1877: La gran huelga ferroviaria de los Estados Unidos

Extractos del libro de Howard Zinn, La otra historia de los Estados Unidos. Desde 1492 hasta hoy 2003

En 1877, el país estaba en lo más profundo de la depresión. Ese verano en las calurosas ciudades donde las familias pobres vivían en sótanos y bebían aguas contaminadas, los niños enfermaron en gran número. El New York. Times dijo "...ya se empieza a oír el gemido de los niños moribundos. Pronto, si nos hemos de guiar por experiencias pasadas, habrá miles de muertes infantiles cada semana en la ciudad".

Esa primera semana de julio, en Baltimore -ciudad donde las aguas fecales discurrían por las calles -murieron 139 bebés. Ese año, hubo una serie de dramáticas huelgas de los trabajadores ferroviarios en una docena de ciudades que sacudieron a la nación como nolo había hecho ningún conflicto laboral en la historia.Empezó con recortes salariales en las diferentes compañías ferroviarias,lo que creó tensas situaciones, pues los sueldos ya eran bajos ($1,75 al día para los guardafrenos que trabajaban doce horas). Había maniobras sucias y un excesivo mercantilismo por parte de las compañías ferroviarias, abundaban las muertes y las bajas entre los trabajadores, con pérdida de manos, pies, dedos, aplastamiento de hombres entre vagones etc.
 
En la estación de Baltimore & Ohio en Martinsburg, Virginia Occidental, los trabajadores tomaron la determinación de luchar contra el recorte salarial y fueron a la huelga, desconectaron las máquinas y las metieron en el depósito. Anunciaron que no saldrían más trenes de Martinsburg si no se suspendía el recorte del 10%.
 
En poco tiempo, se agolpaban en la estación de Martinsburg seiscientos trenes de mercancías. El gobernador de Virginia Occidental solicitó al recién elegido presidente Rutherford Hayes el envío de tropas federales. Pero gran parte del ejército estadounidense estaba ocupado en las batallas con los indios en el oeste y el Congreso todavía no tenía dispuesta una partida de dinero para el ejército Así que J.P. Morgan, August Belmont y otros banqueros ofrecieron un préstamo de dinero para pagar a los oficiales (no a la tropa). Las tropas federales llegaron a Martinsburg, y los trenes de mercancías empezaron a rodar.
 
En Baltimore, una multitud de millares de simpatizantes de los huelguistas ferroviarios rodearon el polvorín de la Guardia Nacional. Echaron piedras, y los soldados salieron 
disparando. Las calles se convirtieron en el escenario de una cruenta batalla sin cuartel. Al caer la noche, había diez muertos, entre hombres y chicos, más heridos graves, y un soldado herido. La mitad de los 120 soldados desertaron y el resto fue al depósito ferroviario, en donde una multitud de doscientos manifestantes rompió la máquina de un tren de pasajeros, arrancó las vías, y se enfrentó de nuevo a la milicia en una batalla campal.
 
Entonces rodearon el depósito quince mil personas, y pronto empezaron a arder tres vagones de pasajeros, un andén de la estación y una locomotora. El gobernador pidió tropas federales, y Hayes accedió. Llegaron quinientas tropas y Baltimore se calmó de nuevo.
 
La rebelión de los ferroviarios empezó a extenderse. Joseph Dacus, entonces director del Republican de Saint Louis, escribió lo siguiente
 
"Las huelgas ocurrían casi cada hora. El gran Estado de Pennsylvania estaba todo alborotado, Nueva Jersey estaba preso de un miedo paralizante, Nueva York, estaba reuniendo un ejército de milicianos, Ohio se veía sacudido desde el Lago Erie hasta el río Ohio, Indiana permanecía en un estado de terrible suspense. Illinois, y especialmente su gran metrópolis, Chicago, parecía colgar en el borde de un precipicio de confusión y alboroto. Saint Louis ya había sentido el efecto de las primeras sacudidas de la revuelta."
 
La huelga se extendió a Pittsburgh y a los ferrocarriles de Pennsylvania. Los directivos ferroviarios y las autoridades locales decidieron que la milicia de Pittsburgh no debía matar a sus conciudadanos, y exigieron que se llamara a las tropas de Filadelfia. Para entonces ya había parados en Pittsburgh dos mil vagones. Las tropas de Filadelfia llegaron y empezaron a despejar la vía. Volaron piedras. Hubo intercambio de fuego entre la multitud y las tropas. Murieron al menos diez personas, todos obreros, la mayoría de ellos no ferroviarios.
 
