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 Asunto: Reflexiones sobre el sujeto revolucionario
NotaPublicado: 14 Ene 2016, 10:30 
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En cualquier momento de agitación o descontento social en el cual los revolucionarios vuelven a vislumbrar las posibilidades que ofrece la ruptura de la calma chicha surge de nuevo el debate acerca del sujeto revolucionario. Aquí y allá vuelven a brotar los análisis y los ensayos que tratan de definirlo, vaticinarlo o enterrarlo. Este artículo no pretende hacer ninguna de esas tres cosas, más bien, desde una crítica al sujeto revolucionario tradicional, quiero reflexionar sobre dónde pueden darse esas brechas en el imaginario colectivo que permitan la formación de sujetos autónomos capaces de llevar la lucha contra el sistema hacia delante. No pretendo hacerlo como actividad meramente teórica ni como un intento intelectual de encontrar un nuevo sujeto revolucionario, sino desde la necesidad de superar las limitaciones que implica, y la impotencia práctica que conlleva, el concepto tradicional del trabajador como tal sujeto. Entre otras cosas, parto de la idea de que el sujeto revolucionario no es un ente a la espera de ser llamado a cumplir con su cometido histórico, sino personas de carne y hueso que en el fragor de la lucha toman conciencia de su situación, fundamentalmente como clase explotada y oprimida, y de su potencial, y deciden transformar radicalmente la sociedad en la que viven. De esta premisa se desprenden dos reflexiones, la primera es que el sujeto revolucionario se crea en la propia lucha en el momento en que adquiere una perspectiva revolucionaria y la segunda, derivada a su vez de la primera, es que la identidad del sujeto revolucionario no es algo que se pueda predecir desde la teoría, ni en divagaciones frente a un ordenador. De esta forma solo se puede llegar a sentar postulados que la lucha confirmará o desmentirá –generalmente esto último, de ahí el campo abonado que ofrece la lucha revolucionaria a intelectuales de todo corte. Esto no quiere decir que la teoría no sea algo importante a lo que dedicar esfuerzos, más bien que no puede ir por delante de la práctica marcando el camino, sino a su lado retroalimentándose con ella, aportando la solidez del pensar a la necesidad del hacer.

Históricamente, se ha definido el sujeto revolucionario como el proletariado, tradicionalmente muy vinculado en el imaginario con el obrero fabril, por ser quien, no poseyendo los medios de producción, únicamente puede vender su fuerza de trabajo para subsistir. No es mi intención teorizar sobre el proletariado, ni a favor de su existencia ni de su desaparición, o buscar un sujeto revolucionario distinto, principalmente porque creo que sigue siendo perfectamente válido como definición antagónica a la clase capitalista. Lo que sí quiero es cuestionar la imagen preponderante del proletario como obrero. En primer lugar porque la sociedad y el mundo del trabajo han evolucionado tanto que es difícil seguir identificando a los proletarios únicamente como los trabajadores tradicionales de la industria o la construcción. Y en segundo lugar porque creo que la realidad actual, y lo que se nos viene encima, exige repensar las estrategias de lucha que necesitamos llevar a cabo, tanto para resistir y como para ser capaces de pasar a la ofensiva.

Ninguna revolución ser impulsada por gente que es mantenida definitivamente fuera del trabajo asalariado. La gente que no tiene ninguna posibilidad de entrar al sistema salarial se va rebelar, pero no va a empezar a comunizar su entorno. Este análisis, por muy históricamente acertado que sea, no deja de ser una sentencia determinista que implica una limitación y niega la posibilidad de que muchas personas tomen las riendas de su vida para hacer de ella, y del encuentro con otras vidas excluidas, un proceso revolucionario de cambio social.

