún en ciernes, con demasiados objetivos a corto-medio plazo y a la vez siendo poco definido a medio-largo plazo.

Con todo y eso, mi pequeña contribución al debate quiere ser algo más que una interpretación resumida de lo que he leído. Sobre la mesa quiero poner la necesidad de dotarnos de un lenguaje simple y cotidiano que penetre fácilmente en el consciente colectivo. Mi experiencia sindical me muestra que nuestro lenguaje directo confunde e incluso compruebo un día tras otro como la mentira gana adeptos por un móvil y causa irrefutable: el miedo. También el narcisismo que desgaja a la clase obrera debe combatirse, más allá de demostrar que existe una guerra de clases entre explotados y explotadores.

Debiéramos quizás, contrastar más los casos de experiencias represivas para dar respuestas conjuntas y cohesionadas para aprovechar el tirón inicial que da cualquier acierto en nuestras luchas. Con pasos claros sobre el terreno, asumiendo riesgos en lo novedoso, respondiendo rápido en lo conocido, es posible avanzar mostrándonos efectivos y por tanto creíbles. Acompañar nuestros actos con un lenguaje apto para todos los públicos también lo creo necesario.

Por desgracia, por propia definición, quienes aspiramos a una revolución suele ser por necesidad inmediata. Eso hace saltar por los aires planes y estrategias más veces de las que desearíamos. Sin embargo queda la opción de volver atrás en el pasado para poner en marcha esas sociedades de resistencia que intentaban cubrir los varapalos que recibían los que por un motivo u otro perdían recursos y sostén propios.

Hablo por ejemplo de los jubilados. De mutuas propias, de retiros decentes. De cooperativas útiles al sindicato. Hablo de elementos que nos permitan avanzar con cierta seguridad económica y material directamente controlados por el sindicato. Favorecer estos supuestos es alentar a la unión y a la confianza en el porvenir. Cuando Lluis habla de cajas de resistencia para facilitar la presión sindical en las huelgas, habla de un recurso posible y en algunos casos necesario. ¿Pero quién nos garantiza que haremos mejor uso nosotros que los sindicatos que menciona? ¿Ser revolucionarios, o pretender serlo, nos hace diferentes al resto?

Acordar estrategias a partir de un fondo común consensuado es necesario y evidente, pero que cada sindicato ponga en marcha sus propios proyectos de autogestión o cooperativas, también. Eso ha de ser atractivo, pues una revolución sin ilusión ni camino labrado es un callejón sin salida.

Por último, yo también quiero hacer referencia a “El eco de los pasos” de G. Oliver. El hecho de poder legalizar cualquier logro en una lucha mantenida nos permite seguir apostando fuerte en un terreno ganado. Si se ocupan tierras “muertas” hay que luchar por la legalización de la colectividad. Lo mismo si se trata de fábricas o inmuebles. Así corremos menos riesgo de perder esos espacios y nos podemos permitir una segunda oportunidad si los proyectos no funcionan. No debemos obviar el problema legal. Cuando se decide transgredir una ley hay que partir de la base que se pretende eliminar una injusticia legal o una reglamentación arbitraria. Se debe explicar clara y diáfanamente el noble motivo que impulsa a ello. El dogmatismo solo sirve como defensa, como principio básico. Cualquier avance tanto en lo sindical como en lo social, ha de contar con muchos factores y debe llegar tan lejos como la cohesión de las fuerzas lo permitan. Nada más. De esta manera puede ser que algún día estemos preparados de nuevo para “ir a por el todo”.

Salud y acierto.

Especial: 
Debate Sindicalismo Revolucionario

Comentarios

Imagen de Octavio Alberola

Efectivamente, Roberto, has hecho bien de participar en el debte y de apuntar que el problema está en cómo "evolucionar hacia el sindicalismo revolucionario de la forma más pragmática posible". Es decir: no solo de palabra, retóricamente, no quedarnos en el "deberíamos"... en el que nos quedamos todos los que nos pretendemos ser "revolucionarios"("¿Ser revolucionarios, o pretender serlo, nos hace diferentes al resto?"). 

La realidad es que, pese a las propuestas de unos y otros, para "evolucionar hacia el sindicalismo revolucionario de la forma más pragmática posible", no evolucionamos  hacia ese objetivo y que las propuestas quedan como tales, pese a que haya compañeros que se esfuerzan por llevarlas adelante en algunos lugares. O sea que el problema sigue siendo cómo  "evolucionar hacia el sindicalismo revolucionario..."

No obstante, creo que hemos avanzado en el debate al coincidir todos en que ese es el verdadero problema para cuantos nos pretendemos revolucionarios. Como también es importante coincidir en rechazar el dogmatismo y en la necesidad de clarificar la cuestión de quien decide: si es la base, la ideología o una estructura que debe hacerlo.

Me parece pues que es sobre eso que deberíamos orientar el debate. Y es sobre eso que me pronunciaré en mi próxima contribución.

Frateralmente

 

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