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 Asunto: Propuesta de cooperación revolucionaria
NotaPublicado: 06 Ene 2007, 17:42 
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Roi Ferreiro y Ricardo Fuego
Propuesta de cooperación entre individualidades y agrupaciones revolucionarias


I El reagrupamiento revolucionario hoy

1. El proceso de reagrupamiento revolucionario: tendencias regresivas y progresivas.

En un contexto histórico y político regresivo como el que vivimos, es perceptible la aparición de distintos grupos que proclaman su filiación al proyecto revolucionario del proletariado. Estos grupos son expresiones de un proceso de transición, entre el viejo movimiento reformista y un movimiento futuro, predestinado por las condiciones históricas a luchar por la supresión del capitalismo. Como expresiones transitorias, algunos están más próximos a uno u otro de los dos extremos apuntados, tanto si consideramos sus posiciones sueltas como si tomamos su visión de conjunto.

Los grupos regresivos: herederos del viejo movimiento obrero

El primer tipo de grupos se caracteriza por tomar como base el programa y perspectiva de las tendencias más radicales del viejo movimiento obrero, fraguadas primero sobre la base de un capitalismo inmaduro y luego como reacción a la corrupción reformista. Es decir, se trata de grupos que tienen en común la adhesión a la cosmovisión reformista o pre-reformista que caracterizó al viejo movimiento en sus fases madura e incipiente, respectivamente.

Las tendencias revolucionarias del movimiento obrero clásico fueron la expresión histórica de un proletariado que se debatía todavía entre la integración en la sociedad burguesa ascendente, el anhelo de las antiguas condiciones de producción gremiales y artesanales propias del feudalismo, y la polarización revolucionaria estimulada por un antagonismo de clases intensificado por los procesos de acumulación primitiva de capital y de producción orientada a la producción de plusvalía absoluta -esto es, debido a la inmadurez del propio modo de producción capitalista y a la consiguiente inestabilidad económica, política y cultural de la sociedad burguesa del siglo XIX. En tales condiciones históricas, las tendencias revolucionarias proletarias no sólo tenían que ser contradictorias debido a su reducida experiencia propia y a la influencia persistente de las tradiciones revolucionarias anteriores no proletarias; tampoco podían dejar de serlo, a causa de las condiciones sociales inmaduras sobre cuya base habían emergido y se desarrollaban. La maduración de dichas condiciones sociales y del propio modo de producción capitalista creó la base para el ascenso imparable -y subsiguiente consolidación hegemónica- de las tendencias reformistas del movimiento obrero, que en muchos aspectos ya estaban presentes o emergieron del interior de las propias corrientes revolucionarias, disolviéndolas o asimilándolas a su política.

Lo que aquellas primeras tendencias revolucionarias representaron fue el primer intento de ruptura práctica del proletariado con el capitalismo, con todas las incongruencias y limitaciones de cualquier primer intento, y con las consiguientes grandes diferencias teóricas derivadas de la inexperiencia (aunque favorecidas por la inmadurez de las condiciones históricas para el desarrollo del movimiento revolucionario del proletariado). Por esta razón, lo más adecuado es calificar a dichas corrientes -las más profundas, el bakuninismo y el marxismo clásicos- no tanto como revolucionarias, sino como pre-reformistas. Y lo mismo es extensible a todas aquellas corrientes revolucionarias que se desarrollaron posteriormente, en oposición a las tendencias reformistas hegemónicas, en tanto sus concepciones y su praxis se han demostrado inválidas o insuficientes para desarrollar un nuevo movimiento proletario en las condiciones de la época actual. Al caracterizar todas estas corrientes como pre-reformistas ponemos, pues, el énfasis en la práctica social histórica, y subrayamos que la superación efectiva del capitalismo no es posible en la actualidad sin una superación efectiva del reformismo -con todo lo que éste último ha sido y ha significado, con todas sus marcas pasadas y presentes en la conciencia y en la práctica de la clase obrera. Nos situamos, pues, firmemente en el presente y desde ahí es de donde miramos al futuro(1).

Los grupos que asumen como única o principal base las concepciones y programas del pasado ven, por tanto, la sociedad actual, su devenir y los problemas de la praxis proletaria que se dan en su marco, desde un punto de vista anacrónico e ideológico. En lugar de tomar conscientemente como su punto de arranque la experiencia histórica contemporánea y desarrollar desde él su comprensión histórica, sus conocimientos teóricos y todas sus iniciativas y acciones, estos grupos toman la cosmovisión heredada del pasado. Esta conducta se basa en una comprensión reduccionista de su propia realidad histórica y, a su vez, tiene como consecuencia la herencia y conservación de las unilateralidades, contradicciones y limitaciones del movimiento anterior, que se condensan en las concepciones prácticas, organizativas y teóricas fundamentales de los grupos -o sea, en la manera de entender la actividad práctica, la vida organizativa y en la propia manera de pensar.

Por tanto, en cuanto intentan adoptar una actitud revolucionaria práctica, tales grupos tienden a reproducir los modelos del pasado y, en general, a mantener la continuidad con esas formas incipientes o parciales de la crítica práctica de la sociedad burguesa. Ello supone mantener relaciones alienantes y esquemas mentales jerarquizantes (o lo que es casi lo mismo, reduccionistas) que se oponen al libre desarrollo de los individuos. O bien, cayendo en la unilateralidad aparentemente contraria (que no deja de ser implícitamente jerarquizadora, en cuanto no es capaz de una visión dialéctica y holística), supone mantener relaciones y esquemas atomizadores que son una reproducción de la anarquía mercantil del capital -no un esfuerzo por la anarquía verdadera o comunista. En la práctica, esto conduce desde a formas de praxis revolucionaria brutales o simplistas (el “comunismo grosero”) hasta a la deriva oportunista más evidente a la colaboración “crítica” con las fuerzas reformistas.

Estas actitudes suponen también oponer la diversidad a la unidad, la heterogeneidad a la homogeneidad, esforzándose por subordinar un aspecto al otro de manera estéril; unos mediante procedimientos de homogeneización teórico-programática y aplicación de normas organizativas estrictas que subordinan la actividad individual a la colectiva; otros, con el propósito inverso, llevando al extremo el individualismo burgués y el fetichismo de las formas democráticas, haciendo también abstracción de la crítica práctica de la sociedad existente en nombre de la libertad y la democracia. Ciertamente este tipo de conductas tienen por base problemas reales que no han sido correctamente analizados, sobre los cuales no se ha llegado a una visión profunda. Pero el hecho es que, si los grupos que incurren en esas conductas mantienen consciente, semiconsciente o inconscientemente esa cosmovisión heredada del viejo movimiento obrero -que es la expresión de una forma de praxis ligada a condiciones históricas sobrepasadas-, tal adhesión ideológica (que en la práctica supone la adhesión a determinadas formas o aspectos de la sociedad burguesa que no se han reconocido críticamente) se convierte en el principal obstáculo para que se pueda echar luz sobre los problemas mencionados, todavía irresueltos totalmente o en parte, y lo mismo sobre los problemas actuales, producto de una sociedad de creciente complejidad.

