Los límites traspasables de la libertad de expresión

La libertad de expresión tiene inconvenientes. Ese autobús de color butano, tan antiestético él… Líbreme el panteón anarquista de decir si tienen o no derecho a hablar lo que les plazca. Por mí puede llegar Godzilla y soltarles un mojón en lo alto, que me va a dar lo mismo. Podría decir que hasta las más miserables y abyectas criaturas del universo tiene derecho a expresarse, pero no lo voy a decir porque en estos momentos me pica el ano, tengo que rascarme... La cuestión, para mí, es la siguiente.

 

Yo siento que es penoso que esos entes, anden por ahí especificando qué cosa es quién. Como anarquista estoy absolutamente en contra del poder de dominación. Y una de las peores cosas que existen en cuanto a dominación se refiere, es la de etiquetar, la de determinar qué cosa eres tú. Y como cada etiqueta lleva asociado un comportamiento, unos derechos (normalmente escasos) y unos deberes (montones), si te plantan una etiqueta equivocada, te joden pero que a base de bien.

 

Así pues, me entristece que alguien diga que una mujer no puede tener pilila. O que un hombre no pueda tener su toto. Pues claro que sí, ¿por qué no va poder uno decir qué es, qué siente, qué desea? ¿Por qué va a tener que venir alguien en autobús, a determinar que uno, por el hecho de tener un genital o dos o tres, es esto, lo otro o lo de más allá. Yo, por el poder que me he otorgado a mí mismo, declaro: que cada cual sea lo que le dé la gana, qué carajo.

 

Me entristece, como digo, que esos elementos vayan por ahí diciendo esas cosas, que van a incitar a quienes se sienten mediocres, a maltratar a otras personas mediante la burla, la agresión, el desprecio… Sabed que están haciendo la vida más difícil, a personas que no les han hecho nada malo. Lo que hacen, lo llevan a cabo por pura maldad. No puedo imaginar que monten ese autobús ignorando las consecuencias de sus actos, y el dolor que acaban inflingiendo a víctimas inocentes.

 

Pero me alegra que estén visibilizando un problema, que lo saquen a la luz, permitiéndonos hacer propaganda, mostrando la pequeñez de sus turbios sentimientos. El jodido y puñetero autobús, nos ha mostrado la extensión del problema de la homofobia: es muy pequeña. Apenas unos miles de reaccionarios, fundamentalistas religiosos, fascistas, neonazis y machistas super chungos, se sienten ofendidos porque unas personas digan que son hombres o mujeres, con independencia de sus genitales. En cambio el rechazo social a las actitudes irrespetuosas, es muy amplio. Periódicos, radios, televisiones, organizaciones políticas y religiosas, hasta el Papa, condenan la intolerancia a día de hoy, por motivos de género, edad, pobreza, etnia, clase social, discapacidad, religión o creencias. 

 

Así es. Actualmente, millones y millones de personas están de acuerdo con que hay que respetar las creencias, opciones y facultades de los demás, y que mientras no se haga daño a otra persona, todo está permitido en materia de gustos.

 

Cierto que queda muchísimo camino por andar, enormes los problemas, sí. Pero si comparamos con hace cincuenta años, ¡qué avances hemos tenido! Hace medio siglo, no sacaban autobuses a decir gilipolleces. Cogían a una chica y le metían electroshocks hasta volverla tonta. Hace sesenta o setenta años, el autobús Walter Freeman iba haciendo lobotomías a personas de moralidad ligera. No es ninguna broma esto que digo. Había autobuses que llevaban a cabo macabras operaciones para modificar el comportamiento de personas "que no eran como debían ser". Hace no tantas décadas, el autobús separaba a negros y blancos, o gaseaba judíos, gitanos, homosexuales, comunistas, pacientes siquiátricos…

Señores y señoras reaccionarios: sin tener que disparar ni un solo tiro, sin necesidad de montar inquisiciones, sin hacer ningún daño, están ante una pacífica revolución: tienen perdida la partida. La libertad, se abre camino.

 

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