Acratosaurio Rex

Me he animado a perder el tiempo escribiendo algo sobre El Libertario de Venezuela, porque constato que los medios libertarios peninsulares, de cuando en cuando publican artículos poniéndolo a parir, y eso me llama la atención. Cada vez que he visto algo al respecto, me ha dado por leer algún número suelto, (disponibles en internet), y no me ha parecido para tanta mala leche, la verdad. En realidad, los artículos de El Libertario venezolano me recuerdan bastante a los del difunto CNT. Y como ni me va ni me viene, he pasado a otra cosa mariposa.

Los años sesenta fueron pródigos en experimentos de sicólogos terribles, dedicados a estudiar el comportamiento humano en lo que a obediencia y pérdida de autonomía se refiere. Ya en otros artículos (1) hablé del experimento de Milgram, en el que se engañaba a un pardillo para que creyese que estaba friendo con descargas eléctricas a un actor, y del experimento de Asch con el que se engañaba al pardillo para que afirmase estar viendo cosas que en realidad no veía. Pues hay otro experimento del que querría hablar, que es el experimento de Bandura (2).

Quería hacer otra reflexión de esas chorras que yo suelto a cuenta de los atentados de Barcelona y de Cambrils, y de cómo en el Reino ha entrado la pena de muerte por la puerta de atrás, aplaudida por doquier, y ejecutada por la policía del Estado Catalán. Ahora mismo es cubierta de flores, gracias a que desde Felip Puig "El Hombre del Bate", y antes de él, se popularizó un modo de hacer y actuar, muy cuestionable (1).

Pues claro que no, qué tontería más grande. Tendría miedo si viese un tanque haciendo polvo la rotonda, maniobrando al lado de la gasolinera y disparando para todas partes. Pero ahora mismo, ¿miedo? 

Esto de ser comentarista político en alasbarricadas tiene sus inconvenientes, porque vale que me paguen 100 euros por artículo, pero, ¿me tienen que imponer los temas? Ahí tenéis a la directora de alasbarricadas, Amalia, exigiéndome, a mí, un artículo de actualidad sobre lo que quieren los terroristas… Joder.

La Hontzak Konpartsa en la Aste Nagusia de Bilbao, ha sido censurada por blasfemia. La ertzaintza –el 21 de agosto– a instancias del juzgado que actuaba bajo presión del obispado, procedía a retirar las imágenes blasfemas de la caseta, que consistían en: a) el Cristo Crucificado de Velázquez, mostrando las diversas partes de su anatomía, y al que se le había modificado el lema de "rey de los judíos" por "despiece de cristino"; b) unas letras que ponían al su redor "carnicerías vaticanas": c) más cosas indeterminadas.

Heather Heyer falleció víctima del ataque de un supremacista blanco mientras protestaba en Charlottesville (Virginia), contra manifestantes racistas, nazis, de extrema derecha. El asesino actuó del mismo modo que en los recientes atentados terroristas: lanzando un vehículo a gran velocidad contra los manifestantes antifascistas, la mató a ella e hirió a otras 19 personas.

Como digo siempre, no hace falta entender de algo para hablar de ello. Por ejemplo, de la islamofobia puedo decir con total seguridad, que no sé nada de ese asunto. No sé las diferencias entre islam, musulmán, árabe, fedahiyín, muyahidín, alquaeda, alfatah, hamás, hezbolá, OLP, isis, hermanos musulmanes, estado islámico, chiítas, sunitas… Me hago un lío con las facciones anarquistas, conque con las de países lejanos... Por lo tanto, no sé nada de la islamofobia. Si bien me lo imagino. Así que doy mi opinión sin mayores problemas.

Uno no tiene por qué saber de todo y comprenderlo todo para poder hablar de cualquier cosa. Por ejemplo, la turismofobia, la última palabra inventada por la tele. Da la impresión de que hay grupos extremistas en el país, que odian a los turistas. Qué va. En realidad la queja deriva de lo siguiente: 

Allá por los años de finales de los sesenta, que la televisión era minoritaria, la radio más bien aburrida, y los periódicos de la cadena del Movimiento Nacional, me distraía de diversos modos creativos: emborrachándome, haciéndome pajas y esas cosas. Pero también tenía la costumbre de leer novelas baratas, que cambiaba en un quiosco de segunda mano todas las semanas. Lecturas efímeras puede decirse, de los que se leen y se olvidan. Pues resulta que hubo un relato que recuerdo todavía. El autor, desgraciadamente, no se me ha quedado, discúlpeme maestro (1).

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