Las Revoluciones de 1917

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Extracto de La Revolución desconocida de Volin. Ed. Campo Abierto.

Guerra y Revolución

El último choque entre el zarismo y la revolución

Al igual que los gobiernos de otros países, el del zar logró despertar en las masas, al principio de la guerra, toda la gama de malos instintos, de pasiones debidas a atavismo animal, de sentimientos nefastos, como el nacionalismo y el patrioterismo. En Rusia, como en todas partes, millones de hombres fueron engañados, desorientados, fascinados y obligados a correr a las fronteras, como un tropel de bestias destinadas al matadero.

Los verdaderos y graves problemas fueron abandonados y olvidados.

Algunos triunfos obtenidos al principio por las tropas rusas caldearon más aún «el gran entusiasmo del pueblo».

Sin embargo, una nota particular se mezclaba a este concierto artificial y dirigido; una idea bien firme se ocultaba tras este entusiasmo. Entre el pueblo se decía: «El ejército peleará y vencerá. ¡Pero, que no se engañe el gobierno! Terminada la guerra, le presentaremos la cuenta. En recompensa de nuestra lealtad y nuestros sacrificios, le exigiremos el cambio definitivo del régimen. Reivindicaremos nuestros derechos, nuestras libertades...» y los soldados cuchicheaban: «Terminada la guerra, conservaremos las armas a todo trance

Pero pronto cambió el panorama en Rusia. Las derrotas comenzaron y, con ellas, volvieron las inquietudes, las decepciones, el descontento y la cólera del pueblo.

La guerra costaba muy cara en dinero y en hombres. Millones de vidas debieron ser sacrificadas, sin utilidad alguna, sin la menor compensación. De nuevo el régimen demostró su incapacidad, su podredumbre, su bancarrota. Además, ciertas derrotas, que costaron muchísimas víctimas, fueron inexplicables, misteriosas y sospechosas. Por todo el país bien pronto se habló, no sólo de negligencias criminales, de incapacidad flagrante, sino de venalidad de las autoridades, de espionaje en el comando supremo, del origen alemán de la dinastía y de muchos jefes y, en fin, de alta traición en la corte misma. Se acusaba a miembros de la familia imperial de alimentar simpatías por la causa alemana, de entenderse incluso directamente con el enemigo. A la emperatriz se la llamaba, con odio y desprecio: la boche. Rumores alarmantes, siniestros, circulaban en el pueblo.

La corte se inquietó un poco; después se tomaron algunas medidas, tardía y torpemente. Tomadas sólo por fórmula, resultaron ineficaces, a nadie satisficieron ni nada arreglaron.

Para reanimar la moral de las tropas y del pueblo, el mismo Nicolás II asumió el comando supremo, por lo menos nominalmente. Fue al frente, pero esto no cambió en nada la situación general que se agravaba día a día y contra la cual el zar, absolutamente incapaz e inactivo, era impotente. Todo se disgregaba: el ejército y el interior del país. Se fomentaron muchos complots en los círculos liberales, y aun entre los grupos allegados al zar. Se consideró la posibilidad de hacerlo abdicar en favor de un monarca más a tono con la situación y más popular: el gran duque Nicolás, tío del zar, por ejemplo, «para salvar la guerra y también la dinastía», cuya caída inminente todos presentían.

Comenzó por suprimirse el nefasto Rasputín. Pero en todo lo demás se titubeó, se difirió; los conspiradores no llegaban a un acuerdo.

Por fin se produjo la brusca explosión de febrero.

No fueron tanto los disturbios militares ni los rumores sobre la traición y la actitud de la corte, ni siquiera la incapacidad y la impopularidad del zar lo que desesperó a las masas e hizo desbordar la copa; fue, sobre todo, la desorganización completa de la vida económica, de toda la vida, esto es, en el interior del país. «La desorganización es tal -confesaba el ministro Krivochein hablando de la administración y de todos los servicios del Estado- que más bien parece un manicomio.» En este aspecto, la impotencia del gobierno y los efectos desestrosos de su conducta impulsaron al pueblo a una acción urgente y decisiva.

Todos los países beligerantes sufrieron grandes dificultades económicas y financieras, al tener que alimentar y mantener a millones de hombres en la inmensidad de los frentes y asegurar la vida normal en el interior. En todas partes esta doble tarea exigía un gran esfuerzo -aun en Alemania, donde la situación era particularmente difícil-, pero fue resuelta más o menos bien. En Rusia nada se supo prever, ni prevenir, ni organizar.[1]

Los terribles efectos de esta disgregación total de la autoridad y del Estádo se habrían manifestado antes, si los esfuerzos desplegados por algunas fuerzas vivas del país, como la Unión de las Ciudades, el Comité de la Industria de Guerra y otras, surgidas por propia iniciativa, no hubiesen llegado a proveer parcialmente a las más apremiantes necesidades del país y del ejército.

La actividad enérgica y eficaz de esos organismos, así como la de las asambleas provinciales y de las municipalidades, se desarrollaba y se imponía por sí misma, contra leyes y resistencias burocráticas, y aportó también un resultado moral muy importante. En el ejército y en el interior del país veíase no sólo la bancarrota total del zarismo, sino también la presencia de elementos perfectamente capaces de reemplazarlo, así como la forma ridícula con que el régimen agonizante, molestando a esos elementos, trababa su acción, arrastrando así a todo el país hacia la catástrofe.

El pueblo y el ejército veían que eran esos comités y esas uniones libres los que, por su iniciativa leal, aseguraban la producción, organizaban los transportes, vigilaban los almacenes, garantizaban la llegada y la distribución de víveres y municiones. Y comprobaban también cómo el gobierno se oponía a esta actividad indispensable y la impédía, sin ninguna preocupación por los intereses del país.

Esta preparación moral del ejército y del pueblo para la caída del zarismo y su reemplazo por otros elementos fue de enorme alcance, pues coronó el proceso prerrevolucionario.

En enero de 1917 la situación se hizo ostensible. El caos económico, la miseria del pueblo trabajador y la desorganización social llegaron a tal punto que los habitantes de las grandes ciudades, en Petrogrado especialmente, comenzaron a carecer de combustibles, de ropas, carne, manteca, azúcar y aun de pan.

En febrero, la situación se agravó más. A pesar de los esfuerzos de la Duma, las asambleas provinciales, las municipalidades, los comités y las uniones, no sólo la población de las ciudades se vio ante el hambre, sino que el aprovisionamiento del ejército devino muy deficiente. Al mismo tiempo, el desastre militar fue completo.

A fines de febrero, era absoluta y definitivamente imposible, tanto material como moralmente, continuar la guerra. A la población laboriosa le era igualmente imposible procurarse víveres.

El zarismo se desentendía de todo. Obcecadamente se obstinaba en hacer girar la vieja máquina, completamente descompuesta. Y a guisa de remedio recurría, como siempre, a la represión, a la violencia contra los hombres activos o los militantes de los partidos políticos.

La imposibilidad de continuar la guerra, el hambre y la estupidez del zar, hicieron estallar la revolución dos años y medio después del «gran entusiasmo».