Alienados de las nuevas condiciones históricas, dotados de una forma de pensamiento refractaria, estos grupos tienden en consecuencia a ideologizarse por completo y a estancarse, coadyuvados por la ausencia de impulso dinamizador y crítico proveniente de un nuevo movimiento de masas -que estableciese una autoactividad más potente y consciente y por tanto formas más apropiadas a la misma, forzando así a estos grupos a progresar hacia la ruptura radical o a reflotar definitivamente hacia el viejo movimiento decadente. En su autoidealización mistificadora, radicada en su propia separación de las condiciones históricas presentes, tales grupos tienden también a verse a sí mismos como partidos y/o vanguardias revolucionarios, al reconocerse en la distancia cualitativa aparente que existe entre su ideario o programa y el que impera actualmente en el viejo movimiento obrero. Así su autoidealización les permite dedicarse con la conciencia tranquila a la actividad práctica limitada, consistente en participar y dar apoyo más o menos indiscriminado a las luchas reformistas, y en reconducir a los parámetros tradicionales ya caducos las acciones autónomas de la clase que puedan producirse. Pero sea cual sea su conciencia concreta de sí mismos y su apariencia histórico-política desde el punto de vista del viejo movimiento, desde el punto de vista del movimiento futuro no son más que excrecencias parasitarias, históricamente impotentes, que al aislarse de las tendencias progresivas de la clase y ligarse a los restos y formas decadentes del viejo movimiento (formas de pensamiento, organización y acción) sin tener en cuenta sus características burguesas o semi-burguesas, habrán de evolucionar hacia la renuncia práctica definitiva a la perspectiva revolucionaria, o hacia una autoafirmación grupal ciega, constituyendo verdaderas nuevas sectas. En esencia, por su constitución separada de la clase y por su praxis caduca, ya son sectas a pesar de su voluntad contraria a ello.

Los nuevos grupos progresivos: la avanzada en la ruptura con el viejo movimiento obrero

Frente a estos grupos también van emergiendo otros que, a diferencia de aquellos y por más insignificantes que sean hoy, se han constituido bajo la influencia directa de las expresiones más avanzadas de la lucha de clase del período reciente. Como expresiones vivas de la conciencia de la clase, se adhieren con firmeza y siguen de cerca sus tendencias progresivas y sus iniciativas creativas, para poder identificar los obstáculos que se presentan a la lucha efectiva y las nuevas formas de praxis o elementos de las mismas que surgen en su marco, aprendiendo continuamente de la experiencia fluyente e intentando ayudar así al progreso del movimiento en su conjunto. Las posiciones de estos grupos están marcadas por el antagonismo patente que existe y que se amplía entre el movimiento de lucha del proletariado y las estructuras organizativas y hábitos de lucha encuadrados en la sociedad capitalista. La primera constatación de su existencia no es la necesidad de una "dirección", sino de la superación de la alienación asfixiante de que está cada vez más cargada toda la vida social -sin lo cual hablar de "dirección" se presenta ya como carente de sentido.

Estos puntos de arranque sensibles orientan a estos grupos progresivos hacia una ruptura radical con el viejo movimiento obrero y hacia una comprensión de que la victoria proletaria sobre el capitalismo, incluso al nivel de las luchas avanzadas todavía limitadas, tiene que ser esencialmente una victoria espiritual, no político-intelectual: será un producto del autodespliegue de las capacidades y aspiraciones de l@s proletari@s y de su materialización en un poder de clase creciente, no un producto de cualquier dirección intelectual y política asumida por la masa y que pudiese provenir de una minoría. Por tanto, ellos reconocen en el viejo movimiento el mayor obstáculo al progreso de la clase hacia su autoliberación, y entienden que es este proceso de autoliberación y su consistencia lo que constituye la clave del desarrollo del movimiento futuro. Por tanto, su visión de las tareas no se limita a tal o cual objetivo particular, cuantificable en términos de conquistas inmediatas, de número de adherentes, de suscripciones a sus publicaciones, etc.; todos estos logros tangibles se les presentan a ellos insignificantes, en la medida en que no van unidos o estimulen el desarrollo libre de la cooperación proletaria y del conjunto de capacidades e intereses de los individuos y colectivos que componen la clase.

Estos grupos no deben de verse a sí mismos como la vanguardia de la revolución, porque el movimiento revolucionario de masas es inexistente y porque toda vanguardia lo es en relación y como parte de un movimiento real. Lo que estos grupos son es una vanguardia del proceso transitorio del que hablamos: un proceso orientado a crear las bases para la constitución y formación de un nuevo movimiento revolucionario, completamente liberado de las limitaciones precedentes debidas tanto a la inexperiencia del capitalismo maduro como a su poder social de atracción y alienación. Sus tareas consisten, por consiguiente, fundamentalmente en preparar las condiciones para la emergencia de ese nuevo movimiento, que tendrá que ser no obstante esencialmente el fruto de la maduración histórica de la clase. Su actividad de agitación y propaganda en las luchas por reformas ha de concentrarse en señalar sus límites y en promover su superación práctica, proclamando la necesidad de la revolución proletaria como única alternativa a la creciente degradación del trabajo y de la vida, así como la necesidad de desarrollar efectivamente nuevas formas de praxis social liberadoras para hacer frente al desarrollo creciente del poder del capital y al consiguiente extremamiento del carácter alienante del capitalismo. Dicho de otro modo, han de comprender la necesidad de llevar a un nivel superior el desarrollo de la autonomía proletaria.

En todo caso, sólo deben considerar interesante su intervención explícita en las luchas actuales en la medida en que éstas contienen un potencial progresivo desde una perspectiva global, considerando el territorio, contexto social, etc., para promover el desarrollo general del movimiento de clase, más que la sola perspectiva de sus frutos para los colectivos o individuos aislados. Su tarea principal, en un contexto en el que las tendencias revolucionarias de la acción del proletariado son todavía normalmente exiguas, tanto en frecuencia como en intensidad, es el desarrollo teórico y programático, clarificando, definiendo, creando modelos e hipótesis de trabajo; en resumen, construyendo una cosmovisión política capaz de hacer frente a la compleja estructuración de la dominación capitalista y de reorientar el pensamiento práctico hacia superarla, generando o estimulando nuevas formas de praxis para la autoconstitución y autodesarrollo de l@s proletari@s como sujetos políticos autónomos y, de esta manera, acelerando el proceso que hará posible sobrepasar la presente fase unilateral y llegar a una verdadera unidad de la teoría con la práctica y de los grupos con el movimiento de clase.

