Creación de los Soviets

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Extracto de La Revolución desconocida de Volin. Ed. Campo Abierto.

Contenido

Introducción

El gobierno zarista procura canalizar el movimiento obrero hacia una actividad «legal»

La rápida extensión alcanzada por la actividad revolucionaria a partir de 1900 preocupaba bastante al gobierno y, sobre todo, la simpatía que despertaba la propaganda en el seno de la clase obrera. A pesar de su existencia ilegal, los dos partidos socialistas poseían en las grandes ciudades sus respectivos comités, círculos de propaganda, imprentas clandestinas y nutridas agrupaciones de prosélitos. El partido socialista revolucionario lograba cometer atentados que, por su resonancia., atraían la atención y hasta la admiración de todos los ambientes. El gobierno juzgó insuficientes los medios de defensa y de represión, tales como la vigilancia, el espionaje, la provocación, la cárcel y la matanza. A fin de sustraer a la masa trabajadora de la influencia de los partidos socialistas y de toda actividad revolucionaria, las autoridades concibieron un plan maquiavélico: crear una organización proletaria legal, autorizada, cuya dirección y orientación dependerían naturalmente de sus dictados. El zarismo aplicaba así un doble juego ofensivo: atraería hacia sí las simpatías y el reconocimiento de los trabajadores, al desviarlos de los partidos revolucionarios, y conduciría a la clase obrera hacia donde más le conviniese, vigilándola de cerca.

Tarea delicada; era necesario atraer a los obreros hacia esos organismos de Estado, venciendo su desconfianza; había que interesarlos, seducirlos, adularlos y engañarlos sin que ellos se percataran de la maniobra; simular, en fin, que se marchaba al encuentro de sus propias aspiraciones. ..Se quería eclipsar a los partídos, neutralizar su propaganda y sobrepasarlos, especialmente por medio de actos concretos. Para asegurar el éxito del plan, el gobierno estaba dispuesto a otorgar ciertas conc;esiones de orden económico y social.

La ejecución de semejante programa exigía hombres de absoluta confianza y además hábiles, sagaces, conocedores de la psicología obrera, audaces, capaces de ganar la confianza y de imponerse. La elección gubernamental se decidió finalmente por dos agentes de la policía política secreta, la Okhrana, quienes debían ejecutar el proyecto. Uno de ellos fue Zubaloff, por Moscú; el otro, sacerdote y capellán de una de las prisiones de San Petersburgo, fue el pope Gapone.

Así, el gobierno del zar quería jugar con fuego, pero no tardó en sentir los crueles efectos de las quemaduras.


La epopeya gaponista. Primera Huelga General

En Moscú, Zubatoff fue pronto desenmascarado y no pudo adelantar en su proyecto. Pero en San Petersburgo, Gapone, muy diestro, obrando en la sombra, supo ganar la confianza y hasta la afección de los medios obreros. Con talento de agitador y de organizador, puso en pie a las llamadas Secciones obreras, que él guiaba y animaba con gran actividad. Hacia fines de 1904, estas Secciones llegaron a once, en diversos barrios de la capital, con algunos millares de afiliados; muy concurridas por entusiastas que iban a ellas a hablar de sus asuntos, escuchar alguna conferencia y leer periódicos. La entrada era vigilada por los obreros gaponistas; los militantes de los partidos políticos eran excluidos y, si lograban entrar, solían ser descubiertos y expulsados.

Los trabajadores de San Petersburgo tomaron muy en serio sus Secciones. Con entera confianza en Gapone, le hablaban de sus desgracias y sus aspiraciones; discutiendo con él los medios de mejorar su situación, examinaban proyectos de lucha contra los patronos. Hijos de un pobre campesino, habiendo vivido entre trabajadores, Gapone comprendía muy bien la psicología de sus confidentes. Además, sabía simular en forma adecuada su aprobación y sus vivas simpatías al movimiento obrero. Tal era su misión oficial.

La tesis del gobierno era: «Trabajadores: podéis mejorar vuestra situación aplicando metódicamente y dentro de las formas legales las directivas de las Secciones sindicales, y para ello no es necesaria vuestra participación en la política. Ocupaos de vuestros intereses personales concretos, inmediatos, y muy pronto tendréis una existencia más feliz. Los partidos y las luchas politicas, las recetas propuestas por los malos pastores, los socialistas y revolucionarios, no os conducirán a nada bueno. Atended vuestros intereses económicos inmediatos y por esta vía legal obtendréis vuestro mejoramiento. El gobierno os sostendrá». Esto es lo que Gapone y sus ayudantes, reclutados entre los mismos obreros, propagaban en los sindicatos.

Los obreros respondieron y comenzaron su acción económica, formulando sus reivindicaciones de acuerdo con Gapone. Este, en situación tan delicada, debió colaborar para no provocar el descontento entre los trabajadores, que lo habrían acusado de traicionar sus intereses y de sostener los del patronato. No quería perder su popularidad despertando sospechas graves contra él y su obra. En su doble juego, Gapone debía, ante todo ya cualquier precio, conservar las simpatías ganadas; aparentaba, pues, sostener toda causa obrera para retener la dirección, manejar las masas a su antojo y canalizarlas en el plan trazado; pero ocurrió todo lo contrario. La agitación sobrepasó los límites que se le había asignado y alcanzó un vigor y un ritmo imprevistos, trastornando todos los cálculos y combinaciones de los iniciadores. Pronto se transformó en una verdadera tempestad que arrastró al mismo Gapone.

En diciembre de 1904 los obreros de la fábrica Putiloff, una de las más importantes de San Petersburgo y en la que Gapone contaba con numerosos adeptos y amigos, decidieron comenzar la acción. De acuerdo con él, redactaron y remitieron a la dirección una lista de reivindicaciones de orden económico bastante moderadas. A fin de mes, fueron informados por la dirección que no consideraba factibles las mejoras solicitadas, a cuya aceptación el gobierno no podía forzarla. Además, despidió a algunos de los dirigentes obreros, cuya inmediata reintegración al trabajo fue exigida por los demás, reclamación igualmente rechazada.

La indignación y la cólera de los obreros estallaron. Primero, por la infructuosidad de sus largos y laboriosos esfuerzos, y luego, porque se les había hecho creer que su acción no podría dejar de ser eficaz. Gapone les había hecho concebir esperanzas, y he aquí que su primer paso en la vía legal les reportaba un fracaso injustificado. Al par que abatidos, se sintieron moralmente obligados a intervenir por sus compañeros despedidos.

Las miradas se fijaron en Gapone. Este, para conservar el prestigio, simuló indignación como ellos y los incitó a insistir con más fuerza. Sintiéndose protegidos en sus reivindicaciones exclusivamente económicas, apoyados por las secciones y por Gapone, en numerosas reuniones tumultuosas decidieron declararse en huelga. El gobierno, confiando en Gapone, les dejaba hacer. La huelga de la fábrica Putiloff fue la primera huelga importante en Rusia, iniciada en diciembre de 1904.

Todas las secciones obreras se levantaron para defender la acción de los trabajadores de Putiloff, comprendiendo que su fracaso seria el fracaso general. Gapone debió recorrer, una por una, todas las secciones, pronunciando discursos en favor de los huelgistas e invitando a todos a apoyarlos eficazmente.

Una agitación obrera extraordinaria invadía a San Petersburgo. Los talleres fueron espontáneamente abandonados. Sin orden, sin preparación ni dirección, la huelga de Putiloff adiquiría carácter general. Fue como una tempestad; los huelgistas se precipitaron en las secciones, sin atender formalidades ni vigilancias, clamando por la acción inmediata, porque la sola huelga no era suficiente; había que hacer algo grande, impresionante, decisivo. Tal era el sentimiento general.

Entonces surgió, jamás se supo exactamente de dónde ni cómo, la fantástica idea de redactar, en nombre de los obreros y los campesinos desheredados de todas las Rusias una petición al zar; de volcarse, para apoyarla, en grandes masas ante el Palacio de Invierno; de entregarla, mediante una delegación encabezada por Gapone, al zar mismo, y solicitarle que escuchara la expresión de las miserias de su pueblo. Por ingenua y paradójica que pareciese, esta idea se extendió rápidamente entre los obreros de San Petsrsburgo; los unió, los inspiró y los entusfasmó, dando sentido y finalidad precisa al movimiento.

Las secciones siguieron a las masas y se organizó la acción. Gapone fue encargado de redactar la petición, y aceptó. Los acontecimientos lo transformaron así en el conductor de un histórico movimiento proletario importante.

A principios de enero de 1905, el documento quedó terminado. Estaba hecho en sencillo estilo, lleno de emoción, entusiasmo y confianza. Las miserias del pueblo se reflejaban en él con mucho sentimiento y sinceridad. Se pedía al zar que aprobase las reformas solicitadas y velase por su cumplirmiento. El petitorio de Gapone fue, sin duda, de alta inspiración, realmente patético. Se trataba ahora de que todas las secciones lo hiciesen suyo, de llevarlo a conocimiento de las vastas masas y de organizar la marcha al Palacio de Invierno.

Revolucionarios pertenecientes a los partidos políticos, que se habían mantenido hasta entonces al margen del gaponismo, se acercaron a Gapone. Trataron, ante todo, de convencerlo para que el tono del petitorio y de la acción inmediata fuera menos servil, más digno, más firme, más revolucionario. Los medios avanzados ejercieron sobre él idéntica presión. Gapone se prestó a ello con bastante buena voluntad. Los socialistas revolucionarios, sobre todo, se le aproximaron. De acuerdo con ellos, modificó el texto del documento, extendiéndolo considerablemente y atenuando la expresión de fidelidad al zar, de modo que constituyó una de las mayores paradojas históricas conocidas. Se dirigía muy lealmente al zar y se le solicitaba, nada menos, que autorizara y aun realizara una revolución fundamental, la cual, en última instancia, suprimía su poder. Todo el programa mínimo de los partidos revolucionarios figuraba en el escrito. Se exigía con urgencia la completa libertad de prensa, de palabra, de conciencia; libertad absoluta para todas las asociaciones; derecho de agremiación y de huelga; leyes agrarias de expropiación de los grandes latifundios en beneficio de las comunidades campesinas y convocación inmecliata de una Asamblea Constituyente, elegida en base a una ley electoral democrática. Era, decididamente, una invitación al suicidio.

