Acratosaurio Rex

Un nuevo éxito del consultorio del Acratosaurio. La semana pasada, en mi Terapia de Grupo, compareció un señor en tratamiento de nervios. Dicho hombre, al que llamaré Doctor X, es millonario. Se dedica a los coches de lujo y tiene deshecha su vida debido a su hijo.

Su niño de avanzada edad (según nos contó desesperado) es un asno que piensa que Cervantes es un tipo de ciervo. Un vago de tomo y lomo al que nombró Jefe de Ventas para que algún día heredase el legado familiar y se fuese acostumbrando al tenebroso mundo del empresariado.

Me manda un correo un camarada que me dice:

“¡Camaradas! ¡La unión hace la fuerza! La militancia revolucionaria y el entrenamiento en deportes de contacto, comparten muchas claves: capacidad de masoquismo; conocer a tu tía Constancia; estrategia en juegos de mesa; táctica en barra de bar; parte técnica o teórica (leer); parte práctica (calzar la mesa con el libro); valentía cual torero; arrojo (Edmundo Dantés); decisión de practicar la eugenesia; superación de todo lo dicho, etc…

Los nazis (1) no son sino la expresión objetiva de la maldad colectiva de la Humanidad. Un sicópata puede matar a unas decenas de personas. Una sociedad sicopática, a millones de ellas. Esa tendencia puede producirse si se dan las condiciones adecuadas, y entonces miles de personas pueden pasar a convertirse en asesinos. Un factor importante en esta conversión, es que el poder lo apruebe.

Me pregunta Bolchevicho, que si el nazismo es el producto más horrible de la descomposición de la mente humana (1), cómo es posible que arrastrase a millones de personas en el siglo XX a una locura colectiva.

Os explico: el nazismo no es más que la expresión colectiva de muchos comportamientos individuales deplorables. El nazismo saca a flote lo peor que todos (menos el bondadoso acratosaurio) lleváis dentro.

Me exige un tal…, bolchevicho, que deje en paz a los estalinistas (1) y que me dedique mejor a describir a los nazis. Vamos allá.

Primera idea: el nazi (fruto radicalizado de la democracia —otra utopía salvadora demierda—), en lugar de creer en el progreso, cree en la tradición.

Así que tenemos caracterizada la caricatura en trazos gruesos del estalinista (1), al que vemos como a un fanático con pinta de ulceroso. Este personaje, que piensa que para llegar al final ha de hacer lo que haga falta, carece de escrúpulos morales, no tiene remordimientos, es feliz como una hiena ante la carroña, y os voy a poner dos ejemplos para entenderlo.

A estas alturas del tema, he empezado a recibir en mi correo mensajes inquietantes. En concreto, me dice un nota que yo soy un rabioso anticomunista y un fascista burgués, un diletante mantenido por su papá…, y menciona que mi nula capacidad de análisis le hace vomitar… Joder muchacho, lo siento mucho. Cuando me leas te aconsejo que tomes media hora antes primperán, o que te pongas una bolsita al lado.

Quien esté siguiendo la serie de artículos que dedico al estalinismo (1), habrá pensado alguna vez… “¡Concho, ese es fulano!”, u “¡Hostias! ¡Eso pasa también en tal colectivo!”, o peor aún: “¡La leche! ¡Eso nos pasa a nosotros!”. Y así es. En mayor o menor grado, todos esos comportamientos autoritarios, tienen sus bases en otros comportamientos de miles de años de antigüedad. Lo que hace del estalinismo un fenómeno tan riguroso, es lo bien estructurado que está.

El comportamiento de los estalinistas puede ser rastreado en una serie de comportamientos (propios de los seres humanos) llevados a extremos insoportables. Para comprender esa sociología del terror que convierte en papanatas peligrosos a universitarios, a pescaderos y a hinchas de fútbol, no podemos quedarnos en la apariencia. Que describamos bien una ejecución, no implica que la hayamos explicado.

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