Estos nuevos grupos e individualidades expresan, entonces, la ruptura de un –por ahora- reducido número de proletari@s con el viejo movimiento obrero y la búsqueda de nuevas ideas, prácticas y formas organizativas que aporten a la creación de un movimiento proletario revolucionario. La mayor deuda pendiente es articular permanentemente su cooperación. Esta cooperación entre los individuos y grupos proletarios avanzados puede y debe hoy en día asumir el marco mundial y guiarse por unas orientaciones básicas constantes.

2. Situación actual y perspectivas.

Desde un punto de vista general, estamos divididos todavía por diferentes disputas teóricas del pasado. Sin prescindir de la necesidad de esas disputas y de su resolución, es necesario entender que las mismas son expresiones de problemas prácticos que sólo el desarrollo de la lucha proletaria podrá resolver de modo definitivo. Mientras, la situación actual del proletariado y de su lucha nos coloca en una posición muy precaria. Nuestra poca capacidad de intervención independiente en las luchas sociales, nuestro reducido número, el cúmulo enorme de tareas de clarificación teórica que se han acumulado y que son motivo de controversia, la ofensiva permanente del capital contra las posiciones del proletariado; todo esto frena el proceso de reagrupamiento de los elementos revolucionarios y su desarrollo confluyente hacia una visión unitaria de las tareas y de la forma de afrontarlas en la práctica.

La experiencia de las últimas décadas demuestra que sin un esfuerzo consciente en pro del reagrupamiento y la unidad, a pesar de los cambios de coyuntura en la lucha de clases que favorezcan una radicalización, las tendencias que podrían estimular el renacimiento del proyecto revolucionario (y la formación de un sector avanzado del proletariado como base de masas y fuente de miembros de ese proyecto, al principio extremadamente pequeña por supuesto) no tienen visos de prosperar frente a las fuertes contratendencias que opone la dominación material y espiritual totalitaria del capitalismo. Independientemente de nuestras interpretaciones particulares sobre el papel de la vanguardia o elementos avanzados de la clase, es entonces una posibilidad cierta en la práctica que, sin nuestro esfuerzo consciente para el reagrupamiento y la unidad de l@s revolucionari@s, esta situación se prolongue indefinidamente.

En base a estas constataciones, podemos determinar cuales son los puntos comunes imprescindibles para avanzar hacia una cooperación internacional estable. Hasta ahora tal cooperación ha sido extremadamente débil y cada individuo, grupo o corriente, separados, se ven vencidos por el aislamiento y se encierran en sus propias tendencias de desarrollo, lo que favorece las tendencias regresivas y la reproducción de los fenómenos orgánicos del movimiento obrero capitalista: el colapso del potencial crítico, dinámico, creativo y adaptativo de la praxis de individuos y colectivos en los planos del pensamiento, la organización y la visión práctica por un lado; por el otro la reemergencia de los fenómenos autoritarios, burocráticos, ideologizantes, corporativo-partidistas, etc. En el mejor de los casos, nuestra capacidad práctica sigue sin incrementarse y, en consecuencia, ninguno de nuestros proyectos particulares puede progresar a mediano o largo plazo. Con este contexto y dinámica, las tendencias divergentes acaban naturalmente por prevalecer sobre las tendencias convergentes y extendiéndose las actitudes partidistas y sectarias.

No se trata de intentar oponernos a esas tendencias y fenómenos mediante el voluntarismo, la reducción al mínimo común denominador y una política de concesiones artificiales. Pues, por otra parte, ni aun una mayoría de nosotros tiene relevancia numérica ni política en el movimiento de clase como para justificar concesiones en nombre del progreso general, sobre la base de ser una expresión más fuerte o de estar sus posiciones diferenciales más verificadas que las de los demás. Lo que la historia nos exige es tener la altura de miras necesaria para poner, cada individuo, grupo o corriente una iniciativa y voluntad activas de confluir y contribuir creativamente a ese proceso, comprendiendo la importancia de fundar un proyecto unitario a pesar de que el mismo no responda -por ahora- a todas sus expectativas o deseos particulares ni represente plenamente sus puntos de vista. Lo importante no es esto, sino que tal proyecto unitario tenga un carácter progresivo.

Pensamos que hoy existen las bases y la necesidad suficientes para que se pueda desarrollar la cooperación teórica y práctica de la que hablamos y constituir un referente político unitario hacia el proletariado. La precaria y difícil situación actual que nos afecta a nosotr@s como militantes y a los sectores del proletariado con voluntad de luchar supone numerosos obstáculos al avance, pero estos no son absolutos y todos tienen su potencial parte positiva. Como resultados de la derrota histórica del viejo movimiento obrero en su proyecto de reformar el capitalismo y convertirlo en un sistema socialmente armónico, todos estos obstáculos son la forma en la que el proceso histórico impone al proletariado superar sus viejas perspectivas y formas de actividad, crean la ocasión histórica para que nuevas perspectivas y propuestas lleguen a convertirse en verdaderos elementos activos del autodesarrollo del movimiento proletario. En pocas palabras, estos obstáculos nos dan la oportunidad de autosuperarnos.

Por otro lado, mirando el lado regresivo de la situación, nuestro problema inmediato no es todavía cómo expandirnos, sino para la mayoría cómo resistir. Porque la resistencia misma requiere de una mínima expansión y renovación. La actividad revolucionaria es hoy más que nunca un esfuerzo prometeico y una entrega personal a un objetivo que, salvo ilusiones temporales, parece conllevar más perjuicios que beneficios. Sin esa resistencia llena de vitalidad, lo que tenemos es un proceso de muerte lenta que acaba en la disolución o la extinción de los agrupamientos y en la apatía de los individuos. La cooperación es, por tanto, desde esta óptica, nuestro mejor mecanismo de supervivencia y una forma de frenar las tendencias sectarias, oportunistas y dogmáticas -que para ningun@ de nosotr@s son algo extraño, sino algo a lo que nos hemos enfrentado en nosotr@s mism@s y que en alguna medida seguimos enfrentándonos continuamente a la hora de plantearnos nuevos análisis, nuevas orientaciones y nuevas acciones. Toda nuestra experiencia, si la miramos con juicio crítico y amplitud de miras, en lugar de considerarla con autocondescendencia o con desprecio "de madurez", nos empuja hacia la perspectiva aquí expuesta.

