La trampa de la diversidad

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Joreg
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Re: La trampa de la diversidad

Mensaje por Joreg » 26 Jun 2018, 15:29

Y eso contradice la idea que tenía Marx cuando escribe su manifiesto con Engels hacia 1848, y de Engels hasta el día de su muerte, de que el desarrollo del capitalismo iba a llevarse a cabo homogeneizando los intereses y las formas de vida del proletariado, manteniéndolo a niveles de subsistencia. Y como los miembros de la clase superior se proletarizaban, y los de la inferior cada vez eran más numerosos, tendrían una visión común y propia de cómo acabar con esa situación, se constituiría el proletariado como clase (o como partido), y acabaría con la sociedad burguesa.

Pero eso no ha ido pasando así. Los intereses de la clase trabajadora, no son homogéneos, no son los mismos. Los trabajadores los perciben de forma muy variable. Los medios de comunicación y de transporte, no han acabado uniendo al proletariado bajo una misma bandera.
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blia blia blia.
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Re: La trampa de la diversidad

Mensaje por blia blia blia. » 08 Jul 2018, 19:09

Bernabé responde a Garzón y una entrevista a Bernabé en Izquierda Diario.
La voz atomizada: una respuesta

Un lunes cualquiera y el verano ha llegado a Madrid. Vengo de una ciudad del sur de España de presentar La trampa de la diversidad, satisfecho por la gran acogida, pero algo cabizbajo por la dura crítica que Alberto Garzón ha hecho de mi libro en este medio. Dejo atrás un AVE lleno de turistas jubilados y esos señores de pantalón caqui a juego con mocasín y melena de clase media pulcramente descuidada. c.

Cuando llego al cercanías dejo de ser un autor de éxito para volver a ser un trabajador cultural precario. Ambos títulos no son gratuitos, La trampa de la diversidad va como un tiro y ha conseguido algo raro para un ensayo político: empezar a trascender las fronteras habituales en las que este tipo de libros se mueven. La otra escarapela no la ostento en propiedad, es la que vivimos millones de personas en este país: cambiar las monedas de un montoncito a otro, como decía Mac-Laren Ross, para ver qué aspecto ineludible de la vida satisfacemos antes. No es pornografía sentimental para lograr su empatía, el detalle es importante. Pero eso vendrá después.

El tren que atraviesa Villaverde, Zarzaquemada y Leganés va lleno de gente. Son las tres y media de la tarde. El aire acondicionado se ha roto. Hay hombres y mujeres, en una proporción mayor para estas últimas. Hay trajes tristes de oficinistas y macutos cansados de obra. Hay un hijab, un vestido africano de un azul intenso con flores naranjas. Un chaval latino con gorra en equilibrio sobre su cabeza con mirada cínica de trapero. Hay altos y bajos, hay una señora con sobrepeso, un tío con barba leyendo un temario de oposiciones, una adolescente que mira su móvil y responde, con manos de ardilla nerviosa, a los mensajes. Hay diversidad. Es un hecho. Y salvo que se sea una especie de cripto-fascista aquello no molesta a nadie: al menos entre el pasaje existe una desatención amable. La cuestión, la que impulsa al libro, es entender que además de ese hecho, de esa diversidad, toda esa gente tan diferente está unida por algo, algo que les hace volver a la peri en ese tren. Algo que por desgracia casi nadie percibe ya, cree ser, a pesar de que determinados códigos postales, como dice Ocasio-Cortez, marcan tu vida irremisiblemente.

Garzón se pregunta cuál es la tesis del libro. Le respondo, el libro no tiene ninguna tesis. Sí una idea rectora, un pálpito, un rastro difuso que sigo como un perro de aguas entre los juncos. Esa idea es que nuestra identidad, aquella construcción entre nuestras tensiones cotidianas y las mediaciones culturales sistémicas, que marca nuestra relación con la política, ha cambiado en estos últimos cuarenta años, pasando de ser de clase y colectiva a individual y aspiracional. Si en el siglo XX existieron tres grandes identidades, la nacional, la religiosa y la de clase, el neoliberalismo las redujo a una pulpa confusa, sometiendo a los individuos a una competición permanente no sólo en sus ámbitos laborales, sino en su vida cotidiana.

Uno de los epicentros del libro explica cómo Thatcher, en el discurso de aceptación en 1975 del liderazgo del partido torie, confundió a propósito la palabra unequal, que puede significar diferencia pero también desigualdad. Así se creó la nueva narración que acabó con el pacto de posguerra, una en la que los individuos ya no eran desiguales por los desequilibrios capitalistas, sino que eran diferentes por su valía individual. La desigualdad se transformó así en diversidad, que se contraponía a la supuesta homogenización, y no la igualdad, de los países del bloque socialista. Para más señas vean el anuncio de lanzamiento del Apple Macintosh (1984), un hito no buscado en la desarticulación narrativa del eje izquierda/derecha y del surgimiento de la ideología californiana, esa que nos ha llevado a que la palabra revolución se asocie con el emprendimiento empresarial, a que la tecnología se convierta en un estupefaciente para los conflictos sociales o a que las opciones disponibles sean optar entre Macron o Trudeau.

En nuestras sociedades las tensiones han dejado de ser, en buena medida, entre clases sociales mediante conflictos laborales y económicos, para pasar a ser entre grupos identitarios mediante guerras culturales. Lo peor es que la izquierda y el activismo, de forma inconsciente, han comprado el modelo. Ausentes de un horizonte al que dirigirse su acción se centra en ir atendiendo las reclamaciones representativas de una diversidad convertida en un mercado, donde la moneda de cambio es la especificidad identitaria. No se busca así cómo unir a personas diferentes, sino saciar la competición de la ansiedad por la diferencia.

Macron o Trudeau, Trump o Le Pen. Si la idea que mueve este libro es la expuesta hasta aquí, lo que lo impulsa es el auge de la ultraderecha. La trampa de la diversidad es un libro netamente antifascista. Un libro que no carga contra la diversidad, sino contra su forma mercantilizada que ahoga los esfuerzos de una acción cívica común. A pesar de que Garzón reconoce el esfuerzo explícito, especula con que el libro es un instrumento útil para negar las políticas de diversidad, es decir, que su visión se alza sobre la palabra impresa anticipando lo que el lector, incauto, podrá pensar del mismo.
El cómo

Garzón, en su habitual estilo pedagógico, algo poco usual en la política contemporánea, algo que quien les escribe siempre ha celebrado, nos da una clase sobre metodología, atribuyendo, por resumir y agilizar esta contrarréplica, al funcionalismo todos los males del libro. Es decir, que quien les escribe toma hechos al azar, escogiendo aquello que le conviene, para explicar a posteriori los cambios sociales de los que habla La trampa. Dejen que les ilustre sobre cuál es el problema, efectivamente metodológico, que ha sufrido Garzón.

Bojack Horseman es una serie que me fascina. En sus capítulos, de 25 minutos, se resumen las tribulaciones de los human of late capitalism de una forma magistral. En uno de ellos, la co-protagonista, una inteligente mujer, feminista, liberal y escritora, tiene una entrevista de trabajo en una revista de tendencias, una de esas publicaciones que hacen de la atomización de las identidades y los estilos de vida su principal nicho de mercado. La directora, que obliga a sus empleadas a hacer yoga y a trabajar colgadas del techo, imagino que indicada por algún coacher en management, es una feminista de las que ven en el movimiento de liberación de la mujer un nicho más de negocio. Cuando la protagonista le pregunta si van a pasar al despacho, la ejecutiva responde indignada algo así como que los despachos son patriarcales y que no tienen cabida en esa oficina. Eso sí, se encarga de dejar muy claro a la aspirante que no se le olvide quién manda allí, quién es la empleada y quién la jefa.

Bojack es una tragicomedia de animación y los temas que trata son producto de la mente de sus guionistas, de su atenta observación social y por supuesto de su ideología y sus sesgos. Lo cual no implica que represente funcionalmente todas las taras de este momento histórico tan estúpido como peligroso. Lo absurdo sería exigir a los guionistas de la serie, que antes de retratar este hecho, cómo el feminismo se vacía de sus aristas más conflictivas y se convierte en un producto, hicieran un pormenorizado estudio de cuántas revistas de tendencias carecen de despachos pero siguen manteniendo la estructura de clases vigente. O peor, decir a los guionistas que con su narración están afirmando que el feminismo es una ideología funcional al sistema, como Garzón deduce que yo hago en mi libro.

Es cierto que yo no puedo afirmar académicamente las ideas de mi libro. Casi tan cierto como que afirmar que no vivimos en una sociedad que tiende hacia el individualismo, usando una encuesta del CIS donde los españoles dicen que desean vivir en familia, como hace Garzón, es un intento de academicismo frustrado. Por supuesto necesitamos de largos y fundados estudios, basados en el análisis pormenorizado de lo real, que nos expliquen realmente cómo es la sociedad. Como también de panfletos que nos avisen, de forma urgente, que algo parece funcionar realmente mal en nuestra relación con la política. La trampa de la diversidad es, evidentemente, uno de estos panfletos -orgullosamente, además-. Un libro que especula, conmueve y sobre todo narra el gigantesco desbarajuste en el que se ha convertido la acción política en un momento tan pueril como despiadado.

Por otro lado -y ahora doy yo la clase- un ensayo sobre política en una línea descaradamente agit-prop no puede seguir, por ejemplo, el estilo que el propio Garzón utiliza en su artículo: así no te lee nadie. Un libro con vocación de mayorías debe poder leerse en el metro volviendo de trabajar, en un sofá con la tele encendida y un par de críos dando por saco. Debe estar lleno de referencias a la cultura popular. Debe organizar lo que mucha gente parece intuir, contar una historia que impulse al lector a leer sobre política como lo haría no ya con una novela, sino como se ve una serie de la HBO, con ansiedad del siguiente capítulo. A Adam Curtis no sólo le he robado algunas ideas, sino también un estilo narrativo. De todo se puede aprender.

No todo el mundo tiene un salón para la lectura. Como no todos los escritores disponemos del tiempo y los recursos para dedicarnos al estudio académico. Ser un trabajador cultural precario, como lo soy yo, implica que mientras que escribía el libro a un ritmo endiablado no podía desconectar de cuestiones de la propia supervivencia. No se trata tan sólo de una intención, sino también de una necesidad: es imposible dedicar quince días, como haría un doctor en ciencias sociales, a justificar un párrafo con una oscura cita. A veces algunos nos tenemos que conformar con poner el espejo, con nuestro olfato, con nuestros pálpitos. La literatura de combate se escribe así.