Ahora se levantó enfurecida toda la ciudad. Una multitud rodeó a las tropas, que se metieron en un depósito de locomotoras. Se incendiaron loscoches de la compañía ferroviaria, edificios y, finalmente, el mismo depósito de locomotoras. Las tropas salieron para ponerse a salvo de los tiros, se incendió el Depósito de la Unión, y miles de personas saquearon los vagones de mercancías. Quemaron un enorme granero y una pequeña porción de la ciudad. En pocos días, habían muerto veinticuatro personas (entre ellos, cuatro soldados). Se habían quemado completamente setenita y nueve edificios. En Pittsburgh, se estaba preparando algo parecido a una huelga general, con la participación de los trabajadores de las plantas siderúrgicas y de las fábricas de vagones, los mineros, los jornaleros y los empleados de los altos hornos de Carnegie.
 
El cuerpo entero de la Guardia Nacional de Pennsylvania -nueve mil hombres- se había movilizado. Pero muchas de las empresas habían quedado paralizadas porque los huelguistas de otras ciudades retenían el tráfico En Lebanon (Pennsylvama), una compañía de la Guardia Nacional se amotinó y desfiló por una ciudad alborotada. En Altoona, las tropas fueron rodeadas por los alborotadores e inmovilizadas mediante el sabotaje de las máquinas. Se rindieron, entregaron las armas y confraternizaron con la multitud. Luego se les permitió volver a casa al son de los cánticos de un cuarteto integrado en una compañía miliciana compuesta enteramente por negros.
 
En Reading, Pennsylvania, la compañía ferroviaria llevaba dos meses de retraso en el pago de los sueldos, y se manifestaron dos mil personas.Unos hombres que habían ennegrecido sus caras con polvo de carbón procedieron a arrancar las vías de forma sistemática, inutilizando las agujas, haciendo descarrilar los vagones e incendiando los furgones y un puente ferroviario.
 
Llegó una compañía de la Guardia Nacional. La multitud les echó piedras y disparó armas de fuego. Las tropas dispararon sobre la multitud, matando a seis hombres. La multitud se enfureció aún más, haciéndose cada vez más amenazadora su actitud. Un contingente de tropas anunció que no dispararía, y un soldado afirmó que preferiría disparar sobre el presidente de la compañía de Carbones & Hierros de Filadelfia & Reading. Mientras tanto, los líderes de las grandes hermandades de ferroviarios, de la Orden de los Conductores de Trenes, de la Hermandad de Maquinistas y de la Hermandad de Ingenieros, desconvocaron la huelga. En la prensa se hablaba de "ideas comunistoides"... ampliamente apoyadas... por los trabajadores empleados en las minas y las fábricas y los ferrocarriles".
 
En Chicago había un partido de los Trabajadores, con vanos miles de afiliados. Estaba vinculado a la Primera Internacional en Europa. La mayoría de sus miembros eran inmigrantes de Alemania y Bohemia. En medio de las huelgas de ferroviarios, durante el verano de 1877, el partido convocó una concentración y se juntaron seis mil personas para pedir la nacionalización de los ferrocarriles. Albert Parsons pronunció un discurso apasionado. Parsons era natural de Alabama, había luchado con la Confederación en la Guerra Civil y estaba casado con una mujer de piel morena, de sangre española e india, trabajaba de cajista en un periódico, y era uno de los mejores oradores de habla inglesa en las filas del partido de los Trabajadores.
 
Al día siguiente, una multitud de jóvenes —sin ninguna vinculación especial con la concentración de la víspera— se desplazó por los depósitos ferroviarios, obstaculizando a los trenes de mercancías. Se acercó a las fábricas, llamando a la huelga a los trabajadores de las plantas siderúrgicas, a los trabajadores de los almacenes y a los miembros de las tripulaciones de los barcos que operaban en el Lago Michigan. Cerraron las fábricas de ladrillos y los aserraderos. Ese mismo día, Albert Parsons fue despedido de su trabajo en el Times de Chicago, y su nombre fue inscrito en la lista negra empresarial 
 
La policía atacó a la multitud y la prensa informó así. "De entrada, el sonido que hacían las porras al caer sobre las cabezas resultaba terrible, hasta que uno se 
acostumbraba. Parecía que caía un manifestante a cada garrotazo,porque el suelo estaba lleno de cuerpos". A los guardias nacionales y a los veteranos de la Guerra Civil se les unieron dos compañías de infantería de los Estados Unidos. La policía disparó sobre la masa que se les echaba encima, y hubo tres muertos.
 
