La muerte de la FAJ

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1. El fracaso político de la FAJ

El mejor informe en inglés sobre las evoluciones recientes del movimiento anarquista en Japón es el artículo de Tsuzuki Chushichi “Anarchism in Japan” aparecido en “Anarchism Today”. El informe es breve y ajustado, especialmente en lo tocante a su análisis del movimiento en la post-guerra. Tras esbozar someramente la situación anterior a la guerra, el profesor Tsuzuki se centra en las actividades antimilitaristas llevadas a cabo por estudiantes y grupos locales de ciudadanos durante los años 60 y 70. En particular, señala algo muy importante: que, aunque estos movimientos no se denominaran a sí mismos anarquistas, fueron muy anárquicos en sus principios y modos de actuación. Al elegir hacer hincapié en este campo, Tsuzuki refleja acertadamente cuáles fueron los derroteros del movimiento anarquista japonés de postguerra.

Tras la Guerra, los marxistas japoneses, aprovechando hábilmente el tirón de la “democracia de Potsdam”, consiguieron hacerse con la dirección de los movimientos sociales y laborales y rápidamente los manipularon para sus propósitos. Los anarquistas, entre tanto, perdieron el tren, fracasaron por completo en ampliar sus apoyos y nunca consiguieron crear nada que pudiera llamarse con propiedad un movimiento real. A pesar del vigor del movimiento obrero y estudiantil de esos años, muy pocos anarquistas tomaron parte activamente en ellos y hay que admitir que las pocas actividades que promovieron fueron tremendamente ineficaces. La única excepción fue su labor en el movimiento pacifista (como sección japonesa de la Internacional de Resistentes a la Guerra), aunque tuviera poca relación con las tendencias dominantes en el período.

La FAJ, por su parte, se hallaba centrada en el lanzamiento de sus boletines y es difícil encontrar alguna actividad concreta entre sus grupos, aislados y dispersos (a excepción, sin embargo, de algunas en las regiones de Tokio, Nagoya y Kansai). Entre tanto, la situación social de Japón, y el panorama de la izquierda en general, estaba cambiando dramáticamente.

Al igual que en el resto del mundo, la política de enfrentamiento frontal del Partido Comunista de Japón (PCJ) de la inmediata posguerra se transformó a raíz de los hechos de Hungría en 1956 y la crítica internacional del estalinismo que les siguieron. El mito del PC como la vanguardia rectora de la revolución cayó. El efecto sobre los miembros del Partido y sobre la izquierda en general fue catastrófico. El primer indicio del nuevo estado de cosas fue la irrupción en 1960 de la lucha contra el AMPO (Tratado de Seguridad Conjunta Americano-Japonés), la primera gran movilización popular en el Japón de la postguerra.

La FAJ, a diferencia de la mayoría de las demás organizaciones, fue sobrepasada por la velocidad de los cambios. Para los anarquistas, este criticismo de nuevo cuño del estalinismo ya formaba parte de su programa. La represión en Hungría no hacía más que confirmar sus argumentos: la oportunidad era inmejorable, pero ¿la aprovecharon? Ni mucho menos: la FAJ subestimó el trauma que los acontecimientos habían ocasionado entre los marxistas. Por ello, cuando estalló la lucha contra el AMPO, la FAJ no tomó parte en ella y sus miembros la ignoraron, al tiempo que se volcaban en sus propias actividades locales. Comenzó una crítica de la obvia impotencia de la FAJ. “La FAJ es sólo un grupo más; a pesar de que afirma abarcar un ámbito nacional, no funciona en absoluto como federación. Debemos centrarnos en nuestras propias actividades locales e ignorarla”. Posiciones de este tipo eran frecuentes (sobre todo entre los militantes de Kansai) y fueron expuestas en otoño de 1953 en una conferencia titulada “Sobre la Reconstrucción de la Federación y el estado actual del movimiento”, presentada a la Conferencia Nacional de ese año por el delegado Yamaguchi:

“Tenemos elaborado un programa de actuación, pero no hemos pensado en cómo llevarlo a la práctica. Tenemos un conjunto de objetivos ideales, pero permanecen irrealizados. Tenemos un puñado de militantes esparcidos por el país, la mayoría de los cuales son simples nombres en un registro, pues no contribuyen para nada; otros son sólo algo así como simpatizantes, con cuya lealtad no podemos contar. Luego hay algunos “viejos” anarquistas que, si te acercas a ellos, te dan algo de dinero “para la causa” y charlan contigo un rato y, por último, los jóvenes, que, al poco de ser miembros, abandonan. Con sólo esta gente disponible, la cooperación entre secciones locales ha acabado en estado de coma. Tenemos un puñado de esfuerzos dispersos, como mucho. En el aspecto positivo ¿qué tenemos? Bueno, tenemos un boletín irregular, Anakizumu; y celebramos actos esporádicos y mal organizados a los que nadie hace demasiado caso…”

Mientras la FAJ se convertía en poco más que en un círculo político contemplativo, hubo quienes quisieron asumir esa realidad, como el mismo delegado Yamaguchi:

“Dado que la federación no es más que un círculo, ¿por qué no afrontamos el hecho de cara y la reorganizamos de acuerdo a ello? No quiero decir que debamos destruir la federación, sino que dado lo que es, debemos simplemente reconocer su realidad cambiando tanto la forma organizativa como nuestras actitudes. Tenemos tres tareas: la primera, afrontar estos hechos; la segunda, sobre la base de estos hechos, tomar una decisión clara sobre hacia dónde queremos ir; y la tercera, tras considerar las medidas que debemos tomar en esa dirección, concentrar todas nuestras fuerzas en poner en práctica esas medidas” [citado en Mukai Ko" Yamaga Taiji, p 177]

De modo que, en 1962, justo cuando la gente estaba empezando a valorar el significado de la recién finalizada lucha contra el AMPO, la FAJ modificaba sus principios y afirmaba específicamente “la FAJ no es una organización-movimiento” sino un “grupo de estudio sobre teoría e ideología”. Pocos cambios prácticos acompañaron, sin embargo, a esta modificación que no hizo más que cuadrar lo proclamado con lo existente.

Por otra parte, iba a haber consecuencias imprevistas. A pesar de que sus principios habían caído por sí solos, el mismo nombre de “Federación Anarquista Japonesa” daba la impresión de una organización revolucionaria implicada en actividades útiles y prácticas. Por eso mucha gente joven que acudió a ella se marchó desilusionada con rapidez. Tras la decisión de convertir la Federación en un mero grupo de estudio había estado el deseo de evitar precisamente eso reduciendo la distancia entre lo que se afirmaba ser y lo que se era. Sin embargo, el hecho de mantener el nombre de “Federación Anarquista” lo que hizo fue socavar la fe de la gente en el propio anarquismo al tiempo que en la FAJ.

2. La “nueva izquierda” en Japón

La década de los 60 vio un reverdecer del movimiento antisistema de la izquierda japonesa. Fue muy significativo el crecimiento a fines de los 60 de los “radicales no sectarios”, militantes antiestalinistas opuestos a la hegemonía del PCJ. Éste es el principal elemento distintivo entre la primera lucha contra el AMPO, que culminó en 1960 y que fue dirigida por la izquierda institucional (principalmente el PCJ) y la segunda, enfocada a evitar la renovación del Tratado en 1970. De hecho, ésta no fue más que parte de un movimiento popular más amplio que emergió simultáneamente en varios frentes.

En dicho movimiento estaban incluidos una asociación de estudiantes, en particular los radicales al margen del PCJ, con el nombre de “Comité Conjunto de Lucha de los Estudiantes” (Zenkyõtõ) y el grupo que aglutinaba los fuertes sentimientos antimilitaristas presentes en la población japonesa: “Comité Ciudadano por la Paz en Vietnam” (Beheiren). La táctica de los estudiantes, convertir cada universidad un núcleo independiente de lucha revolucionaria, tuvo un buen resultado, que continúa en nuestros días, aunque el movimiento haya entrado en una fase de estancamiento.