Lo que sí sería injusto es calificar a La trampa de ser una obra que no haya seguido unas reglas, de ser un libro tramposo. Es un libro basado en el hacer periodístico, que cuenta con decenas de citas de artículos de prensa, que intenta atrapar un momento sin crearlo de acuerdo a las fobias y filias del autor. Nada de lo que aparece en sus páginas es falso, una mera invención interesada, sino la imagen que surge al acaparar columnas, noticias, películas, programas televisivos y la propia experiencia directa. Soy, como cualquier periodista, parcial, pero intento al menos ser honrado con lo que cuento. A una época se la conoce mejor por sus vertederos que por sus museos, yo no tengo la culpa que la nuestra no huela precisamente bien.

La cuestión ya no es si La trampa de la diversidad es un libro inútil metodológicamente para la academia, sino la enorme aceptación que está teniendo entre los lectores. ¿Cómo es posible que nadie hubiera escrito en España un libro así justo en este momento? Es posible porque la izquierda suele ser como un mal defensa que cuando le llega una pelota difícil la chuta para alejarla. Que un libro de un autor semidesconocido, publicado en una editorial prestigiosa pero mediana como Akal, esté compitiendo con los grandes monstruos que pueblan los anaqueles se debe a que existía un enorme hambre respecto a este tema. Quizá yo no sea un gran cocinero, pero sé, por llevar ya unos años enfrentándome semanalmente a la actualidad en La Marea, cuando hay gusa de algo.
El qué

“Lo que está diciendo Bernabé, aunque no se atreve a llegar tan lejos explícitamente, es que hay que dejar de hablar tanto de la diversidad y hablar más de clase trabajadora y sus problemas cotidianos”, argumenta Garzón en su crítica, una vez más, especulando sobre mi intención y sus interpretaciones. Pero no es el único.

Si el libro cuenta con una gran aceptación en las librerías no es menos cierto que despierta una furibunda antipatía, a través de las redes sociales, en muchas personas relacionadas con el activismo. Todas opinan, a pesar de que deduzco que no le votarían aun cortándoles un brazo, igual que Garzón: este es un libro contra la diversidad o, a lo peor, un ensayo machista, homófobo y racista. De nada valen las citas directas del libro que contra argumentan con letra impresa esas aseveraciones. El juicio estaba hecho, me temo, antes de que la obra saliera a la calle.

La razón es bien sencilla y paradójicamente apoya la tesis del propio libro: cuando la actividad política ha pasado de ser una forma organizada de enfrentar unos problemas grupalmente mediante una ideología, a una manera de construir nuestra identidad para poder competir con ella en un mercado, la reacción sólo puede ser la de la defensa a ultranza de unas posiciones que se demuestran, cada día, perjudiciales para los grupos que conforman las luchas por la diversidad y para la sociedad en su conjunto.

Garzón, quizá sin percatarse, responde igual que lo hizo una usuaria de twitter al artículo que inspiro el libro. Contrapone clase contra identidad diversa o, a lo peor, sitúa a la clase como una esfera más a la que atender representativamente. En ninguna página del libro se afirma, repito, en ninguna, que el feminismo, la lucha LGTB, de los inmigrantes o de cualquier otro colectivo, sea menos importante o secundaria respecto al conflicto capital-trabajo, que tenga que ser postergada, que no es esencial. El libro insiste en que el neoliberalismo es un sistema global, universal, no sólo a un nivel planetario, sino también a un nivel de la vida humana. Su respuesta, por tanto, tendrá que pasar ineludiblemente por enfrentarlo desde todos sus efectos, siendo estas luchas de representación por la diversidad cruciales.

Lo que sí dice el libro es que hay conflictos que nos tocan a todos, independientemente de nuestra identidad. Lo sorprendente es que Garzón se extrañe cuando afirmo que la lucha contra la Troika o la solución al problema de la deuda soberana es más importante que cualquier otra política. No se trata de hacer escalas de valores, sí de entender que hay problemas que nos tocan a todos independientemente de nuestra identidad, no de nuestra clase, y que impedirán realizar cualquier política progresista a no ser que les demos una solución. Que se lo pregunten a Sánchez Mato.

Sin dinero se pueden colgar pancartas de Refugees Welcome, pero no atender el problema de los refugiados. Sin soberanía se puede hacer un Orgullo festivo pero no destinar presupuestos a formar educadores contra la homofobia. Sin poder aplicar los programas que se prometen electoralmente se pueden colocar pins feministas, pero luego se despide a las trabajadoras del teléfono de emergencias contra los maltratos. En una gran empresa del sur de Madrid, me comentaban unas trabajadoras en la presentación de Leganés, se han pintado los pasos de cebra del recinto con la bandera arco-iris mientras que se despide a los empleados, sin importar su identidad sexual, pero sí su antigüedad y derechos adquiridos.

Esta es una de las vertientes que más rápido se comprenden de La trampa, cómo el capitalismo blanquea sus tropelías a través de la diversidad. Pero no es la única ni la más importante. De hecho, a mi juicio, el mayor problema -ese que nadie quiere ver, que molesta tanto- es que la propia izquierda y el activismo se comportan respecto a la identidad como cualquier capitalista haría con un producto. Lo ponen a competir en un mercado, en este caso el de la diversidad, donde el valor se mide en opresiones y privilegios.

La interseccionalidad, esa palabra mágica tan de moda como hegemonía hace unos meses, en la práctica real significa muy poco. Veámoslo con un ejemplo. En la pasada huelga feminista, algunos grupos calificaron a la misma de privilegio blanco porque las trabajadoras inmigrantes no la podían realizar. Tenían razón en el hecho, al no tener papeles no podían ejercer su derecho. Lo cual no implica que su articulación del problema fuera desastrosa. En vez de utilizar la huelga, un derecho ganado con años de lucha, como ariete para conseguir su necesario objetivo, cargaron contra la misma, pusieron a competir de facto a las mujeres. ¿Y saben a qué me recuerda esto? A ese mantra neoliberal que rápidamente califica de privilegiados a cualquier grupo de trabajadores con derechos consolidados cuando se ponen de huelga. Algo, que por desgracia, cala cada día más en una sociedad individualista y competitiva.

Si alguien deduce de aquí que La trampa de la diversidad afirma que el feminismo no es importante, que hace el juego al neoliberalismo, que las personas no tienen problemas específicos al margen de su clase, que no hay activistas que tienen en cuenta esta trampa o que las luchas de la representación deben ser escindidas de la cuestión obrera tiene un severo problema de comprensión lectora. O más allá, al haberse educado políticamente en este contexto busca, inconscientemente, más la competición que la colaboración.

Lo llamativo es que el propio Garzón publicó en estas mismas páginas un artículo titulado ¡Digamos adiós a la izquierda pija! en noviembre de 2016 en el que afirmaba que “A pesar de tener a uno de los movimientos obreros más fuertes de Europa, en España la izquierda abandonó en los setenta la prioridad de construir alternativa en el tejido social.” o que “En aquellos años se sentaron las bases de una izquierda institucionalizada, dedicada casi en exclusiva a la gestión, y cada vez más desconectada de la realidad concreta de la clase trabajadora. Una clase que, además, se fragmentaba cada vez más como consecuencia de las reformas neoliberales de los gobiernos de los 70s y 80s. La izquierda, como estrategia, tendía a refugiarse en universidades e instituciones políticas. Mientras la realidad, por decirlo así, caminaba por otra parte”. Quizá el problema no fue tan sólo el carrillismo.

El resumen de La trampa de la diversidad podría hacerse en una sola frase: no es lo mismo una voz plural que una voz atomizada. Y mediante un principio: quizá ha llegado el momento de buscar qué es lo que nos une más que lo que nos separa. La trampa puede que adolezca, como libro, de muchas virtudes, pero tiene una creo que importante: ha capitalizado en este momento el debate sobre las identidades desde y para la izquierda. Imaginen esto mismo escrito por un autor de ultraderecha en un gran grupo editorial. Pregunten en Estados Unidos. Aquí ya no habrá un Manifiesto redneck en clave ibérica.

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Joreg
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Re: La trampa de la diversidad

Mensaje por Joreg » 09 Jul 2018, 08:57

Qué cosa más larga.
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Dreadful Hours
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Re: La trampa de la diversidad

Mensaje por Dreadful Hours » 11 Jul 2018, 09:35

Fotallesa escribió:
21 May 2018, 22:53
Eso sí, hay que plantearse a dónde dirigimos los dardos y si merece la pena, porque buena parte de esa neoizquierda no tiene mucho recorrido más allá de las redes sociales y las ponencias de la Universidad.
Además de ser un debate mal importado desde los Estados Unidos, no hay más que ver el libro del Bernabé ese, que sólo se dedica a poner ejemplos yankees.
Me estás dejando mistik, me estás dejando river, me estás dejando cloker, loki loker poco a poker, me estás dejando falcon, me estás dejando siberet, me estás dejando broker, poco a poker loki loker, me estás dejando slipet, me estás dejando lingel, me estás dejando loker loker loker loker loker loker loker lokitoooo!

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blia blia blia.
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Re: La trampa de la diversidad

Mensaje por blia blia blia. » 15 Jul 2018, 09:56

Ha visitado España María Galindo, miembro del colectivo anarco-feminista Mujeres Creando. Lo que dice, a pesar que a mí los estilos polémicos no me gustan, me parece muy interesante y viene al pelo del de este hilo. De una entrevista en Pikara Magazine.

¿Qué entiendo? Que las luchas identitarias, que son muy importantes, si se aislan entre sí y se separan de la lucha de clases sólo obtienen derechos para una minoría que va a poder disfrutarlos. Ahora, entiendo que no propone desechar esas luchas ni que se consideren secundarias, sino que deben formar parte de un todo.
María Galindo escribió:Y tenemos que cuestionar que el neoliberalismo ha exaltado el discurso de derechos para… Y ese discurso lo que ha hecho, es generar un mercado de ofertas, entonces ahora hay: que si derechos para personas con discapacidad, derechos para LGTB, población trans, etc. E incluso las leyes “trans” también tienen un contenido domesticador muy fuerte. Y esto lo digo como lesbiana y como desempleada crónica. Entonces, es necesario seguir hablando de cómo el discurso de los derechos es totalmente cooptado por una lógica neoliberal, porque están dispuestos, por un lado, a darte derechos de tercera o última generación, a chantajearlos, a colocarte en la fila y a obligarte a hacer lobby político; y por otro lado, te están quitando los derechos que ya habían conquistado nuestros padres, nuestros abuelos y abuelas. Hemos tenido que volver a exigir eso y es entrar a un juego ahistórico y confuso que fragmenta al sujeto político y convierte a los sujetos en clientes del sistema.

