Asunto: Revolucionarios internacionales en el frente de Aragón
Publicado: 01 Ago 2005, 13:59
Registrado: 12 May 2002, 14:28
Revolucionarios internacionales en el frente de Aragón
Víctor Pardo Lancina
Fuente: Qriterio Aragonés nº 43 (julio de 2005)
Dos editoriales pequeñas, casi artesanas, han publicado recientemente sendos volúmenes de memorias relacionadas con la Guerra Civil en Aragón, Por el bien de la revolución, Alikornio Ediciones y Del amor, la guerra y la revolución, en la riojana Pepitas de Calabaza. En los dos casos se trata de peripecias protagonizadas por milicianos extranjeros que se afilian a la CNT, suizo uno y francés, aunque de origen italiano el otro. El primero, Albert Minnig, combate con el grupo italiano de la columna Ascaso en el frente de Huesca, mientras que el segundo, Antoine Giménez, lo hace con los internacionales de Durruti en tierras de los Monegros. Ambos sobreviven para contarlo, pero en sus testimonios podemos rastrear el terror en el frente y las difíciles circunstancias vividas en el denominado «muro aragonés» que, establecido entre Panticosa al norte y la turolense Sierra de Albarracín, tenía en el cerco de Huesca y la Sierra de Alcubierre, dos puntos calientes de la geografía bélica. Insumisos a la militarización y desengañados, estos combatientes extranjeros abandonan España sin haber logrado sus propósitos de hacer la revolución y vencer al fascismo
El Gobierno Federal suizo fue uno de los primeros en apoyar el golpe de Estado de Franco y los generales, y so capa de una apariencia de neutralidad, benefició lo que pudo a los golpistas. Pero la actitud de los trabajadores y ciertos grupos de intelectuales fue bien distinta, a pesar de las amenazas y persecución que se cernían sobre los izquierdistas y disidentes.
El 1 de septiembre de 1936 llegaban a Port Bou los suizos Albert Minnig, peón de la construcción de 25 años y su primo Louis Walter, ambos anarquistas y miembros de la Federación de obreros de la construcción y la madera de Yverdon, un lugar perteneciente al cantón de Vaud. Vienen a combatir acompañados por el carpintero de Ginebra Fernand Chevalier. Cruzan la frontera y viajan a Barcelona, la misma ciudad revolucionaria y pletórica que encontraría Orwell a finales de ese año, pero bien distinta a la que sucedería a los enfrentamientos de mayo de 1937.
Apenas una semana más tarde, Minnig y sus compañeros son enviados al frente de Aragón en una columna que se unirá inicialmente a los bragados Aguiluchos de la FAI, y que va a combatir al sector de Huesca, ciudad que ha comenzado a sufrir un cerco que se prolongará hasta la caída del frente de Aragón en marzo de 1938. Minnig es trasladado en tren hasta Tardienta, localidad que ya ha sido bombardeada, y más tarde irá a Grañén, si bien el final del viaje se sitúa en el pequeño pueblo de Vicién. En este entorno de Huesca pasará algunos meses el obrero suizo, aunque su indómito espíritu, refractario a cualquier disciplina, le lleva a abandonar el frente a voluntad, en una suerte de guerra hecha de decisiones personales que no oculta a lo largo de la narración.
Minnig, enrolado ahora en la sección italiana de la columna Ascaso, germen del Batallón Malatesta que tendrá sede en la ermita de Loreto, combatirá en el entorno de Alerre, en las proximidades de Huerrios y en la posición del cementerio de Huesca. «Varios obuses caen en el cementerio destrozando las tumbas, reventando los ataúdes, esparciendo la osamenta de los pobres difuntos que nos vemos obligados a enterrar para evitar las epidemias». Esta dramática descripción de Minnig fue recogida por la cámara del periodista francés Albert-Louis Deschamps, envido del semanario derechista L’Illustration, que recoge en una larga secuencia de imágenes los destrozos ocasionados en el camposanto oscense, y que la propaganda franquista atribuirá a la irreverente barbarie «roja» puesta en acción.
La aversión de Minnig a adscribirse al ejército popular de la República y la carencia de armas y pertrechos, severamente controlados por el estalinismo infiltrado en las estructuras políticas y militares del Gobierno, llevan a nuestro hombre a abandonar España en abril de 1937, muy poco antes de los sucesos de Barcelona que enfrentaron al POUM y la CNT con el PSUC.