3. Los ejes del trabajo en común.

Asumido esto, lo primero que hemos de hacer es determinar los puntos fundamentales que tenemos en común, aquellas cuestiones teóricas sobre las que tenemos que trabajar y las tareas prácticas en que podríamos colaborar individuos y grupos.

A nivel teórico general, el CICA ha servido hasta ahora para perfilar unas líneas de orientación y planteamientos básicos (las Líneas de Orientación y el Manifiesto del CICA). Bien pueden constituir el punto de arranque teórico de esta cooperación más amplia, funcionando como una base común para la discusión. A nivel teórico-práctico, es importante que nuestras diversas inquietudes se puedan integrar hacia la elaboración de una base metodológico-programática común; el énfasis excesivo en cuestiones puramente teóricas o puramente prácticas, el aplazamiento del proyecto revolucionario a un futuro indeterminado o el inmediatismo pseudorradical, son contrarios al objetivo de desarrollar esa base común. A nivel organizativo, el modelo general avanzado en la Propuesta Práctica del CICA, de crear círculos de debate y acción, sirve tanto para la cooperación localizada como para la desarrollada a través de los medios virtuales, además de plantear la necesidad de que debate y acción constituyan dos polos permanentes de toda la actividad, tanto si la misma es eminentemente práctica en sus resultados como si es sólo teórica y de propaganda. En tales círculos la participación sería individual pero, al mismo tiempo, no pone restricciones a las filiaciones a distintos grupos o corrientes. Las tareas prácticas inmediatas pueden consistir en desarrollar un órgano teórico unitario, diseñar campañas de agitación comunes, intervenir en procesos de lucha que se estén dando, etc.

De entre todas, la tarea central para sacar adelante este proyecto unitario es desarrollar una base teórico-programática común. No porque tal tarea sea la más importante siempre, sino porque es la manera que permitirá articular de manera estable la cooperación. Según se logre esto, se pondrá de relevancia que es la experiencia de la cooperación, sobre todo en el campo práctico, lo que constituye el dinamismo primario que impulsa hacia delante todo lo demás.

El desarrollo de una base teórico-programática común no puede hacerse procediendo mediante concesiones, a la manera de una plataforma intergrupal. No se trata de unir a los grupos actuales, sino de clarificar y desarrollar las bases mínimas para un movimiento futuro, para lo cual lo más importante no es discutir e intentar aproximar las diferencias entre grupos o individuos, sino discutir cuales son los puntos programáticos y teóricos fundamentales a la luz de la experiencia histórica, de los problemas actuales, y buscar la formulación más profunda y más precisa de esos puntos esenciales y elementales. Se trata, pues, de empezar de cero y no de programas o teorías particulares, lo cual es una forma de trabajar que facilitará ir a lo esencial y clarificar, a partir de ahí, las diferentes apreciaciones existentes. Así también, aunque no se llegue a un resultado satisfactorio, las elaboraciones resultantes podrán reflejar un proceso de análisis y discusión que será de gran utilidad para l@s proletari@s que se vayan elevando a la conciencia de la necesidad de pensar la supresión del capitalismo.

4. Las premisas de esta cooperación.

En resumen, la cooperación propuesta significa: 1) cooperación práctica para nuestra intervención en la lucha de clases, 2) lograr proyección política entre el resto del proletariado y 3) cooperación para la clarificación y el desarrollo del pensamiento revolucionario a nivel del método teórico, el programa, la estrategia y la táctica.

Este trabajo internacional y plural requiere de una serie de premisas interdependientes que han de tener en común sus participantes, y cuyas carencias son también hoy muy extendidas, a pesar de que puedan a veces juzgarse actitudes "lógicas", "necesarias" o incluso como un "deber revolucionario". Unas de las más cruciales son, desde luego, las tres siguientes:

1. Mantener una perspectiva de clase, no de grupo, y basarse en el estudio científico de la historia.

Ningún grupo o individuo puede representar la visión de conjunto del proletariado. Cada fragmento de la clase tiende a adoptar su propio punto de vista particular y a crear falsas oposiciones que le separan del resto. Para superar estas falsas oposiciones, conservando lo que tengan de verdadero, es necesario contextualizar los distintos postulados en el marco de su contexto histórico-material de originamiento (el nivel de desarrollo del capitalismo, la situación social particular, la posición del país en el contexto mundial, etc.), y cada parte debe asumir su relatividad inmanente (antipartidismo y autorrelativización).

Sólo la clase en su conjunto y su praxis son, respectivamente, el sujeto y el método de la verificación de la teoría revolucionaria. Un grupo aislado no tiene, en ningún caso, la capacidad real para determinar la veracidad de sus puntos de vista; por eso, esencialmente, sólo pueden ser considerados como aportaciones a la clase.

Las diferencias teóricas que no puedan resolverse, deben al menos clarificarse al máximo a la luz de sus implicaciones prácticas y plasmarse, igualmente, los resultados de la discusión, reconociéndolas como tareas pendientes. Nuestro objetivo debe ser formular una base para el reagrupamiento revolucionario y su desarrollo, no intentar alcanzar una verdad definitiva ni un programa acabado.

2. Apertura intelectual y espíritu integrador:

Por las razones anteriores, cada grupo o individuo tiene que renunciar desde el principio a la idea de imponer sus puntos de vista a los demás y debe esforzarse en el sentido de una convergencia más o menos amplia. La unidad no se logrará mediante una lucha orientada a lograr que l@s otr@s asuman las propias posiciones, sino mediante el esfuerzo constante por clarificar y desarrollar la propia teoría poniendo la búsqueda de la verdad por encima del apego personal a las ideas y puntos de vista particulares, y buscando integrar todas las divergencias en una nueva visión unitaria más rica. Son necesarios el debate fraternal y una aspiración reconciliadora tanto como la agudeza crítica y la visión práctica. Sólo así podremos combinar la integración de puntos de vista distintos con una auténtica clarificación de las diferencias.

Quien no parta de la base de que sus posiciones pueden ser equivocadas -si no en todo, al menos en muchos aspectos, si no en los principios, muchas veces en el enfoque-, y su actitud sea defender a toda prueba sus propias concepciones, sean individuales o de grupo, censurando las contrarias con métodos dogmáticos de acusación y rehusando el esfuerzo de tomar continuamente la experiencia práctica concreta como base última de discusión, no comparte seriamente el espíritu revolucionario que requiere esta propuesta y asume actitudes contrarias al progreso general -sobra decir que contrarias también al proyecto revolucionario de la liberación de la clase proletaria, entendido como un proceso de liberación simultáneamente individual y colectivo del conjunto de l@s proletari@s y no como algo que pueda, en ningún caso, crearse, dirigirse ni enseñarse por una minoría.