El 24 de febrero comenzaron los tumultos en Petrogrado. Provocados sobre todo por la falta de víveres, no parecía que fueran a agravarse. Pero al día siguiente, 25 de febrero de 1917 (calendario antiguo), los acontecimientos recrudecieron; los obreros de la capital, sintiéndose solidarios con el país entero, en extrema agitación desde semanas, hambrientos, sin pan siquiera, se lanzaron a las calles y se negaron a dispersarse.

Este primer día, sin embargo, las manifestaciones se mantuvieron prudentes e inofensivas. En masas compactas, los obreros, con sus mujeres e hijos, llenaban las calles y gritaban: «¡Pan! ¡Pan! ¡No tenemos qué comer! ¡Que se nos alimente o que se nos fusile a todos! ¡Nuestros hijos mueren de hambre! ¡Pan ¡Pan!»

El gobierno, imprudente, envió contra los manifestantes policía, destacamentos de tropas a caballo y cosacos. Pero había pocas tropas en Petrogrado, salvo los reservistas poco seguros. Además, los obreros no se amedrentaron y ofrecían a los soldados sus pechos; tomaban a sus hijos en brazos y gritaban: «¡Matadnos, si queréis! ¡Más vale morir de un balazo que de hambre!...» Los soldados, con la sonrisa en los labios, trotaban prudentemente entre la muchedumbre, sin usar sus armas, sin escuchar las órdenes de los oficiales, que tampoco inistían. En algunos lugares los soldados confraternizaban con los obreros, llegando hasta entregarles sus fusiles, apearse y mezclarse con el pueblo. Esta actitud de las tropas envalentonaba a las masas. No obstante, en ciertos puntos la policía y los cosacos cargaron contra grupos de manifestantes con banderas rojas. Hubo muertos y heridos.

En los cuarteles de la capital y de los suburbios los regimientos de guarnición titubeaban aún en sumarse a la revolución. El gobierno vacilaba también en mandarlos a combatirla.

El 26 de febrero a la mañana, el gobierno decretó la disolución de la Duma. Fue como la señal, que todos parecían esperar, para la acción decisiva. La novedad, conocida en todas partes en seguida, estimuló a la lucha; las manifestaciones se tranformaron revolucionariamente. «¡Abajo el zarismo! ¡Abajo la guerra! ¡Viva la Revolución!'., eran los gritos que enardecían a la muchedumbre, que adoptaba sucesivamente una actitud cada vez más decidida y amenazante. Se comenzó a atacar a la policía; muchos edificios admistrativos fueron incendiados, entre ellos el Palacio de Justicia. Las calles se interceptaron con barricadas y pronto aparecieron numerosas banderas rojas. Los soldados seguían en su neutralidad benévola, pero se mezclaban cada vez más con la muchedumbre. El gobierno podía contar cada vez menos con ellos.

Lanzó entonces contra los rebeldes todas las fuerzas policiales de la capital. Los policías formaron de prisa destacamentos de ataque en masa: instalaron ametralladoras en los techos de las casas y de algunas iglesias, ocupando todos los puntos estratégicos. Luego comenzaron una ofensiva general contra las masas sublevadas.

La lucha fue encarnizada durante todo el 26 de febrero. En muchas partes la policía fue desalojada, sus agentes muertos y sus ametralladoras silenciadas. Pero, a pesar de todo, ella resistía con tenacidad.

El zar, a la sazón en el frente, fue prevenido telegráficamente de la gravedad de los acontecimientos. En la espera, la Duma decidió declararse en sesión permanente y no ceder a las tentativas de su disolución.

Nota

[1] La burguesía, débil, desorganizada y mantenida totalmente al margen de los manejos estatales, no tenia ninguna iniciativa, no poseía ninguna fuerza efectiva, ni cumplía ningún papel organizador en la economía nacional; el obrero y el campesino, esclavos sin voz ni derechos, eran menos que nada en la organización económica del país y se mofaban abiertamente del Estado zarista. Así, todo el mecanismo, político, económico y social, se encontraba, de hecho, en manos de la clase de los funcionarios zaristas. Desde que la guerra desorientó a esta gente y desordenó su mecanismo senil; todo se derrumbó.

El Triunfo de la Revolución

La acción decisiva fue el 27 de febrero. Desde la mañana, regimientos de la guarnición, abandonando toda vacilación, se amotinaron, salieron de sus cuarteles, armas en mano, y ocuparon algunos puntos estratégicos de la ciudad, después de pequeñas escaramuzas con la policía. La Revolución ganaba terreno.

En un momento dado, una masa compacta, particularmente amenazante, decidida y parcialmente armada, se concentró en la plaza Znamenskaia y en los alrededores de la estación Nicolaievsky. El gobierno envió dos regimientos de caballería de la Guardia Imperial, los únicos con que podía aún contar, y fuertes destacamentos de policías a caballo ya pie. Las tropas debían sostener y re.matar la acción policial.

Tras de la intimación usual, el oficial de policía dio orden de cargar. Pero entonces se produjo este último estupendo hecho: el oficial que mandaba los regimientos de la guardia, levantó su sable al grito de: «¡Adelante! ¡Contra la policia, a la carga!», y lanzó los dos regimientos contra las fuerzas policiales, que fueron desorganizadas, derribadas y destrozadas.

Pronto la última resistencia de la policía fue quebrada. Las tropas revolucionarias se apoderaron del arsenal y ocuparon todos los puntos vitales de la ciudad. Rodeados por una muchedumbre delirante, los regimientos, con sus banderas desplegadas, se dirigieron al Palacio Tauride, donde sesionaba la pobre cuarta Duma, y se pusieron a su disposición.

Poco más tarde, los últimos regimientos de la guarnición de Petrogrado y alrededores se sublevaron. El zarismo no tenía más fuerza armada leal en la capital. La población estaba libre. La Revolución triunfaba.

Se constituyó un gobierno provisorio, que comprendía miembros influyentes de la Duma, y que fue frenéticamente aclamado por el pueblo.

El interior se plegó entusiasta a la revolución.

Algunas tropas, traídas del frente de batalla, por orden del zar, a la capital rebelde, no pudieron llegar. En las proximidades de la ciudad los ferroviarios se rehusaron a transportarlas y los soldados se indisciplinaron y se pasaron resueltamente a la revolución. Algunos volvieron al frente, otros se dispersaron tranquilamente por el país.

El mismo zar, que se dirigía a la capital por ferrocarril, vio detenerse su tren en la estación de Dno y dar marcha atrás hasta Pskov. Allí fue entrevistado por una delegación de la Duma y por personajes militares plegados a la revolución. Era necesario rendirse ante la evidencia. Después de algunas cuestiones de detalle, Nicolás II firmó su abdicación, por sí y por su hijo Alexis, el 2 de marzo.

Un momento, el gobierno provisorio pensó en hacer subir al trono al hermano del ex emperador, el gran duque Miguel, pero éste declinó el ofrecimiento y declaró que la suerte del país y de la dinastía debía ser puesta en manos de una Asamblea Constituyente regularmente convocada.

El frente aclamaba la revolución.

El zarismo había caído. La Asamblea Constituyente fue inscripta en el orden del día. Esperando su convocación, el gobierno provisorio se constituía en autoridad oficial, «reconocida y responsable». Así terminó el primer acto de la revolución victoriosa.

