Regreso de la U.R.S.S. (1936)

Año publicación: 
2017 (1936)
Autor / es: 
André Gide; traducción de Carmen Claudín
Editorial: 
Alianza
ISBN: 
978-84-9104-818-3
Páginas: 
184
Tamaño del libro: 
12 x 18

No sé cuánto le sonará hoy en día André Gide al personal. En su día fue un importantísimo escritor francés -polémico según sus editores- que, ya más que famoso, realizó un discutido y sonado reportaje sobre un viaje oficial suyo a la Unión Soviética. El libro ha sido reciéntemente editado por Alianza Bolsillo, que lo presenta como sigue:

La Revolución bolchevique de 1917 fue uno de los hitos históricos más relevantes del siglo XX, pues trajo consigo sin duda la esperanza de un mundo nuevo, distinto, mejor. No sólo cautivó a obreros y desheredados, sino también a artistas e intelectuales que se adhirieron con entusiasmo al comunismo encarnado por la URSS. Uno de ellos fue André Gide (1869-1951), quien viajó allí en 1936 para ratificar con sus propios ojos la esperanza. El resultado, sin embargo, fue desolador y el escritor dejó fría, objetiva constancia de su desengaño en "Regreso de la URSS", reflexiones que remachó al año siguiente en su "Retoques a mi Regreso de la URSS" (1937). La extrema lucidez de Gide, su capacidad de objetivar y asimilar la decepción, así como de expresarla, hacen de este libro un documento inapreciable...

Aparte de ser una obra muy amena, 'Regreso de la URSS'  está llena de observaciones muy interesantes y de comentarios provocativos de Gide sobre el sentido que ha de tener ser revolucionario y sobre las condiciones objetivas que impiden que una revolución naufrague. Un botón:

El proletariado soviético está empezando a perder la ilusión de que trabaja para sí y de que recobra con ello su dignidad. Ya no hay, es cierto, capitalistas accionistas que exploten su trabajo. Pero está explotado al fin y al cabo, y ello de un modo tan retorcido, tan sutil, tan indirecto, que ya no sabe a quién achacarlo. La insuficiencia de su salario es lo que permite la desproporción de los sueldos de otros. No es él quien se beneficia de su trabajo, de su excedente, son los favorecidos, los bien considerados, los dóciles; y con lo que se recorta de los salarios humildes, redondean las gruesas pagas mensuales de diez mil rublos y más de los altos funcionarios... Mientras, la ropa más corriente, los objetos de primera necesidad, cuestan un ojo de la cara: ¿por qué precios tan altos para los productos manufacturados, o incluso para productos naturales  -leche, mantequilla, huevos, carne- cuando el que vende es el Estado? La cuestión es que mientras la cantidad de mercancías no dé abasto, mientras la oferta siga tan lamentablemente por debajo de la demanda en cantidad y en calidad, no es mala idea desalentar la demanda. Únicamente los que puedan permitirse pagar altos precios tendrán acceso a las mercancías buenas. El hambre sólo lo padecerá la gran mayoría,

Y ya que dicha mayoría bien podría negar su apoyo al régimen, lo importante será no dejarla hablar.  De ahí las crecientes represiones de un tiempo atrás. El propio Stalin decía, sin embargo,  hace pocos años: "Una de dos: o bien renunciamos al optimismo y a los procedimientos burocráticos y dejamos que nos critiquen los obreros y los campesinos sin partido que padecen nuestros errores, o bien el descontento irá acumulándose  y la crítica se nos impondrá por vía insurreccional".  

Se produce a la sazón un fenómeno paradójico: unos salarios de cinco rublos diarios, cuando no menos, abocan a la miseria casi total a la mayoría de los trabajadores para que unos cuantos privilegiados puedan percibir retribuciones más enormes aún, y para cubrir los gastos de una intensa propaganda que se dedica a convencer a los obreros de nuestro país de la felicidad de los obreros rusos. Más valdría que nos la hicieran saber un poco menos para que estos pudieran serlo un poco más.