Los actuales grupos e individuos revolucionarios podemos considerarnos la avanzada del movimiento revolucionario del futuro, pero ello no nos convierte en embriones de sus formas definitivas ni en vanguardia del mismo. Nuestro conocimiento y nuestra experiencia, por amplias que sean y por más que se amplíen gracias a todas las luchas y agrupamientos anteriores, corresponden a un estadio histórico limitado. Por consiguiente, ninguno de nosotr@s posee la patente del movimiento futuro ni tiene capacidad para definir, ni siquiera teóricamente y como hipótesis, cuales serán la teoría, la práctica y la organización definitivos de ese movimiento.

3. La multiplicidad es irreductible y la unidad es inmanente. El contenido es más importante que la forma, el acuerdo práctico es más importante que la homogeneidad teórica.

Nuestro esfuerzo en común no implica la renuncia de ningún grupo a sus posiciones particulares ni a mantener sus divergencias con la mayoría si es el caso. Las resoluciones y documentos comunes no tendrán valor político, sino que se reconoce el derecho permanente de libre adhesión. Este será, a sí mismo, el eje de la cooperación entre nosotr@s, pues la unidad tiene que emanar siempre de la comunidad de necesidades sociales, no puede ser forzada. Todo estará sometido a un debate permanente, al mismo tiempo que se convertirá en una base efectiva para la actividad en común igualmente sujeta al libre acuerdo permanente.

Todo nuestro trabajo debe procurar tanto la unidad necesaria como el reconocimiento de la pluralidad de tendencias y multiplicidad de matices que son inherentes a la heterogeneidad del proletariado y la sociedad.

Dependiendo de las distintas influencias teóricas de cada grupo o individuo, se originarán divergencias a raíz de las formas que, si bien tienen una relación con el modo de entender las cosas prácticamente, no necesariamente conllevan diferencias irresolubles. Por eso, una vez clarificada la base práctica, habrá de buscarse una aproximación de estas formas teóricas en lo posible, privilegiando la coexistencia de las mismas sobre un exclusivismo teórico. De lo contrario se caerá en discusiones escolásticas. En otras palabras, para superar la incomprensión teórica que viene dada por nuestros diferentes trasfondos político-intelectuales, debemos a estar dispuest@s a tomar la práctica como base, y ser abiert@s a la hora de buscar y elegir los términos, conceptos y categorías que faciliten nuestro análisis de esa práctica, sin “casarnos” con ninguno de ellos.

5. Una reflexión final.

Sólo queda plantear una reflexión final: si quienes supuestamente estamos más interesados en la revolución proletaria no somos capaces de asumir este u otro proyecto de cooperación, ¿cómo podrá la clase superar sus divisiones internas, al mismo tiempo que crezca su conciencia? ¿Acaso las divisiones actuales no son un producto histórico general? Y en ese último caso, ¿no serán acaso reemplazadas por otras, o incluso no se multiplicarán sobre la base de la heterogeneidad y complejidad sociales crecientes, como parece haber sido hasta ahora? ¿O pensamos que se evaporarán, misteriosa e instantáneamente, en el futuro o por el solo empuje insurreccional?

Habrá quienes sólo vean en las diferencias de pensamiento el mero resultado de una situación inmadura, o incluso de un influjo ideológico burgués. Pero argumentos así no suponen más que una posición y una actitud excluyentes; ya que, naturalmente, l@s que las sostienen no se refieren con ello también a sí mism@s, sino sólo a las posiciones de l@s demás. Por otro lado, habrá también quienes piensen que la relevancia que aquí se otorga a la convergencia teórica y a la integración de las diferencias es una postura oportunista, que quiere dejar de lado los principios. Se olvidan entonces de que la negativa al desarrollo de una unidad entre nosotr@s significa, en la práctica, la renuncia a desarrollar un papel progresivo en el desarrollo del movimiento proletario y seguir perdiendo el tiempo con luchas y oposiciones que sólo contribuyen a aislarnos de la perspectiva de conjunto y de la influencia activa en los acontecimientos.

En última instancia, ambos tipos de objeciones se complementan y se realimentan para reproducir la situación actual de división estéril, reforzando el espíritu de partido que se opone a la autoliberación de clase y contribuyendo así a aumentar la desorientación general en los sectores más avanzados de la clase que buscan una nueva perspectiva política dirigida a la transformación total de la sociedad.

Notas

(1) Esta tesis implica asumir plenamente que el movimiento revolucionario sólo puede existir como movimiento de supresión de la sociedad existente incluso si tratamos sólo del plano del pensamiento; con lo cual, la calidad revolucionaria de dicho pensamiento ha de medirse por su capacidad para llevar adelante y ampliar el horizonte transformador de la praxis social. Un pensamiento revolucionario que no se desarrolle, integrando constantemente la experiencia social cambiante, concretizando progresivamente sus teorías, explorando la transformación de nuevas áreas o aspectos de la praxis social, no es un pensamiento revolucionario más que desde un punto de vista abstracto y, por lo tanto, en principio no históricamente progresivo, sino más bien de tendencia ideológica y fragmentario. Lo mismo puede decirse de las formas de praxis que tal pensamiento integra. Un pensamiento que opera de este modo en relación con las condiciones sociales no puede integrar una praxis revolucionaria efectiva más que de manera fragmentaria y mecánica, y es él mismo un producto de condiciones históricas y formas de praxis social demasiado inmaduras (inmaduras en lo que se refiere a la comprensión científica de las condiciones y fundamentos de la superación histórica del capitalismo y a la capacidad para desarrollar una praxis adecuada a la realización de dicha superación).


Última edición por Manolo Cabezahuevo el 06 Ene 2007, 17:45, editado 1 vez en total

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NotaPublicado: 06 Ene 2007, 17:43 
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II. Nuestra propuesta de organización revolucionaria.

1. Principios generales de la organización revolucionaria hoy.

La organización de los grupos revolucionarios tiene que superar las formulaciones del pasado, al igual que su modo de actuar en relación al resto de la clase. Han de desarrollar una verdadera síntesis entre lo colectivo y lo individual, entre la diversidad y la unidad, entre la formalización democrática del pensamiento y de la acción (a través de programas y normas de conducta) y su flexibilización en un continuo proceso anárquico de debate, desarrollo teórico, autocrítica y enriquecimiento recíproco. Pero esto sólo puede lograrse si las cosas se ponen sobre su verdadera base, esto es, si el desarrollo individual es puesto como condición del desarrollo colectivo y no al revés, y si la heterogeneidad que implica es asumida como el verdadero punto de partida para construir una homogeneidad compartida, una auténtica comunidad libre para la acción (no una entidad uniformizada como si fuese un ejército).