El punto capital a destacar en tales hechos es que la acción de las masas fue espontánea, victoriosa lógica y fatalmente, tras un largo período de experiencias vividas y de preparación moral. No fue organizada ni guiada por ningún partido político. Apoyada por el pueblo en armas (el ejército) triunfó. El elemento de organización qebía intervenir, e intervino, inmediatamente después.

A causa de la represión, todos los organismos centrales de los partidos políticos de izquierda, así como sus jefes, se encontraban, en el momento de la revolución, lejos de Rusia. Martoff, del socialdemócrata; Tchernoff del socialista revolucionario; Lenin, Trotzky, Lunatcharsky, Losovsky, Rycoff, Bujarin, etc., todos ellos vivían en el extranjero. Sólo después de la Revolución de febrero volvieron al país.

Otro punto importante es que, una vez más, el impulso inmediato y concreto fue dado a la revolución por la imposibilidad absoluta para el país de continuar la guerra, imposibilidad que chocaba con la obstinación del gobierno. Esta imposibilidad resultó de la desorganización total, del caos inextricable en que la guerra hundió al país.

Hacia la Revolución Social

El gobierno provisorio y los problemas de la revolución

El gobierno provisorio formado por la Duma era burgués y conservador. Sus miembros, Príncipe Lvoff, Gutchkoff, Milioukov y otros, perteneción (salvo Kerensky, vagamente socialista), políticamente al partido constitucional demócrata, y socialmente a las clases privilegiadas. Para ellos, una vez vencido el absolutismo, la revolución estaba terminada. En realidad no hacía más que comenzar. Ahora se trataba de «restablecer el orden», de mejorar poco a poco la situación general en el interior del país, en el frente, de activar más que nunca las operaciones bélicas con nuevo ímpetu y, sobre todo, de preparar tranquilamente la convocación de la Asamblea Constituyente, que debería establecer las nuevas leyes fundamentales, el régimen político, el sistema gubernamental. El pueblo debería esperar pacientemente, como niño obediente, los favores que sus nuevos jefes quisieran otorgarle. Ellos concebían el gobierno provisorio como buenos burgueses moderados, cuyo poder nada tendría que envidiar al de los otros países civilizados.

Las miras políticas del gobierno provisorio no iban más allá de una buena morlarquía constitucional. En rigor, algunos de sus miembros entreveían, quizá tímidamente, una república burguesa muy moderada.

El problema agrario y la cuestión obrero deberían ser resueltos por el futuro gobierno definitivo, de acuerdo a los modelos occidentales, que «habían hecho sus pruebas».

El gobierno provisorio estaba más o menos seguro de poder utilizar el período de preparación, prolongándolo convenientemente, para reducir a la calma, a la disciplina y la obediencia a las masas, en el caso de que éstas llegasen a manifestar muy violentamente su deseo de desbordar los limites así previstos. Se trataba de asegurar, mediante maniobras políticas, elecciones normales para desembocar, en el momento deseado; a una Asamblea Constituyente, juiciosa y obediente; claro está, burguesa. Los realistas, los hombres políticos experimentados, los eruditos, los economistas y los sociólogos, estaban engañados en sus previsiones y cálculos. No veían la realidad.

Recuerdo haber asistido en Nueva York, en abril o mayo de 1917, a una gran conferencia rusa pronunciada por un honorable profesor, que hizo un copioso análisis de la probable composición y acción de la próxima Asamblea Constituyente. Yo formulé a ese profesor una sola pregunta: ¿Qué preveía él en el caso de que la Revolución rusa prescindiera de una Asamblea Constituyente? Muy desdeñosamente, y con ironía, el eminente profesor contestó que «él era un realista, y que yo sería seguramente un anarquista, cuya fantástica hipótesis no le interesaba». El porvenir demostró muy pronto que el docto profesor se equivocaba magistralmente y que él fue precisamente el fantasista. En su exposición de dos horas sólo había omitido analizar una eventualidad, la que precisamente llegó a ser realidad unos meses después.

En 1917 los señores realistas, los políticos profesores, escritores, rusos y extranjeros, con raras excepciones, desdeñosa y magitralmente omitieron prever el triunfo del bolchevismo en la Revolución rusa. Triunfante el bolchevismo, muchos de ellos no tuvieron inconveniente en admitirlo, interesándose y ocupándose de él. Admitieron hasta su «gran importancia positiva» y «su triunfo mundial definitivo», equivocándose de nuevo magistralmente.

Con el mismo realismo, la misma clarividencia, el mismo desdén inicial, y la misma habilidad después, esos señores no preverán a tiempo, y aceptarán más tarde, el triunfo verdadero y definitivo de la idea libertaria en la revolución social mundial. El gobierno provisorio no se percataba de los obstáculos insalvables que fatalmente se le presentarían. El más importante de todos era el carácter de los problemas que debía encarar antes de la convocatoria de la Asamblea Constituyente. No se contemplaba de modo alguno que el pueblo trabajador podría no querer esperar esta convocatoria, como estaba plenamente en su derecho.

Primeramente el problema de la guerra. El pueblo, desengañado, agotado, continuaba la guerra sin entusiasmo, desinieresándose completamente de ella. El ejército había llegado al desquicio a causa del estado miserable en que se encontraba el país en revolución.

Dos soluciones se presentaban: cesar la guerra, concluir una paz por separado, desmovilizar el ejército y encarar decididamente los problemas interiores; o hacer lo imposible para mantener el frente, salvaguardar la disciplina de las tropas y continuar la guerra a toda costa hasta la convocación de la Asamblea Constituyente.

La primera solución era inadmisible para un gobierno burgués, patriótico, aliado a otros beligerantes, que consideraba como un deshonor nacional la ruptura eventual de esta alianza. Además, como gobierno provisorio, se veía obligado a seguir estrictamente la fórmula: ningún cambio importante, antes de la convocatoria de la Asamblea, que tendrá plenos poderes para adoptar cualquier decisión.

El gobierno provisorio adoptó, pues, la segunda solución, impracticable en las condiciones existentes.

Hay que recalcar que la obstinación del gobierno zarista por la continuación de la guerra, fue la causa inmediata de la revolución. Cualquier gobierno que se empecinase en ello, sería lógicamente derribado como lo fue el zar.

Ciertamente, el gobierno provisorio esperaba poner fin al caos y reorganizar el país. jPuras ilusiones! Ni el tiempo disponible, ni la situación general, ni la indiferencia de las masas, lo permitían.

La máquina del Estado burgués fue quebrada en Rusia en febrero de 1917. Sus objetivos y su actividad siempre fueron contrarios a los intereses ya las aspiraciones del pueblo. Habiéndose éste adueñado de su propio destino, aquélla no podía ser reparada y puesta en funcionamiento. Es el pueblo, obligado o libremente, no los gobiernos, quien hace marchar la máquina estatal, y como este pueblo, libremente, se desentendió de finalidades que no eran las suyas, era menester reemplazar el aparato destruido por otro adaptado a la nueva situación, en lugar de perder tiempo y fuerzas en vanos intentos por repararlo.

El gobierno burgués y nacionalista insistía en mantener la máquina y la guerra, herencia del régimen caído. Así se hacía cada vez más impopular y se encontraba impotente para imponer su voluntad guerrera.

Este primer problema, el más grave e importante, quedaba sin solución posible para el gobierno provisorio.