Antoine Giménez es el nombre que adopta en España el italiano Bruno Salvadori, desertor del ejército fascista del Duce, hombre de mil oficios entre lo que sobresale el de ganapán errante en una juventud que le llevó en varias ocasiones a pisar las cárceles italianas, francesas y españolas por su radical activismo ácrata. Llegó a España en las primeras semanas de la Guerra Civil y se enroló con el grupo de internacionales de la columna Durruti que combatió en Pina de Ebro, Quinto, Farlete y la Sierra de Alcubierre, si bien al igual que su correligionario suizo abominó del proceso de militarización. Cuando abandonó España en 1939 lo hizo en compañía de una viuda de Peñalba, Antonia Mateo Clavel y su hija Pilar, con las que compartirá el resto de sus días afincados en Marsella.
Las memorias de Antoine constituyen un testimonio de gran valor humano y documental, ya que si bien no ahorra abundantes pasajes de alto contenido erótico, entreverados de arduas reflexiones políticas, su descriptiva visión del frente ayuda a recomponer episodios de enorme interés. Tal es el caso del ocurrido en Perdiguera el 16 de octubre de 1936, cuando más de un centenar de internacionales mueren en el intento de toma de esta población monegrina. Igualmente relata el paso de la escritora Simone Weil por el frente aragonés o la dura vida del combatiente en las trincheras de la Sierra de Alcubierre.
Las memorias de Antoine Giménez y Albert Minnig ofrecen una visión esencial de lo que la historiografía anarquista no duda en calificar como la «revolución traicionada».
Sumario
Recuerdos de amor y de guerra. Sobre el libro de Antoine Giménez
Carlos Bravo Suárez
Fuente: Diario del AltoAragón
Entre los diferentes libros que sobre la Guerra Civil española han aparecido recientemente, quiero llamar la atención en este artículo sobre uno que, publicado en una pequeña editorial y escrito por un autor apenas conocido, puede pasar, pese a su interés, desapercibido para un buen número de lectores. Se trata de "Del amor, la guerra y la revolución", de Antoine Giménez, editado en Logroño a finales del pasado año por Pepitas de calabaza. Su subtítulo, "Recuerdos de la guerra de España: del 19 de julio de 1936 al 9 de febrero de 1939", enmarca temporalmente los sucesos narrados, que en su mayor parte transcurren en el frente de Aragón. La obra fue escrita originalmente en francés, y en ese idioma puede leerse íntegra en internet (http/www.membres.lycos.fr/hipparchia/info.html). Ha sido traducido al español por Francisco Madrid, quien escribe también la introducción, de donde extraemos algunos datos sobre el autor.
Antoine Giménez se llamaba en realidad Bruno Salvadori y era italiano. Nació en Chianni (Pisa) en 1910 y desde muy joven leyó a los teóricos libertarios, como Malatesta, Fabbri, Gori o Kropotkin, impregnándose del pensamiento ácrata. A los 21 años desertó del ejército del Duce y se refugió en Francia. Trabajó como leñador y también en el mundo de la noche en Marsella. Como él mismo expresa, procedía de un mundo marginal, pero con ideas anarquistas muy arraigadas en las que se reafirmó en su estancia en España. Desde Francia había pasado ya muchas veces los Pirineos para entrar de contrabando escritos subversivos a nuestro país. Aquí vivió los años de la Guerra Civil, relatados en su libro, y tras la victoria franquista regresó al país vecino. Al cruzar la frontera, y pese a sus ideas contrarias al matrimonio y obligado por las circunstancias, presentó ante las autoridades galas como su mujer a Antonia Mateo Clavel, nacida en la localidad oscense de Peñalba. Se habían conocido en 1936, poco después del estallido bélico. Ella era viuda, con una hija que tenía entonces cinco años. En Francia, fueron internados en los campos de refugiados de Roussillon, hasta que Antoine fue enviado a la construcción del muro del Atlántico que debía detener el avance de los nazis. Participó en acciones de sabotaje de la Resistencia, de la que actuó como agente de enlace. Acabada la Segunda Guerra Mundial, vivió en varios lugares del territorio francés hasta establecerse en Marsella, donde trabajó como albañil desde los años cincuenta hasta su muerte, ocasionada por un cáncer de pulmón, a finales de 1982.