Esta síntesis no puede ser un simple hecho o resultado, sino que será siempre un proceso contradictorio y permanente, en el que la necesidad de dar prioridad a lo colectivo y a la unidad frente a lo individual y la diversidad, determinada por el curso de la lucha de clases en el que nos inscribimos -y que es la base del desarrollo del agrupamiento proletario- se entenderá de manera dialéctica, flexible, como un proceso de integración superadora y no de negación de la multiplicidad. Y esto, a su vez, sólo puede garantizarse gracias al debate y el desarrollo teórico, programático y táctico permanentes, con la máxima participación de tod@s y mediante lo cual tod@s se enriquezcan y desarrollen sus capacidades, eludiendo las formalizaciones estacionarias (única garantía para combatir y suprimir la división entre dirigentes y ejecutantes que reproducen las relaciones de dominación de la sociedad de clases). Todo ha de ser concebido como un "estar-en-proceso", algo siempre inacabado y que siempre se está discutiendo y enriqueciendo.

Estas tareas requieren una organización que posibilite ese dinamismo colectivo y esa integración creativa de unidad y multiplicidad. El modelo organizativo más apropiado que actualmente conocemos es el de una red estructurada a nivel permanente mediante grupos de trabajo (definidos por las tareas a realizar y/o la pertenencia a un sector o lugar). Esta estructuración en grupos de trabajo reducidos, más adaptados a las posibilidades de la vida cotidiana de sus componentes y a sus lugares de trabajo o áreas de residencia, posibilita una participación permanente y total de l@s miembr@s en toda la actividad global de la organización, yendo más allá de las asambleas generales puntuales. Estos grupos funcionales constituirán, tanto en su interior como en cuanto red de cooperación en constante coordinación a través de delegad@s, una asamblea flexible y relativamente deslocalizada. Esta forma permitirá hacer de la asamblea el órgano permanente que debe ser, sin importar sus dimensiones, sin todas las rigideces de las asambleas tradicionales que requieren de grandes espacios y de preparaciones especiales con antelación, lo que limita por fuerza su frecuencia (aunque sean periódicamente autoconvocadas y autoorganizadas de asamblea en asamblea) y sus posibilidades de convocatoria. Sobre todo, esta forma flexible y permanente permitirá que la asamblea en red funcione efectivamente como un órgano simultáneamente directivo y ejecutivo.

Por otra parte, como se desprende de la idea de la multiplicidad como base efectiva y creativa de la unidad orgánica, las decisiones unitarias y la conformación de una visión común, por procedimientos democráticos, no deben excluir el debate permanente ni imponer así, a los individuos o grupos divergentes, un extrañamiento insoportable. Excluir o limitar el debate sólo sirve para favorecer la división y hacerla crónica, y por tanto toda restricción de este tipo sólo puede justificarse por la necesidad temporal de priorizar la acción o por la asunción de que las diferencias son irreconciliables -y exigen, por consiguiente, la división como el único modo de afrontarlas de momento. Pero salvo en estos casos, debe verse en este proceso contradictorio de formación de la conciencia colectiva un camino no sólo repleto de conflictos, sino también un trabajo de liberación de todo el potencial creativo contenido en los individuos, que es el verdadero motor del desarrollo revolucionario colectivo.

El modelo de organización en red, al integrar a los individuos (directamente o a través del grupo de trabajo) como sujeto colectivo permanente de toda la actividad, controlando y llevando la iniciativa en todos los asuntos, reduciendo a lo puramente indispensable y colocando en posición subordinada todas las estructuras delegativas -no gracias a normas organizativas, sino gracias a la amplificación y realimentación permanentes de la actividad de los individuos en la base-, posibilita grados de autonomía orgánica a los individuos y colectivos mucho mayores que cualquier forma organizativa precedente. Con esto no se resuelven las disputas, por supuesto, pero se crea una base más favorable para su solución y se permite, en la práctica, un mayor margen para que se ensayen los puntos de vista divergentes (ya que el reconocimiento del libre desarrollo individual como base del colectivo implica, en la práctica, procurar la maximización de los márgenes de autonomía de las partes en lugar de procurar su uniformidad, bajo la única condición del espíritu y la fidelidad al proyecto colectivo de las acciones de individuos y grupos).

Lo que se quiere no es una uniformidad, sino una comunión verdadera y una integración práctica de las diferentes aspiraciones y líneas de actividad. Esto se ha de concretar, teóricamente, en la búsqueda de unas bases programáticas y tácticas realmente comunes, en lugar de intentar forzar el paso mediante la ley de mayorías; admitiendo libertad para el ensayo hasta que exista una mayoría lo bastante amplia, incluso si es preciso tomando decisiones unitarias que, a la vez que aprueben las perspectivas mayoritarias, reconozcan también explícitamente la libertad de acción para las minorías -siempre que no provoquen interferencias violentas con la ejecución de las decisiones mayoritarias-. Las minorías pueden así, a su vez, defender los planteamientos de la mayoría y exponer sus críticas de manera abierta y pública, respetar las iniciativas mayoritarias y poner a prueba las suyas propias, sin que en todo ello se deba ver un factor contrario a la colectividad. Al contrario, siempre que se enfoque correctamente y se actúe con claridad, esta pluralidad práctica es un factor de progreso -ya que en cualquier caso estamos hablando de organizaciones que se dirigen a la clase en general, y es de sobra conocido, aunque poco asumido, que ni siquiera en los mejores momentos del viejo movimiento obrero pudo decirse que las organizaciones tradicionales agrupasen a una mayoría del proletariado, y ello sin hablar del tipo de agrupamiento pasivo que tales organizaciones tendían a producir.

2. Hacia una nueva unidad proletaria.

En resumen, la unidad que queremos no puede construirse mediante formas coercitivas ni procedimientos formalistas, incluso si pasan por ser democráticos. Decía el joven Marx que una representación de cuya actividad sus electores no tienen conciencia ni control no es una representación; por lo mismo podemos decir nosotr@s que una decisión democrática que se sostiene sobre la coerción y la creencia en mecanismos abstractos para hacerse efectiva no es realmente una decisión democrática (sino que sólo lo parece). Y si una verdadera representación ha de ser una autorrepresentación, como Marx decía, un verdadero "poder del pueblo" ha de ser un autopoder, un poder directo de los individuos sobre sí mismos y no el poder de una estructura formalmente autonomizada frente a los individuos (aunque tal estructura no tenga, en principio, una autonomía efectiva y parezca componerse nada más que de normas).