El segundo problema espinoso era el agrario. Los campesinos, 85 por 100 de la población, aspiraban a la posesión de la tierra. La revolución dio a esa aspiración un impulso irresistible. Reducidos a la impotencia, explotados y engañados desde siglos, los campésinos no querían esperar más. Necesitaban la tierra, inmediatamente y sin más trámites.

Ya en noviembre de 1905, en el Congreso campesino convocado después del manifiesto del 17 de octubre, cuando aún existían libertades, en miras a la convocación de la Duma, muchos delegados abogaron por esa aspiración.

«Toda alusión a un rescate de tierras -dijo en ese Congreso el delegado campesino de la región de Moscú- me subleva. Se intenta indemnizar a los esclavistas de ayer y aun de hoy, que, ayudados por funcionarios, hacen de nuestra vida una carrera de obstáculos. ¿No los hemos ya indemnizado ricamente con el arrendamiento? Imposible contar las toneladas de sangre con que hemos regado la tierra. ..Con la leche de sus senos, nuestras abuelas criaban perros de caza para esos señores. ¿No será bastante rescate éste? Durante siglos no hemos sido más que granos de arena arrastrados por el viento. Y el viento eran ellos. Y ahora ¿hay que pagarles de nuevo? ¡Ah, no! No son necesarias tratativas diplomáticas; la única vía buena es la revolucionaria. Si no, se nos engañará una vez más. Sólo hablar de rescate ya supone compromiso. ¡Camaradas, no volváis al error de vuestros padres! En 1861, nuestros señores fueron más astutos que nosotros y nos atraparon con poca cosa para evitar que el pueblo lo tomara todo.»

«Jamás les hemos vendido la tierra -decían los campesinos de la región de Orel- no tenemos pues que rescatarla. Ya la hemos pagado suficientemente, trabajando por un salario de hambre. ¡No, de ninguna manera pagaremos rescate! ¡Los señores no han traído sus tierras de la luna; sus abuelos se han adueñado de ellas!»

«Un rescate seria una flagrante injusticia frente al pueblo -decían los campesinos de la región de Kazán-; tendría que devolverse al pueblo no sólo la tierra, sino los arriendos pagados. Porque esos señores jamás han adquirido la tierra; han sabido apoderarse de ella para venderla más tarde. Eso es robo.»

«¿Cómo -decían los campesinos al eminente sabio N. Rubakin entre 1897 y 1906-, todos esos señores: Orloff, Demidoff, Balachoff han recibido sus tierras gratuitamente de zares y zarinas a modo de regalos? ¡Y ahora tenemos que pagar el rescate! ¡Eso es injusticia y franca rapiña!».

Los campesinos no querían esperar más y se apropiaban lisa y llanamente de las tierras, expulsando violentamente a los propietarios que no habían huido todavía. Así resolvían el problema agrario por propia iniciativa, sin preocuparse de deliberaciones, maquinaciones y decisiones del gobierno o de la Constituyente.

El ejército, en su mayor parte de campesinos, estaba listo para sostener esta acción directa. El gobierno provisorio se vio acorralado: o se inclinaba o resistía en lucha abierta contra los campesinos en revuelta y contra el ejército.

Adoptó, pues, la táctica de mantenerse a la expectativa, como en el problema de la guerra. Maniobrando con habilidad e inteligencia exhortó a los campesinos a esperar la Constituyente, que podría establecer cualquier ley y daría satisfacción a los campesinos. Pero sus llamados eran vanos; esta táctica no prosperaba. El campesino no tenía la menor confianza en las palabras de los señores en el poder. Había sido bastante engañado para no creer más en palabras; ahora se sentía fuerte para poder tomar la tierra, lo que era justo. y si titubeaba aún, era únicamente por miedo de ser castigado en proporción a lo cometido.

El problema obrero era tan insoluble para un gobierno burgués como el de los campesinos. Los obreros buscaban obtener de la revolución el máximo de bienestar y de derechos. y el gobierno se esforzaba por reducirlos al minimo. Luchas inmediatas y muy graves eran previsibles sobre este campo de batalla. Y, ¿qué medios tenía el gobierno provisorio para hacer prevalecer sus tesis?

El problema puramente económico era también de los más arduos, porque, estrechamente ligado a los otros problemas. Tampoco podía sufrir ninguna demora. En plena guerra y en plena revolución, en una situación caótica y en un país arruinado, era necesario organizar nuevamente la producción, los transportes, el comercio y la finanza.

Por último, el problema político no presentaba solución admisible. El gobierno provisorio debía convocar lo más pronto posible la Asamblea Constituyente. Pero por muchas razones se demoraba; debía necesariamente temer a esta Asamblea y su íntímo deseo era el de diferir la convocatoria para ganar tiempo e instalar, en tanto, por un golpe de mano feliz, una monarquía constitucional. En la espera, otros obstáculos peligrosos se le presentaron.

El más serio fue la resurrección de los soviets obreros, especialmente el de Petrogrado. Este volvió a la actividad en los primeros días de la revolución, por tradición y también, como en 1905, a falta de otros organismos obreros. Fueron manejados por los socialistas moderados, mencheviques y socialistas revolucionarios de derecha; con todo, su ideología y su programa eran absolutamente contrarios a los proyectos del gobierno provisorio; la influencia moral y la actividad del soviet de Petrogrado lo condujeron rápidamente a rivalizar con el gobierno en detrimento de éste.

El soviet de Petrogrado fue un segundo gobierno; daba la tónica a la vasta red de soviets de la provincia y coordinaba su acción. Apoyándose sobre toda la clase trabajadora del país, se hizo rápidamente poderoso. Incluso llegó a adquirir una influencia cada vez mayor sobre el ejército. Bien pronto, las órdenes y las instrucciones de los soviets comenzaron a imponerse-sobre las del gobierno provisorio, el cual se veía obligado a tenerlas en cuenta.

El gobierno habría preferido hacerle la guerra, pero iniciar semejante acción contra los obreros que se habían organizado al día siguiente de una revolución que proclamaba la libertad absoluta de palabra, de toda organización, de toda acción social, era cosa imposible. Y además, ¿sobre qué fuerza efectiva podría apoyarse para llevar adelante esta lucha? No contaba con ninguna. El gobierno se vio, pues, constreñido a simular complacencia y tolerar a su temible rival y hasta flirtear con él; aquél no se engañaba acerca de la fragilidad de las simpatías que le mostraban los trabajadores y el ejército y comprendía que, al primer conflicto, estas dos fuerzas decisivas se colocarían infaliblemente junto a los soviets. El gobierno esperaba -como en todo. Trataba de ganar tiempo. Pero este segundo directorio, no oficial, tan incómodo, y con el que era necesario tratar, constituía uno de los más grandes obstáculos que se le oponían.

La crítica violenta, la propaganda vigorosa de todos los partidos socialistas y sobre todo de los elementos de extrema izquierda (socialistas revolucionarios de izquierda, bolcheviques y anarquistas} no eran tampoco desdeñables. No eran posibles las medidas represivas contra la libertad de palabra. ¿Quién las hubiera ejecutado?

Hasta la burguesía poderosa, disciplinada, y de temple, adiestrada en más de un combate contra los elementos adversos, con la fuerza del ejército, de la policía y del dinero, se habría dado mucho que hacer para llegar a una solución satisfactoria en tal conjunto de problemas, e imponer su voluntad, su poder, y su programa. Tal burguesía no existía en Rusia. Como clase capitalista, la rusa estaba en los comienzos. Débil, organizada, sin tradición ni experiencia histórica, no podía esperar ningún triunfo. Tampoco desplegaba actividad alguna.