He aquí el texto íntegro y definitivo de la petición:

¡Señor!
Nosotros, trabajadores de San Petersburgo, nuestras mujeres, nuestros hijos y nuesstros padres, viejos sin recursos, venimos, ¡oh Zar!, para solicitarte justicia y protección. Reducidos a la mendicidad, oprimidos, aplastados bajo el peso de un trabajo extenuador, abrumados de ultrajes, no somos considerados como seres humanos, sino tratados como esclavos que deben sufrir en silencio su triste condición, que pacientemente hemos soportado. He aquí que ahora se nos precipita al abismo de la arbitrariedad y la ignorancia. Se nos asfixia bajo el peso del despotismo y de un tratamiento contrario a toda ley humana.
Nuestras fuerzas se agotan, ¡oh, Zar! Vale más la muerte que la prolongación de nuestros intolerables sufrimientos. Por eso hemos abandonado el trabajo y no lo reanudaremos hasta que no se hayan aceptado nuestras justas demandas, que se reducen a bien poco, pero que, sin ello, nuestra vi da no es sino un infierno de eterna tortura.
En nuestro primer requerimiento solicitábamos a nuestros patronos que tuvieran a bien interiorizarse de nuestras necesidades. ¡Y lo han rechazado! Hasta el derecho de discutirlas nos ha sido negado, so pretexto de que la ley no nos lo reconoce.
La demanda de ocho horas de jornada también fue tachada de ilegal, así como la fijación de salarios de común acuerdo; el arbitraje en caso de discrepancia con la administración de la fábrica, la elevación del salario a un rublo diario para los operarios de ambos sexos y la supresión de horas suplementarias, un mejoramiento del estado de los talleres, para que el trabajo no entrañe la muerte a consecuencia de corrientes de aire, de nieve: y de lluvia, mayor atención a quienes caen enfermos y, además, que las órdenes no sean impartidas con acompañamiento de injurias.
Todas estas reivindicaciones han sido rechazadas por ilegales. El solo hecho de haberlas formulado ha sido interpretado como un crimen. El deseo de mejorar nuestra situación es considerado por nuestros patronos como una insolencia.
¡Oh, Emperador! Somos más de 300.000 seres humanos, pero sólo lo somos en apariencia, puesto que en realidad no tenemos ningún derecho humano. Nos está vedado hablar, pensar, reunirnos para discutir nuestras necesidades y tomar medidas para mejorar nuestra situación. Cualquiera de nosotros que se manifieste en favor de la clase obrera puede ser enviado a la prisión o al exilio. Tener buenos sentimientos es considerado un crimen, lo mismo que fraternizar con un desgraciado, un abandonado, un caído.
¡Oh, Zar! ¿Está esto de acuerdo con los mandamientos de Dios, por cuya gracia Tú reinas? Bajo tales leyes, ¿vale acaso la pena de vivir? ¿No sería preferible para nosotros, trabajadores rusos, morir, dejando a los capitalistas y a los funcionarios vivir solos y gozar de la existencia?
Tal es, Señor, el porvenir que nos espera. Por eso estamos reunidos ante los muros de Tu Palacio. Esperamos encontrar aquí la última tabla de salvación. No te rehuses a ayudar a Tu pueblo a salir del abismo sin ley de la miseria y la ignorancia. Concédele una oportunidad, un medio de cumplir su verdadero destino. Líbralo de la intolerable opresión de los burócratas. Demuele la muralla que te separa de él y llámalo a gobernar el país a Tu lado.
Tú has sido enviado para conducir al pueblo a la felicidad. Pero la tranquilidad nos es arrancada por Tus funcionarios, que no nos reservan más que dolor y humillación.
Examina con atención y sin cólera nuestras demandas, formuladas no para el mal sino para el bien, nuestro bien, Señor, y para el Tuyo. No es la insolencia, sino la conciencia de la necesidad general de terminar con el actual e insoportable estado de cosas, la que Te habla.
Rusia es muy vasta y sus necesidades demasiado múltiples para que pueda ser dirigida por un gobierno compuesto únicamente de burócratas. Es absolutamente necesario que el pueblo participe en él, pues sólo él conoce sus necesidades. No le rehuses el socorro a Tu pueblo. Concede sin demora a los representantes de todas las clases del país la orden de reunirse en Asamblea. Que los capitalistas y los obreros estén representados. Que los funcionarios, los clérigos, los médicos y los profesores elijan también sus delegados. Que todos sean libres de elegir a quienes les plazca. Permite para ello que se proceda a la elección de una Asamblea Constituyente bajo el régimen del sufragio universal.
Tal es nuestra principal demanda, de la que todo depende. Sería lo mejor, el verdadero bálsamo para nuestras heridas, sin el cual ellas permanecerán abiertas y la muerte dará cuenta de nosotros.
No hay panacea para todos nuestros males. Son necesarios muchos remedios. Te los enumeraremos francamente, Señor, con el corazón abierto, como aun padre.
Son indispensables las medidas siguientes.
Figuran en el primer grupo las que tienden a eliminar el desconocimiento de nuestros derechos y la ignorancia que agobia al pueblo, ellas comprenden:
1º Libertad e inviolabilidad de la persona; libertad de palabra, de prensa, de asociación, de conciencia en materia religiosa; separación de la Iglesia y del Estado.
2º Instrucción gratuita general y obligatoria.
3º Responsabilidad de los ministros ante la nación; garantías para la legalidad de los métodos administrativos.
4º Igualdad de todos los individuos, sin excepción, ante la ley.
5º Libertad inmediata de todos los que han sufrido por sus convicciones.
En el segundo grupo se señalan previsiones contra el pauperismo, y son:
1º Abolición de los impuestos indirectos. Impuesto directo y progresivo sobre la renta.
2º Derogación de los censos para el rescate de las tierras. Crédito a bajo interés. Entrega gradual de la tierra al pueblo.
El tercer grupo comprende las medidas contra la explotación del trabajo por el capital, y pide:
1º protección del trabajo por la ley.
2º Libertad de organización obrera con fines de cooperación y reglamentación de los asuntos profesionales.
3º Jornada de trabajo de ocho horas; limitación de las horas suplementarias.
4º Libertad de lucha entre capital y trabajo. 5º Participación de la clase laboriosa en la elaboración de una ley de seguros obreros del Estado.
6º Salario normal.
He aquí, ¡Señor!, nuestras principales necesidades. Ordena que ellas sean satisfechas. Júranos que lo serán y harás a la Rusia feliz y gloriosa, y Tu nombre será inscrito en nuestros corazones, en los corazones de nuestros hijos, y en los de los hijos de nuestros hijos.
Pero, si Tú no nos das Tu promesa, si Tú no aceptas nuestra petición, estamos decididos a morir aquí, en esta plaza, frente a Tu Palacio, pues no tenemos dónde ir, ni razón alguna para volvernos. Para nosotros no hay más que dos caminos: : el uno conduce a la libertad y a la dicha; el otro a la tumba. Indícanos uno de ellos, ¡oh, Zar!, y lo seguiremos aunque nos lleve a la muerte.
Que nuestras vidas sean en holocausto por la Rusia agonizante; no lamentaremos el sacrificio. Con alegría las ofrecemos.

A despecho de todo lo que había de contradictorio en la situación, la acción que se preparaba no lo era, sino lógica consecuencia de la presión combinada de las diversas tendencias en juego: una especie de síntesis natural de los diferentes elementos actuantes.

Por una parte, la idea de la gestión colectiva ante el zar no fue, en el fondo, más que una manifestación de la fe ingenua del pueblo en la buena voluntad de aquél por la profunda sugestión de la leyenda del zar. Así, los obreros que en Rusia no rompían jamás sus vínculos con el campo, volvieron a la tradición campesina para ir a pedir al pequeño padre ayuda y protección. Aprovechando la ocasión única, en espontáneo ímpetu irresistible, buscaron, sobre todo, poner el dedo en la llaga, obtener una solución concreta y definitiva. Esperando en el fondo de su simplicidad un éxito, por lo menos parcial, quisieron sobre todo saber a qué atenerse.

Por otra parte, la influencia de los partidos revolucionarios, forzados a mantenerse a cierta distancia, sin la suficiente fuerza como para detener el movimiento y todavía menos para sustituirlo por otro más revolucionario, la ejercían sobre Gapone con decisión y lo obligaron a ir más lejos de lo que él quería.

Fue tal presión un producto bastardo, pero lógico, de las fuerzas contradictorias actuantes.

Los intelectuales liberales asistieron como testigos impotentes al desarrollo de los acontecimientos.

La conducta y la psicología de Gapone, por contradictorias que puedan parecer, tienen una explicación sencilla. Al principio, simple comediante, agente a sueldo de la policía, fue cada vez más arrastrado por la formidable marea del movimiento popular que lo colocaba irresistiblemente en la vanguardia. Los acontecimientos lo colocaron, a su pesar, a la cabeza de las multitudes, para las que se había convertido en un ídolo. Aventurero y novelesco, debió dejarse mecer por una ilusión, y percibiendo instintivamente la importancia histórica de los hechos, quizá los apreció con exageración. Veía ya a todo el país en revolución, el trono en peligro, y él, Gapone, jefe supremo del movimiento, ídolo del pueblo, elevado a las cumbres de la gloria. Fascinado por este sueño, que la realidad parecía querer justificar, se dio finalmente por completo a la agitación desencadenada. Desde entonces, su misión policial no le interesó más. En esas jornadas de fiebre, deslumbrado por los destellos de la formidable tormenta social, quedó ensimismado por su nueva postura, que debía antojársele casi providencial. Esta era quizá la psicología de Gapone en enero de 1905. Probablemente, el hombre entonces era sincero, y ésta es la impresión personal del autor, que lo conoció algunos días antes de los acontecimientos y lo vio actuar.