No soy tan ingenuo como para pensar que no existen profundas contradicciones en los marginados del sistema salarial o que por el simple hecho de ser excluidos de la sociedad de consumo inevitablemente adquirirán una conciencia y una práctica revolucionarias, pero sí me planteo por qué no va a ser precisamente la gente que está excluida de los cauces del capitalismo para acceder a la vida, es decir, el trabajo asalariado, la que tome conciencia de la necesidad de buscar otras maneras de autoorganizarse y autoabastecerse. Obviamente esto tampoco significa que automáticamente esas hipotéticas nuevas formas sociales fueran a llevar en sí el germen de una sociedad distinta. Es más, lo más probable es que el canibalismo social se arraigase con más fuerza y más crueldad en las formas de relación, algo que de hecho suele ocurrir así. Sin embargo, creo que en circunstancias de ruptura social es cuando mayores posibilidades existen de construir la autonomía necesaria para quebrar la confianza en el mito capitalista –la ilusión de promoción social que tanto cala entre los sectores más machacados de la sociedad y que muchas veces lleva a desear la situación de los que se encuentran plenamente integrados en la dinámica capitalista– no solo de aquellas que más crudamente sufren la explotación, sino también de las personas que se ven privadas del estatus que les aportaba la sociedad de consumo y el llamado estado del bienestar. Si comunizar el entorno implica romper con las relaciones capitalistas para empezar a construir otras, no deberíamos negar esa capacidad a quienes se ven excluidas de la posibilidad de integrarse en el capitalismo.

Todo parece indicar que avanzamos hacia una sociedad tecnológica cada vez menos dependiente de la fuerza de trabajo en la producción de mercancías y servicios. Esto no quiere decir que el capitalismo vaya a abolir por si mismo el trabajo asalariado, sino que necesitar reestructurar su funcionamiento social para que el ciclo de acumulación siga produciendo el mayor margen de beneficio posible. Prueba de esto es el gran desarrollo del tercer sector aquel compuesto por organizaciones privadas, no gubernamentales pero institucionalizadas, cuya actividad, en teoría, no está determinada por la obtención de un beneficio económico sino por la realización de un servicio social, cuyo crecimiento en los pases capitalistas desarrollados hay que entenderlo, pues, como un mal menor para el Capital, y una expresión del desempleo encubierto, en la medida en que funciona como paliativo de la degradación general de las condiciones de vida de la población menos competitiva (asistencialismo) y como rea de encuadramiento de una parte de la población cualificada.

Es evidente que aquí entran también en juego las brutales diferencias entre países y territorios, pues mientras en los países más industrializados el capitalismo se desprende de trabajadores y trabajadoras, en otros, se reproduce y obtiene una mayor tasa de ganancia gracias a unas condiciones de trabajo mucho más duras. No obstante, esto no es nada nuevo. No es la primera vez que el capitalismo se reestructura para seguir existiendo. No se trata de realizar aquí un análisis pormenorizado de la deriva capitalista a nivel mundial, me interesa trasladar esta reflexión a la realidad que nos rodea con el fin de explorar qué caminos se abren y cuales se cierran en nuestra lucha.

Si en una futura sociedad de servicios hipotética, no por ello menos probable, el papel de las personas en los territorios industrializados tiende al consumo –parte imprescindible en la realización del capital– por encima de la producción (entre otras cosas porque sea la única manera de que la amplia capa de población improductiva “participe” de la reproducción capitalista) podemos pensar que ahí se da un potencial transformador. Siempre y cuando seamos capaces de llevar a cabo iniciativas en las que esa “población improductiva” –excluida del sistema salarial– pueda focalizar tanto el consumo, entendido como satisfacción de deseos y necesidades, como la producción autogestionada en la creación y el sostenimiento de formas combativas comunitarias y no en la productividad o la plusvalía.

No se trata simplemente de autogestionar las necesidades de supervivencia “al margen” del mercado, en circuitos propios o mercados alternativos, sino de negar verdaderamente las formas de dominación y de relación capitalistas. Cambiar, colectivamente y en la práctica, nuestra forma de vivir es hacer la revolución y a la vez impulsarla.

Hacer de la necesidad virtud o, lo que es lo mismo, convertir la mera supervivencia, la resistencia a la ofensiva capitalista, en un ataque a sus pilares. Las personas que más atacadas se ven, y nos vemos, por esta reestructuración capitalista, nueva acumulación basada en la devaluación interna, pueden empezar a romper su dependencia del sistema, precisamente porque el sistema les abandona a su suerte. Por eso nuestra labor debiera ser tratar de construir iniciativas que, aunque no vayan a sustituir a la revolución propiamente dicha, contribuyan a delinear y a desarrollar el tipo de sociedad que queremos construir. La clave está en que lo que construyamos para subsistir mantenga el rechazo a las relaciones capitalistas independientemente del rumbo que tomen estas y se exprese en la práctica más allá de evitar la asfixia que supone la exclusión.