Hablemos de casos concretos: en Bolivia, a la población trans les dieron la ley de Identidad de Género que debería de llamarse “Ley de cambio del dato de sexo en el carnet de identidad” porque fue lo único que se les dio, no se les dio atención médica que es muy importante para ellas, ellos y elles, ni se les dio nada más. La mayor parte de esas compañeras no tienen economías bancarizadas, tampoco viajan, es decir, usan el carnet para colgarlo en la pared porque son no-ciudadanas. Entonces, no son ni treinta personas que hicieron el cambio con la ley, porque la mayor parte de las compañeras trans están en prostitución y sus niveles de marginalidad son tan altos que el carnet de identidad no les sirve y no les interesa.

Y esto sucede porque cuando tú das un derecho así, en términos homogéneos, las y los de abajo no acceden y eso es justamente lo que está pasando con el discurso bobo de los derechos de las mujeres, pues las mujeres de la calle, de a pie, estos veinte años llenos de discursos de derechos no les ha ayudado en nada.

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Re: La trampa de la diversidad

Mensaje por adonis » 15 Jul 2018, 20:04

Deja otras perlas:
Lo siento mucho pero no lo es. Acá las españolas se leen entre españolas o máximo suelen ampliar su horizonte a otros feminismos del norte del mundo. Y yo sé que lo hacen así, las editoriales también, incluso las editoriales alternativas. Entonces, no era una prioridad.
A ver, que nos respondan por qué el ámbito de la prostitución está lleno de mujeres de fuera de España. Que nos respondan, y que no se confundan, nosotras respetamos todo este tema de la prostitución, incluso tenemos propuestas y las estamos llevando adelante en Bolivia, pero en España, las mujeres más pobres están en prostitución y la mayoría, no son españolas. Y en España, el resultado de esta discusión es totalmente artificial, racista, colonial, pero especialmente neoliberal.
Además, yo quisiera preguntarle al gobierno de Pedro Sánchez y a Pablo Iglesias -que se presenta muy de izquierda-: ¿Qué harán con la ley de Extranjería? No que nos hablen bonito. Pablo Iglesias viene a Bolivia y le aplauden, pero mi pregunta para Pablo Iglesias es qué va a hacer con la ley de Extranjería.

Y a Pedro Sánchez decirle: qué bonito tu gesto de recibir una patera pero que nos diga con pelos y señales: Artículo 1, ¿qué harías?, Artículo 2, ¿que harías? Y así con todos los artículos. ¿Qué van a hacer con los Centros de Internamiento de Extranjeros (CIE)? Porque estos centros de internamiento son en sí mismos violaciones a los derechos humanos e incluso podemos decir que son paralelos a Guantánamo por lo horrorosos. Y varios movimientos de mujeres lo dejan de tener en su horizonte, porque dicen “eso es cosa de los africanos, cosa de las migrantes” pero no, compañeras, eso no es así, porque mira, la Ley Mordaza que te imponen a ti, tiene mucho que ver y está conectada y son esas conexiones las que me interesan que se analicen.
En cuanto a:
blia blia blia. escribió:
15 Jul 2018, 09:56
¿Qué entiendo? Que las luchas identitarias, que son muy importantes, si se aislan entre sí y se separan de la lucha de clases sólo obtienen derechos para una minoría que va a poder disfrutarlos. Ahora, entiendo que no propone desechar esas luchas ni que se consideren secundarias, sino que deben formar parte de un todo.
Pues si,y esto lo veniamos discutiendo en otro hilo reciente creo, para mi esto que acabas de decir es fundamental!

Offtopic: blia blia blia., te he escrito un par de mensajes privados, no se si te han llegado, asi que simplemente te lo comento por aqui por si acaso!

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Re: La trampa de la diversidad

Mensaje por blia blia blia. » 15 Ago 2018, 13:34

Dos artículos que van en la línea de que la clase obrera es diversa.

Diversidad, clase e interseccionalidad
Por Lushbert. Habitual de Regeneración Libertaria.
http://periodicoellibertario.blogspot.c ... logia.html

Un problema es que utiliza "liberal" en el sentido inglés (idioma), que yo traduzco mentalmente cuando lo leo por progre.
[...] Sin una base materialista, nos perdemos en debates sobre problemas más simbólicos como los baños unisex, las casi infinitas identidades de género no binarias, si tal look es apropiación cultural o no, etc, en los cuales, la mayor parte de la población no se siente interpelada, dejando así de lado los problemas materiales de mayor impacto como el acoso callejero, la discriminación hacia personas LGTBi, la falta de guarderías, la explotación laboral de las temporeras de la fresa, la persecución de manteros, etc. [...]

[...]Esto significa reconocernos como una clase social diversa, que además de padecer la misma opresión de clase, sufrimos también la del heteropatriarcado y del racismo. Por lo tanto, la lucha de clases está incompleta si no tiene una perspectiva feminista ni antirracista. Asimismo, hemos de introducir una perspectiva de clase tanto al feminismo como al antirracismo. Es cierto que existen varios feminismos, pero lo que nos debería interesar son los feminismos de clase, ya que el liberal solo favorece a aquellas que quieren ascender en la escalera social y a ocupar cargos en la política institucional. Similarmente ocurriría con el antirracismo de corte liberal.[...]

[...]lo que realmente divide la lucha de clases es el obviar que la clase trabajadora es diversa, debilitando así tanto a los movimientos sociales como nuestros colectivos y organizaciones.

La clase obrera ya está rota

El discurso de atención a la diversidad de la raza y el género es fundamental para reconstruir la unidad de lucha en todos los frentes
Por Pastora Filigrana García , abogada del SAT y miembro de la revista libertaria El Topo (muy recomendable la revista)
El artículo ha gustado a mucha gente, tanto partidaria como adversaria de las tesis de Bernabé.
Esta reflexión la hago desde mi propia mirada y mi vivencia de la raza, el género y la clase. Soy mestiza gitana, y he dedicado una parte importante de mi vida al activismo gitano, soy sindicalista activa, abogada laboralista y de ideología comunista-libertaria.
-------------------------

Un par de personas cuya opinión tengo en mucha consideración me han comentado que este es el típico debate que tenemos para entretenernos pero que no se reflejará en nada práctico y dentro de un año se habrá olvidado. Una pérdida de tiempo y energía (otra más).

Es un poco lo que dijo la FAGC en un hilo de tuits:

Reflexión de la FAGC sobre el debate
La mayoría de análisis y debates sobre los problemas y las soluciones del "activismo" y la "izquierda" se centran principalmente en aspectos plenamente teóricos. Como si verbalizar algo lo cambiara.

Un par de personas de las que valoro mucho su opinión, al hablar de este tema con ellas, me han comentado que es el típico debate que va a quedar en la teoría y no va a llevar a ningún sitio.

Ayuda dotar a las cosas de contenido e ideario, pero ni siquiera la mejor idea sirve si no se está dispuesta a aplicarla. ¿El problema de la clase obrera es que no tiene conciencia de clase? Sí, pero esa conciencia no la ha perdido por culpa de la pujanza de ideas "atomizadoras".

Una parte importante se ha perdido cuando el capitalismo monopolizó el ocio, lo sacó de los sindicatos y los barrios y lo llevó al consumo. Pero no sólo eso. Es la precariedad, las ETT, las subcontratas, y mil cosas más que convierten en extrañas a nuestras compas de tajo.

Creer que la clase obrera está desnortada porque la izquierda se ha "fragmentado" y "parcializado" en mil reivindicaciones que no ponen "la clase" en el centro de todo es una interpretación gruesa de un fenómeno mucho más complejo.

¿La izquierda está llena de gilipollas superficiales? Pues sí, hasta donde alcanza la vista en un día despejado. En la FAGC los hemos sufrido durante años, con humor, cabreo y sobre todo trabajando en la dirección contraria.

Gente que nos ha acusado de ecoterroristas por comprar motores para que familias sin recursos tengan luz y agua. Otros que nos acusan de magufas por cultivar con té de ortigas porque es barato y sano. Otros que nos acusan de legalistas por asesorar a familias desahuciadas.

Hay de todo y no siempre bueno. Pero el problema no es la idea en sí, sino su materialización, su forma de llevarla a la práctica. Ese es el problema. Alguien que resiste a la contaminación quizás deba tener como objetivo las corporaciones y no un motorcito de feria.

Y así con todo. Si nos preocupa Montsanto más valdrá crear huertos de autoabastecimiento ecológicos con nuestras vecinas que acusar a estas de no mirar las etiquetas de lo que cogen en el banco de alimentos.

No es la multiplicidad de ideas, intereses, movimientos y corrientes lo que disuelve el activismo y la izquierda. Es que esas ideas, útiles e interesantes, no se ponen al servicio de la gente de nuestros barrios, sino de los académicos y periodistas de claustros y gabinetes...

La idea de "tomar los medios de producción" no le llega más y mejor a mi vecina que la del veganismo, la lucha contra el heteropartriacado, o cualquier otra cosa. No le llega porque la izquierda sólo habla con la izquierda. La gente a pie de calle no somos su interlocutor.

El problema de la izquierda es que sólo habla, y cree que todos los problemas del mundo se solucionan con palabras, cada vez más sesudas y complicadas. No lo es que unas personas ponga el acento en una forma de opresión y otras en otra.

El mundo es más complejo que eso. Conocemos compas muy metidas en toda la teoría queer y y mil coas (que a algunas se nos escapan) que paran desahucios, curran desde abajo y no dan sopas con hondas a las vecinas a la hora de hablar de cualquier tema complejo.

Y conocemos personalidades históricas de la izquierda canaria, de cantar la Internacional con el puño en alto, inaugurar y clausurar congresos y esas cosas, que nos han dicho que no van a desahucios porque es respaldar indirectamente las hipotecas...

Al final somos lo que hacemos y lo que sentimos, más que lo que decimos y decimos pensar. Creer que con la opresión de clase conviven otras muchas opresiones, de género, de especie, de étnia, etc., es una realidad palmaria, no un disparate.