Como ocurre con lo demás, la organización revolucionaria no puede desarrollar su vida interior mediante la coerción, porque la coerción es siempre un elemento contrario al autodesarrollo, que exige libertad. El problema de la falsa comprensión de la libertad, egoísta y egocéntrica, por parte de individuos y colectivos, no se puede resolver mediante una disciplina forzada, sino mediante el compromiso libremente adquirido y continuamente renovado con el propio desarrollo y con las tareas colectivas; implica un cambio de actitud global, que no puede lograrse mediante medidas formales -medidas cuya necesidad es una manifestación de que tal actitud está ausente y de que no es posible que tales individuos o colectivos asuman una praxis revolucionaria. Esto último es, por otro lado, habitualmente algo evidente a la luz de las aspiraciones personales y sociales, de la actitud y visión de la vida, de la gente; pero hasta ahora siempre se ha tendido a mistificar bajo un manto ideológico radical, queriendo creer que sirve de algo cambiar la conciencia en la superficie sin llegar a un verdadero cambio espiritual radical.

La situación actual de gran división entre l@s trabajadore/as tiene como base que el desarrollo de la sociedad capitalista está llevando al extremo la heterogeneización formal de los individuos a partir de la diferenciación laboral, económica, sociológica e ideológica. Dicho de otra manera, la división social del trabajo está altamente desarrollada y, además, está determinada en su forma y su contenido por los intereses capitalistas.

Pero al mismo tiempo que el capitalismo crea innumerables diferencias alienantes entre los individuos, uniformiza nuestras vidas de un modo esencial, en el sentido de deshumanizarnos, de convertirnos en piezas de su maquinaria, en trabajadore/as-compradore/as-ciudadan@s-espectadore/as continuamente arrastrad@s por la dinámica ciega de la valorización del capital. De este modo, por un lado somos heterogeneizados por la división del trabajo y por el desarrollo del rol de compradore/as y espectadore/as; pero por otro somos homogeneizados en tanto esclav@s asalariad@s, sujetos a la dinámica de desarrollo social, a las instituciones y formas de pensamiento dominantes -esclav@s cuya adhesión a las mismas se efectúa, dependiendo de las circunstancias, tanto por mecanismos pacíficos como por la fuerza, tanto por procedimientos económicos como políticos o ideológicos. Sin embargo, esta homogeneización conlleva también la creación de una economía cada vez más intensivamente mundial, que constituye así una unidad inmanente tanto más sólida e inmediata de l@s proletari@s de todos los países y características.

De este modo, el verdadero problema que supone la heterogeneidad individual y colectiva actual, no consiste en las diferencias formales, irreductibles, entre individuos y colectivos producto de su autodesarrollo libre, ni tampoco suprime la base material de la unidad de clase. El verdadero problema no son esas diferencias (que no son alienantes por sí mismas), sino las determinaciones capitalistas presentes en ellas, que se entremezclan con ellas y que alcanzan también a la propia subjetividad -de la que las formas heterogéneas son continentes.

Dadas las condiciones generales objetivo-subjetivas descritas, la unidad proletaria ya no puede expresarse a partir de la uniformidad del proletariado industrial, concentrado en grandes fábricas y con una conciencia basada en la identidad con el trabajo asalariado. Trasponer a la época actual tal criterio sobrepasado -pero que desde luego ha calado profundamente en la vieja cultura política obrera-, solamente puede reproducir la división existente hoy e incluso ampliarla. La unidad proletaria sólo puede articularse actualmente sobre el principio de la oposición al capitalismo, directamente y sin compromisos a medias, sin una visión reduccionista ni mecanicista de las tareas, construyendo su unidad a partir de su multiplicidad activa y viva, de la multiplicidad que ya constituye empíricamente el proletariado y la población trabajadora explotada en general.

En otros términos, la base de la vieja unidad obrera, que se había constituido sobre la base de unas aspiraciones sociales -y las consiguientes formas de praxis, partidaria y sindical- limitadas y circunscritas a la lucha por reformas, está acabada; no sólo por los cambios en la organización económica, que han reducido o diversificado relativamente al proletariado industrial, sino porque esa unidad no tenía ni la amplitud ni la profundidad necesarias para ir más allá del reformismo y vencer el poder capitalista. Las luchas de los 70 y su derrota nos han dejado constancia de ello. Por eso, tal concepción de la unidad de clase sólo subsiste como fórmula de una minoría del proletariado, exigua en su base debido a los procesos de descentralización mundial de la producción y la distribución, que afectan incluso a las unidades de producción individuales mediante formas de subcontratación del trabajo. Y exigua también políticamente, debido a la creciente heterogeneidad y complejidad de los conflictos sociales que, paradójicamente, acompaña a su más intensa subsunción y enraizamiento en la lógica antagónica del capital.

La nueva unidad proletaria ha de construirse tomando como punto de arranque permanente la heterogeneidad y la descentralización, o sea, la multiplicidad; lo que al mismo tiempo es el único modo de transformar la heterogeneidad existente, con su carácter alienado, fragmentante y excluyente, en una heterogeneidad autónoma, cooperativa e inclusiva, verdadero cimiento de una unidad inquebrable, de la comunidad de l@s proletari@s revolucionari@s.

Los grupos regresivos y sus ideologías sectarias son un gran obstáculo al desarrollo de esta unidad, ya que su misma constitución es ajena a las condiciones históricas de las que tiene que partir, y su naturaleza les empuja a laborar contra la unidad en nombre de la "verdad revolucionaria" que creen poseer y en la que, para subsistir a contracorriente histórica tanto del capitalismo como de las transformaciones y variaciones de la clase proletaria, han de reafirmarse contra viento y marea, a falta de un verdadero apoyo de masas. Semejante círculo vicioso de aislamiento e ideologización los convierte en referentes políticos ilusorios para la clase, que fomentan precisamente la heterogeneización alienada que dicen combatir en nombre de la unidad de la clase; pues su existencia misma no supera, sino que forma parte, de esa heterogeneización alienada. Solamente creen superarla porque la niegan teóricamente en sus ideologías, programas y normas organizativas. Por consiguiente, tanto por su práctica como por su falsa conciencia de la misma, operan como los mayores estorbos a la tarea del reagrupamiento revolucionario y, de este modo, retardan y debilitan el desarrollo de la clase en su conjunto, que no puede articularse más que mediante la interacción progresiva y constructiva de sus distintas tendencias -en cuyo contexto, la interacción entre las vanguardias más radicales y aquellos amplios sectores de la clase ya tendentes a formas de acción y conciencia relativamente avanzadas, es el vértice gracias al cual pueden generarse y abrirse camino perspectivas de lucha cualitativamente nuevas para la clase en su conjunto.