Incluso el fenómeno más extraño, el silencio del gobierno y la ausencia de toda intervención policial en el curso de la febril preparación, se explica fácilmente. La policía no pudo comprender la mudanza de Gapone. Confiaron en él hasta el fin, considerando que hacía una hábil maniobra; cuando después se percataron del cambio y del peligro inminente, ya era demasiado tarde para canalizar y diIigir la marea ascendente. Al principio un poco desconcertado, el gobierno tomó finalmente la resolución de esperar el momento favorable para aplastar de un solo golpe la agitación. La policía se mantenía a la expectativa, y este hecho incomprensible, misterioso, envalentonó a las masas, aumentando sus esperanzas. «El gobierno no se atreve a oponerse al movimiento: se inclinará», se decía generalmente.

La marcha hacia el Palacio de Invierno había de ser en la mañana del domingo 9 de enero, del antiguo calendario. Los últimos días fueron dedicados a la lectura pública de la petición en las secciones. En todas se procedía casi de igual manera. Gapone mismo, o alguno de sus amigos, leía y comentaba el documento frente a los obreros, que ocupaban los locales por turno. Una vez lleno el local, se cerraba la puerta y se daba a conocer la petición. Los asistentes estampaban sus firmas en una hoja especial y salían para dejar lugar a otra multitud que esperaba su turno en la calle; la ceremonia recomenzaba, y así en todas las secciones, hasta después de medianoche.

La nota trágica de esos últimos preparativos era el llamado supremo del orador y el juramento solemne, feroz, de la masa: «¡Camaradas obreros, campesinos y otros! ¡Hermanos de miseria! Sed todos fieles a la causa y al compromiso. El domingo por la mañana, todos a la plaza, ante el Palacio de Invierno. Cualquier desfallecimiento de vuestra parte será una traición. Pero venid serenos, pacíficos, dignos de esa hora solemne. El padre Gapone ya ha prevenido al zar y le ha garantizado, bajo su responsabilidad personal, que entre vosotros estará seguro. Si vosotros os permitís cualquier abuso, el padre Gapone responderá de él. Habéis escuchado la petición. Solicitamos lo justo. No podemos continuar más esta existencia miserable. Vayamos, pues, hacia el zar con los brazos abiertos, plenos los corazones de amor y de esperanza. El no puede tratarnos sino de la misma manera y prestar oídos a nuestra demanda. Gapone mismo le entregará la petición. Esperemos, camaradas; esperemos, hermanos, que el zar nos recibirá, nos escuchará y dará satisfacción a nuestras legítimas reivindicaciones. Pero si el zar, mis hermanos, en lugar de recibirnos, nos opone los fusiles y los sables, entonces ¡que la desgracia caiga sobre él! ¡Ya no tendríamos más zar! ¡Sería maldito para siempre, él y toda su dinastía!... ¡Jurad todos, camaradas, hermanos, simples ciudadanos, que si así sucede no olvidaréis jamás la traición.! ¡Jurad que destruiréis al traidor por todos los medios posibles!»... y la asamblea en pleno, arrebatada por un impulso extraordinario, respondía mientras levantaba los brazos: «¡Lo juramos!»

Cuando Gapone leía la petición, y lo hacía por lo menos una vez en cada sección, agregaba lo siguiente: «Yo, sacerdote Jorge Gapone por la voluntad de Dios, os libro entonces del juramento prestado al zar y bendigo de antemano a aquel que pueda destruirlo. ¡Así ya no tendremos más zar!...» Pálido de emoción, repetía dos y hasta tres veces esta frase delante del auditorio silencioso y emocionado.

«¡Jurad seguirme, jurad lo sobre la cabeza de los vuestros, de vuestros niños!» «¡Sí, padre, sí! ¡Lo juramos sobre la cabeza de nuestros pequeños!», era inevitablemente la respuesta.

El 8 de enero por la tarde todo estaba preparado para la marcha. Las autoridades no quedaron atrás. Ciertos círculos intelectuales y literarios supieron de la decisión del gobierno: no permitir que la multitud se aproximase al palacio y, si insistian, abrir fuego sin piedad contra la misma. Fue enviada una delegación ante las autoridades para evitar el derramamiento de sangre, pero en vano. Se tomaron todas las precauciones. La capital se hallaba a merced de las tropas bien armadas. El domingo 9 de enero, desde temprano, una masa inmensa, compuesta sobre todo de obreros, muchos de ellos con sus familias, y también de otros elementos muy diversos, se puso en movimiento hacia el Palacio de Invierno. Decenas de millares de hombres, mujeres y niños, partiendo de todos los puntos de la capital y de sus alrededores, marcharon hacia la concentración.

Por todas partes tropezaron con barreras de tropas y de policías que abrieron un fuego nutrido contra esta verdadera marea humana. Pero la presión de esta masa compacta de hombres, que aumentaba de minuto en minuto, fue tal que por toda clase de vías oblicuas la multitud afluia sin cesar hacia la plaza, interceptando las calles vecinas. Millares de hombres dispersados por el ataque se dirigían obstinadamente hacia su meta, por las calles adyacentes, movidos por el entusiasmo, la curiosidad, la cólera y la necesidad de desahogar su indignación y su horror. Había muchos que todavía abrigaban un destello de esperanza, creyendo que si lograban llegar ante el palacio del zar, éste los recibiría y todo se arreglaría. Algunos suponían que se vería obligado a ceder; los más ingenuos se imaginaban que el zar no sabía nada de la agresión, y que la policía, habiéndole ocultado los hechos, quería ahora impedir al pueblo que viese al padrecito. Se había de llegar allí a toda costa. Eso era lo jurado... El padre Gapone quizá estaba ya presente.

Oleadas humanas invadieron finalmente los alrededores y penetraron en la plaza; el gobierno no encontró nada mejor que barrer a tiros a esa multitud desarmada, desamparada y desesperada.

Fue un crimen horrendo apenas imaginable en la historia de las vicisitudes proletarias. Ametrallada a quemarropa, aterrorizada, clamante de dolor y de furia, esta gran muchedumbre, no pudiendo avanzar ni retroceder, trabada por su propia masa, sufrió el llamado baño de sangre. Rechazada ligeramente por los disparos, pisoteada, asfixiada, destruida, se rehacía de inmediato sobre los muertos y los heridos, presionada por otras masas que llegaban. y nuevos ataques sacudían a esta multitud con escalofríos de muerte. ..Esta agresión infame duró demasiado, hasta que los sobrevivientes pudieron dispersarse. Centenares de hombres, mujeres y niños perecieron. Los soldados se emborracharon, hasta perder todo escrúpulo.

Centenares de ellos, totalmente inconscientes, instalados en un jardín próximo a la plaza del palacio, se divertían bajando a tiros a los chicos trepados en los árboles «para ver mejor»", El zar ni siquiera se encontraba en la capital durante los sucesos. Después de haber dado carta blanca a las autoridades militares, se había refugiado en una de sus residencias de verano, en Tzarskoie-Sielo, cerca de San Petersburgo.

Gapone, rodeado de portadores de iconos y de imágenes del zar, encabezaba una nutrida columna que se dirigía hacia el palacio por la Puerta de Narva; fue dispersada por las tropas cuando se encontraba en el umbral. Gapone consiguió sortear el peligro. A los primeros disparos tiróse cuerpo a tierra y no se movió más. Se le creyó muerto o herido; fue llevado por algunos amigos hasta un lugar seguro, le cortaron los largos cabellos de pope y le vistieron de civil.

Por fin huyó al extranjero; al abandonar Rusia, Gapone hizo un manifiesto a los obreros, que decía:

Yo maldigo, como pastor, a todos los oficiales y soldados que hoy asesinan a sus hermanos inocentes, mujeres y niños. Yo maldigo a todos los opresores del pueblo. Bendigo a los soldados que ayudan a los esfuerzos populares por la libertad, y los libero del juramento de fidelidad que han prestado al zar traidor, por cuyas órdenes se ha hecho correr la sangre del pueblo. Además redactó esta proclama, distribuida en todo el país: Camaradas obreros: ¡Ya no hay zar! Entre él y el pueblo ruso ha corido la sangre. Los obreros deben emprender ahora solos la lucha por la libertad. Os bendigo para los próximos combates. Mañana estaré con vosotros y hoy trabajo por la causa común. Salvado por sus amigos, el ex pastor Gapone se exiló; los socialistas revolucionarios cuidaron de él, aunque su porvenir sólo dependía de él mismo. Se le proporcionaron los medios necesarios para romper definitivamente con su pasado, completar su instrucción y definir su posición ideológica, para llegar a ser un hombre de acción. Pero Gapone no tenía el temple necesario. El fuego idealista que, por azar, afloró un día en su carácter tenebroso se convirtió en seguida en ambición y afán de goces personales. No se dedicó a su propia educación ni se preparó para una actividad trascendente; permaneció en la inactividad y en el aburrimiento. El trabajo paciente no le seducía y soñaba una continuación inmediata y gloriosa de su efímera aventura. Mientras tanto, Rusia seguía empantanada y la gran revolución se postergaba. Gapone se hastiaba y buscó el olvido en el libertinaje; pasaba su tiempo en turbios lugares, donde, medio borracho y en compañía de mujeres ligeras, lloraba sus perdidas ilusiones. La vida en el extranjero le disgustaba; la nostalgia del país le atenazaba; quería retornar a Rusia a cualquier precio.

Concibió la idea de dirigirse al gobierno ruso solicitando su perdón y autorización para volver a su servicio. Escribió a la policía secreta y reanudó las relaciones con ella. Sus antiguos jefes recibieron favorablemente la solicitud. Pero, ante todo, le exigieron una prueba de su arrepentimiento y buena voluntad. Conociendo su amistad con miembros influyentes del partido socialista revolucionario, le solicitaron indicaciones precisas para asestarle un golpe decisivo. Gapone aceptó.

Uno de esos miembros influyentes, amigo íntimo de Gapone, ingeniero Rutemberg, tuvo noticias de las nuevas relaciones de Gapone con la policía y lo comunicó al comité central del partido, el cual le encargó que hiciese todo lo posible por desenmascararlo.

