Causas justas y efectos inesperados

En la mitología del activismo sindical, hay muchas leyendas. Una de ellas es la del sindicalista que llega a una empresa, agrupa a los descontentos, los lleva a la batalla y venciendo finalmente, todo el mundo comprende la utilidad del sindicato. Bueno, pues eso es un cuento chino. 

Actualmente los sindicatos que podemos llamar más radicales, solo tienen capacidad para desarrollar batallas tácticas, concretas, empresa a empresa. La debilidad de las grandes organizaciones sindicales hace que los planteamientos estratégicos estén muy limitados. A ver cómo lo explico: tú puedes ganar en una empresa un convenio por encima de la media. Pero si el marco de relaciones laborales es precario, de sueldo escaso y de derechos limitados, por más esfuerzos que hagas solo vas a ser una pieza discordante del tablero de juego. 

Pero no hay que desanimarse. Tú puedes llegar a una empresa, o a un barrio, y jugar tu papel táctico, concreto, en el juego del país. Encuentras, como es normal, al personal sumiso y acobardado. Comienzas a hablar con un grupo de personas, averiguas los motivos de descontento (siempre los hay), elaboras un plan escalonado, y los metes poco a poco en un lío de mil pares de cojones. Y la cosa no sale mal. Vamos a decir que has ganado tú y los demás mucho más que tú. ¿Cuál será el resultado final de la jugada?

En toda organización sindical o barrial, se ocupan posiciones por grupos y en red. Por un lado están quienes están "señalaos". Son dos o tres o cuatro "referentes", "echaos palante" que están todo el día con el dale que te pego. Tienen discurso, se atreven a hablar y contradicen al más pintao. No se callan y tienen la piel muy dura. Otro grupo son los activistas, los que están prestos a liarla cuando surge algo puntual, un despido injusto, un castigo arbitrario, una orden irracional… Se mueven, involucran, organizan, pero hablan menos o con menos discurso, empleando mayormente consignas. Otro grupo son los simpatizantes, que secundan lo que se convoque, llevan un cartel, una pancarta, el chaleco o el distintivo de la protesta. Pero de ahí no suelen pasar. También veremos al amplio grupo de indiferentes que están a verlas venir. A estos solo se les puede atraer si las cosas van bien. Otros son los hostiles al sindicato, personas que por tener vínculos con la dirección, o por agravios del tipo que sea, se oponen a todo sistemáticamente haciendo juego a la dirección. Se puede pasar de unos grupos a otros, tan tranquilamente. La vida da sorpresas. Y también está, por supuesto, un actor muy fuerte: el enemigo. El jefe o los jefes, que juegan sus cartas y tienen a su disposición montones de recursos humanos, económicos y legales para hacerte la guerra. 

Lograr la unidad en esas condiciones locales, solo puede obtenerse en algunas circunstancias: cuando una lucha se amplía de tal modo, que los tibios e indiferentes se ven arrastrados a ella y los hostiles no se atreven a decir ni pío. 

Al final, ¿qué es lo que te encuentras junto con la euforia de haber ganado? Normalmente una pelea dura lleva a que se desee descansar. Si no hay una organización amplia que dé soporte a esos fatigados militantes locales, si no se les proporciona reconocimiento, ánimo y protección, si no se les cuida y se les defiende, la Dirección se revolverá contra ellos y ellas. Se librará de los referentes y de los activistas o comprándolos o eliminándolos. Procurará la división de los trabajadores dando privilegios y favores. Esparcirá rumores sobre el sindicato de corrupción e ineficacia. Abrirá otros sindicatos amarillos y complacientes. Fortalecerá a los hostiles y amedrentará a los tibios y simpatizantes… El Poder, precisamente por ser poderoso, posee siempre grandes recursos.

Y ello no quiere decir que los militantes concretos, en sus posiciones tácticas, crean que sus esfuerzos van al traste, porque lo construido con esfuerzo va a la porra en dos o tres años. No es así, porque en términos de energía, eso que han puesto en movimiento no se pierde: influye en el pensamiento, la imaginación y los discursos, durante décadas, y permite que en otros sitios surjan focos de resistencia. Que haya treinta puntos de rebelión, propicia que las organizaciones reciban estímulos correctos para construir discursos, alternativas, y batallas más amplias que negociar un ERE, o discutir sobre el sexo de las hadas.

Sísifo, no se detiene: a fuerza de escalar, la montaña tiene un camino abierto. 

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