Debiendo representar en principio una burguesía casi inexistente e inoperante, el gobierno provisorio estaba fatalmente condenado a obrar en el vacío. Esta fue, sin duda, la causa primordial de su fracaso.

¿Hacia un gobierno Socialista? La Miseria del Socialismo

El prinler gobierno provisorio, esencialmente burgués, quedó, pues, reducido a una impotencia manifiesta, ridícula y mortal. El pobre hacía lo que podía para mantenerse: daba vueltas, se contradecía, se arrastraba. Esperando, arrastraba también los problemas más candentes. La crítica y la cólera general contra este gobierno fantasma adquirían, día a día, más amplitud. Muy pronto la existencia se le tornó imposible. Apenas sesenta días después de su solemne instalación debió ceder su puesto sin lucha, el 6 de mayo, a un gobierno de coalición, con participación socialista, y cuyo miembro más influyente era A. Kerensky, socialista revolucionario muy moderado, más bien independiente.

Este gobierno social-burgués, ¿podía esperar mejores resultados? Ciertamente, no, pues las condiciones de su existencia y la debilidad de su acción debían ser fatalmente las mismas que las del primer gobierno provisorio. Obligado a apoyarse sobre la burguesía impotente, forzado a continuar la guerra, incapaz de aportar una solución real a los problemas cada vez más urgentes, ataca.:!o con vigor por las avanzadas y debatiéndose entre constante.s dificultades de todo orden, este segundo gobierno provisorio desapareció sin gloria, lo mismo que el anterior y aproximadamente en el mismo plazo, el 2 de julio, para ceder su plaza a un tercer gobierno no menos provisorio, compuesto esencialmente de socialistas con algunos elementos burgueses.

Es entonces cuando Kerensky, jefe supremo de este tercer y luego de un cuarto gobierno, casi semejante al anterior, se transforma por algún tiempo en conductor, y el Partido Socialista Revolucionario, en estrecha colaboración con los mencheviques, pareció erigirlo definitivamente como jefe de la revolución. Un paso más y el país habría tenido un gobierno socialista capaz de apoyarse sobre fuerzas efectivas: el campesinado, la masa obrera, una gran parte de los intelectuales, los soviets y el ejército. Sin embargo, no sucedió así.

Al llegar al poder, el último gobierno de Kerensky parecía muy fuerte. Y, en efecto, podía llegar a serlo.

Kerensky, abogado y diputado de tendencia socialista, gozaba de gran popularidad, incluso en grandes masas y en el ejército. Sus discursos en la Duma, en vísperas de la revolución, habían tenido un éxito resonante. Su llegada al poder suscitó inmensas esperanzas en el país; podía apoyarse sin reservas en los soviets, en toda la clase trabajadora, pues en ese momento los delegados socialistas constituían una aplastante mayoría, y los soviets se encontraban en manos de los socialistas revolucionarios de derecha y de los socialdemócratas mencheviques.

En las primeras semanas del ministerio Kerensky era peligroso criticar a éste en público; tal era la confianza que le había otorgado el país. Algunos agitadores de extrema izquierda lo sintieron en carne propia al querer hablar contra Kerensky en las plazas públicas; sufrieron hasta linchamientos. Para aprovechar estas indudables ventajas era necesario que Kerensky demostrase con actos una sola condición, la preconizada por Danton: ¡Audacia, más audacia y siempre audacia! Precisamente era la cualidad que le faltaba.

La audacia significaba para él: 1º, el abandono inmediato de la guerra del modo que él debía arbitrar; 2º, la ruptura decisiva con el régimen capitalista y burgués, con formación, pues, de un gobierno enteramente socialista; 3º, la orientación inmediata de toda la vida económica y social hacia un sistema francamente socialista.

Todo eso era perfectamente lógico para un gobierno de tendencia socialista, con mayoría socialista y un jefe socialista... ¡Pues no! Como siempre y en todas partes, los socialistas rusos, con Kerensky, no comprendieron la necesidad histórica de aprovechar el momento propicio, ir a la vanguardia y cumplir, en fin, su verdadero programa; permanecieron prisioneros de su programa bastardo (llamado mínimo ), que les prescribía dogmáticamente la lucha por una república democrática burguesa.

En vez de colocarse francamente al servicio del pueblo y de su emancipación, los socialistas y Kerensky, cautivos de su tibia ideología, no encontraron nada mejor que hacer el juego al capitalismo ruso e internacional.

Kerensky no osó ni abandonar la guerra, ni dar la espalda a la burguesía y apoyarse firmemente sobre la clase trabajadora. Ni siquiera se atrevió a continuar la revolución y a acelerar la convocatoria de la Asamblea Constituyente.

lLa guerra a todo precio y por todos los medios!

Kerensky adoptó reformas inoportunas: restablecimiento de la pena de muerte y de los consejos de guerra en el frente; medidas represivas en la retaguardia; en seguida, muchas visitas al, frente para pronunciar arengas y discursos inflamados que debían, según él, hacer renacer en los soldados el entusiasmo guerrero de la primera hora; la guerra continuaba por la sola fuerza de la inercia, y quería darle mayor impulso con palabras y castigos, sin comprender la realidad.

Tanto peroraba, que su título de comandante en jefe (además de presidente del Consejo de Ministros) fue rápidamente modificado por el público en orador en jefe.

En dos meses, su popularidad cayó en el ridículo; los trabajadores y los soldados terminaron por burlarse de sus discursos, pues querían actos de paz y de revolución social, así como la convocación rápida de la Constituyente. La obstinación con que to.dos los gobiernos retardaron esta convocatoria fue una de las razones de su impopularidad. Los bolcheviques se aprovecharon de ello y prometieron la convocatoria de la Asamblea en cuanto estuvieran en el poder.

Las razones de la bancarrota del gobierno Kerensky fueron las mismas que provocaron el fracaso de los gobiernos precedentes: la imposibilidad para los socialistas moderados de cesar la guerra; la impotencia lastimosa de este cuarto gobierno para resolver los problemas urgentes y su intención de mantener la revolución dentro de los límites del régimen burgués.

Las lógicas consecuencias de esas insuficiencias fueron fatales, y agravaron la situación y precipitaron la caída de Kerensky.

El partido bolchevique, habiendo reunido sus mejores fuerzas y teniendo también un poderoso organismo de propaganda y de acción, derramaba diariamente a través del país, por miles de voces y de artículos, críticas hábiles, sustanciosas, vigorosas, contra la política, la actitud y la actividad toda del gobierno y de todos los socialistas moderados. Estaba por la inmediata terminación de la guerra, la desmovilización, la continuación de la revolución. Difundía, con máxima energía, sus ideas sociales y revolucionarias. Repetía todos los días sus promesas de convocar inmediatamente la Constituyente y de resolver, en fin, rápidamente y con buen éxito, todos los problemas de la hora si llegaba al poder. Golpeaba diariamente el mismo clavo sin cansarse ni dejarse intimidar: ¡EI Poder! «Todo el poder para los Soviets», clamaba continuamente. El poder político para el comunismo, y todo quedaría arreglado y resuelto.