¿Hay que establecer que varias de esas opresiones están subordinadas a otras? No lo sabemos, lo que sí sabemos es que no se gana nada diciéndole a la gente que su forma de luchar es una mierda y que debe de aceptar que la nuestra es la única vía posible.

Uno de los puntos originales que precisamente tiene el anarquismo es considerar que el problema social no está sólo en la subordinación de una clase a otra, sino en la simple supeditación de un individuo a otro. Por eso ataca al Estado y todas las relaciones de poder.

La clase lo marca casi todo, pero como en otro tiempo lo marcaba la fuerza y el hacha de sílex. En sistemas donde Capitalismo y Estado se han derrumbado temporalmente la opresión no ha desaparecido, porque no lo han hecho las relaciones de poder. Tiempo para señores de la guerra.

Habrá que asumir que sin Estado podrá haber opresión y que sin Capitalismo también puede haberla. Materializada en otras formas y discursos, pero opresión más o menos sofisticada de unos seres sobre otros. Algo de eso dijimos por aquí: https://anarquistasgc.noblogs.org/post/ ... arquistas/

Que cada una articule su lucha en función de los que más le preocupa y afecta, ni nos divide ni nos debilita. Sí lo hace que nuestro discurso (sea de bandera roja y libro del XIX o de red social y fanzine del XXI) no llegue a la gente porque no se adapta a sus necesidades reales.

En definitiva, lo importante es currar e ir desarrollando y perfeccionando las ideas en base al curro. Después tocará analizar y comparar resultados y cuestionar el propio camino. No descubrimos la leche en polvo. Ya lo decía Voltairine de Cleyre.
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Que resumieron después en:
Federación Anarquista de Gran Canaria escribió:Por cada militante de barrio ofrecemos 10 intelectuales de izquierda.

adonis
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El ecologismo social, el feminismo radical y el antirracismo no son cuestiones periféricas de la izquierda

Mensaje por adonis » 05 Oct 2018, 18:24

Articulo de Yayo Herrero a raiz de recientes polemicas:

https://www.eldiario.es/zonacritica/Apo ... 77908.html
En las últimas semanas se ha generado un necesario, aunque gratuitamente agrio, debate sobre algunas cuestiones nodales cara a construir un movimiento emancipador e incluyente.

Un artículo de Anguita, Monereo e Illueca sobre el Decreto Dignidad en Italia abría la caja de los truenos e hizo saltar todo un repertorio de contestaciones que, desbrozadas algunas de ellas de ironías, tergiversaciones y descalificaciones, van aportando las piezas necesarias para comprender la complejidad del contexto en el que se debe repensar "la izquierda".

Quisiera aportar algunas circunstancias y datos que no deben faltar en los análisis y que aportan luz para comprender algunas de las grandes tensiones que cruzan los movimientos emancipadores.

La economía es un subsistema del medio natural en el que se inserta y no al revés. Tanto por el lado de la extracción como por el de los sumideros, nuestro planeta se encuentra en una situación de translimitación. Eso significa que el tamaño de la esfera material de la economía está condenado a disminuir. En consecuencia, el crecimiento económico, hasta el momento directamente acoplado al uso de materias primas y a la generación de residuos, se estanca y retrocede inevitablemente.

La mejor información científica disponible apunta en esta dirección, pero, por el momento, la mayoría de la izquierda está viéndolas venir y son los sectores más privilegiados los que se están preparando, con urgencia y en su propio beneficio, para seguir manteniendo su estatus en el contexto de crisis global que tenemos delante.

Parte de la izquierda obvia o reduce la dimensión de la crisis material por ignorancia, pereza, miedo a lo que supone o simplemente porque no se tiene ni idea de cómo meterle mano. Se siguen planteando las salidas a la crisis confiando en un crecimiento económico sostenido que, bajo la lógica productiva actual, no se va a dar. No encarar el debate con toda la crudeza no va a hacer que el problema desaparezca. Más bien supone perder tiempo y capacidades para diseñar políticas significativas que protejan a las mayorías sociales y, sobre todo, deja huecos vacíos que están ocupando deliberada y planificadamente, como bien se advertía en los artículos que desencadenaron el debate, sectores xenófobos de ultraderecha.

La mirada del ecologismo social permite reflexionar desde otro ángulo. Los movimientos migratorios emergentes, presentan diferencias con los del pasado. Hoy se está produciendo una acelerada pérdida de hábitat causada por la expropiación de la tierra, el envenenamiento de suelos, aire y del agua a causa de los extractivismos, la agricultura y ganadería intensiva, y la violencia extrema causada por guerras formales e informales, enormemente asimétrica. Sumado a lo anterior, el cambio climático, disminuye aún más el espacio habitable. Todo ello provoca expulsiones de comunidades enteras de los lugares que habitan. No hablamos ya, por tanto, solo de personas que migran buscando una vida mejor y que esperan enviar remesas a casa o de refugiados por persecución política, sino también de desplazamientos forzosos y masivos por pura supervivencia. Cuanto más inhabitables se tornan los territorios, más personas –también otras especies– se ven obligadas a salir de ellos. No se puede permanecer y no existe un espacio habitable y seguro al que se pueda volver.

Estos procesos no son nuevos en la historia del capitalismo. Sin embargo, la escala ha aumentado de forma exponencial. A partir de los ochenta, el capitalismo mundializado ha "perfeccionado" los mecanismos de apropiación de tierra, agua, energía, animales, minerales, urbanización masiva, privatizaciones y explotación de trabajo humano. Los instrumentos financieros, la deuda, las compañías aseguradoras, y toda una pléyade de leyes, tratados internacionales y acuerdos constituyen una verdadera arquitectura de la impunidad que allana el camino para que complejos entramados económicos transnacionales, apoyados en gobiernos a diferentes escalas, despojen a los pueblos, destruyan los territorios, desmantelen la red de protección pública y comunitaria que pudiese existir y criminalicen y repriman las resistencias que surjan.

Silencio socialdemócrata y de parte de la izquierda
Con el silencio y complicidad de las socialdemocracias y una parte significativa de la izquierda, todo se convierte en una mercancía y se impone un derecho corporativo global, que vigilan férreamente organizaciones supranacionales como el FMI, en Banco Mundial, la OMC y, entre ellas, de forma especial la Unión Europea, un proyecto que desde sus inicios se articuló sobre el capital y la guerra.

En este contexto se produce un repunte significativo de opciones políticas de corte xenófobo, populistas y ultraderechistas. Trump, Le Pen, Salvini, Orban o Steve Bannon desarrollan un discurso antiglobalizador y crítico con el neoliberalismo de la Unión Europea y llaman a cerrar filas alrededor de una alternativa replegada en el estado-nación que, además, tiene que "defenderse" del capitalismo globalizado y del riesgo de "invasión" que se deriva de los procesos migratorios potencialmente crecientes.

Tal y como analizaban los artículos de Anguita, Illueca y Monereo, algunas de sus propuestas están peligrosamente próximas a discursos y reivindicaciones que históricamente ha hecho la izquierda y que en los últimos ciclos de movilizaciones estuvieron presentes en las calles: poner freno a las deslocalizaciones, trabas a los movimientos de empresas y capitales, rechazar con el techo de gasto impuesto por la UE y de la supremacía de no superación del déficit, rechazo a la deuda, apuesta y protección a las economías locales, control nacional de la política monetaria, etc.

Estos discursos –y prácticas-, que tienen una pata social y crítica con la globalización neoliberal y otra xenófoba y excluyente, están calando y seduce a masas cada vez más grandes de personas que sienten miedo e incertidumbre.

Cuando los discursos xenófobos dicen "aquí no cabemos todos", aluden a la imposibilidad de que los estándares de consumo y estilos de vida materiales, políticos y simbólicos que se habían alcanzado solo para algunas partes minoritarias de la población sean viables para todos "los nacionales" si llegan muchas personas de fuera.

La realidad incómoda es que no es posible que quepamos todos si los estándares materiales deseados suponen vivir como si existiesen varios planetas en lugar de uno parcialmente agotado. El bienestar material desigual de los países enriquecidos no se sostiene sobre la base material de su territorio, sino que se satisface acaparando otros territorios y expulsando irreversiblemente a quienes viven en ellos.

Sin transformar radicalmente el metabolismo económico, no son sólo las personas forzosamente desplazadas las que no caben, sino que según se profundiza la crisis material y el cambio climático, y a pesar de que su carnet de identidad diga que "son de los nuestros", paulatinamente muchas personas quedarán también fuera. Cuando hablamos de exclusión, personas desempleadas de larga duración, jóvenes que no acceden al mercado de trabajo, desahucios o mujeres que sostienen la vida en un sistema que la ataca, estamos hablando de cómo la dinámica de expulsión del capital se expresa también en el supuesto mundo rico.

Ultraderechismos neofascistas
El decrecimiento material de la economía es simplemente un dato. Los ultraderechismos neofascistas abordan, sin nombrarla, esta situación, denigrando a la población desposeída, culpándola de la crisis civilizatoria y expulsándola. Prometen a los locales una vuelta a un pasado glorioso y próspero que nunca existió, sin decirles que muchos de ellos, o sus propios hijos estarán también fuera del círculo de privilegio. Tratan de construir discursos sociales vinculados a un proyecto de nación que les incluye y desde el que defenderse contra la amenaza exterior.

Señalar el carácter xenófobo y combatirlo sin tapujos no debe obviar, sin embargo, la necesidad de confrontar con el neoliberalismo globalizado e identificar con nitidez los elementos de insostenibilidad estructural. Cuando la resistencia política se centra más en reírse de la chabacanería de Trump o en resaltar la ignorancia de quienes le votan que en pensar cómo recomponer economías y políticas en las que quepamos todas las personas, se acrecientan los apoyos alrededor de estas figuras, que son las únicas que hablan de conflictos que en el fondo todo el mundo percibe. Cuando no hay valor para nombrar los problemas y se asume jugar en el terreno de lo establecido como única posibilidad terminamos aceptando la dictadura de los mercados y nos conformamos con la corrección política de los discursos aunque la práctica sea criminal.

Cuando Julio Anguita dice que no quiere escoger entre fascismo y la dictadura de los mercados apunta con acierto que escoger entre lo uno y lo otro, desde el punto de vista de los sectores más vulnerables, no supone elegir entre opciones diferentes.