Rutemberg cumplió su cometido. Haciendo creer a Gapone que traicionaria a su partido por una fuerte suma de dinero, obtuvo las confidencias suficientes. Se convino que transmitiría a la policía, por intermedio de Gapone, los secretos más importantes del partido.

Se discutió el precio. Esta discusión, simulada y prolongada conscientemente por Rutemberg, se terminó en Rusia, adonde Gapone y Rutemberg pudieron regresar.

El último acto del drama se desarrolló en San Petersburgo. Rutemberg previno a algunos obreros fieles a Gapone, quienes se negaban a creer en su traición y exigieron se diera una prueba evidente. Se convino en que ellos asistirían ocultos a la conversación entre Gapone y Rutemberg, en la que se fijaría el precio de la supuesta traición de éste.

El encuentro se realizó en una casa desierta no lejos de la capital. Los obreros, ocultos en una pieza contigua, se convencerían de la verdad para desenmascarar a Gapone públicamente.

Pero los obreros no pudieron contenerse. Convencidos de la traición, irrumpieron en la sala, se precipitaron sobre el traidor y, a pesar de sus súplicas, imploradas de rodillas, lo ejecutaron brutalmente y lo colgaron del techo. Fue descubierto el cadáver incidentalmente y así terminó la epopeya personal de Gapone.

En sus memorias, generalmente sinceras, se esfuerza, con poca habilidad, en justificar sus vinculaciones con la policía antes del 9 de enero de 1905, pero parece no haber dicho toda la verdad.

La agitación continuaba.

Los acontecimientos del 9 de enero repercutieron en todo el país. En los más apartados rincones, la gente se informaba, estupefacta e indignada, de que en lugar de prestar oídos al pueblo pacíficamente reunido frente al palacio real para relatar sus miserias al zar, éste había dado fríamente la orden de abrir fuego. Durante mucho tiempo todavía, campesinos delegados por sus villas se infiltraban clandestinamente en San Petersburgo con la misión de conocer la verdad.

Esta verdad muy pronto fue conocida en todas partes, y así la leyenda del zar se desvaneció.

Una paradoja histórica más: en 1881, los revolucionarios asesinaron al zar para destruir la leyenda, pero ella sobrevivió. Veinticuatro años más tarde fue el zar mismo quien la destruyó.

En San Petersburgo, la huelga se transformó en total. El lunes 10 de enero no trabajó ninguna fábrica ni taller. Una sorda rebeldía crecía. La primera gran huelga revolucionaria de los trabajadores rusos fue un hecho consumado.

Fue necesario que el pueblo viviera una experiencia histórica palpable, de gran importancia, para que comenzara a comprender la verdadera naturaleza del zarismo, el conjunto de la situación y las auténticas tareas de la lucha. Ni la propaganda ni el sacrificio de los más entusiastas pudieron por sí solos llegar a este resultado.

El nacimiento de los Soviets

Uno de los hechos más importantes de la Revolución rusa, de los menos conocidos y el más desfigurado, es el origen y la primera actividad de los soviets.

En todo lo que se ha publicado hasta la fecha, no sólo en los estudios extranjeros, sino también en la documentación rusa, existe una laguna insalvable: cuándo y cómo fue creado el primer soviet obrero.

Hasta el presente, casi todos los historiadores y escritores, tanto burgueses como socialistas, mencheviques, bolcheviques, etcétera, databan el nacimiento del primer soviet obrero hacia fines de 1905, en el transcurso de la huelga general de octubre, del famoso manifiesto zarista del día 17 y de los acontecimientos subsiguientes. Esto es falso.

Cierto que algunos autores -especialmente P. Miliukov en sus memorias- hacen algunas alusiones a un esbozo de los futuros soviets en los comienzos de 1905. Pero lo hacen sin ninguna precisión; cuando intentan concretar, se equivocan. Así, Miliukov cree haber encontrado el origen de los soviets en la Comisión Chidlovsky. Esta fue una tentativa oficial, semigubernativa, semiliberal, que después del 9 de enero de 1905, en colaboración con delegados obreros autorizados, intentó vanamente la solución de algunos problemas sociales. Según Miliukov, entre esos delegados había un intelectual, un tal Nossar, que más tarde formó con otros delegados, y al margen de la Comisión, un soviet, el primer soviet obrero, del que el mismo Nossar fue animador y presidente. Esto es inexacto. Cuando Nossar se presentó a la Comisión Chidlovsky era ya miembro y presidente del primer soviet obrero, que había sido creado antes de la existencia de dicha comisión, con la que no tenía relación alguna. Otros autores incurren en análogos errores.

Los socialdemócratas pretenden, a veces, haber sido los verdaderos promotores del primer soviet. y los bolcheviques se esfuerzan por arrebatarles tal primicia. «Ningún partido ni organización ni conductor inspiró la idea del primer soviet.» Este surgió espontáneamente como consecuencia de un acuerdo colectivo, en el seno de un pequeño grupo, fortuito y de carácter absolutamente privado. Lenin, en sus obras, y Bujarin, en su A B C del comunismo, anotan que los soviets fueron creados espontáneamente por los obreros, dejando suponer que eran bolcheviques o, por lo menos, simpatizantes.

He ahí uno de los episodios más desatendidos de la Revolución desconocida. Tiempo es de que la verdad histórica sea establecida. Tanto más cuanto que esta verdad es bastante sugestiva.

Perdóneseme hablar aquí de mí mismo. Involuntariamente estuve vinculado de cerca al nacimiento del primer soviet de delegados obreros, creado en San Petersburgo en enero-febrero de 1905.

A la fecha, yo he de ser acaso el único relator presencial del episodio, a menos que estén aún en vida algunos de los obreros participantes.

Recorriendo la prensa rusa y extranjera que se ocupó de los sucesos de 1905 y de los soviets, he podido comprobar que ninguno de los autores podía decir exactamente cuándo y cómo surgió el primer soviet en Rusia. Todo la que se sabía, y se sabe aun hoy, es que nació en San Petersburgo en 1905 y que su primer presidente fue Nossar, más conocido en el soviet con el nombre de Khrustaleff. Pero ¿de dónde y cómo apareció la idea de este soviet? ¿Quién la lanz6? ¿En qué circunstancias fue adoptada y realizada? ¿Cómo y por qué Nossar llegó a presidirlo? ¿De dónde procedía él, a qué partido pertenecía? ¿Cuál fue la composición y cuál la función primera de tal soviet? Tales interrogantes no han tenido hasta ahora respuesta.

El nacimiento del primer soviet fue un acontecimiento completamente privado, en ambiente muy íntimo, al abrigo de toda publicidad, al margen de toda campaña o acción de envergadura.

En la prensa que trató este punto se hallará el nombre de Nossar-Khrustaleff, citado casi incidentalmente; nadie dice dónde o cómo aparece este hombre, por qué y en qué circunstancias devino presidente del primer soviet. La prensa socialista se siente visiblemente incómoda al tener que hablar de Nossar; cita su nombre con desagrado; no pudiendo callar, lo que preferiría, balbucea sobre Nossar y su importancia algunas palabras inexactas y se apresura a relatar la actividad de los soviets, hacia fines de 1905, cuando el presidente del soviet de San Petersburgo fue León Trotsky.

Se comprende fácilmente tanto la discrección como la molestia y la prisa. Primeramente, ni los historiadores, ni los socialistas, incluso Trotsky, ni los partidos políticos, en general, han sabido el verdadero origen de los soviets, y; lógicamente, les molesta confesarlo. Si los socialistas hubieran conocido los hechos les habría sido necesario declarar que no contaron para nada con ellos. Por eso, conociendo o no la verdad, siempre la soslayaron en ventaja propia.

Me molesta tener que hablar de mí. Por otra parte, nunca tuve ocasión de hablar de los soviets en la gran prensa, en la que, por lo demás, no colaboro. El tiempo ha pasado sin que me decisiese a romper el silencio sobre el origen de los soviets, para combatir los errores y las leyendas y mostrar la verdad [1].

Hace algunos años, vivamente impresionado por las alusiones falsas y presuntuosas de ciertos artículos de revistas, fui a ver a M. Melgunoff, editor en París de una revista histórica rusa. Le propuse hacer, a título puramente documental, el relato exacto del nacimiento del primer soviet obrero. La propuesta no prosperó porque el editor no quiso aceptar mi condición de que los artículos no serían alterados en nada; y porque comprendí que su revista estaba lejos de ser una publicación histórica imparcial.

Obligado a hablar de los soviets, revelo los hechos tal como se produjeron, y si la prensa, histórica o no, se interesa en ellos, encontrará aquí la verdad.

En el año 1904 me encontraba absorbido por un intenso trabajo de educación y cultura entre los obreros de San Petersburgo. Lo hacía con método propio; no pertenecía a ningún partido, pero me sentía intuitivamente revolucionario; no tenía más que veintidós años y acababa de abandonar la Universidad. A fin de año el número de mis alumnos obreros pasaba de cien.

Entre ellos se encontraba una joven que, con su marido, pertenecía a una de las secciones obreras de Gapone; yo había oído hablar muy poco de éste y de sus secciones. Una tarde, mi alumna me acompañó a la sección de nuestro distrito, deseosa de interesarme en esa obra y, particularmente, en su animador. Esa tarde Gapone debía asistir a la reunión.

Por entonces no se había establecido aún el verdadero papel de Gapone. Los obreros de vanguardia, desconfiados de su obra, porque era legal y emanaba del gobierno, la explicaban a su manera. La conducta misteriosa del pope parecía confirmar su opinión de que bajo la coraza protectora de la legalidad Gapone preparaba realmente un vasto movimiento revolucionario. Esta es una de las razones por la cual muchos obreros se negaron luego a creer en la función policial de aquél. Cuando se aclaró, algunos amigos íntimos de .Gapone se suicidaron.

A fines de diciembre conocí a Gapone. Su personalidad me intrigó vivamente; por su parte, pareció interesarse en mi labor educativa. Me entregó una tarjeta con su dirección, y quedamos en volver a vernos para conversar más a fondo.

