La década de los años 10

“En la actualidad es más fácil imaginarse el fin del mundo que el fin del capitalismo”

Fredric Jameson

 

La década de los años diez está a punto de acabar. Todas y todos recordaremos asqueados aquel final de la fiesta, aquel angustioso momento de hastío en el que un gobierno socialdemócrata no podía por más tiempo seguir negando la realidad de aquella recesión. Las elecciones locales estaban a la vuelta de la esquina y el panorama que se avecinaba era catastrófico. Ocho años han pasado. Y hoy, como por puro capricho institucional, se repite burlonamente esa misma situación de bloqueo. El gobierno socialdemócrata de turno anticipa unas elecciones generales, mientras que otras municipales no dejan entrever más que un mismo escenario mucho más apocalíptico que por aquel entonces.

Sí, puede ser peor. Solo una cosa sabemos que no va a volver a repetirse en esta ocasión. Solo una. No va a surgir un movimiento que ocupe espontáneamente las plazas, nadie lo espera siquiera, porque nadie podrá resetear ficción democrática alguna y capitalizar más, las ilusiones de nadie. Una vez ya es demasiado. Despues de tanta deriva desde dentro de las instituciones, o caballo de troya electoral, nadie podrá lamentarse por más tiempo que nadie ha desarmado la voluntad de confrontar esta devastación. En este lapso de tiempo, como una start-up al uso, el visionario que alimentó el bluf, lo ha vampirizado y ahora ni sus amigos le ríen ya las gracias. No cotiza. Y ante aquellos oportunistas por ingenuos e ingenuos por oportunistas que replicaban entonces a quien esgrimiese una crítica con argumentos del tipo “y, sino… ¿qué?”. Ahora, lo mismo que entonces, ya no queda más alternativa. No la había entonces y no la va a haber ahora. Del mismo modo que –atención- no bastaba únicamente con la despiadada crítica de lo existente… ni entonces, ni hoy.

Pero una cosa importante despeja el cataclismo que se anuncia: no hay credo para más cuentos, ni crédito para más engañabobos. Hemos dejado pasar el tiempo –demasiado- y este –solo- nos ha dado la razón. La década de los años diez está a punto de acabar y no pretenderemos más rodear parlamento alguno. Hay que cortar con ese rollo. A lo sumo, desde fuera, queremos ver colgado de la puerta de ese solar institucional un letrero que exprese bien clarito nuestra más profunda desafección: “Cerrado por liquidación”. Organizar el pesimismo y cavar con nuestras propias manos un sombrío abismo entre un final del mundo posible y otro. Renunciar a adaptarse a un estilo de vida, de autoexplotación, autoayuda, autoconsolación,... autocomplacencia inactiva con recetas low-cost mediante las cuales confiar poder sobrevivir en lo laboral, lo habitacional, lo íntimo… DIY en un nicho de mercado inmanente a un mundo en ruinas.. Puede que seamos de este mundo pero ciertamente no estamos a favor de él. No existen razones para creer en este mundo. Surgir de la nada. Perder juntos, de este lado de la barricada, esa inofensiva inocencia. Ganar dejar de ser o estar sujetos. Desobrar esta barbarie. Desertar.

Están los candidatos a gestores del fin del fin que piden que dejemos el pesimismo para mejores tiempos. El simple abuso propagandístico del síntoma basta para desmontar la farsa. No es que todo se cae, insisten, las cosas podrían estar mejor, tenemos un pie en la utopía: “sí, se puede”. Pero bien al contrario, tenemos los dos pies bien anclados en un presente que nos arrastra hacia la distopía. La utopía ya no es más un relato de cómo nos gustaría que algo fuese, sino una idea reguladora de la distopía del presente. Un administrador, un mánager, un coach, etc… no nos enseñarán jamás a emborronarlo todo, cuestionar, salir de los senderos trazados y encontrarse sin mediaciones en una experiencia de reapropiación de la capacidad de coexistir. Contribuir a un problema común particular. Preparar una guía práctica para interrumpir todo aquello intolerable que se encuentra en la rutina de lo cotidiano. Cartografiar el espectáculo de un mundo-mercancía que se va al infierno para conectar con lo que hay de real en la lucha contra el capitalismo. Relanzar el fuego de una nueva lucha cada vez que la anterior se vea traicionada. Tomar partido por una desatada combinación de pasos de baile en una noche que no acabe nunca. Avanzar y retirarse –simultáneo disruptivo, difuso e itinerante- afirmar el increible poder del destello discordante del afuera. Deponer la armonía del centro de una contradicción hueca que rechazamos ocupar. Tomando distancia hemos entendido ya por fin para qué sirve una rotonda. Innumerables e inconcebibles. Ingobernables.

No carecemos de una opción electoral, por el contrario nos sobran… si de algo hemos carecido hasta el momento es de resistencia al presente. Y el único no ya porvenir, sino devenir llegará cuando dejemos de (re)producir las condiciones de posibilidad ya dadas. Salvar al sistema de sí mismo. ¡Cuando se piensa que cada día calculan la calidad del aire que debemos contentarnos seguir respirando! No nos quieren vivos, nos dan por muertos pero esto mismo es lo que permitirá dar una orientación a un futuro aún por realizar que sacrifique cualquier cronología dictada. Insumisión. Aprender a odiar este mundo y en secreto conspirar y terminar cómplices por decir no, transformarse en contrario de aquello que hay que aceptar, en cuanto que fait accompli, el incondicional de todas las condiciones. Un mundo que funciona pero que carece de sentido no es un mundo es un infierno. Han inventado una técnica de gobierno de la supervivencia, se llama resiliencia e indica la ausencia de salidas de donde se está. No se trata de aprender a vivir entre ruinas, se trata de arruinar este mundo. Una guerra entre mundos. Se trata de mantener la idea intempestiva de la revolución en tiempos contrarrevolucionarios. Que al próximo domingo de resurrección le sigan muchos domingos de insurrección.

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