Los neofascismos criminalizan, estigmatizan, deshumanizan, abandonan y matan a personas "sobrantes" con un discurso y escenografía que busca legitimar socialmente el exterminio. La Unión Europea criminaliza, estigmatiza, deshumaniza, abandona y mata a personas "sobrantes" dentro del discurso políticamente correcto de los derechos, a partir de la ingeniería social "racional" limpia y tecnócrata del capitalista mundializado que considera que las vidas y los territorios importan solo en función del "valor añadido" que produzcan.

Quienes están poniendo en marcha una estrategia autárquica son los sectores privilegiados. La arquitectura de la impunidad, la legislación laboral, las políticas de securitización de fronteras y las estrategias de los ejércitos blindan y protegen los intereses de los ricos de las incertidumbres de la crisis global. Los ricos se aseguran el flujo de energía, materiales, la disponibilidad de tierras y se aíslan de las posibles tensiones sociales mientras acrecientan los mecanismos de luchas entre pobres y hacen caja con el desastre.

Desde el ecologismo social ponemos encima de la mesa la necesaria relocalización de la economía, el ajuste a los límites físicos de los territorios y la producción y acceso, sobre todo de alimentos, energía y agua con base fundamentalmente local. Hablamos también de poner las vidas en el centro, de las asalariadas y las que trabajan sin salario. Paradójicamente, esta relocalización de la economía, aprender a vivir con los recursos cercanos es fundamental para frenar la expulsión de personas de sus territorios y garantizar su derecho a permanecer en ellos –teniendo en cuenta que una parte de los desplazamientos forzosos ya será inevitable y que tenemos la obligación de organizarnos para acoger a aquellos con los que hemos contraído una deuda ecológica y no tienen dónde volver. Adoptar principios de suficiencia, equitativos y justos, es condición necesaria para la solidaridad dentro y fuera de nuestras fronteras.

Hay que darle una buena vuelta a la cuestión del trabajo. La noción de democracia ha corrido paralela a la consolidación del empleo fijo como punto de apoyo. La estabilidad, la protección ante el despido o la negociación colectiva han sido una pilares fundantes del derecho del trabajo y de la democracia plena.

El capital ya no necesita el trabajo humano
El derecho del trabajo clásico está en crisis y no solo porque el estado-nación haya perdido centralidad o haya cambiado la correlación de fuerzas, sino porque las propias bases materiales que lo sostenían han quebrado y el poder económico ha construido formas de reproducir el capital en las que el trabajo humano es cada vez más prescindible.

Al explotar el modelo previo, y a falta de una reflexión ecológico-material profunda, el derecho del trabajo asumió lo que Luca Tamayo denominó derecho del trabajo de la emergencia, que aceptaba temporalmente la rebaja de las condiciones laborales y la reducción de las garantías para dar lugar a la creación de empleo. El derecho del trabajo de la emergencia acepta la subordinación de las condiciones laborales al crecimiento económico y la competitividad con la idea de que cuando se retomase la normalidad se regenerarían las condiciones anteriores. Pero la emergencia se ha convertido en la nueva normalidad. El tiempo de los Treinta Gloriosos no va a volver nunca más. Y el trabajo reducido a empleo, que dependía de que la reproducción cotidiana y generacional se hiciese bajo la lógica patriarcal y de la extracción de cantidades ingentes de materias primas de territorios colonizados y de la generación de cantidades ingentes de residuos, está llegando a su fin.

Esta realidad debe incorporarse también al debate sobre la centralidad del conflicto de clase. Es verdad que vestirse de progresía conformándose con un capitalismo verde, violeta y multicultural que no dispute la cuestión de clase, efectivamente esconde las tensiones estructurales y conduce a lo que Nancy Fraser ha llamado neoliberalismos progresistas. Pero no tener en cuenta que el capitalismo se construyó y se sostiene materialmente, además de sobre la explotación en el empleo, sobre el racismo, la explotación sin límites de la naturaleza y del trabajo no libre de las mujeres en los hogares, es realizar un análisis material incompleto que no permite entender la crisis civilizatoria. Por ello, el ecologismo social, el feminismo radical o la lucha de las personas racializadas no son cuestiones periféricas que despisten de lo importante, sino que están en el centro del conflicto.

Siguiendo a E.P. Thompsom en 'La formación de la clase obrera', el concepto de clase es dinámico e histórico y responde al conflicto en las relaciones de producción. Si asumimos que para que haya producción hacen falta materias primas, es decir naturaleza autoorganizada y finita, y mano de obra, es decir vida de personas que tiene que ser sostenida y cuidada, los elementos constituyentes del ecologismo, del feminismo y del racismo se encuentran claramente insertos en el conflicto de clase. No hay solo un conflicto estructural entre en capital y el trabajo reducido a empleo, sino entre el capital y la vida. Creo que alrededor del derecho a vivir vidas que merezcan la pena vivirse hay potencia para crear sentido y orgullo de pertenencia a un movimiento de clase, ecologista, feminista y antirracista que revierta la guerra contra la vida.

La cuestión del ámbito de actuación es también importante. Creo que, con la que está cayendo, la estrategia debe ser trans-escalar. Desde luego el estado-nación, pero también los municipalismos, las alianzas con movimientos emancipadores de otros países de Europa y del norte de África y la autoorganización ofrecen posibilidades diferentes pero complementarias que es preciso explorar.

¿Cómo hacer para garantizar las condiciones de vida para todas las personas? ¿Qué producciones y sectores son los socialmente necesarios? ¿Cómo afrontar la reducción del tamaño material de la economía de la forma menos dolorosa? ¿Qué modelo de producción y consumo es viable para no expulsar masivamente seres vivos? ¿Cómo abordar las transformaciones que el cambio climático va a causar en nuestros territorios? ¿Cómo mantener vínculos de solidaridad y apoyo mutuo que frenen las guerras entre pobres, vacunen de la xenofobia y del repliegue patriarcal? ¿Cuál es la escala adecuada de actuación? ¿Qué papel juega la autoorganización, el municipalismo, el estado-nación y las alianzas internacionales? ¿Qué diálogo puede establecerse entre el trabajo socialmente garantizado y la renta básica?

Un debate urgente
Tenemos por delante un debate urgente y necesario que deberíamos abordar sin aplastar, tratar de humillar o descalificar, a veces interpretando libremente o directamente modificando lo que el otro ha dicho. Siempre es más fácil oponerse a lo que nos gustaría que hubiese dicho el otro para no vernos obligados a salir del mundo de las certezas tranquilizadoras…

Santiago Alba Rico que recuperó en 'Ser o Ser (un cuerpo)' la sorpresa de Bateson al observar que los niños de una determinada cultura, cuando comenzaban a andar y tropezaban, se agarraban a su propio pene buscando seguridad. Las niñas, sin embargo, se agarraban a algún objeto externo que les pareciese firme. Supongo que niñas y niños terminaban aprendiendo a caminar, pero seguro que las niñas lo hacían con menos arañazos y golpes.

Nos esperan tiempos muy duros sobre todo si consideramos que para avanzar el apoyo más firme es nuestra individualidad, por más inteligente, leída y militante que sea. Tenemos todas las piezas del puzzle pero nadie lo tiene completo. Tampoco disponemos de muchas certezas inamovibles ante fenómenos cambiantes, acelerados y en algunos aspectos nuevos. Por ello, a falta de mayor seguridad, más vale que nos apoyemos unas en otras.

Toca agarrarse menos el pene y construir más con otras. Esta puede ser una versión libre de lo que llamamos feminización de la política.

bo
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Re: La trampa de la diversidad

Mensaje por bo » 10 Oct 2018, 13:14

Al final, tuit a tuit, el tío se postula para comandante y jefe del próximo politburo que nos lleve a la verdadera revolución obrera.
Tendrá que disputar con Anguita y Vesytrynge el espacio político del rojipardismo que se pone húmedo con Salvini.
Hay muchos problemas y pocas soluciones.
Muchas críticas, lo sé, y pocas son constructivas.
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Re: La trampa de la diversidad

Mensaje por Super8 » 12 Oct 2018, 15:42

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Vox no tiene hoy más recorrido que influir a otros partidos de derecha en sus declaraciones y robarles votos, lo cual viene bien al PSOE.

Sin embargo, todo el mundo en España estaba hablando de Vox, pero no para comprender el problema, si es que lo hay, sino por esa costumbre tan extendida en la política reciente, en especial en ámbitos progresistas, de utilizar los hechos para golpear a los rivales. Nadie está pensando en las causas del auge del dextropopulismo en Occidente más que como coartada para ratificar las tesis que ya tenían, y atacar de paso a los rivales, internos o externos. Y lo han hecho hasta extremos cómicos: la culpa es de la izquierda rojiparda, de las políticas de la identidad, de los independentistas, de los que han blanqueado a líderes como Salvini o Le Pen, de quienes no han sido suficientemente antifascistas, de quienes no han sido suficientemente liberales, o de cualquiera que pasase por allí. El Vistalegre de Vox se convierte en un espejo en el que todo el mundo ve reflejado al otro. Y así pasan su tiempo, recriminándose unos a otros, cuando no insultándose, porque 9.500 personas se han reunido en una plaza de toros.
Tomado de aquÏ: https://blogs.elconfidencial.com/alma-c ... s_1627381/

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boiffard
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Re: La trampa de la diversidad

Mensaje por boiffard » 16 Oct 2018, 20:32

https://anarquistasgc.noblogs.org/post/ ... iversidad/
El problema no es la diversidad

La izquierda tiene muchos problemas. Tiene primero un problema de autorrepresentación que le impide saber cuáles son sus fronteras. Conocemos su origen, en aquella ala izquierda de la Asamblea Nacional Constituyente en los inicios de la Revolución Francesa. Sabemos que “izquierda” designa a las supuestas corrientes políticas progresistas, pero este es un término intencionadamente vago. ¿Acaso son lo mismo el parlamentario sin corbata que apura su gin tonic en el bar del Congreso que una activista que pone su cuerpo para parar desahucios a diario? ¿Son lo mismo la bolchevique leninista, la estalinista que diseña gulags imaginarios en su cabeza, la consejista y la anarquista? Chomsky, cuando todavía tenía rumbo, decía que “si se entiende que la izquierda incluye al bolchevismo, entonces yo me disociaría rotundamente de ella. Lenin fue uno de los mayores enemigos del socialismo”1.