Como hemos visto, no estamos ante un escritor de oficio, sino ante un personaje de vida nómada y poco convencional. De formación autodidacta, años después de vivir en primera línea el conflicto español, decide poner sobre el papel sus recuerdos de aquella intensa y dramática experiencia que ahora, con mucho retraso, podemos leer en nuestro país. Y lo hace con apasionamiento, mezclando la memoria de los hechos puramente bélicos con la de sus relaciones amorosas y eróticas. Los lances de guerra y de amor se ven, a su vez, salpicados de digresiones sobre la experiencia revolucionaria que se estaba produciendo en paralelo a la contienda. Antoine formó parte del llamado Grupo Internacional de la columna Durruti en el frente de Aragón. Constituía una especie de comando de acción rápida que realizaba las misiones más arriesgadas y peligrosas en contacto frecuente con el enemigo. Por ello, algunos episodios bélicos se relatan en el libro con gran viveza.
Son bastantes las páginas dedicadas a las relaciones amorosas y sexuales del narrador, que manifiesta gran atracción por las mujeres. Desprovisto de prejuicios, y llevando a la práctica las teorías sobre amor libre que como anarquista convencido defendía, mantiene múltiples relaciones, narradas con cierto detenimiento en sus detalles más eróticos. No puede decirse, sin embargo, que se extienda en exceso ni que caiga en lo pornográfico. Tampoco es demasiado original, si bien describe de manera naturalista lo que muchos autores por pudor o convencionalismo suelen obviar o convertir en elipsis.
Las digresiones políticas, muy presentes en el libro, son las que, a mi juicio, perjudican más al relato, porque lo cortan en exceso para introducir una doctrina libertaria que hoy puede resultar demasiado idílica, aunque llena de buenas intenciones y utópicos deseos por parte del narrador. Especial interés tiene éste en marcar las diferencias entre anarquistas y comunistas, a quienes rechaza por autoritarios, estalinistas y contrarios a la verdadera revolución. Critica su afán por convertir las milicias en ejército regular y por acabar con la revolución social emprendida, que los anarquistas consideraban tan importante como la propia guerra. Antoine estuvo en Barcelona en los días de mayo del 37 en que ambas corrientes se enfrentaron en las calles de la ciudad, y fue testigo de las desavenencias irreconciliables entre los grupos que debían luchar juntos en el frente.
Los hechos narrados en el libro comienzan el 19 de julio de 1936 en Lérida, donde, tras el fracaso de la intentona golpista, Giménez se une a los grupos anarquistas que pasan a controlar la ciudad. Poco después, decide sumarse a la columna Durruti que procedente de Barcelona se dirige a Zaragoza, caída en poder de los insurrectos. Tras pasar por Fraga, llega a Pina de Ebro y se suma al Grupo Internacional de la columna, que ve frenado aquí su rápido avance inicial. Lo más interesante del libro es quizás el conocimiento de primera mano que proporciona sobre estos voluntarios extranjeros que, procedentes de diversos países, constituían un grupo autónomo dentro de la milicia anarquista. Aunque en algún momento pudo llegar a 400, su número rondaba los 250 integrantes. Casi ninguno de ellos hablaba español y rechazaban el modelo militar de jerarquía y disciplina. Giménez explica que al principio llevaron a cabo algunos golpes de mano al otro lado del Ebro, infructuosos y regresando siempre a su base de Pina. Las dos principales operaciones en que participaron fueron la toma de Siétamo y el fallido intento de conquistar Perdiguera. El Grupo Internacional sufrió en esta población zaragozana una severa derrota en la que perdieron la vida 120 de sus miembros. Entre ellos, su delegado, el francés Berthomieu. Giménez logró salvar la suya, pero allí comienza a experimentar cierto desánimo, por la desaparición de sus mejores amigos y por la desconfianza hacia sus propias filas - en ellas están, según él, los causantes del desastre de Perdiguera - y, sobre todo, hacia la política de militarización y de desmantelamiento de las colectividades libertarias, llevada a cabo por los comunistas bajo la dirección de Líster y El Campesino. También le parece una traición a sus principios libertarios la entrada de ministros anarquistas en el gobierno republicano. María Ascaso consigue convencerlo para que no abandone la guerra que, sin embargo, será ya un sangriento camino hacia la derrota. Impresionan las páginas donde se describen los bombardeos aéreos que sembraban de cadáveres las filas republicanas, sin que éstas pudieran contrarrestar la superioridad de la aviación del ejército enemigo. El repliegue continuo hasta la frontera va unido en Antoine al sentimiento del fracaso definitivo de sus sueños revolucionarios.