Días después comenzó la famosa huelga en la fábrica Putiloff; el 6 de enero de 1905 por la tarde mi alumna, muy agitada, vino a comunicarme que los acontecimientos se tornaban graves; que Gapone desencadenaba a las masas obreras de la capital; que recorría todas las secciones, arengando a la multitud y llamando a presentarse el domingo 9 de enero ante el Palacio de Invierno, para entregar una petición al zar; que ya la había redactado y la leería y comentaría en nuestra sección en la tarde del día siguiente, 7 de enero.

Me pareció casi inverosímil y decidí concurrir a la reunión y juzgar la situación por mí mismo. Al día siguiente, un gentío considerable se hizo presente en la sección, colmando, a pesar del frío, la sala y la calle. El ambiente era silencioso y grave. Además de los obreros había muchos variados elementos: intelectuales, estudiantes, militares, agentes de policía, pequeños comerciantes del barrio y mujeres. No había servicio para mantener el orden.

No tardó en llegar Gapone; se abrió paso a través de la masa compacta de pie. Habría quizá un millar. Se produjo un silencio impresionante. Desabotonó su sobretodo y se le vio con la sacerdotal cruz de plata; levantó bruscamente su sombrero, dejando caer en desorden sus largos cabellos, y leyó y explicó la petición a ese gentío atento y conmovido desde las primeras palabras.

A pesar de su voz muy enronquecida -desde hacía varios días se prodigaba sin tregua-, su palabra lenta, casi solemne, pero simple, cálida y de acento sincero, entraba en el corazón de esa gente, que respondía transportada a sus requerimientos.

La impresión era fascinante. Se presentía que algo grande, decisivo, iba a producirse. Recuerdo que temblaba de emoción durante la arenga. Apenas terminó, Gapone descendió del estrado y partió precipitadamente, rodeado por algunos fieles, invitando a los de afuera a escuchar la petición, que sería releída por uno de sus colaboradores.

Separado de él por la multitud, viéndole apurado, absorbido, consumido por un esfuerzo sobrehumano, rodeado de amigos, no traté de aproximarme. Comprendí que mi alumna había dicho la verdad: era inminente un formidable movimiento popular de gravedad excepcional.

Al día siguiente volví a la sección. Quería, ver; sobre todo buscaba el contacto con el pueblo, mezclarme a su acción y determinar mi conducta personal. Me acompañaron muchos de mis alumnos.

Nuevamente encontré una multitud concentrada en la calle. Un miembro de la sección estaba leyendo la petición. Aguardé.

Instantes después la puerta se abrió bruscamente. Un millar de personas salió de la sala, y otro millar se precipitó a ella. Cerrada la puerta, un obrero, sentado en el estrado, comenzó a leer la petición de un modo lamentable. Con voz débil y monótona, el hombre mascullada el texto ante la gente atenta y ansiosa. Diez minutos le bastaron para terminar su soporífera lectura. La sala fue evacuada para recibir un nuevo millar de hombres.

Rápidamente consulté a mis amigos sobre mi decisión de subir al estrado. Hasta entonces, jamás había hablado al pueblo, pero no vacilé. Había que cambiar la forma de enseñarle y levantarlo.

Me aproximé al obrero que se aprestaba a reiniciar la lectura. «Debe estar muy fatigado -le dije-; permítame remplazarlo...» El hombre me observó, sorprendido y turbado. Me veía por primera vez. «No tenga miedo -continué-; soy un amigo de Gapone. He aquí la prueba...» y le extendí la tarjeta. Mis amigos me apoyaron y el hombre acabó por aceptar. Se levantó, me entregó la petición y se retiró. Leí el documento, y me explayé luego en su interpretación, recalcando sobre todo los pasajes esenciales: protestas y reivindicaciones, e insistiendo particularmente en el seguro rechazo de parte del zar.

Volví a hacerlo una vez y otra hasta hora avanzada. y acabé por quedarme adormir en la sección, con varios amigos, sobre mesas arrimadas unas a otras.

A la mañana siguiente, el famoso 9 de enero, volví aún a leer la petición, hasta que salimos a la calle. Una enorme multitud nos esperaba. Hacia las nueve, mis amigos y yo formamos las tres primeras filas, invitamos al pueblo a seguirnos y nos dirigimos al palacio. La multitud se agitó y nos siguió en apretadas filas.

Obligados a cruzar el Neva, chocamos cerca del puente Troisky con un cordón de tropas que, después de intimidarnos en vano, tiraron contra nosotros repetidamente. Al segundo ataque mortífero la gente se dispersó, dejando una treintena de muertos y unos sesenta heridos. Cierto es que muchos soldados tiraron al aire; los vidrios de los pisos altos volaron por los impactos.

Pasaron unos días y la huelga continuaba casi general en San Petersburgo. Movimiento espontáneo, no fue desencadenado por ningún partido político, ni organismo sindical (no los había entonces en Rusia) , ni siquiera por un comité de huelga. Por propia iniciativa las masas obreras abandonaron fábricas y talleres. Los partidos políticos no supieron siquiera aprovechar la ocasión para apoderarse del movimiento, como solían, permaneciendo totalmente al margen.

«¿Qué hacer ahora? -era la inquietante interrogación planteada a los obreros-. La miseria llamaba a la puerta de los huelguistas. Era necesario afrontarla sin demora. ¿De qué manera los obreros deberían y podrían continuar la lucha? Las secciones, privadas de su jefe, se encontraban desamparadas y casi impotentes. Los partidos políticos no daban señales de vida. Se hacia sentir así, imperiosamente, la necesidad de un organismo que coordinara y dirigiera la acción.»

Yo no sé cómo eran encarados y resueltos estos problemas en los distintosbarrios. Quizá ciertas secciones supieron por lo menos acudir materialmente en ayuda de los huelguistas de su radio. En mi barrio los acontecimientos tomaron un giro particular, conduciendo posteriormente, como se verá, a una acción generalizada.

En mi casa se reunia diariamente una cuarentena de obreros del barrio. La policía nos dejaba momentáneamente tranquilos, guardando, después de los recientes acontecimientos, una misteriosa neutralidad, que nosotros aprovechamos. Tratábamos de hallar medios de obrar. Mis alumnos decidieron, de acuerdo conmigo, liquidar nuestra organización de estudios, adherirse individualmente a los partidos revolucionarios y pasar así a la acción, pues todos considerábamos esos acontecimientos como prolegómenos de una revolución inminente. Una tarde -ocho días después del 9 de enero- llamaron a mi puerta. Estaba solo. Entró un joven alto, de aspecto franco y simpático.

-¿Usted es Fulano? -me preguntó. Y ante mi afirmativa, continuó-: Le busco desde hace un tiempo. Ayer, al fin, pude saber su dirección. Yo soy Jorge Nossar. Pasaré de seguida al objeto de mi visita. He aquí de qué se trata. Asistí, el ocho de enero, a su lectura de la petición, y pude observar que usted no pertenece a ningún partido político. -¡Exacto! -Yo, tampoco, pues desconfío de ellos. Soy revolucionario y simpatizo con el movimiento obrero. Pero no conozco a nadie entre los obreros. Cuento, eso sí, con muchísimas relaciones en los medios burgueses liberales, opositores. Se me ocurrió entonces una idea. Sé que millares de obreros, sus mujeres y sus hijos, sufren ya terrible privaciones a causa de la huelga. Los burgueses ricos a quienes conozco no desean nada mejor que socorrer a esos desdichados. En pocas palabras: yo podría recolectar, para los huelguistas, fondos bastante considerables. Se trata de distribuirlos de modo organizado, útil y equitativo. De ahí la necesidad de entablar relaciones con la masa obrera. y he pensado en usted. ¿No podría, de acuerdo con sus mejores amigos obreros, encargarse de recibir y distribuir entre los huelguistas y las familias de las víctimas del nueve de enero las sumas que yo recolecte?

Acepté al punto. Había entre mis amigos un obrero que podía disponer de la camioneta de su patrono para visitar a los huelguistas y distribuir los socorros.

A la tarde siguiente reuní a mis amigos. Nossar se hallaba presente. Traía ya algunos millares de rublos. Nuestra acción comenzó en seguida. Durante algún tiempo esta tarea absorbía mi jornada. Por la tarde recibía de manos de Nossar, contra recibo, los fondos, y trazaba mi plan de visitas. Al día siguiente, ayudado por mis amigos, distribuía el dinero a los huelguistas. Nossar contrajo así amistad con los obreros que me visitaban.

Mientras, la huelga tocaba a su fin. Todos los días mayores grupos de trabajadores volvían a la labor. Y, al par, los fondos se agotaban. y el grave interrogante apareció de nuevo: ¿qué hacer? ¿Cómo proseguir la acción? ¿y cuál ahora?

La perspectiva de separarnos sin un intento de continuar en una actividad común nos parecía penosa y absurda. La decisión que habíamos adoptado de adherirnos individualmente al partido de nuestra elección no nos satisfacía, y buscamos otra cosa. Nossar solía participar en nuestras discusiones. Es así como una tarde, en mi casa, donde se hallaba Nossar y, como siempre, muchos obreros, surgió entre nosotros la idea de crear un organismo obrero permanente, especie de comité o más bien consejo que vigilara el desarrollo de los acontecimientos, sirviera de vínculo entre los obreros todos, les informara sobre la situación y, llegado el caso, pudiera reunir en torno a él las fuerzas obreras revolucionarias.

No recuerdo exactamente cómo se nos ocurrió esa idea. Pero creo recordar que fueron los obreros mismos quienes la adelantaron.

La palabra soviet, que en ruso significa precisamente consejo, fue pronunciada por vez primera en tal sentido específico. Se trataba, en este primer esbozo, de una suerte de permanente actuación obrera social.

La idea fue aceptada, y en esa reunión misma se intentó establecer las bases de organización y funcionamiento. El proyecto adquirió prontamente cuerpo. Se resolvió llevarlo a conocimiento de los obreros de las grandes fábricas de la capital y proceder a la elección, siempre en la intimidad, de miembros de este organismo, que se llamó, por primera vez, Consejo (soviet) de delegados obreros.