Este problema de autodefinición alimenta la paranoia de la izquierda, la empuja a un psicoanálisis constante (cada tendencia interna sobre las otras; nada de autocrítica) y muchas veces la lleva a detectar problemas donde no los hay, y a ignorar otros, graves y de peso, que es incapaz de ver.

El nuevo problema para algunos (casi nuevo, pongamos que desde los 70 del siglo pasado) es que supuestamente el discurso de la diversidad y las identidades subalternas ha suplantado al discurso histórico de la clase. O dicho de otra manera, el discurso de la diversidad se ha desclasado y ha desclasado las reivindicaciones, que ya no son principalmente obreras, de la izquierda moderna.

Acusar a las reivindicaciones e ideologías articuladas en torno a la diversidad de ser una parte importante del proceso de desclasamiento imperante es una forma grosera de simplificar un problema bastante más complejo. El capitalismo lo ha tocado todo, y ese todo no sólo incluye al activismo contemporáneo; incluye también a la propia clase obrera. No son las ideologías de la diversidad y su supuesta “intoxicación neoliberal” las que han desclasado (o ayudado a desclasar) a la clase obrera; la clase obrera ya estaba desclasada previamente, absorbida por este maremágnum capitalista del que ninguna nos escapamos y que ha llegado hasta las chabolas más pequeñas y los barrios más marginados. Podemos carecer de agua y luz, de techo y de comida fresca, pero no de capitalismo. La clase trabajadora no ha quedado al margen de un fenómeno vírico global.

El capitalismo ha monopolizado el ocio y ha sustituido la mayoría de actividades recreativas sociales por el consumo. Y cuando no las ha sustituido las ha vinculado a él. La nueva estructura laboral, con sus subcontratas, ETTs, precariedad estandarizada y los inventos que van surgiendo (como la genialidad de llamar “economía colaborativa” a la autoexplotación), hace que la mayoría no reconozca la cara de quien tiene al lado en el tajo (si es que tiene a alguien) ni se sienta capaz de establecer un verdadero nexo con personas que le son ajenas, con las que se les obliga a competir, y que no volverá a ver si todo va bien2. Eso son factores que coadyuvan objetivamente al desclasamiento. Poner al mismo nivel, a un nivel merecedor de profundas reflexiones y sesudos estudios, a las ideologías de la diversidad, es como señalar un grano de arena y acusarlo de montarnos una playa.

Por otra parte, el acusar de “desviar fuerzas” a las incipientes reivindicaciones sociales no es una novedad y ya existía mucho antes de que se pusiera de moda acusar gratuitamente a cualquier cosa de “posmoderna” y “neoliberal”. Es tan tristemente antiguo como lo es sentirse amenazado por algo nuevo que irrumpe, que empieza a cobrar fuerza y a ganar terreno. Es el clásico filisteísmo (neofobia podrían llamarlo hoy), un vicio que los movimientos políticos nunca han conseguido abandonar del todo.

Un buen ejemplo es el del nacimiento de Mujeres Libres (abril de 1936) y el debate y las reacciones que esto suscitó. Las organizaciones de mujeres de la época o eran decididamente burguesas y paternalistas o cuando abordaban la cuestión de clase lo hacían como apéndice de algún partido del que dependían totalmente. Mujeres Libres surgió con la intención de crear una organización autónoma de mujeres obreras que abordara de forma específica un problema que el resto de colectivos ignoraban o subordinaban: la verdadera emancipación política, económica, social e individual de la mujer. En la prensa anarquista y confederal Lucía Sánchez Saornil, fundadora de Mujeres Libres, fue avivando el debate mientras personajes como Federica Montseny o Marianet R. Vázquez alegaban que sus reivindicaciones ya tenían cabida dentro de la CNT y no hacía falta crear ninguna organización específica feminista (Marianet llegó a proponerle que participara en la creación de una “sección femenina” dentro del periódico Solidaridad Obrera3). Finalmente se rechazaría oficialmente considerar a Mujeres Libres como un componente más del Movimiento Libertario peninsular4.

Lo que no se entendía entonces, y sigue sin entenderse ahora, es que los movimientos específicos se crean por que hay una necesidades específicas que son silenciadas por la pretendida mayoría política, porque sus reivindicaciones y exigencias concretas no forman parte de la hoja de ruta de las supuestas organizaciones generalistas. Los sindicatos de precarios no surgen por capricho; surgen cuando los sindicatos clásicos no se interesan por la precariedad ni abren sus puertas a quienes no tienen nómina. Los espacios no mixtos surgen ante una necesidad real de seguridad frente a estructuras grupales que amparan a violadores y silencian agresiones. Si no te gustan los espacios no mixtos tal vez debas dejar de darle palmaditas en la espalda a los agresores de turno y así quizás no serían necesarios. Hablamos de guetos y acusamos de segregación a diestro y siniestro, a las feministas, a la comunidad LGTB, etc., y quizás no nos paramos a pensar que si la gente busca lugares donde relacionarse con personas comprensivas para compartir similares vivencias, pesares y trayectos es por la necesidad natural que todas tenemos de sentirnos respaldadas entre iguales y evitar la hostilidad exterior. Acabemos con esa hostilidad y a lo mejor la gente se siente lo suficientemente cómoda lejos de su círculo como para no necesitar un espacio seguro. Pero el problema no está en quien busca seguridad; está en quien la amenaza. Como siempre, responsabilizamos a las demás de aislarse porque eso es mucho más fácil que hacer autocrítica y realizar un trabajo profundo y duro sobre nosotros mismos y nuestra cacareada tolerancia. Esa es nuestra tragedia cotidiana: acusamos al efecto sin apreciar que nosotros somos la causa.

Incluso cuando se coincide en esto y se admite que las reivindicaciones de género, sexuales, culturales, étnicas, animalistas, tienen su importancia, se tiene que aducir rápidamente que, por importantes que sean, son muchos los motivos por los que deben supeditarse a la reivindicación de clase. Un argumento clásico consiste en acusar a este tipo de luchas de “parciales”. ¿Qué lucha no lo es? ¿Acaso creemos que detrás de toda huelga se encuentra el germen de la revolución social? ¿No es parcial reclamar una subida de salario? ¿Acaso las obreras que se ponen en huelga para evitar un ERE están pensando, todas y cada una de ellas, en que su huelga es una herramienta para debilitar al capitalismo e instaurar un nuevo paradigma político y económico internacional? Todas nuestras luchas, por ambiciosas que seamos, son parciales y localistas. Lo es oponerse a que derriben un CSOA en Barcelona, lo es rechazar la construcción de un bulevar en Burgos, lo es movilizarse contra el levantamiento de un muro en Murcia y lo era sentarse en los asientos reservados para blancos en la Alabama de 1955. Todo es parcial y todo es necesario, por pequeño que parezca, porque crea las relaciones políticas y comunitarias necesarias, porque ejercita los músculos revolucionarios más útiles, porque, con un poco de suerte, pondrá la semilla para que surjan cosas algo más grandes. E incluso cuando no es así y la lucha acaba donde empezó, ¿cuál es la alternativa? ¿Cruzarse de brazos? No es mi opción. Quienes discrepen pueden seguir tranquilamente en casa leyendo algún polvoriento tomo sobre la Escuela de Frankfurt o sobre las gloriosas vanguardias revolucionarias del siglo pasado.

Se dice también que el problema es que las reivindicaciones no estrictamente obreras están desclasadas y llenas de tics burgueses. Bien, esto es tristemente cierto, pero es que incluso las reivindicaciones estrictamente obreras son a veces igual de vacuas y retóricas, intoxicadas del mismo burguesismo. Sí, los movimientos de izquierda están llenos de gilipollas superficiales. La FAGC lleva años sufriendo sus ataques, ignorándolos cuando puede, tomándoselo con humor casi siempre y, a veces, con cierta inevitable rabia. A la FAGC se la ha acusado de especista por comentar en las redes que las vecinas de una de sus comunidades socializadas llamaron “granjita” al refugio de animales que tenían dentro de sus muros. De terrorista ecológica por comprar motores para proporcionar luz a familias sin recursos. Y a su vez se la ha acusado de magufa y pseudocientífica por decir que en sus huertos usa té de ortigas como fertilizante y repelente porque le sale gratis y se asegura de no usar contaminantes. En definitiva, sabemos bien de lo que hablamos.

Pero casi nadie escapa a la banalización del discurso. ¿O acaso creemos que por introducir la palabra “proletario” en una frase esta se vuelve automáticamente revolucionaria? La izquierda que presume de obrerista, que se tiene por seria y ortodoxa, no está más cerca de la realidad (puede que incluso mucho más lejos) que aquellas opciones a las que critica. Recuerdo la charla de un compañero anarcosindicalista que nos hablaba de la necesidad de captar a los trabajadores de las grandes fábricas, a los funcionarios, a la “aristocracia obrera”… En un momento le objetamos que ese no era el perfil laboral ni social de los barrios donde vivíamos y militabamos, y que su discurso evidenciaba un gran desconocimiento de la realidad canaria. Sí, aquí hay funcionarios y aún quedan algunas fábricas, pero nos parecía que para empezar a crecer nuestro nicho objetivo, mayoritario y más próximo, era la gente en situación de precariado que nos rodeaba. Las trabajadoras temporales, las camareras de hotel, las cuidadoras a domicilio, las paradas, las que dependían del subsidio, las que buscaban chatarra, es decir, la médula real de nuestros barrios más golpeados. Y que había que abrir espectro y tocar otras situaciones de emergencia como los desahucios (el paso posterior al despido y al desempleo). Nada nos dijo de aquello y aún seguía buscando a una supuesta “aristocracia obrera” que de existir en la isla ni la conocíamos ni nos necesitaba.