Beheiren

En la segunda mitad de los sesenta, nacieron los grupos Beheiren por todo el país e inmediatamente empezaron a iniciar luchas para erradicar males locales a través de sus propios esfuerzos. Al tiempo que reconocía en gente como Oda Makoto, el primero por abogar por un movimiento ciudadano, a líderes teóricos y prácticos, este movimiento popular antibelicista y antiPCJ ciertamente no iba a dejarse manejar. Fue un genuino movimiento social capaz de movilizar a la población japonesa, con independencia de que fueran trabajadores o estudiantes. “Grupo de ciudadanos” fue una definición genérica que se aplicó a una gran cantidad de actividades espontáneas populares. Cuando los activistas decidieron agruparse para darle algún tipo de “forma al movimiento”, la idea de “organización” encontró fuertes resistencias. “¡Beheiren nace donde nosotros queremos!”, “¡No es una organización, sino un movimiento!”. Por consiguiente, Beheiren existió como movimiento activo en el que sus integrantes se involucraban en sus propias luchas locales. Desde el momento en que el movimiento desapareció como consecuencia de la nueva situación de Indochina, Beheiren desapareció con él.

Beheiren fue como una bocanada de aire fresco para la izquierda japonesa, su estilo fue algo completamente novedoso en la historia de los movimientos populares en Japón. En sus relaciones horizontales basadas en una conciencia de solidaridad en una lucha común había una clara denuncia de las organizaciones centralizadas hasta el momento dominantes en la izquierda. En el movimiento Beheiren podemos percibir ese tipo de solidaridad que sólo puede dar la libre federación.

Las características del movimiento Beheiren pueden enumerarse así: rechazando el síndrome del liderismo, hacía hincapié en la autonomía de cada grupo; una vez fijados los objetivos, cualquier tendencia política era aceptable con la condición de que contribuyera a estos objetivos y no buscara obligar al resto a compartir sus premisas. Por consiguiente, en el movimiento Beherein tenían cabida marxistas, anarquistas, socialdemócratas, liberales y todos los matices intermedios. Era atractivo para gente que no pertenecía a ninguna organización y que hasta entonces no había tenido la oportunidad de participar en ninguna actividad. El concepto de “organización” fue rechazado a favor del de “movimiento”. Como hemos mencionado anteriormente, esto se sumaba al rechazo de la estructura de poder centralizada común a la mayoría de grupos de izquierda.

Zenkyõtõ

Japón no fue una excepción al fermento que sacudió las universidades de todo el mundo a continuación de mayo del 68 en París, y los “radicales no sectarios” jugaron un gran papel. Aunque la alianza degenerara luego en una lucha por la hegemonía sobre el movimiento estudiantil, al principio estos grupos tenían como bandera la actividad autónoma. La organización que crearon, Zenkyõtõ, constituía una grave amenaza para el sistema y es significativo que los ataques más violentos, tanto físicos como verbales, contra el nuevo modo de hacer, provinieran de la sección estudiantil del PCJ (conocida como “Misei”). Este episodio de rebelión estudiantil es conocido usualmente como “movimiento Zenkyõtõ”.

Zenkyõtõ, que tenía secciones en todas las universidades, se rebeló específicamente y de modo violento contra las autoridades universitarias. Desde aquí, la lucha se extendió de modo natural y en paralelo contra el autoritarismo del sistema japonés en general. La solidaridad creada por el hecho de compartir unos objetivos comunes fue la característica principal del movimiento Zenkyõtõ. En el slogan más popular de aquel tiempo, “fuerza en la solidaridad, sin miedo a estar solo”, puede verse la combinación clave: confianza en las propias fuerzas y determinación, además de saberse completamente respaldado por el movimiento. Las características que hemos apuntado como propias de Beheiren pueden aplicarse igualmente a Zenkyõtõ (1)