¿Quién dirigiría los trabajos del soviet? Los obreros presentes, sin éxito, me propusieron para el cargo.

Muy emocionado por la confianza, decliné categóricamente, sin embargo, el ofrecimiento. Dije a mis amigos: «Sois obreros y queréis crear un organismo para defender los intereses obreros. Aprended, pues, desde el comienzo a manejar vuestros asuntos propios. No los confiéis a quienes no son obreros. Nada de nuevos jefes, que acabarán por dominaros y traicionaros. vuestra lucha y vuestra emancipación nadie puede orientarlas sino vosotros mismos. Por vosotros, por sobre vosotros, en lugar de vosotros, nadie hará nunca algo eficaz. Debéis elegir presidente, secretario y miembros de la comisión administrativa en vuestras propias filas. Si necesitarais esclarecimientos, conocimientos especiales, consejos, en una palabra, ayuda intelectual y moral, podréis dirigiros a intelectuales, agente instruida, que ha de sentirse dichosa de ayudaros no como jefes, sino aportando su concurso sin mezclarse en vuestra organización. Es su deber prestar tal concurso, porque, si os falta la. instrucción indispensable, no es culpa vuestra. Esos amigos intelectuales podrán incluso asistir a vuestras reuniones, pero sólo como consultores. ¿Cómo queréis que sea miembro de vuestra organización si no soy obrero?»

Nada sería más fácil de resolver, se me respondió. Se me procuraría un carnet obrero y formaría parte de la organización con nombre supuesto. Protesté contra semejante procedimiento, juzgándolo indigno de mí y de los obreros, peligroso y nefasto. «En un movimiento proletario -dije- todo debe ser franco, recto y sincero.»

A pesar de mis sugestiones, los amigos no se sintieron suficientemente fuertes para poder pres.cindir de un guía. En consecuencia, le ofrecieron el cargo de presidente a Nossar, quien, no sintiendo mis escrúpulos, aceptó.

Le consiguieron un carnet obrero a nombre de Khrustaleff, delegado de una fábrica. Pronto los delegados de muchas fábricas de San Petersburgo realizaron su primera reunión, que presidió Nossar-Khrustaleff.

Al par se le designó presidente de la organización, cargo que conservó hasta su arresto.

El primer soviet había nacido.

El soviet de San Petersburgo fue integrado, tiempo después, por otros delegados de fábricas, cuyo número llegó a ser imponente.

Durante algunas semanas el soviet se reunió con bastante regularidad, pública y secretamente. Editó una hoja de informaciones obreras: Noticias (Izvestia) del Soviet de los Delegados Obreros. Al mismo tiempo dirigía el movimiento obrero de la capital. Nossar fue, por poco tiempo, como delegado de este primer soviet a la ya citada Comisión Chidlovsky. Desilusionado, la abandonó. Algo más tarde, perseguido por el gobierno, este primer soviet debió cesar casi totalmente sus reuniones.

Durante la conmoción revolucionaria de octubre de 1905 el soviet, totalmente reorganizado, volvió a emprender reuniones públicas, y así se le conoció ampliamente. Se explica en parte el error corriente respecto a sus orígenes. Nadie podía saber lo que pasaba en la intimidad de una habitación privada. Nossar probablemente no conversó con nadie al respecto. Por lo menos, nunca lo hizo públicamente. De los obreros, ninguno tuvo la idea de ilustrar a la prensa.

Nossar tenía mujer, cuya suerte ulterior me es desconocida, y un joven hermano, Stephan, a quien encontré más tarde en la cárcel; posteriormente lo perdí de vista. Mi afirmación podría ser confirmada por esas personas si aún viven.

El partido socialdemócrata terminó por infiltrarse en el Soviet y apoderarse de un puesto importante en él.

«El socialdemócrata Trotsky, futuro comisario bolchevique, se hizo nombrar secretario. Luego, cuando Khrustaleff-Nossar fue arrestado, Trotsky tomó la presidencia.»

El ejemplo dado por los trabajadores de la capital en enero de 1905 fue imitado en muchas otras ciudades. Se crearon so'viets obreros en todas partes; de efímera existencia siempre, pronto eran suprimidos por las autoridades. Por el contrario, el soviet de San Petersburgo se mantuvo durante algún tiempo. f:l gobierno central, en difícil situación después del 9 de enero, y sobre todo luego de los crueles reveses en su guerra con el Japón, se limitó por el momento a arrestar a Nossar.

La huelga de enero se había apagado por sí misma; a falta de un movimiento más vasto, la actividad de este primer soviet se redujo a tareas insignificantes.

A fin de 1905, el soviet de San Petersburgo también fue suprimido; el gobierno zarista se reafirmó, liquid6 los últimos vestigios del movimiento revolucionario de 1905, arrestó a Trotsky, así como a centenares de revolucionarios, y quebrantó todas las organizaciones políticas avanzadas.

El soviet de San Petersburgo reapareció durante la revolución decisiva de febrero-marzo de 1917, al mismo tiempo que se crearon soviets en todas las ciudades y localidades importantes del país.

Nota

[1] Me he ocupado del punto en un breve estudio sobre la Revolución Rusa, publicado por Sebastián Faure en la Encyclopédie Anarchiste, con el título «Revolución», posteriormente editado con el título de La véritable revolution sociale, junto con otros artículos de la Enciclopedia. Para el gran público, no lector de la literatura libertaria, los hechos citados pasaron, empero, casi inadvertidos.

Guerra desastrosa. Victoria de una Huelga Revolucionaria

Efectos fulminantes de las graves derrotas en la guerra ruso-japonesa

La agitación por los acontecimientos de enero de 1905 no se calmaría en seguida. Todo el país había sido conmovido.

Por otra parte, después de la prímavera de 1905, la situación general del zarísmo se hizo difícil, a causa príncipalmente del fracaso experimentado por la Rusia zarista en la guerra con el Japón.

Esta guerra, comenzada en febrero de 1904, con mucho orgullo y en gran parte con la intención de caldear los sentimientos nacionales, patrióticos y monárquicos, estaba irremisiblemente perdida. El ejército y la flota rusa fueron derrotados en toda la línea.

La opinión pública culpaba abiertamente a la incapacidad de las autoridades y a la podredumbre del régimen. No sólo el pueblo obrero, sino también todos los ambientes de la sociedad, fueron ganados por la cólera y por el espíritu de revuelta que crecía de día en día. El efecto fue fulminante. Bien pronto las pasiones se desencadenaron; la indignación no conoció límites; la efervescencia se hizo general. El gobierno, consciente de su derrota, guardaba silencio.

Aprovechando la situación, los liberales y los revolucionarios emprendieron una violenta campaña contra el régimen. Sin pedir autorización, la prensa y la palabra se hicieron libres. Fue una verdadera conquista de las libertades políticas. Diarios de todas las tendencias, incluso revolucionarias, aparecían y se vendían libremente, sin censura. El gobierno y el sistema todo eran criticados enérgicamente en ellos.

Hasta los tímidos liberales pasason a la acción; fundaron numerosas uniones profesionales. La Unión de las Uniones, especie de comité central que dirigía la actividad de todas las uniones; la Unión de la Liberación, organismo político secreto. Procedieron rápidamente a la organización formal del Partido Constitucional-Demócrata. El gobierno se vio obligado a tolerarlo todo, así como ya había tolerado la huelga de enero, las deliberaciones del soviet, etc.

Los atentados políticos se sucedían con progresiva frecuencia. Violentas demostraciones y aun graves revueltas estallaban en diversas ciudades. En algunos lugares, .las barricadas hicieron su aparición. En muchas provincias los campesinos se sublevaban, desatando verdaderas represalias, quemando castillos, ápoderándose de tierras, expulsando y aun asesinando a los propietarios. Se creó la Unión de Campesinos, cuyo programa era socialista.

Los enemigos del régimen se hicieron muy numerosos y muy audaces. Y, sobre todo, tenían razón.

La derrota militar del gobierno y su deplorable situación moral no lo explicaban todo. Faltaba el dinero necesario para combatir la revolución. Las conversaciones con el extranjero, con Francia especialmente, para lograr un empréstito, se dilataban por falta de confianza.

El verano y el otoño de 1905 trajeron graves revueltas en el Ejército y la Marina. La sublevación y la epopeya del acorazado Principe Potemkin, una de las más potentes unidades de la flota del mar Negro, fueron el episodio más saliente. El único baluarte de los regímenes decadentes, la fuerza armada, estaba dislocado; el país entero se levantaba más y más resueltamente contra el zarismo.

En agosto de 1905, cediendo a algunas instancias, el emperador se decidió a reconocer hipócritamente, post factum, ciertas libertades. Prometió también convocar una Asamblea Nacional representativa (Duma), con derechos muy limitados, mediante un sistema electoral muy restringido. El ministro del Interior, Bulyguin, fue encargado de prepararla y realizarla. Pero este paso, bien tímido, tardío y manifiestamente hipócrita, no satisfizo a nadie. La agitación y las revueltas continuaron, y la «Duma de Bulyguin» no vio jamás la luz y él terminó por ser renunciado, afines de agosto, y remplazado por Witte, quien consiguió persuadir a Nicolás II a otorgar concesiones más serias.


La huelga general de octubre. El gobierno tambalea. El manifiesto del 17 de octubre y sus efectos.

La inactividad y la impotencia manifiestas del gobierno enardecieron a las fuerzas de la oposición y de la revolución. Desde que comenzó octubre se habló de huelga general en el país Como preludio de la revolución decisiva.

Esta huelga, que abarcó a toda Rusia, huelga formidable, única en la historia moderna, se declaró a mediados de octubre. Fue menos espontánea que la de enero. Encarada y preparada desde hacía largo tiempo, fue organizada por el soviet, la Unión de las Uniones y, sobre todo, por numerosos comités de huelga. Fábricas, talleres, negocios, bancos, administración, astilleros, ferrocarriles y todas las vías de comunicación, postales y telegráficas, todo, absolutamente todo, fue paralizado. La vida del país quedó suspendida.