Y esto entronca con otra acusación recurrente a las ideologías de la alteridad: supuestamente, “nos fragmentan y nos desunen” (siempre me resultó curioso que se acusara de crear confrontaciones internas a una serie de ideas a las que a su vez se acusa de posmodernistas, cuando una de los grandes críticas contra el posmodernismo es que precisamente es antidualista y rehuye el conflicto). Parece ser que todo lo que adjetivice el concepto “obrero/a” (migrante, negra, lesbiana, trans, etc.) y señale otras opresiones más allá de la de clase es un agente atomizador. ¿Es que acaso el término “obrero” se expande tanto siempre como para acogernos a todas? Ciertamente todo el que se ve obligado a alquilar su fuerza de trabajo (su cuerpo y su inteligencia) para subsistir es clase obrera. Pero años de clasismo, en su sentido clásico, ha creado estratos dentro de la propia clase obrera y ha permitido que se excluya a su capa más vulnerable de la denominación. Acuñar el término “lumpenproletariado” no tenía otra intención. En ese contexto, en nuestros barrios más castigados, con paro cronificado, una mayoría que sobrevive a través de la economía en B, el ilegalismo como forma de vida y una existencia al margen de salarios y jubilaciones, el discurso netamente obrerista propio del siglo XIX y principios del XX puede sonar perfectamente a marcianada. El paraguas de la clase es grande, y debe ser un eje en todas nuestras reclamaciones, pero sin olvidarnos que debe ampliarse y adaptarse incluso a los distintos “yos” (por mal que le suene a algunos) que, desde prostitutas a presas “comunes”, no siempre han sido aceptados.

Sí, el transversalismo de clase es un grave problema que empaña el discurso de muchos colectivos y les lleva a tomar como triunfos que haya ministras y banqueras mujeres, presidentes y empresarios afrodescendientes y policías y jueces gays. Sí, el aburguesamiento está obligando a veces a los corderos a yacer con el lobo. Pero la crítica a dichas estupideces no nos puede llevar a ignorar que más allá de la clase existen otras formas de opresión. Minimizarlo, aunque no se niegue, es caer en el absurdo. ¿Deben todas las opresiones supeditarse a la opresión de clase? No sé de que serviría establecer categorías entre distintas formas de coacción y sufrimiento. Eso sí que divide y fragmenta, fabricando unos absurdos estatus de superioridad e inferioridad que sólo pueden generar frustración y complejo. Es volver al manido tema de las “superestructuras” que la propia realidad ya venció hace mucho tiempo. Si las anarquistas hemos puesto el foco sobre la necesidad de eliminar la jerarquía en todas sus formas y las distintas relaciones de poder no ha sido por antojo. La historia nos ha demostrado que las sociedades sin capitalismo (todas antes del s. XVII) e incluso con pretendida igualdad económica absoluta (como las misiones jesuitas en Paraguay del mismo siglo o los experimentos comunistas del s. XX) pueden ser tiranías y que las sociedades sin Estado (desde los ejemplos de la antigüedad al moderno caso de Somalia) también pueden serlo. Sin Estado y propiedad privada la autoridad y el despotismo puede tomar la forma de la teocracia, el nacionalismo, el machismo, el racismo o la simple fuerza bruta del hacha de sílex. Las distintas formas de opresión conviven y se retroalimentan, van sofisticando su discurso y justificando su existencia. Nuestra misión es deslegitimarlas y romperlas, no celebrar un concurso de talentos a ver cuál queda primera.

Creer lo contrario es pecar de soberbia. Que yo sepa todas las que no tenemos cerca de 100 años no conocemos en primera persona como se gesta una revolución. Ninguna sabemos cuál es el botón que hay que pulsar para que se produzcan. Rescatar los viejos argumentos de Ted Kaczynski5 no parece muy inteligente pues nadie conoce con certeza la tecla ni el detonante del fenómeno revolucionario. De hecho, lo que hoy se toma por superfluo y accesorio puede ser mañana la idea-fuerza de un movimiento inesperado. El ecologismo inicialmente era mirado por la izquierda oficial con el mismo desdén con el que hoy ve otras muchas cosas. Cuando los naturistas anarcoindividualistas, como Henry Zisly, Georges Butaud, Sophia Zaïkowska o Mariano Costa Iscar (protoecologistas que oscilaban entre el primitivismo del primero6 y el preveganismo de los segundos7 a la actitud mucho más crítica con “las exageraciones” [dixit] de Costa Iscar8), hablaban de los peligros de la mecanización de la vida y el industrialismo ciego se les contraponía la “sublime idea” de someter por la fuerza a la naturaleza. Cuando pioneros más modernos como Murray Bookchin levantaban la bandera verde9 la mayoría miraba hacia otro lado. Hoy, después de algunos accidentes nucleares, varios desastres medioambientales, con la temperatura global batiendo récords y ante la perspectiva de nuestra propia extinción, el ecologismo está en la agenda de la mayoría de organizaciones progresistas (aunque sea para cumplir expediente) y son planteamientos como la ecología social de Bookchin los que están germinando en el combativo suelo de Rojava. Ridiculizar las ideas que ignoramos es una buena forma de ir acumulando papeletas para recibir un bofetón histórico.

Este bofetón lo están recibiendo hoy todos los que siguen depositando sus esperanzas revolucionarias en un sujeto revolucionario ideal sacado de los carteles de propaganda soviéticos, todos los que siguen teniendo sueños húmedos con grandes masas fabriles musculadas y uniformadas e ignoran que en este último lustro, con escasa movilización social, las únicas muestras de descontento callejero se las debemos a las feministas y sus demostraciones de fuerza, a las desahuciadas, a las jubiladas o a las manteras. Puede que eso joda predicciones y análisis de escritorio, pero no es honesto menospreciar el fenómeno y considerarlo una anécdota.

La reducción al absurdo, a pesar de nuestra dura realidad social, es desgraciadamente tendencia. En un contexto donde el mal llamado Estado del bienestar ha involucionado tanto como en el sur del Estado español lanzar un discurso decimonónico de grandes cinturones industriales u otro al estilo del sindicalismo nórdico no es más realista que hablar de orgonitas, reiki y otras majaderías. La izquierda pretendidamente seria y oficial suele sonar bastante absurda cuando confronta con la realidad. Su campo de trabajo preferido es la política ficción o lo que yo llamo “la política de lo imposible”. Cuando surgió el 15M recuerdo la desagradable censura que sufrieron las feministas cuando se les obligó a quitar una pancarta muy acertada que afirmaba: “La revolución será feminista o no será”. De nada sirvieron sus protestas ni las nuestras. Los “organizadores” aducían que esas consignas desunían y apartaban a la gente (a los machistas, obviamente), y tengo constancia de que esto no sólo pasó en Las Palmas de Gran Canaria. Sin embargo, este era el mismo grupo de personas “inteligentes”, periodistas y estudiantes universitarios, posteriormente fichados por partidos e instituciones, de línea dura contra todas las desviaciones, que decretó, sin otro procedimiento que la mayoría de votos en una asamblea callejera, que España no fabricaría ni vendería más armas al exterior. Aún veo las manos girando con fuerza en el aire y los abrazos y gritos de alegría. Y también recuerdo a un compañero sindicalista boliviano, muy lúcido y simpatizante del anarquismo, que se me acercó para comentarme: “acaban de aprobar algo que es infinitamente más utópico que instaurar mañana mismo la anarquía” (desde entonces le tomaría prestada esa observación varias veces).

Ese es un gran problema de la izquierda, y aún así sigue sin ser todo el problema. El problema no es sólo que tenga un discurso fantasioso, ingenuo, frívolo y aburguesado. El gran problema es que sólo tiene discurso.

Sí, tenemos una izquierda censora, paranoica, con cierta inclinación inquisitorial. Le encanta tildar de desviaciones y perdidas de tiempo a todo lo que no encaja en sus manuales clásicos y eso es un problema objetivo en un tiempo huérfano de alternativas. Es un problema porque las fórmulas preexistentes, o no sabemos aplicarlas, o han fracasado, e impedir que se actualicen o que se construyan otros modos de lucha sólo puede hacer más hondo el hoyo social en el que nos encontramos. Tenemos además una izquierda paradójicamente rancia y conservadora. Cada vez más patriotera, sobre todo en su vertiente españolista, e incapaz de librarse del todo de una íntima tendencia machista y etnocentrista impermeable a su discurso externo. Eso contribuye a mantenerla fracturada y también a alejar a la gente con inquietudes sociales incipientes que empieza a militar. Pero lo que la aleja del pueblo no es, desgraciadamente, ni su dogmatismo ni su caspa. Lo que la aleja de la calle es que la izquierda se ha convertido exclusivamente en un artefacto retórico, un mero vivero para intelectuales profesionales. Y ese es un problema que ni siquiera se plantea abordar.

Prueba de lo que digo es el propio debate generado en torno a la diversidad. Cuando la izquierda analiza las dificultades que tiene el activismo actual lo hace en unos parámetros integralmente teóricos. Cree que el problema siempre es teórico porque sólo es capaz de cuestionar y generar teoría. Ha asumido que si verbaliza algo, por supuesto cada vez con palabras más complejas y conceptos más enrevesados, el asunto queda solucionado sólo con nombrarlo. Piensa, por ejemplo, que el declive del activismo político y social se debe a que las activistas ponen el acento en unas formas de opresión y no en otras, y priorizan la raza o el género por encima de la clase. En definitiva, se busca (o inventa) un problema teórico, que se analiza de forma teórica y espera resolverse de forma teórica.

El problema no está en las ideas, si no en su poca o nula capacidad de materializarse y traducirse como una solución real que mejore la vida real de la gente real. La idea de “tomar los medios de producción” no llega más y mejor a nuestras vecinas que la de luchar contra el heteropatriarcado, el antiespecismo, o cualquier otra cosa. No llega porque la izquierda sólo habla con la izquierda (de hecho la izquierda sólo habla). Nosotras, como trabajadoras no cualificadas, como vecinas de barrios excluidos, como personas que pisan la realidad a diario, no somos las interlocutoras directas de la izquierda. La izquierda es esnob en casi todas sus vertientes. Sus discurso puede diseñarse para las masas (aunque por su jerga especializada nadie lo diría), pero sólo circula por gabinetes, claustros universitarios, seminarios y terrazas de moda. La concesión a la “plebe” es fabricar pesadas y densas teorías al calor de las redes sociales como si lo que allí pasara fuera necesariamente un reflejo de la realidad militante. La verdad es que la izquierda no está más lejos del espectáculo de lo que lo están los neoliberales.