Hablando de propaganda, no me resisto a citar un fragmento del epílogo -los "Retoques"..., comentario a la recepción de la primera edición- que considero de máximo interés y de total actualidad para esta época que tanto tiempo pierde en las redes sociales:

Se me ha hecho el reproche de fundar juicios desmesurados sobre bases demasiado limitadas y de llegar, con excesivo apresuramiento, a partir de conclusiones episódicas, a conclusiones inconsideradas. Los hechos que yo citaba, que había observado, tal vez fueran exactos, pero eran excepcionales y no demostraban nada.

Examen superficial, juicio precipitado, he aquí las sentencias que se ha granjeado  mi libro. ¡Como si no fuera precisamente la apariencia primera la que nos sedujera en la URSS! ¡Como si no fuese al calar más hondo cuando la mirada se encontrase con lo peor!

En el corazón de la fruta se esconde el gusano.  Más cuando os he dicho: esta manzana está tocada, me habéis acusado de no ver bien - o de no apreciar las manzanas-.

Si me hubiera limitado a admirar, no me habríais echado en cara mi superficialidad, y sin embargo es entonces cuando había merecido el reproche.

Reconozco estas críticas; apenas si difieren de la que atrajo la relación (anticolonialista) de mi 'Viaje al Congo' y de mi 'Regreso del Chad'. Entonces se me objetaba:

1. Que los abusos que yo señalaba eran excepcionales y de escasa importancia (ya que no podían negarlos);

2. Que para tener una razón suficiente para admirar el estado actual, bastaba con compararlo con la situación precedente, anterior a la colonización (iba a escribir: anterior a la revolución);

3. Que todo lo que yo lamentaba tenía una razón de ser profunda,  que yo no había sabido comprender: mal provisional en espera de un bien mayor.

En esa época, las críticas, los ataques, los insultos me llegaban todos de la derecha;  y a vosotros, gentes de izquierda, no se os ocurría entonces esgrimir mi declarada incompetencia, tan satisfechos estabais de poder hacer vuestras mis declaraciones, en la medida en que iban a vuestro favor y podíais utilizarlas. E, identicamente, esa incompetencia no me la hubierais echado en cara de haber yo alabado la URSS y declarado que todo allí iba a las mil maravillas.

La hipercrítica acrítica que Gide cuestiona en estas líneas es hoy moneda corriente de la "información alternativa" que prospera en las redes sociales sin informar de nada. Las redes sociales se han convertido en un zoco donde con total desenvoltura circulan vídeos aparentamente documentales que suscitan adhesiones descabezadas y rechazos igual de descabezados. Un retazo de imagen tomado a pie de obra se convierte en confirmación apasionante de la postura X, y otro tan poco informativo en refutación de la postura contraria. El poco fundamento de lo que apasiona a unos lo hace pasto fácil de la crítica destructiva de otros, que son pagados con la misma moneda por los atacados. Llega a ser interminable la espiral del vídeo que demuestra algo, del vídeo que demuestra que el vídeo que demuestra algo no demuestra nada, del vídeo que demuestra que el vídeo que demuestra que no demuestra...

No se puede negar el valor indudable de la grabación o el escrito o el acopio de datos que alguien de buena voluntad haga llegar a las redes. Pero estos materiales no son contextualizados en el entorno de la red, sino consumidos, y consumidos con una fruición y un apasionamiento que los hacen indistinguibles de las manipulaciones que viejos expertos reparten a granel. Testimonios como el de Gide o de la que tiene el valor de empuñar su minicámara digital en medio de la batalla son documentos inestimables, pero siempre que se les tome como lo que son, puntos de vista, perspectivas; en vez de esto, una audiencia poco habituada a la crítica del lenguaje audiovisual y poco dispuesta a separar el discurso político de los impulsos inconscientes confunde complacida la información con la propaganda y la demostración con el dato. Quiere ver verdades donde sólo hay estímulos e indicios que debería tomarse el trabajo de elaborar. Desoyendo las advertencias que ya hizo Godard en los sesenta, quiere ver imágenes justas donde no tiene otra cosa que justo meras imágenes. Tarea de cada una es salir de esta red alucinatoria.

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