Son bastantes los pueblos aragoneses que aparecen en el libro. Algunos, de la provincia de Zaragoza, como los citados Pina y Perdiguera, Quinto de Ebro - donde fracasó un intento de toma por el Grupo Internacional -, Farlete - que sí fue conquistado -, Bujaraloz, Velilla o Gelsa; otros, oscenses, como Fraga, del que Antoine destaca la fama de sus higos, Siétamo - su incursión más al norte -, Candasnos, o Sariñena, controlada por el POUM, partido que también le parece al autor demasiado jerarquizado. El grupo de Giménez se mueve, casi siempre, por la Sierra de Alcubierre - se nombra Monte Oscuro -, en el límite entre las dos provincias.
Entre los muchos personajes con los que coincidió el autor en las milicias anarquistas puede destacarse, aunque sólo estuviera un mes entre sus filas, a la escritora francesa Simone Weil. Cuenta Giménez que un día los milicianos trajeron como botín de una de sus incursiones por los alrededores de Quinto algunos huevos y gallinas. Simone, "una joven de largos cabellos negros", colaboraba en tareas de cocina y sufrió quemaduras de aceite al empeñarse en freír aquellos huevos. Tuvo que ser evacuada a Barcelona y desde allí regresó a Francia. Dejó honda huella en Manuel, un muchacho de Pina que se volvió taciturno tras su partida y de quien decía que era "bello como un Dios griego". Las referencias posteriores de Simone Weil a su paso por España muestran su horror por la brutalidad, la manipulación y la mentira que dominaban en ambos bandos. Curiosamente, en Francia entabló amistad con el también escritor Georges Bernanos, que había luchado en España en las filas de Franco. De Durruti no hay referencias de trato directo, pero, cuando muere en Madrid en confusas circunstancias, a Giménez no le cabe duda alguna de que su muerte es obra de los comunistas. En su estancia en Barcelona conoce a un judío apellidado Einstein, que resulta ser hermano del famoso científico y que se suicidó unos años más tarde para evitar que los colaboracionistas franceses de Vichy lo entregaran a los nazis. Muchas de las amigas de Antoine - como Georgette ("Mimosa"), que aparece en la portada del libro - murieron en Perdiguera; otras, como Madeleine, en los bombardeos de la capital catalana. Sin embargo, el personaje femenino por quien mayor cariño muestra es la tía Pascuala, una campesina de Pina, a quien llama la Madre y en cuya casa vivió durante su estancia en el pueblo.
Entre la tragedia de la guerra y los momentos placenteros del amor hay lugar para algunas anécdotas. Como la de aquel miliciano fanfarrón que exigía una botella de vino cada día y a quien, para quitarle la costumbre y rebajarle los humos, los del pueblo dieron un tinto de 17º que lo dejó sin poder levantar el culo de la silla. O cuando desorientados tras un bombardeo y en una noche oscura, él y un compañero, asustados y muertos de sueño, se refugiaron en una oquedad, tomada por cueva, que a la luz del día resultó ser parte de los nichos de un cementerio, al descubierto tras el bombardeo de sus muros. Estando el autor en Barcelona en 1937 se proyectaba en sus cines la película "La toma de Siétamo", en la que tal vez él mismo apareciera. Se observa la presencia de muchos anteriores delincuentes entre las filas de la columna. Aunque Giménez lo considera secundario a sus ideas anarquistas, sabemos que contribuyó al desprestigio de las milicias y requirió la enérgica intervención del propio Durruti, que, como cuenta el libro, mandó fusilar a un miliciano por apropiarse de unas joyas y regalarlas a una compañera que las lucía con ostentación.
El libro de Antoine Giménez, pese a algunos de los defectos señalados, proporciona una lectura intensa, absorbente por momentos, y permite conocer aspectos de la vida cotidiana en el frente de Aragón y algunos episodios de la guerra desde la perspectiva del bando libertario, que tanto protagonismo tuvo en aquellas trágicas jornadas.
_________________ ...vive como piensas o acabarás pensando lo que vives...
Somos el grupo editorial francés que encontré a las "Pepitas", lo que conduci a editar en Logroño las memorias de Antoine. El sitio se està construyendo poco a poco. Ahi encontraréis unas fotos y datos, en francés.
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