Cada vez más escuchado y seguido por los trabajadores intelectuales, por los obreros y por el ejército; multiplicando vertiginosamente el número de adherentes y penetrando así en todas las fábricas y empresas, el partido bolchevique disponía ya en junio de cuadros imponentes de militantes, agitadores, propagandistas, escritores, organizadores. y hombres de acción. También disponía de fondos considerables. y tenía a su cabeza un comité central poderoso, dirigido por Lenin. Desplegaba una actividad tremenda, febril, fulminante, y pronto se sintió, al menos moralmente, dueño de la situación, tanto más cuanto que no tenía rivales en la extrema avanzada. El Partido Socialista Revolucionario de izquierda, mucho más débil, no era más que un satélite; la propaganda anarquista estaba en sus comienzos, y el sindicalismo revolucionario no existía.

Kerensky, sintiéndose cada vez menos firme, no osaba atacar a los bolcheviques de frente. Recurría en forma incoherente a medidas insuficientes para abatir al rival y que, por el contrario, le servían de propaganda, atrayendo sobre ellos la atención, la estima y la confianza de las masas; sus tímidas reacciones reforzaron al enemigo en lugar de debilitarlo. Como tantos otros, Kerensky no veía el peligro. Hasta ese momento, casi nadie creía en una victoria bolchevique; en el mismo seno del partido, sólo Lenin creía poder vencer, e insistía en la oportunidad de preparar la insurrección.

Kerensky, presionado por sus aliados, fascinado por sus sueños guerreros y probablemente por sus propios discursos, tuvo la degracia de desencadenar, el 18 de junio, su famosa ofensiva sobre el frente alemán, que fracasó lamentablemente y dio un golpe terrible a su popularidad. Ya el 3 de julio estalló en Petrogrado una revuelta armada contra el gobierno, con participación de tropas, particularmente marinos de Cronstadt, a los gritos de «¡Abajo Kerensky! ¡Viva la revolución social! ¡Todo el poder para los Soviets!». Esta vez Kerensky pudo todavía, aunque con dificultad, dominar la situación. Pero perdió hasta la sombra de su antigua influencia. Un acontecimiento particular le dio el golpe de gracia. Desesperado por la marcha ascendente de la revolución y por la indecisión de Kerensky, un general blanco, Korniloff, sacó del frente algunos millares de soldados, la mayoría pertenecientes a tropas caucasianas, especie de tropas coloniales, más fácilmente manejables y engañables, les mintió sobre lo que pasaba en la capital y los mandó sobre Petrogrado, bajo el mando de un general leal, «para terminar con las bandas de criminales armados y defender al gobierno, impotente para exterminarlos».

Kerensky no ofreció a Korniloff más que una débil resistencia, de pura apariencia. La capital fue salvada únicamente gracias a un impulso fogoso. a un prodigioso esfuerzo y al sacrificio de los mismos obreros. Con la ayuda de la izquierda del Soviet de Petrogrado, algunos miles de obreros se armaron a toda prisa y partieron por propia iniciativa al frente contra Korniloff. Una batalla en las proximidades de Petrogrado quedó indecisa. Los obreros no cedieron una pulgada de terreno, pero dejaron muchos cadáveres, y no estaban seguros de tener, al día siguiente, suficientes hombres y municiones. Gracias a una acción rápida y enérgica de ferroviarios y empleados del telégrafo, ayudados vigorosamente por comités de soldados del frente, el cuartel general de Korniloff fue aislado. Por la noche, los soldados de Korniloff, sorprendidos por la heroica resistencia de los bandidos, los criminales y holgazanes, y previendo el engaño, pudieron comprobar que los cadáveres todos tenían las manos callosas de los trabajadores auténticos. Algunos grupos socialistas del Cáucaso en Petrogrado decidieron hacer llegar una delegación al campamento de las tropas de Korniloff. La delegación se encaró con los soldados, los puso al corriente de la verdadera situación. Destruyó definitivamente la fábula de los bandidos y los persuadió a abandonar la lucha fratricida. A la mañana siguiente, los soldados de Korniloff declararon que habían sido engañados, rehusaron batirse contra sus hermanos y volvieron al frente. Así fracasó esta aventura.

Al día siguiente la opinión pública acusó a Kerensky de haber estado secretamente en connivencia con Korniloff; verdadera o no, esta versión se divulgó; moralmente se responsabilizó al gobierno de Kerensky y en general a los socialistas moderados; el camino estaba despejado para una resuelta ofensiva del partido bolchevista.

Se produjo aún un hecho de importancia capital. En las nuevas elecciones de delegados a los Soviets, de los comités de fábrica y de las células del ejército, los bolchevistas obtuvieron una abrumadora victoria sobre los socialistas moderados; el partido bolchevique se apoderó definitivamente de toda la acción obrera y revolucionaria; con el concurso de los socialistas revolucionarios de izquierda, ganó también grandes simpatías entre el campesinado. Excelentes posiciones estratégicas estaban ahora en sus manos para una acción decisiva.

Lenin encaró la convocatoria de un congreso panruso de los soviets, que debía levantarse contra el poder de Kerensky, derribarlo con la ayuda del ejército e inaugurar el del partido bolchevique.

Los preparativos para la ejecución del plan comenzaron de inmediato, en parte públicamente y en parte reservadamente. Lenin. obligado a ocultarse, dirigía las operaciones a distancia. Kerensky, aun olfateando el peligro, era impotente para conjurdrlo. Los acontecimientos se precipitaron, y el último acto del drama iba a comenzar.

En resumen, todos los gobiernos conservadores o moderados que se succdieron de febrero a octubre de 1917 probaron su impotencia para resolver los problemas excepcionalmente graves y agudos que la revolución planteó, por lo que el país echó por tierra sucesivamente, en el corto espacio de ocho meses, al gobierno conservador burgués de factura constitucional, a la democracia burguesa y, al fin, al poder socialista moderado.

Dos hechos marcaron sobre todo esa impotencia: primero, la imposibilidad para el país de continuar la guerra, y para los gobiernos de hacerla cesar; segundo, la urgencia que el país atribuía a la convocatoria de la Asamblea Constituyente y la imposibilidad para los gobiernos de convocarla.

La vigorosa propaganda de la extrema izquierda por la inmediata paralización de la guerra, por la rápida convocación de la Constituyente y por la revolución social integral, como único medio de salvación, junto a otros factores de menor importancia, excitaron esta marcha fulminante de la revolución.

Así, la Revolución rusa, desencadenada a fines de febrero de 1917 contra el zarismo, quemó rápidamente las etapas de una revolución política burguesa, democrática y socialista moderada.

En octubre, libre de obstáculos el camino, la revolución se asentó, efectiva y definitivamente, en el terreno de la Revolución social. Fue perfectamente lógico y natural que, después de la caída de todos los gobiernos y partidos políticos moderados, el pueblo se volviera hacia el partido bolchevique, último partido existente, el único que permanecía en pie, que había encarado sin temor la Revolución social y que prometía, a condición de llegar al poder, la solución rápida y feliz de todos los problemas.

La propaganda anarquista, lo repetimos, era todavía demasiado débil para tener una influencia inmediata y concreta sobre los acontecimientos. Y el movimiento sindicalista no existía. Desde el punto de vista social, la situación era ésta: tres elementos fundamentales se hallaban en presencia: primero, la burguesía; segundo, la clase obrera; tercero, el partído bolchevique, que figuraba como ideología de vanguardia.