Fruto de la convergencia de los excluidos de siempre con los recién estrenados desechos del sistema salarial podemos construir alternativas de vida y de lucha que nos lleven un paso más allá de la mera supervivencia. Asumiendo que en este ciclo del sistema capitalista muchos no tenemos cabida y tienen la intención de dejarnos morir –literalmente si nos atenemos a la destrucción de la cobertura sanitaria, por ejemplo– quizá podamos dejar de buscar respuestas en los cauces del propio sistema.

Volviendo a la crítica del obrero como sujeto revolucionario tradicional, resulta evidente, sabiendo que no estoy diciendo nada nuevo, la contradicción intrínseca de esta idea. Como trabajador constituye su identidad precisamente con aquello de lo que debe librarse mediante la revolución, el trabajo asalariado. Si, efectivamente, la revolución es un proceso y no un momento concreto al que se llegará algún día, e independientemente de si es ineluctable o no, la pregunta sería cómo va a librarse del trabajo asalariado, durante ese proceso, quien depende de él para su subsistencia.

Esto no quiere decir ninguna de las dos cosas siguientes; ni que esa contradicción no pueda resolverse en un sentido revolucionario, el de superar la concepción capitalista del trabajo como actividad por la que recibir un salario y recuperar la concepción del trabajo como actividad que permita producir aquello que necesitamos para vivir, ni que en el proceso revolucionario vayamos a poder prescindir del trabajo acumulado por los proletarios durante el desarrollo capitalista.

Simplemente quiero constatar la necesidad de identidades revolucionarias propias, unidas por el interés común frente a la atomización y el enfrentamiento que hoy en día genera la competitividad, que puedan asumir el proceso revolucionario comunizador a la vez que aliarse, organizarse y coordinarse con las personas de su misma clase, llamémosla clase trabajadora, proletariado o como queramos, tanto en la destrucción de las relaciones capitalistas propiamente dichas como en la construcción de realidades sociales basadas en lo común frente a lo propio.

Esto tampoco implica necesariamente una segregación del sujeto revolucionario o una especialización revolucionaria. No es más que defender la posibilidad de emancipación de la condición de excluido. De la necesidad pura de subsistir se crea la necesidad de un cambio, de la lucha. Esa lucha puede ser revolucionaria o no, pero, ya lo hemos dicho antes, la misma duda se puede plantear sobre el trabajador alienado. Y el mismo proceso que torna una lucha cotidiana, necesariamente parcial, en una lucha generalizada mucho mayor, precisamente a partir la conciencia y la práctica revolucionaria, es la propia revolución.

El desarrollo integrador del capitalismo (modelo keynesiano) ha distorsionado las relaciones de clase, pero esto no quiere decir que no sigan ahí vertebrando la sociedad. Quizá el mayor problema sea que a su vez los intereses de la clase trabajadora han sido deformados, corrompidos y manipulados. Las condiciones materiales de vida se han polarizado hasta extremos de supervivencia, dejando a la masa trabajadora en el filo de un barranco que por un lado supone la caída en la marginación y la exclusión y por el otro promete, tras un ascenso arduo y autodestructivo, la posibilidad de la cima. Evidentemente esa promesa no ha perdido su carácter engañoso, el tan manido ascenso social de la siguiente generación o el prototipo de rico hecho a sí mismo desde la nada no son sino espejismos con los que distraer a los trabajadores, igual que la promesa de la jubilación (siempre y cuando no se te adjudiquen también los cuidados y el trabajo reproductivo en cuyo caso la promesa de una jubilación no se sostiene), pero eso no quiere decir que, al menos por comparación, las condiciones materiales de vida no sean más llevaderas que las de los excluidos del mundo laboral –no de la sociedad como defiende quien vive de la pobreza con la legitimidad de la reinserción social.

