Acratosaurio Rex

Recibo una misiva llena de exclamaciones y letras mayúsculas. La envía un viejo anarquista, un hombre pancarta, un tipo fiel a la Idea hasta la muerte, de los que el día de la revolución se pondrán ante la metralla sintiéndose invulnerables. Mientras el Gran Día llega, gritan consignas. Las consignas son breves, restallantes y no invitan a la reflexión meditativa. Pero lo peor de todo es que están llenas de sentido común, de evidencia empírica, de propaganda.

Me escribe Nuria, una conocida de treinta años que cumple su pena de cinco en un penal del Estado. Pequeños hurtos, fraudes y estafas la han llevado a esta situación, ya que es una mala delincuente. Es decir, la pescan siempre. Tiene un hijo de quince años que sigue sus pasos.

Visito en su domicilio a Manolo, canoso, prejubilado de correos. Lo conozco desde hace más de treinta años. Me dice que se ha jubilado porque no ha sido nunca adicto al trabajo, y que prefiere recluirse en su casa, y dedicarse a la meditación, a explorar la vida interior y a la literatura. Se ha buscado un entrenador oriental y ahora hace el yogui retorciéndose como en el circo. Se apunta a talleres de ángeles, de hadas, de cosas raras.

La confusión impera en la cabeza de Choni, un chaval de 1º de ESO que pide que le explique en pocas palabras qué es el Estado y cómo podemos librarnos de él.

Choni, un Estado es una organización, y una organización la forman un grupo de personas que actúan para conseguir fines comunes. Una Iglesia, una Mafia, una Familia y una Pandilla, son organizaciones.

Me llega la siguiente noticia: un joven trabajador de una línea aérea de bajo coste, organizó a sus compañeros para dignificar sus condiciones de trabajo. La empresa movió sus hilos, coaccionó, prometió…, logró que los colegas traicionaran a su compañero. Lo dejaron solo y la empresa lo despidió a continuación. Tras muchas protestas sindicales, un juez ha dictado que el despido es radicalmente nulo, y ha obligado a readmitir al trabajador.

Ayer enterramos a Pedro, un albañil del barrio. Estaba a tres metros de altura. El compañero le llamó. Al volverse perdió el equilibrio, hizo el gato y se mató. Deja una viuda que se ha quejado una y otra vez de que la muerte de su marido “ha sido muy tonta”. Y tanto señora, como tantas.

El entierro fue sobrio. Ahora en el cementerio no te ponen los ladrillos, sino que te plantan una plancha del tamaño del nicho, y a volar. Eché de menos a la reina llorando, al presidente Zapatero, las banderas a media asta… ¿Por qué no?

Aquí está Xaira, trabajadora en una cooperativa da Costa da Morte que cose para Zara. Dice que llaman cooperativa a una subcontrata estrujadora. Zara hace los diseños, corta las piezas y las distribuye con la furgo. Le dice a la jefa (de la cooperativa) que a los tantos días recoge las prendas hechas, y ellas se ponen a coser como locas a tantos céntimos la pieza, sacando según trabajen unos cuatrocientos, seiscientos euros, depende de si echas ocho o doce horas al día.

La carta de Iklas la comenta Amparo Roldán, una señora que se encuentra metida en el bocadillo. Ella es trabajadora de hogar desde hace cuarenta años, solo que no cobra por ello. Ella atiende (es la madre) a todo el mundo, día y noche, añadiéndose a la tarea el cuido de su suegra (Alzheimer), y de su madre (con bastón). Tiene dos hijos varones adultos a los que califica de “garrapatas”. De su marido no dice nada, ni bueno ni malo (reparte butano).

Hoy quiero comentar la carta que me envía Iklas, una empleada de hogar. El negro cuadro de derrota que me pinta es este: Su contrato es verbal y pueden despedirla en cualquier momento, aunque está asegurada. El sueldo como interna cuidando (día y noche) niños, un anciano inválido, dos perros y realizando todas las tareas domésticas de la casa (cinco personas), es de 850 euros mensuales. Además percibe dos medias pagas extras y tiene quince días de vacaciones anuales para ir a ver a su hijo y a su marido allende los mares.

La gente no se aclara con esto de la crisis, y los miembros de la Peña Cultural El Embarcadero me piden que dé mi versión de este asunto.

En mi opinión, una crisis social se produce cuando hay una hambruna, cuando aparece una epidemia mortal o cuando llega Godzilla a Tokio destruyendo rascacielos. Si veis hogueras en las calles, calderos colectivos de sopa de pan hervido y carretones llenos de muertos tirados por mulas, hay crisis. Cuando los bares están llenos de bebedores, las carreteras llenas de coches y los supermercados llenos de comida, no hay crisis.

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