La burguesía era débil y el partido bolchevique no tuvo demasiadas dificultades en destruirla.

La clase obrera también era débil. No organizada, sin experiencia y, en el fondo, inconsciente de su verdadera tarea, no supo obrar inmediatamente ella misma, por su propia cuenta. Se dejó llevar por el Partido Comunista, que se apoderó de su acción.

Esta insuficiencia de la clase obrera rusa en los comienzos de la revolución sería fatal para la secuencia de los acontecimientos y también para la Revolución integral. (Ya hemos hablado del nefasto Pasivo de la revolución abortada de 1905-1906: la clase obrera no conquistó el derecho de organizarse; permaneció desunida. En 1917 se resentiría de ello.)

El partido bolchevique, al apoderarse de la acción, en lugar de prestar simplemente apoyo a los trabajadores en sus esfuerzos para completar la Revolución y emanciparse; en lugar de ayudarlos en su lucha, papel que en su pensamiento los obreros le asignaban y que debiera ser, normalmente, el de todas las ideologías revolucionarias, y que por nada exige la toma ni el ejercicio del poder político [1], el partido bolchevique, una vez en el poder, se instaló en él como dueño absoluto; se corrompió rápidamente y se organizó como casta privilegiada y, por consiguiente, destruyó y subyugó a la clase obrera para explotarla en su provecho, bajo nuevas formas.

De este hecho, toda la revolución resultará falseada, desviada, pues cuando las masas populares comprendan el error y el peligro será demasiado tarde: después de una lucha dura y desigual contra los nuevos amos, sólidamente organizados administrativa, militar y policialmente, que durará unos tres años y será casi ignorada fuera de Rusia, el pueblo sucumbirá. La verdadera Revolución emancipadora será una vez más sofocada por los mismos revolucionarios.

Nota

[1] El poder político no es en sí una fuerza. Es fuerte en la medida en que puede apoyarse en el capital, en el armazón del Estado, en el ejército, en la policía. Falto de esos apoyos, permanece suspendido en el vacío, impotente, inoperante. La Revolución rusa nos da la prueba formal de ello: la burguesía rusa, teniendo en sus manos el poder político después de febrero de 1917, fue impotente, y su poder cayó sólo, dos meses más tarde; no disponía de ninguna fuerza, ni de capital productivo, ni de una masa confiada, ni de un sólido aparato estatal, ni de un ejército adicto. El segundo y el tercer gobiernos provisorios cayeron igualmente y por la misma razón. y es bien probable que si los bolcheviques no hubiesen precipitado los acontecimientos, el gobierno de Kerensky habría sufrido la misma suerte, poco más tarde.
Si la Revolución social está en gestación, de manera que el capital -suelo, subsuelo, fábricas, medios de transporte, dinero, etc.- comienza a pasar al pueblo, y el ejército hace causa común con éste, no hay por qué preocuparse del poder político. Si las clases vencidas intentaran por tradición formar uno, ¿qué importancia podría tener? Siempre sería un gobierno fantasma, meficaz y fácilmente suprimible al menor esfuerzo del pueblo armado. y la revolución, ¿qué necesidad tenía de gobierno y poder político? Su sola tarea es la de avanzar por la misma ruta popular, organizarse, consolidarse, perfeccionarse en lo económico, defenderse si es preciso, extenderse y edificar la nueva vida social de las vastas masas, etc. Todo esto, en efecto, nada tiene que ver con un poder político. Porque todo esto es función normal del propio pueblo revolucionario, de sus múltiples organismos económicos y sociales y de sus federaciones coordinadoras, de sus formaciones de defensa, etc.
¿Qué es en el fondo un poder político? ¿Qué es la actividad política? ¡Cuántas veces lo he preguntado a miembros de partidos políticos avanzados sin obtener jamás una contestación inteligible! Se puede llegar a saber lo que es la actividad social, económica, administrativa, jurídica, diplomátIca y cultural; pero ¿Qué es una actividad política? Se pretende que es la actividad administrativa central propia de un país; luego, poder político significaría poder administrativo. Pero ambas nociones no son de ningún modo idénticas. A sabiendas o no se confunde política y administración, igual que se confunde Estado y Sociedad. La actividad administrativa es una parte integrante de cualquier actividad humana como principio coordinador u organizador. En cada dominio, los hombres que poseen el don de organización deben ejercer normalmente sus funciones de organizadores de administradores. Estos hombres, trabajadores como los demás deben asegurar la administración de las cosas sin erigirse en poder político, el cual permanece indefinible, pues no existe función política específica en una comunidad humana y desaparece cuando las funciones reales son cumplidas por los servicios correspondientes.
Goldenweiser, jurista ruso, cuenta en sus recuerdos, publicados en los Archivos de la Revolución rusa, revista de los emigrados refugiados en Berlín antes de la última guerra, que en tiempos de la revolución vivía en una ciudad de Ucrania, zona muy agitada. Por obra de los acontecimientos, la ciudad permaneció algún tiempo sin poder, ni blanco ni rojo. Con gran asombro, Goldenweiser comprueba que en ese período la población vivía y trabajaba igual o quizá mejor que en , los tiempos en que había poder. Goldenweiser no es el único que haya comprobado esto. Lo extraño es más bien la sorpresa de Goldenweiser. ¿Acaso el poder hace vivir, actuar y entenderse a los hombres? ¿Ha habido algún poder que haya convertido a una sociedad en feliz, armoniosa y organizada? Al contrario, los períodos históricos con sociedades relativamente felices han surgido en épocas de débil poder político: la antigua Grecia, algunos períodos de la Edad media, etc. El poder político ha surgido, dentro del proceso evolutivo de las sociedades humanas, por razones histórícas determinadas, que hoy día no existen.
Se pretende que para poder administrar hay necesIdad de imponer y mandar con medidas coercitivas. Un poder político sería, pues, una administración central de un país por medios compulsivos. Sin embargo, un servicio administrativo popular puede recurrir, si es preciso, a medidas extremas, sin valerse un poder político específico permanente.
Se afirma que los pueblos son incapaces de crear por sí solos una administración eficaz. En el transcurso de este libro se hallará suficientes pruebas de lo contrario.
Si, en plena Revolución social, los diversos partidos políticos quieren entretenerse en organizar el poder, el pueblo debería proseguir su tarea revolucionaria dejando aislados a los partidos. Si, después de febrero y de octubre de 1917, los trabajadores rusos, en lugar de darse nuevos amos, hubieran continuado sencillamente su labor con ayuda de los revolucionarios, el poder político habría desaparecido.
Los hechos desconocidos hasta ahora, que vamos a revelar, confirman esta tesis. Esperemos que los pueblos empiecen a ver claro y no se dejen engañar por los políticos, que sólo son revolucionarios de salón.

La Revolución Bolchevique

La caída del gobierno Kerensky. La victoria del partido bolchevique

A partir del 17 de octubre, el desenlace se aproxima. Las masas están prestas para una nueva revolución, como lo prueban los levantamientos espontáneos desde julio, el ya citado de Petrogrado y los de Kaluga y Kazán y otros del pueblo y de tropas, en diversos puntos.