El gobierno, debilitado, cedió. El 17 de octubre de 1905 el zar lanzó su famoso manifiesto, donde declaraba solemnemente haber decidido conceder a sus «queridos y fieles súbditos» todas las libertades políticas y convocar lo más rápidamente posible a algo así Como los Estados Generales: la Duma del Estado [1], para prestar colaboración al gobierno.

Era, en fin, la oscura promesa de un vago régimen constitucional. Algunos la tomaron en serio. Un partido octubrista se creó de inmediato, declarando aceptar, aplicar y defender las reformas anunciadas por el manifiesto.

En realidad, este acto del gobierno y del zar perseguía dos finalidades, que nada tenían de común con una constitución:

1º Producir efecto en el extranjero; dar la impresión de que la revolución estaba terminada, y que el gobierno era de nuevo dueño de la situación; trabajar ventajosamente a la opinión pública, en particular el ambiente financiero, a fin de reanimar el proyecto de empréstito; y 2º Engañar a las masas, calmarlas, cerrar el camino a la revolución.

Las dos finalidades fueron alcanzadas. La huelga cesó, el ímpetu revolucionario fue frenado y la impresión en el extranjero fue favorable. Allí se comprendió que, a pesar de todo, el gobierno del zar era todavía lo suficientemente fuerte para mantener en jaque a las fuerzas de la revolución. El empréstito estaba asegurado.

Es evidente que los partidos revolucionarios no cayeron en el engaño; vieron claramente en el manifiesto una simple maniobra política y comenzaron a explicarla de inmediato al pueblo, que no manifestó tampoco excesiva confianza. La huelga cesó, es cierto, como si las demandas hubiesen sido satisfechas y como si se tuviese confianza. Pero este hecho reveló simplemente la falta de aliento de la revolución y que todavía no podía ir más allá. Ninguna expresión de satisfacción real se hizo sentir; el pueblo no se apresuró a hacer uso de sus nuevos derechos, sintiendo intuitivamente que se trataba de un engaño. Inmediatamente se tuvo la prueba. En algunas ciudades, la policía dispersó manifestaciones públicas pacíficamente organizadas, para celebrar la victoria y el nuevo régimen prometido por el zar. Además de esos atropellos, se practicaron progroms contra los judíos...a despecho del manifiesto pegado en los muros.

Nota

[1] El término Duma es tomado de lejanos siglos en que se llamaba Dumaboyarskdia a una especie de Consejo de Estado o Cámara de Nobles (boyardos): institución destinada a ayudar al zar en sus funciones. Más tarde, en los siglos XVI y XVII se denominaba Zemskaia Duma a las asambleas que reunían representantes de diversas clases comparables a los Estados Generales de la antigua monarquía francesa. En fin, en la época de que hablamos, Gorodskaia Duma significa Consejo Municipal de la ciudad: goroa significa ciudad y Duma, pensamiento.

Fracaso de la Revolución. Sus resultados

A fin de 1905, la burguesía francesa y la banca acordaron el empréstito. Esta transfusión de sangre salvó al moribundo régimen zarista.

El gobierno finalizó la guerra con una paz no demasiado humillante.

La reacción se afirmó. Agitando ante el pueblo el espejismo de futuros beneficios, combatió y contuvo la revolución, que se desvanecía por sí misma. La huelga de octubre marcó su esfuerzo supremo, su punto culminante. Ahora necesitaba tomar un respiro, hacer una pausa. Todo lo más, podría esperarse su renacimiento algo más tarde, quizá impulsada por una Duma avanzada.

Las libertades conquistadas por asalto y prometidas después por el zar en su manifiesto fueron lisa y llanamente suprimidas. El gobierno volvió a prohibir la prensa revolucionaria, restableció la censura, practicó arrestos en masa, liquidó todas las organizaciones obreras o revolucionarias conocidas, suprimió el soviet, encarceló a Nossar y a Trostky y envió tropas, a fin de depurar e infligir castigos ejemplares, a las regiones donde se produjeron los motines más serios. Los efectivos militares y policiales fueron reforzados, pero el gobierno no osó tocar la Duma, cuya convocación estaba próxima.

Sin embargo, la revolución tuvo todavía dos embates vigorosos, en respuesta a los de la reacción:

  • 1º Una nueva revuelta en la flota del mar Negro, bajo el mando del lugarteniente Schmidt. La sedición fue aplastada, y Schmidt, fusilado.
  • 2º La insurrección armada de los obreros de Moscú en diciembre de 1905, que tuvo en jaque a las fuerzas gubernamentales durante muchos días. Para doblegarla, el gobierno debió recurrir a tropas de San Petersburgo, con artillería.

Simultáneamente se intentó una nueva huelga general en el país para ayudar al triunfo de la insurrección. Pero, a pesar de que su preorganización fue semejante a la de octubre, faltó el ímpetu necesario. La huelga no se extendió. Los servicios de correos y ferrocarriles funcionaron, lo que permitió al gobierno el transporte de tropas y el dominio de la situación; la revolución estaba ahogada.

Así, la tempestad había amainado, pero desbrozó y preparó el terreno, dejó huellas imborrables tanto en la vida del país como en la mentalidad del pueblo. El resultado de la conmoción fue, en concreto, la creación de la Duma.

El gobierno se vio obligado a elaborar para la Duma una ley electoral bastante amplia a fin de evitar decepciones peligrosas; no se sentía todavía con el suficiente aplomo y también necesitaba un respiro, hacer una pausa.

La población puso en la Duma las más grandes esperanzas. Las elecciones para la primavera de 1906 suscitaron una actividad febril entre todos los partidos políticos.

La situación era bastante contradictoria. Mientras los partidos avanzados desplegaban su propaganda electoral abierta y legalmente, ya que el gobierno no podía reprimirla, sino por una reglamentación complementaria de la ley y por zancadillas disimuladas, las prisiones rebosaban de miembros de esos partidos detenidos a raíz de la liquidación de la insurrección. La prensa y la palabra seguían amordazadas y las organizaciones obreras estaban prohibidas.

Esta contradicción era sólo aparente, y su explicación nos permitirá comprender de qué manera el gobierno concebía el funcionamiento de la Duma.

A despecho de cierta libertad acordada con motivo de las elecciones, el gobierno estaba lejos de interpretar la Duma como una institución creada contra el absolutismo. Según él, la Duma no debía ser más que un organismo auxiliar consultivo y subordinado a las autoridades. Obligado a tolerar la agitación electoral de los partidos avanzados, el gobierno estaba decidido a permitirla sólo hasta determindo límite y actuar contra toda tentativa de los partidos, de los electores o de la Duma misma, en caso de que adoptaran actitudes rebeldes. Era, pues, lógico, ya que la Duma nada tenía que ver con la Revolución, que se mantuviese encarcelados a centenares de revolucionarios.

Otro hecho, nuevo en la vida rusa, fue la formación y la actividad legales, aunque limitadas, de los diferentes partidos políticos. Hasta los sucesos de 1905 solamente había en el país dos partidos políticos, clandestinos y más revolucionarios que «políticos»: el socialdemócrata y el socialista revolucionario. El manifiesto del 17 de octubre, las menguadas libertades admitidas durante la campaña electoral y, sobre todo, la misma campaña hicieron nacer muy pronto una camada de partidos políticos legales y semilegales.

Los monárquicos inveterados crearon la Unión del Pueblo Ruso, partido ultrarreaccionario y antisemita, cuyo programa propiciaba la supresión de todos los «favores prometidos bajo la presión de criminales amotinados», incluyendo a la Duma, y la liquidación total de los últimos vestigios de la revolución de 1905.

Los elementos menos ferozmente reaccionarios, en su mayor parte altos funcionarios, grandes industriales, banqueros, propietarios, comerciantes, hacendados, etc., se agruparon en el Partido Octubrista, Unión del 17 de Octubre.

De importancia insignificante, ambos partidos eran el hazmerreír del país.

La mayoría de las clases acomodada y media, así como los intelectuales de nota, se organizaron definitivamente en un gran partido político centrista, cuya derecha se aproximaba a los octubristas y cuya izquierda evidenciaba tendencias republicanas. La mayoría del partido elaboró el programa de un sistema constitucional que ponía fin al absolutismo: se conservaba la monarquía, pero se limitaba seriamente su poder. Tomó el nombre de Partido Constitucional Demócrata (Ca-Det, en abreviatura) y un segundo nombre: Partido de la Libertad del Pueblo. Sus jefes se reclutaban sobre todo entre los jerarcas municipales, abogados, médicos, profesionales liberales, universitarios. Muy influyente y con fondos considerables, este partido desplegó desde su constitución extensa y enérgica actividad.

En la extrema izquierda se hallaba el Partido Socialdemócrata, cuya propaganda electoral era casi franca y legal, a pesar de su progrma republicano y su táctica revolucionaria; y el Partido Socialista Revolucionario, cuyo programa y táctica diferían poco de los de aquél, excepto en el problema agrario. Este partido, en la época de la Duma, para poder actuar sin trabas, conducía la campaña electoral y presentaba sus candidatos bajo el nombre de Partido de los 'Trabajadores, que luego llegó a ser un partido distinto. Esos dos partidos representaban, sobre todo, a los obreros y los campesinos y a la vasta clase de los trabajadores intelectuales.

Son indispensables algunas precisiones sobre la ideología y el programa de ambos partidos.

El punto de mayor importancia era innegablemente el problema agrario, cuya solución eficaz se imponía con toda urgencia. En efecto, el aumento de la población campesina era tan rápido que las tierras concedidas a los campesinos liberados en 1861, insuficientes aun entonces, se redujeron en un cuarto de siglo a lotes ínfimos, a causa del continuo fraccionamiento. «No se sabía siquiera dónde hacer correr a un pollito», decían los campesinos.. La inmensa población de los campos esperaba, cada vez más impacientemente, una solución efectiva y justa, cuya importancia comprendían todos los partidos.