Aunque el subproletariado siempre ha estado ahí, formando también parte de la relación capital-trabajo, la capitalización del tercer sector ha modificado sustancialmente sus relaciones como subclase dentro el sistema capitalista. La rentabilización de la pobreza ha convertido a los marginados en materia de trabajo y riqueza, convirtiéndolos en una mercancía más con la que los distintos servicios sociales y ONG’s trabajan. De esta forma, no solo se privatiza una vieja función del estado del bienestar, la de atender a aquellos que no pueden vender su fuerza de trabajo, sino que se cumple una función apaciguadora. Se generan puestos de trabajo en una coyuntura de desempleo creciente, al menos en los países industrializados, y se extrae plusvalía, puesto que aunque aparentemente estas entidades no tengan ánimo de lucro, es decir, que su actividad social no vaya encaminada a generar un beneficio económico, desde luego un número nada insignificante de sus directivos viven con sueldos de ejecutivos. Por otro lado, se contienen –no siempre, lo que a su vez genera unas condiciones de trabajo infernales que terminan por enfrentar a los trabajadores y a los excluidos– las ansias de rebelarse de los marginados dado que este entramado asociativo y los servicios que prestan muchas veces son su única forma de subsistencia. Desde el chantaje más burdo que desarrollan las entidades asistencialistas hasta las posiciones obligatoriamente neutrales que adoptan las asociaciones más críticas ante la necesidad de obtener financiación, la lógica es la misma.

En los países industrializados el capitalismo mantiene para los trabajadores y los ciudadanos de primera unos ciertos privilegios, fundamentalmente de consumo, frente a las condiciones de vida en la miseria –incluso un agricultor que viva de las subvenciones puede llevar un modo de vida consumista–. Esto también condiciona la forma de enfrentarse a las contradicciones propias del sistema capitalista. De la misma forma que las condiciona el ser consciente de que la promesa de la felicidad consumista no es para ti y que tu futuro es el sufrimiento y la miseria, ya seas gitano, indígena guatemalteco, drogodependiente, parado o todo a la vez. La propia condición de la marginalidad, su amenaza bien a la vista en todos los telediarios, forma parte de la dominación.

Es por esto que dudo que el impulso revolucionario, o la posibilidad de comunizar el entorno, pase por el trabajo asalariado. Lo cual a su vez debería llevarnos a rechazar la reinserción, no como una renuncia a pelear las condiciones materiales de vida, o desde la posición de privilegio del “insertado”, sino como rechazo consciente de la ordenación social del sistema capitalista. El mismo rechazo que debe tener quien tiene trabajo, o está incluido como consumidor, a superar sus miserias a través de la promoción individual en el escalafón de las relaciones de clase. Cuando se evita cuestionar las bases del orden existente y se asumen objetivos más inmediatos, como puede ser la reinserción de los marginados o la concertación con la patronal, con el argumento de que mientras no llegue la revolución algo hay que hacer, en realidad, se está rechazando la posibilidad de hacer esa revolución ahora, incluso aunque los efectos, en términos de cambio social, no ocurran inmediatamente. Cuando dentro del entorno asociativo se habla de cambio social –nunca de revolución, que evidentemente es otro anacronismo– desde ese realismo pragmático que evita cuestionar las columnas del sistema capitalista, se está asumiendo como objetivo político implícito la defensa del orden social, es decir, cambiar lo necesario para que nada cambie en realidad. Exactamente igual que cuando se buscan salidas individuales, o gremiales, a situaciones laborales a costa de debilitar al proletariado en su conjunto. La reinserción, siempre asociada a la incorporación laboral de los marginados, es el objetivo del capitalismo. Claro que las personas excluidas necesitan un medio para ganarse el pan, como todos los demás proletarios, pero no cuestionar la función que cumple el trabajo asalariado como único medio para subsistir, es aceptar las relaciones sociales existentes como las únicas válidas. El objetivo de la reinserción no busca cambiar la sociedad, lo que hace es adaptarse a ella. Y en ella, tanto los trabajadores como los excluidos del trabajo somos explotados, unos como fuerza de trabajo y otros como materia de trabajo. Superar esa lógica, reconocernos como iguales y seguir buscando la forma de subvertir el orden existente construyendo otras relaciones basadas en lo común es la única forma de revolucionar la sociedad.