El partido bolchevique se ve, entonces, ante la posibilidad de apoyarse sobre dos fuerzas efectivas: la confianza de gran parte del pueblo y una fuerte mayoría en el ejército. Así pasa a la acción y prepara febrilmente su batalla decisiva. Su agitación produce efervescencia. Ultima los detalles de la formación de cuadros obreros y militares. Organiza también, definitivamente, sus propios equipos, y redacta la lista eventual del nuevo gobierno bolchevique, con Lenin a la cabeza, quien vigila los acontecimientos de cerca y transmite sus últimas instrucciones. Trotsky, el activo brazo derecho de Lenin, llegado hacía varios meses de Norteamérica, donde residió desde su evasión de Siberia, participará en puesto destacado.

Los socialistas revolucionarios de izquierda actúan de acuerdo con los bolcheviques.

Los anarcosindicalistas y los anarquistas, poco numerosos y mal organizados, pero muy activos también, hacen todo lo que pueden para sostener y alentar la lucha contra Kerensky, no por la conquista del poder, sino por la organización y la colaboración libres.

Conocidas la extrema debilidad del gobierno Kerensky y la simpatía de una aplastante mayoría popular, con el apoyo activo de la flota de Cronstadt, siempre a la vanguardia de la revolución, y de gran parte de las tropas de Petrogrado, el Comité Central del partido bolchevique fijó la insurrección para el día 25 de octubre. El Congreso panruso de los soviets fue convocado para la misma fecha.

Los miembros del Comité Central estaban convencidos de que este congreso de mayoría bolchevique y obediente a las directivas del partido debía proclamar y apoyar la revolución y reunir todas las fuerzas para hacer frente a la resistencia de Kerensky. La insurrección se produjo el día señalado por la tarde. Y, simultáneamente, el congreso de soviets se reunió en Petrogrado. No hubo combates en las calles ni se levantaron barricadas.

Abandonado por todo el mundo, el gobierno Kerensky, asido a verdaderas quimeras, permanecía en el Palacio de Invierno, defendido por un batallón seleccionado, otro compuesto de mujeres y algunos jóvenes oficiales aspirantes.

Tropas bolcheviques, de acuerdo con un plan establecido en el Congreso de soviets y el Comité Central del partído, cercaron el palacio y atacaron sus defensas. La acción fue sostenida por naves de guerra de la flota del Báltíco, de Cronstadt, alineadas sobre el río Neva, con el crucero Aurora. Después de una breve escaramuza y algunos disparos de cañón desde el crucero, las tropas bolcheviques se apoderaron del palacio.

Kerensky había huido. Los demás miembros de su gobierno fueron arrestados.

Así, en Petrogrado la insurrección se limitó a una pequeña operación militar, conducida por el partido bolchevique. Habiendo quedado vacante el gobierno, el Comité Central del partido se instaló como vencedor en aquella revolución de palacio. Kerensky intentó marchar sobre Petrogrado con algunas tropas sacadas del frente de guerra, cosacos y la división caucasiana, pero fracasó por la vigorosa intervención armada de los obreros de la capital y, sobre todo y una vez más, por los marinos de Cronstadt, llegados precipitadamente a prestar ayuda. En una batalla cerca de Gatchina, en los alrededores de Petrogrado, una parte de las tropas de Kerensky fue derrotada y la otra se pasó al campo revolucionario. Kerensky pudo salvarse en el extranjero.

En Moscú y otras partes la toma del poder por el partido bolchevique se efectuó con menos facilidad.

Moscú vivió días de combates encarnizados entre las fuerzas revolucionarias y las de la reacción, que dejaron muchas víctímas. Numerosos barrios de la ciudad resultaron muy dañados por el fuego de la artillería. Finalmente, la revolución la ocupó. En otras ciudades, igualmente la victoria costó violentas luchas.

El campo, en general, permaneció casi indiferente. Los campesinos estaban muy absorbidos por sus preocupaciones locales: desde hacía mucho tiempo se preocupaban en resolver por sí mismos el problema agrario; no temían el poder de los bolcheviques. Puesto que tenían la tierra y no temían el retorno de los señores, estaban bastante satisfechos y eran indiferentes ante los defensores del trono. No esperaban nada malo de los bolcheviques, ya que se decía que éstos querían terminar la guerra, lo cual les parecía justo. No tenían, pues, ningún motivo para desconfiar de la nueva revolución.

La manera cómo ésta se cumplió ilustra sobre la inutilidad de una lucha por el poder político. Si éste es sostenido por una gran mayoría y, sobre todo, por el ejército, no es posible abatirlo, y si es abandonado por la mayoría y por el ejército, que es lo que se produce en el momento de una verdadera revolución, entonces tampoco vale la pena dedicarse a él especialmente. Ante el pueblo armado se derrumba solo. Hay que abandonar el poder político para ocuparse del poder real de la revolución, de sus inagotables fuerzas potenciales, de su irresistible impulso, de los inmensos horizontes que abre, de todas las enormes posibilidades que contiene en su seno.

En muchas regiones, la victoria de los bolcheviques no fue completa, particularmente en el Este y en el Mediodía. Movimientos contrarrevolucionarios se perfilaron muy pronto y se extendieron hasta una verdadera guerra civil que duró hasta fines del año 1921.

Uno de esos movimientos, dirigido por el general Denikin, en 1919, fue sumamente peligroso para el poder bolchevique. Partiendo de los confines de la Rusia meridional, región del Don, Kuban, Ucrania, Crimea, Cáucaso, el ejército de Denikin arribó, en el verano de 1919, casi hasta las puertas de Moscú. Explicaremos más adelante los elementos que le otorgaron tanta fuerza a ese movimiento, así como el modo como este peligro inminente pudo ser evitado, una vez más al margen del poder político bolchevique.

Muy peligroso fue asimismo el levantamiento desencadenado más tarde por el general Wrangel en los mismos parajes, después de haber sido ahogado el dirigido militarmente por el almirante Koltchak en el Este. Las otras rebeliones contrarrevolucionarias fueron de menor importancia.

La mayor parte de estos intentos fueron, en parte, sostenidos y alimentados por intervenciones extranjeras. Algunos han sido patrocinados y hasta políticamente dirigidos por los socialistas revolucionarios moderados y los mencheviques.

El poder bolchevique debió sostener una lucha larga y difícil: primero, contra sus ex colaboradores, los socialistas revolucionarios de izquierda, y segundo, contra las tendencias y el movimiento anarquistas. Ambos combatieron a los bolcheviques, en nombre de la «verdadera revolución social», traicionada, a su entender, por el partido bolchevique en el poder.

El nacimiento y, sobre todo, la amplitud y el vigor de los ataques contrarrevolucionarios fueron el resultado fatal de la deficiencia del poder bolchevique, de su impotencia para organizar la nueva vida económica y social. Ya veremos cuál ha sido la evolución real de la revolución de octubre, y cómo el nuevo poder supo, finalmente, mantenerse, imponerse, dominar la tempestad y resolver, a su manera, los problemas de la revolución.

El año 1922, el bolcheviquismo en el poder pudo sentirse definitivamente dueño de la situación y comenzar su momento histórico.

La explosión produjo las ruinas del zarismo y del sistema feudal-burgués. Era necesario comenzar a edificar la nueva sociedad.