En cuanto a resultados políticos ambos movimientos, Beheiren and Zenkyõtõ, consiguieron pocos. Sin embargo, lo que lograron fue algo mucho más importante: a través de sus actividades y agitación jugaron un papel educativo inconmensurable que afectó no solo a los quienes tomaron parte en ellas, sino también a la conciencia de un amplio número de japoneses. Este efecto puede verse actualmente en la multitud de grupos anticontaminación, antiinflación, antimilitaristas y de otro tipo que existen por todo el país. Prácticamente cualquier asunto, por nimio que sea, puede dar pie a un nuevo grupo de ciudadanos. La situación era propicia para una exhumación de la teoría anarquista. De hecho, puede decirse que “la anarquía prevaleció”. Hubo una tendencia generalizada a mirar más allá de Marx para explicar el contenido teórico de este movimiento multiforme y espontáneo ¡Qué propicia estaba la tierra para la siembra en aquel entonces! El único problema para los anarquistas fue que, mientras este fenomenal resurgimiento estaba teniendo lugar, la FAJ se encontraba ausente.

3. La muerte de la FAJ

A fines de los 60, habían aparecido “Grupos de Estudio del Anarquismo” en prácticamente todas las universidades de Japón. Sus integrantes tomaron una parte activa en el movimiento Zenkyõtõ, ganándose una reputación como la “Brigada del Casco Negro” (aunque, dado que generalmente se abstuvieron de participar en las riñas por presentarse a sí mismos como la avanzadilla ideológica de la izquierda, no recibieron el respaldo internacional que muchas de las facciones casi trotskistas sí que lograron).

La FAJ estuvo al margen de todas estas actividades, la mayoría de sus miembros simplemente se olvidaron de ella y se centraron en sus propios asuntos. La FAJ se encontró fuera de juego tanto en lo que respecta al propio movimiento como por los rápidos cambios de la situación social. Tras observar la dificultad de despertar entusiasmo alguno por sus grupos de estudio ideológicos y viendo que los contactos con los grupos locales se desvanecían, la FAJ empezó gradualmente a ver por dónde iban los tiros a través de una sucesión de exámenes autocríticos.

Al mismo tiempo, sin embargo, la actitud hacia ella de los militantes anarquistas comenzó a endurecerse. Desde “el movimiento puede funcionar bien sin una federación nacional”, el sentimiento general pasó a ser “esta federación nacional constituye un obstáculo para el movimiento”. El descalabro final vino provocado por el “incidente Haihansha”, un ataque llevado a cabo sobre una fábrica de Nagoya en nombre del movimiento anti-guerra por un pequeño grupo anarquista afiliado a la FAJ. Desde este incidente pueden contarse los últimos días de la FAJ. En 1968, decidió autodisolverse. El último número de su boletín, “Jiyü Rengo” (“Libre Federación”), aparecido en enero de 1969, lo anunciaba como “disolución progresiva” y “estallido en el rostro del enemigo”. La FAJ, en 1968, se dio cuenta de lo que pasaba desde inicios de los 60 y decidió voluntariamente poner fin a su existencia. Irónicamente, este fin ignominioso tuvo lugar en el cenit de un nuevo resurgir del movimiento anarquista y el incremento de las actividades de los “nuevos” anarquistas. En cuanto a las razones de la muerte de la FAJ, sólo ahora, a mediados de los 70, podemos empezar a analizarlas.

(1) No hay que confundir "Zenkyõtõ" con "Zengakuren," la Unión Nacional de Estudiantes Japoneses, que era hija de los 60 y no jugó ningún papel en esta nueva lucha. Aunque continuó nominalmente, tras la derrota de la primera lucha anti-AMPO, la organización se fragmentó y se hundió. Además, mientras Zengakuren era una organización, Zenkyõtõ puede calificarse de movimiento.

Publicado en Libero International nº 2

Traducido al castellano para www.alasbarricadas.org

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