Al día siguiente, cinco mil personas armadas lucharon contra la policía, que disparó repetidas veces. Cuando todo hubo acabado, se contaron los muertos había, como ya era habitual, trabajadores y chavales, dieciocho en total, con sus cabezas reventadas a porrazos y sus órganos vitales atravesados por los tiros. La única ciudad en la que el partido de los Trabajadores estuvo claramente al frente de la rebelión fue Saint Louis, una ciudad de fábricas harineras, fundiciones, casas de embalaje, tiendas de maquinaria, plantas cerveceras y ferrocarriles. 
 
Aquí, como en otras partes, hubo recortes salariales en los ferrocarriles. En Saint Louis había unos mil militantes del partido de los Trabajadores, muchos de ellos panaderos, toneleros, ebanistas, fabricantes de cigarros y cerveceros. El partido estaba organizado encuatro secciones, por nacionalidades alemanes, ingleses, franceses y bohemios. Las cuatro secciones cruzaron el Mississippi en el transbordador paraparticipar en un mitin multitudinario de ferroviarios en la parte oriental de Saint Louis. Los ferroviarios de la parte oriental de Saint Louis se declararon en huelga. El alcalde de Saint Louis oriental era inmigrante europeo, y de joven había sido un revolucionario. Los votos de los ferroviarios eran mayontanos en la ciudad.
 
En el mismo Saint Louis, el partido de los Trabajadores convocó unaconcentración a la cual acudieron cinco mil personas. Pidieron la nacionalización de los ferrocarriles, de las minas y de toda la industria.
 
En uno de estos mítines habló un negro en favor de los que trabajaban en los vapores y en los diques. Preguntó. "¿Os solidarizaréis con nosotros sin tener en cuenta el color de nuestra piel?" La multitud respondió con el grito. "¡Sí!".
 
Al poco rato circulaban panfletos que llamaban a la huelga general en toda la ciudad. Hubo una manifestación por el río de cuatrocientos hombres de color, trabajadores de los vapores y del puerto, y seiscientos obreros de las fábricas portaron una pancarta que rezaba. "¡Monopolios no!" "Derechos de los obreros, sí'". Una gran manifestación cruzó la ciudad y acabó con una concentración de diez mil personas que escucharon las palabras de los líderes comunistas. En Nueva York, miles de personas se juntaron en la plaza Tompkins. El tono del mitin era moderado, y se hablaba de "una revolución política a través de las urnas". "Si os unís, puede que en cinco años tengamos una república socialista..." Fue un mitin pacífico. Al acabar, las últimas palabras pronunciadas desde la presidencia fueron. "A nosotros los pobres nos faltan muchas cosas, pero sí tenemos el derecho a la libertad de expresión, y nadie nos lo puede arrebatar". Acto seguido, la policía atacó con sus porras.
 
En Saint Louis, como en otros lugares, la dinámica popular, los mítines y el entusiasmo no pudieron sostenerse mucho tiempo. A medida que iban disminuyendo, se instalaban la policía, la milicia o las tropas federales y arrestaban a los líderes huelguistas para despedirlos de sus trabajos en el ferrocarril. Al acabar las grandes huelgas ferroviarias de 1877, habían dejado un balance de cien muertos, mil encarcelados y 100.000 huelguistas. Además, las huelgas habían provocado el activismo de incontables parados en las ciudades. En el momento más álgido de las huelgas, estaban paralizadas más de la mitad de las mercancías acumuladas en las 75.000 millas del ferrocarril nacional.
 
Las compañías ferroviarias hicieron algunas concesiones y retiraron algunos recortes salariales, pero también reforzaron a su cuerpo de "policía del carbón y del acero". En algunas grandes ciudades se construyeron polvorines para la Guardia Nacional, con arpilleras para disparar las armas.
 
En 1877, el mismo año en que los negros vieron que no tenían la suficiente fuerza como para hacer cumplir la promesa de igualdad que se les había hecho en la Guerra Civil, los trabajadores vieron que no estaban lo suficientemente unidos, que no eran lo suficientemente fuertes como para vencer a la coalición entre capital privado y poder gubernamental. Pero todavía tenían que ocurrir más cosas.
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