Por eso su obsesión con el mundo de las ideas, porque estas son mucho más fácilmente encuadernables, vendibles y consumibles que nuestros actos rutinarios, poco llamativos, nada comerciales, demasiado duros y a veces desagradables. Sin embargo, las ideas no deberían ser víctimas de lo que la gente haga con ellas, porque repito que las ideas no son el problema. El problema es su forma de aplicarlas o, mejor dicho, su forma de no aplicarlas. Que un ecologista ponga el foco en conservar el planeta no es el problema; el problema es que crea que lo está haciendo denunciando por Internet que personas sin ingresos usen un motorcito de feria para tener luz y agua caliente mientras dicho ecologista no organiza nada contra la megacorporaciones que tienen el planeta en sus manos. El problema de un activista contra Monsanto no es que nos advierta del peligro de los transgénicos, sino que use todo su conocimiento adquirido para afearle a una familia sin recursos que no mire la etiqueta de la comida que recibe en el banco de alimentos. Tenemos un problema de falta de práctica concreta, de enajenación de la realidad, de hiperintelectualismo mal digerido, de hipercriticismo mal enfocado, de inmobilismo y elitismo en definitiva, pero no de diversidad.

Hemos conocido a activistas antidesahucios, queridas en sus comunidades, capaces de crear barrio y proyectos populares, completamente volcadas en la teoría queer y otros planteamientos que se desprecian desde la izquierda escolástica. Y hemos conocido también a históricos representantes de la izquierda comunista y nacionalista canaria, de los de cantar la Internacional con el puño en alto y la camisa abierta, que nos decían que no participaban en los piquetes antidesahucio porque eso suponía respaldar a gente “sin conciencia de clase” entregada a los bancos y sus hipotecas… Al final hemos aprendido a no juzgar a las personas más que por lo que hacen y no por lo que dicen pensar.

Pero admitir que todas las ideas redentoras, tanto las hipotéticamente buenas como las malas, son igual de inútiles si no estamos dispuestas a llevarlas a la práctica, puede joder el negocio de los que viven gracias a que el pensamiento revolucionario se ha monopolizado y profesionalizado. El discurso de la emancipación de las más pobres lleva desde hace siglos en manos de personas cuyos privilegios provienen directamente de la división del trabajo. Pueden cuestionar al mismo sistema que les ha encumbrado, pero es muy difícil rechazar que toda la teoría que han generado se la deben una tragedia capitalista cotidiana: a ellos, los intelectuales, se les paga por pensar, mientras que a nosotras, las obreras manuales, se nos paga por no hacerlo.

¿Son mis palabras un alegato contra la intelectualidad? En modo alguno. Las pobres no tenemos más que nuestra inteligencia para enfrentarnos al Sistema. La teoría es importante, siempre que se use para para dotar de contenido a nuestros actos, para explicarlos y para comprenderlos. El problema del intelectualismo profesional es que usa la teoría con fines simplemente masturbatorios. No teoriza sobre su práctica, sobre lo que ha hecho, sino sobre lo que espera no hacer. La única teoría inspirada por elementos empíricos es la que realiza para cuestionar lo que han hecho otras. Como me señalaban dos compañeros libertarios valencianos después de que me tocara dar una charla en la que polemicé sobre este tema: “es muy difícil que el militante que se expone y se compromete en un proyecto lo haga sin tener una idea detrás; lo contrario, que el teórico no cuente con una práctica detrás de sus ideas, no solo no es difícil sino que es lo más probable” (otra frase brillante que también tomaría prestada desde entonces). En definitiva el problema no es que se teorice, sino que solo se haga eso. El problema es que por cada militante obrera de barrio contamos con 100 teóricas, dedicadas exclusivamente a teorizar. El problema es que el perfil de esa izquierda que habla de que la clase lo es todo no es el de una obrera manual, una excluida, una perseguida, sino el de un profesor universitario de mediana edad.

Como conclusión, no es el problema del activismo (o como se le quiera definir, pues es un término que se puede usar de forma peyorativa y que a veces incomoda) que los distintos sectores, desde la izquierda ortodoxa a sus nuevas manifestaciones, pongan el foco en una u otra forma de lucha, en una u otra forma de opresión. Sí, hay que buscar por fuerza soluciones integrales, pero se puede tener ese objetivo sin que la diversidad, la multiplicidad y la búsqueda poliédrica sean una desventaja, sino, por el contrario, algo beneficioso, un motivo de aprendizaje y riqueza, una forma de acelerar el proceso necesario de ensayo/error revolucionario10. La cuestión es saber cómo adaptar las distintas ideas a las necesidades cotidianas y urgentes de las personas a pie de calle. Porque en definitiva somos lo que hacemos, lo que sentimos, y no lo que decimos que somos ni lo que aseguramos pensar. Son nuestros actos los que nos definen y éstos, si queremos que sean verdaderamente revolucionarios, deben ir más allá de teclear, impartir lecciones magistrales y firmar manifiestos. Nuestros principios deben salir de los manuales y las redes, de la publicaciones especializadas y los anaqueles, y deben situarse a la altura del asfalto, plantar los pies sobre el terreno, ponerse a disposición de las vecinas de nuestros barrios, sin miedo a que éstas, con su sentido pragmático y su urgencia vital, los adapten, los estrujen y aplasten hasta quebrantar todo lo que haya en ellos de artificial e impostado y sólo dejen lo útil, lo afilado, aquello que los convierte en un arma.

Ruymán Rodríguez

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1Entrevista en Red & Black Revolution (“Chomsky on Anarchism, Marxism & Hope for the Future”), 1996.

2Al hablar de alienación laboral suelo poner el ejemplo de Stirner y su cárcel. El mismo protocolo que siempre se ha aplicado en la prisión convencional se ha llevado hoy, de forma más sofisticada, a la prisión laboral. Podemos trabajar juntos, pero lo que el sistema empresarial no puede permitir es que establezcamos una relación empática real, pues de ahí, de la unión, nacen las huelgas: “De que hagamos un trabajo comunitario, de manejar una máquina o realizar cualquier cosa, de eso se cuida la prisión; pero que yo olvide que soy un preso y entable contigo una relación, que también te has olvidado, eso pone en peligro la cárcel, y no sólo no puede aceptarse, sino que se debe prohibir. […] La cárcel forma una sociedad, una corporación, una comunidad (por ejemplo, trabajo comunitario), pero ninguna relación, ninguna reciprocidad, ninguna unión. Por el contrario, toda unión en la cárcel contiene el peligroso germen de un complot que, en circunstancias favorables, podría tener éxito y dar fruto” (M. Stirner, El Único y su propiedad, 1844).

3Para más información sobre este debate y la organización Mujeres Libres en particular ver la recopilación de Mary Nash: Mujeres Libres. España 1936-1939 (1974).

4Ibíd. En el libro se nos muestra la paradoja de que la Federación Ibérica de Juventudes Libertarias (fundada en junio de 1932) también apoyara el veto, cuando ella misma fue acusada en su momento de desviar fuerzas y centrarse innecesariamente en un problema específico (la juventud) del que supuestamente ya se encargaban la CNT y la FAI.

5Tanto en su famoso manifiesto (La sociedad industrial y su futuro, 1995) como en su manido cuento El buque de los necios (1999), Kaczynski, usando muchas veces una terminología bastante desafortunada, ridiculiza todas las reivindicaciones parciales de la “izquierda liberal”, sin prestar atención a que su preocupación antitecnológica también podría ser acusada de parcial por otros buscadores de la revolución pura y absoluta. Como muestra de lo poco originales que son algunos de los argumentos que se usan hoy contra las ideologías de la diversidad este fragmento del manifiesto muestra muy bien la deuda no reconocida que tienen con Kaczynski los críticos modernos: “Los izquierdistas odian todo lo que tenga una imagen de ser bueno, fuerte y exitoso. Odian América, odian la civilización occidental, odian a los varones blancos, odian la racionalidad”. Nada nuevo bajo el sol.

6Ver H. Zisly, “Hacia la conquista del estado natural” (en La Revista Blanca), 1902.

7Ver Butaud y Zaïkowska, Tu seras végétalien!, 1923 (desconozco si hay traducción al castellano).

8Ver M.C. Iscar, Crítica y concepto libertario del naturismo, 1923.

9Ver, por poner un solo ejemplo, M. Bookchin, La ecología de la libertad, 1982.

10Como bien explicó Voltairine de Cleyre con este bello razonamiento convertido hoy en lema: “¿Preguntas por un método? ¿Le preguntas a la primavera su método?, ¿qué es más necesario el sol o la lluvia? Son contradictorios, sí; pero de esta destrucción nacen las flores. Cada cual que busque el método que exprese mejor su fuero interno, sin condenar al otro porque se exprese de otra manera” (“Anarchism”, en Free Society, 1901).

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Sindelar
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Re: La trampa de la diversidad

Mensaje por Sindelar » 16 Oct 2018, 20:55

Sublime último artículo.

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anenecuilco
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Re: La trampa de la diversidad

Mensaje por anenecuilco » 17 Oct 2018, 11:31

Me he perdido con el debate. Entendí, sin leerme el libro, que dice que la atomización de las luchas hasta el infinito no es positivo dado que es imposible unir en base a ellas, que las políticas de la identidad son utilizadas en ocasiones por el capital para blanquearse y que el neoliberalismo ha basado su propaganda en destruir la identidad de clase. Es de perogrullo.

No he visto que en ningún lado diga que negros, gays y ecologistas deben ponerse a las órdenes del mecánico de la Ford que sea nuestro próximo caudillo, pero eso es lo que parece viendo las respuestas.

Respecto a lo de Ruymán, está bien como siempre pero no comparto que haya demasiados intelectuales y teóricos, de hecho no podría decir un teórico de izquierdas español destacable en los últimos, no sé, ¿80 años? Y no destacable igual tampoco, ¿qué debates intelectuales hay en la izquierda? Muy de vez en cuando hay alguno como éste, que es más bien sociológico, y poco más.
When the Union's inspiration through the workers' blood shall run,
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adonis
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Re: La trampa de la diversidad

Mensaje por adonis » 18 Oct 2018, 19:53

Bueno pues desde La Linterna de Diogenes se ha entrevistado a Bernabe hace unos dias para hablar sobre este tema, aun no lo he escuchado ya que lo acabo de ver, pero lo dejo por aqui:

https://www.ivoox.com/ldd-la-trampa-div ... 896_1.html
La Trampa de la diversidad. Cómo el neoliberalismo fragmentó la identidad de la clase trabajadora

En la primera parte del programa hablaremos con Daniel Bernabé sobre su libro La Trampa de la diversidad, cómo el neoliberalismo fragmentó a la clase obrera. Junto a él pondremos sobre la mesa algunas reflexiones sobre el uso del discurso entorno a la diversidad, su relación con la fase actual del capitalismo, la disolución de la perspectiva de clase, en multitud de identidades, así como el ocultamiento de la desigualdad bajo el paraguas del discurso de la diversidad.

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