No se trata de que los marginados, o los precarios, deban asumir la vanguardia de la revolución ejemplificando de alguna manera a los trabajadores, sino de que la revolución social es la base, y de hecho la única vía, para su emancipación. Lo cual forma el sustrato de las relaciones de clase y de la oposición al sistema capitalista, interés compartido con la clase trabajadora tradicional. A partir de aquí podemos encontrar los puntos en común con los trabajadores integrados en la producción capitalista, tanto en la necesidad de acabar con la explotación como en el deseo de emancipación. De hecho, podría pensarse que la lucha por la supervivencia más cruda – por ejemplo, comunidades indígenas amenazadas por la extinción – es la base más sólida sobre la que pueda asentarse un sentimiento revolucionario, tanto más cuando este sentimiento surge de la necesidad de mantener la propia vida y esta es incompatible con el capitalismo.

Partiendo de que no hay respuestas definitivas, todo lo más elecciones por caminos coherentes, y que seremos las propias personas que andemos esos caminos quienes hagamos o no que nuestros pasos avancen en la dirección que deseamos, a veces es importante pararse a mirar alrededor. Los altos en el camino nos permiten ver lo que hemos recorrido y pensar sobre lo que deberemos recorrer.

Algo fundamental para avanzar hacia la revolución a escala mundial, objetivo irrenunciable de la revolución social, es reconocer nuestros “privilegios” como habitantes de países industrializados, como personas integradas en el mundo laboral, etc. Estos “privilegios” no deben llevarnos a unos planteamientos autoculpabilizadores, sino a una posición que nos permita reconocernos entre iguales, condición sine qua non en cualquier proceso revolucionario real, tengamos o no un trabajo asalariado. Algo que además, en la situación actual, ni está garantizado ni debería condicionar nuestras posibilidades de luchar contra la opresión y la explotación, que en definitiva pasa por luchar contra la exclusión que genera el capitalismo.

Sin pretender defender ningún tipo de trabajo asalariado, y sabiendo que se trata de una muerte en vida, creo que es importante recordar que quien trabaja tiene acceso a aquello que necesita para vivir de forma mucho más sencilla que quien no trabaja. Recordar esto a la hora de reflexionar sobre la lucha revolucionaria es complejo pero, en parte, es también un acto de honestidad y realismo. De la misma forma que por mucho que rechacemos las fronteras no podemos obviar las diferencias entre tener y no tener unos papeles que te permitan moverte de forma legal entre diferentes países.

No caigamos por tanto en mitificaciones respecto al sujeto revolucionario que lo único que consiguen es satisfacer teorías ilusorias y alejarnos, en la lucha, de aquellas personas que tienen la misma necesidad de destruir esta sociedad. Hoy estamos divididos porque somos débiles y desde luego estamos lejos de ser una fuerza en lucha con un posicionamiento revolucionario real que lleve a una unidad de clase digna de ese nombre, pero no profundicemos más en una segregación que poco aporta a las posibilidades concretas de lucha. Analizar nuestras circunstancias concretas, y las de las personas que nos rodean, y buscar en ellas las opciones de radicalizar los conflictos sociales desde una perspectiva revolucionaria parece una postura mucho más efectiva que sentar cátedra sobre la imposibilidad de tal o cual sujeto revolucionario teórico.

Jorge del Arco, Des/Bordes Número #1 (páginas 36-39)
Otoño 2014, Madrid. Sociedad de Amigas de la Anarquía.

http://www.glad-madrid.org/reflexiones- ... ucionario/

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 Asunto: Re: Reflexiones sobre el sujeto revolucionario
NotaPublicado: 14 Ene 2016, 12:32 
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El sujeto revolucionario es la gente que lucha.

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 Asunto: Re: Reflexiones sobre el sujeto revolucionario
NotaPublicado: 15 Ene 2016, 10:03 
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Y también la gente que se ocupa de la intendencia sin reconocerse como tal.

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Traducción al español por Huan Manwë
     
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