Se presentaron tres soluciones:

  • 1º El partido constitucional demócrata proponía una mayor extensión de las parcelas por la enajenación de una parte de las grandes propiedades privadas y estatales; cuyo valor debían amortizar los campesinos con ayuda del Estado, según una estimación oficial y justa.
  • 2º El partido socialdemócrata preconizaba una simple expropiación sin indemnización de las tierras indispensables a los campesinos, con las que se constituiría un fondo nacional, distribuible en proporción a las necesidades (nacionalización o municipalizacion de las tierras).
  • 3 ° El partido socialista revolucionario presentaba la solución más radical: confiscación inmediata y total de las tierras de propiedad privada; supresión inmediata de toda propiedad territorial (estatal o privada); socialización de tierras para las colectividades campesinas, bajo control del Estado.

La Duma debería ocuparse en seguida de tan urgente y complicado problema.

Sobre la ideología general de los dos partidos de extrema izquierda hay que agregar algo más. En 1900 se manifestó una importante divergencia en el seno del partido socialdemócrata. Una parte de sus miembros, atenida al programa mínimo, entendía que la revolución rusa, inminente, sería una revolución burguesa, muy moderada en sus resultados. No creía en la posibilidad de pasar de un salto de la monarquía feudal al socialismo. Una república democrática burguesa, al abrir las puertas a una rápida evolución capitalista, echaría las bases del futuro socialismo: tal era su idea fundamental. Una revolución social en Rusia era, según su parecer, imposible entonces.

Sin embargo, muchos miembros del partido eran de distinta opinión. Para ellos, la próxima revolución tenía ya todas las posibilidades de convertirse en una revolución social, con sus consecuencias lógicas. Estos socialistas renunciaban, al programa mínimo y se preparaban a la conquista del poder por el partido y a la lucha inmediata y decisiva contra el capitalismo.

Líderes del primer grupo eran Plejanoff, Martoff y otros. El gran inspirador del segundo fue Lenin. La escisión definitiva entre ambos grupos se produjo en 1903, en el Congreso de Londres. Los socialdemócratas de tendencia leninista estaban allí en mayoría. Mayoría es, en ruso, bolchinstvo. A sus partidarios se les llamó bolcheviques (mayoritartos). Minoría es menchistvo, de donde procede mencheviques (minoritarios). Las tendencias se denominaron bolchevismo, la mayoritaria, y menchevismo, la minoritaria.

Después de su victoria de 1917, los bolcheviques se constituyeron en Partido Comunista, en tanto que los menchevique conservaron el nombre de Partido Socialdemócrata. Una vez en el poder el Partido Comunista, declaró contrarrevolucionario al menchevismo y lo destruyó.

También el Partido Socialista Revolucionario se dividió en dos partidos distintos: el de los socialistas revolucionarios de derecha, que, como los mencheviques, afirmaban la necesidad de pasar, ante todo, por una república democrática burguesa, y, el de los socialistas revolucionarios de izquierda, que pretendía como el bolchevismo, que la revolución debía ser impulsada lo más lejos posible, hasta la inmediata supresión del régimen capitalista y el establecimiento del socialismo.

(En 1917, en el poder los bolcheviques, aplastaron a los socialistas revolucionarios de derecha como contrarrevolucionarios. Los de izquierda, que al principio colaboraron con el gobierno bolchevique, se separaron posteriormente a causa de graves disensiones. Los bolcheviques rompieron con ellos y acabaron por ponerlos fuera de la ley y los aniquilaron.)

En la revolución de 1905, la influencia práctica de esas dos corrientes disidentes, el bolchevismo y el socialismo revolucionario de izquierda, fue insignificante. Para completar la exposición de las diversas corrientes de ideas que se manifestaban en ocasión de esa revolución, señalemos que en el Partido Socialista Revolucionario surgió, por esa misma época, una tercera tendencia que, separándose del partido, adoptó la idea de suprimir, en la revolución en curso, no sólo el Estado burgués, sino todo Estado en general, en tanto institución política. Esta corriente se llamó maximalismo, porque sus partidarios, habiendo repudiado el programa mínimo, rompieron aun con los socialistas revolucionarios de izquierda y proclamaron la necesidad de luchar inmediatamente por la realización total del programa máximo, es decir, el socialismo integral, sobre base apolítica.

Los maximalistas no formaban, pues, un partido político. Crearon la Unión de Socialistas Revolucionarios maximalistas, que editó algunos folletos explicativos y publicó algunos periódicos de breve duración. Sus adeptos fueron poco numerosos y su influencia casi nula. Desarrolló, sobre todo, una fuerte actividad terrorista y participó en todas las luchas revolucionarias; muchos de sus miembros murieron como verdaderos héroes.

Por el conjunto de sus ideas, los maximalistas se aproximaron mucho al anarquismo. En efecto, el maximalismo no seguía ciegamente a los marxistas; negaba la utilidad de los partidos políticos, criticaba vigorosamente al Estado, la actividad política. No obstante, no osaba renunciar a él inmediata y totalmente. Estimaba imposible pasar inmediatamente a una sociedad integralmente anarquista. Hacía, pues, una distinción necesaria entre el socialismo integral y el anarquismo. En tanto, propugnaba una república de trabajadores, en la que los elementos del Estado y de la autoridad serían «reducidos al mínimo», lo que «permitiría su rápida extinción». El mantenimiento provisorio del Estado y de la autoridad separaba al maximalismo del anarquismo.

Como todas las corrientes de ideas desacordes con el bolchevismo, el maximalismo fue sofocado por aquél durante la Revolución de 1917.

Las concepciones anarquistas y sindicalistas, de las que volveremos a ocuparnos más adelante, eran por entonces casi desconocidas en Rusia.

Fuera de Rusia, mucha gente cree que, por ser Bakunin y Kropotkin rusos y grandes teóricos del anarquismo, Rusia era desde hacía tiempo un país de ideas y movimientos anarquistas. Tanto Bakunin (1814-1876) como Kropotkin (1842.1921) se hicieron anarquistas en el extranjero. Ni uno ni otro militaron jamás como anarquistas en Rusia, y sus obras aparecieron también en el extranjero, hasta la revolución de 1917, a menudo en idiomas extranjeros. Sólo algunos extractos de sus escritos, traducidos, adaptados o editados especialmente para Rusia, fueron introducidos clandestinamente y en cantidades muy restringidas, y su difusión en el país resultaba casi imposible. Toda la educación social, socialista y revolucionaria de los rusos no tenía nada de anarquista y, salvo excepciones, nadie se interesaba por esas ideas.

Antes de la revolución de 1917, el sindicalismo, exceptuando algunos intelectuales eruditos, era totalmente desconocido. Se puede admitir que el soviet, forma rusa de organización obrera, fue prematuramente iniciado en 1905 y reconstituido en 1917, precisamente a causa de la ausencia de la idea y del movimiento sindicalistas. Si el mecanismo sindical hubiese existido, de él se habría valido el movimiento obrero.

Algunos grupos anarquistas existían en San Petersburgo y Moscú, en el Oeste y en el Centro. Eso era todo. Los anarquistas de Moscú participaron activamente en los acontecimientos de 1905 y se hicieron notar durante la insurrección armada de diciembre.

(Después de 1917, los bolcheviques qestruyeron el movimiento anarquista, como todo otro que no coincidiera con el suyo. No lo consiguieron fácilmente. La lucha entre bolchevismo y anarquismo durante la Revolución de 1917 fue tenaz, encarnizada y casi desconocida en el extranjero. Duró tres años, y el episodio makhnovista fue lo más saliente de ella.)

Pasemos a las consecuencias morales, a los efectos psicológicos de la epopeya de 1905, cuya importancia para el porvenir sobrepasó a la de algunas realizaciones concretas inmediatas.

Ante todo, se desvaneció la leyenda del zar. Se hizo en la multitud la comprensión de la verdadera naturaleza del régimen y sobre la necesidad vital que tenía el país de desembarazarse de él. El absolutismo y el zarismo fueron moralmente destronados. Eso no es todo. Las masas populares se volvieron hacia los elementos que desde hacía tiempo combatían al régimen: los ambientes intelectuales de vanguardia, los partidos políticos avanzados, los revolucionarios en general. Así se estableció un contacto sólido y bastante amplio entre los sectores avanzados y la masa del pueblo y podía esperarse que, en adelante, se: ahondaría y consolidaría. La paradoja rusa había terminado.

Dos metas importantes fueron alcanzadas: existía un elemento material, la Duma, que una probable revolución podría aprovechar, y el obstáculo moral a toda insurrección de largo alcance quedaba anulado. El pueblo había comprendido el mal y se dirigía a sus puestos de avanzada en la lucha por la liberación. El terreno para la próxima revoluci6n decisiva estaba preparado. Ese fue el importante activo de la conmoción de 1905.

¡Lástima que también hubiese un pasivo ingrato!

Los acontecimientos de 1905 no pudieron crear un organismo obrero de clase, ni sindicalista, ni meramente profesional. El derecho de organización no fue conquistado por los trabajadores, que quedaron así desunidos y predispuestos a convertirse en la próxima revolución en el inconsciente elemento de disputa de los partidos políticos, de sus nefastas rivalidades, de su abominable lucha por el poder, en la que el pueblo nada tenía que ganar y sí mucho que perder.

La ausencia, al comienzo de la revolución, de un movimiento y de organismos obreros propiamente dichos, abría de par en par las puertas a la futura dominación de talo cual partido político, en detrimento de la verdadera acción y de la verdadera causa de los trabajadores .

El efecto enorme de este pasivo habría de ser fatal para la revolución de 1917 y terminaría por destruirla.

Debe recordarse la suerte personal de Nossar-Khrustaleff, primer presidente del primer soviet obrero, el de San Petersburgo, quien, arrestado al liquidarse la revuelta al final de 1905, fue juzgado y condenado al exilio en Siberia. Se salvó y se refugió en el extranjero. Pero, al igual que Gapone, no supo adaptarse y aún menos someterse a un trabajo regular. Cierto que no llevó una vida desenfrenada, ni cometió ningún acto de traición, pero arrastró una existencia desarreglada y miserable, hasta la revolución de 1917; entonces se precipitó, como tantos otros, a su país, donde participó en las luchas revolucionarias, sin destacarse. En seguida se me perdió de vista. Según ciertas informaciones fidedignas, se levantó finalmente contra los bolcheviques y fue fusilado por ellos.

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