Solamente la comprensión de que la multiplicidad proletaria es una base irreductible y creativa permite ver, al contrario, que esos grupos regresivos, por radicales que puedan parecer, no son más que expresiones de un movimiento obrero inmaduro, que todavía no ha sido capaz de llevar a efecto su ruptura con el reformismo ya caduco. En sus intentos de salir del lodazal del reformismo, se empantanan en alternativas ideológicas que reducen todo el problema a la "dirección" y a la "conciencia", haciendo abstracción de la praxis, sus condiciones y su proceso histórico-material de desarrollo -que es el proceso real en el que la dirección y la conciencia de l@s trabajadore/as reales se forman a través de la acción y por el estímulo de la acción: autoactividad que transforma no sólo su "conciencia" en el sentido "ideológico" (o sea, racional), sino también y primeramente su sensibilidad, su percepción del mundo (en especial de las relaciones sociales antagónicas que constituyen la sociedad capitalista). Comprendiendo esto se llegará, entonces, a la conclusión de que la autorrelativización de la importancia -y de la calidad política y teórica- de los agrupamientos avanzados actuales es la verdadera condición para establecer entre ellos una cooperación sin fronteras, que conduzca al desarrollo de un referente revolucionario verdaderamente unitario y reconocible por el proletariado contemporáneo como expresión de sus propias aspiraciones. Al problema del desarrollo del reagrupamiento revolucionario puede aplicársele la misma verdad que al problema de la unidad de clase en general, y que tan bien expresó Pannekoek:

Citar:
La sociedad no se desarrolla de un modo continuo, libre de retrocesos, sino a través de conflictos y antagonismos. Con la intensificación de la lucha de los trabajadores, el poderío del enemigo aumenta también y asedia a los obreros con dudas y miedos renovados acerca de cual camino es el mejor. Y cada duda acarrea divisiones, contradicciones y batallas fraccionales dentro del movimiento obrero. Es inútil deplorar estos conflictos y divisiones como dañinos por dividir y debilitar al proletariado, como si creasen una situación que no debería existir y que está haciendo a los obreros impotentes. Como se ha señalado a menudo, el proletariado no es débil porque esté dividido, sino que está dividido porque es débil. Debido a que el enemigo es poderoso en tal medida que los viejos métodos de combate se demuestran inútiles, el proletariado debe buscar nuevos métodos. Su tarea no se clarificará como resultado de una iluminación desde arriba; él debe descubrir sus tareas a través del duro trabajo, a través del pensamiento y del conflicto de opiniones. Debe encontrar su propio camino; por consiguiente, la lucha interna. Debe abandonar las ideas caducas y las viejas ilusiones, y es de hecho la dificultad de esta tarea la que engendra divisiones de una magnitud y severidad tales.
Partido y clase, 1936.


La tarea de l@s revolucionari@s conscientes no consiste, pues, en defender la unidad frente a la división, sino en defender el mejor modo de articular la autoactividad de l@s proletari@s en beneficio del autodesarrollo revolucionario de l@s mism@s.

Lo que proponemos no es una solución mágica a la división imperante, sino una fórmula flexible para avanzar hacia su solución a escala de masas y en las relaciones entre los grupos avanzados, amplificando la herramienta imprescindible para ello: la cooperación proletaria y, junto con ella, el desarrollo de la totalidad de capacidades y necesidades(2) de los individuos. Pues, bien a través del enfrentamiento, bien a través de la actividad común, sea de manera consciente o no, es la cooperación intelectual y práctica de l@s proletari@s lo que constituye el motor del progreso espiritual y material de la clase, y en particular del desarrollo de su propio movimiento autónomo.

¡La autoliberación de l@s proletari@s es el derrumbe del capitalismo!

¡La lucha final es ahora: revolución comunista o hundimiento en la barbarie!



Roi Ferreiro y Ricardo Fuego,
17 de diciembre de 2006

Notas

(2) Cuando se habla del desarrollo de las necesidades, se hace referencia implícitamente a la distinción entre interés o deseo -que son, respectivamente, la forma social y psicológica de la necesidad- y la necesidad en sí entendida como impulso espontáneo que emerge de la naturaleza esencial del ser humano.

Si bien en el plano físico la transformación de las necesidades en deseos tiende a asumir una forma instintiva, automática, haciéndose así indistinguibles por ejemplo el hambre, el deseo de comer y el interés por la comida, ni siquiera aquí esta identidad inmediata entre los tres niveles es inmanente, sino que está determinada por el desarrollo psicológico y social.

Luego el "desarrollo de las necesidades" significa, en un sentido revolucionario, superar la identificación entre los impulsos en sí mismos y su proyección deseante y social determinada por las relaciones y condiciones sociales vigentes, de manera que,

1) las necesidades existentes se liberen de estas limitaciones, asuman conscientemente formas adecuadas y favorables a la propia plenitud humana (en lugar de formas alienantes y tendentes al mantenimiento del status de pieza maquinal y programable del capitalismo), y que

2) las necesidades hasta ahora marginadas y parcial o totalmente inexploradas puedan emerger y constituir nuevas formas de actividad para el desarrollo integral humano.

Hablar de "desarrollo de las necesidades" es hablar pues de autoexpansión del ser esencial de los seres humanos y de la toma de conciencia del mismo, no sólo de formas de realización más plenas y amplias de esas necesidades.


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NotaPublicado: 06 Ene 2007, 18:43 
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Pues que bien. Más de lo mismo: todos sectas, reformistas y regresivos menos ellos que supongo que son:

¨Lo que estos grupos son es una vanguardia del proceso transitorio del que hablamos: un proceso orientado a crear las bases para la constitución y formación de un nuevo movimiento revolucionario¨

Porque al fin y al cabo, hay gente que camina por la senda de la necesidad histórica:

¨Sus tareas consisten, por consiguiente, fundamentalmente en preparar las condiciones para la emergencia de ese nuevo movimiento, que tendrá que ser no obstante esencialmente el fruto de la maduración histórica de la clase¨

Espero que comenten si se podrá insultar libremente a quien te discrepe.
Hale, me voy a hacer reformismo un rato, a jugar al futbolín (espero que mis comisarios autoricen esta distracción pequeño burguesa)

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NotaPublicado: 07 Ene 2007, 16:13 
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Yo más que teoria ultrarevolucionaria quisiera saber ejemplos practicos de ello.
Porque por muchas palabras si solo la elite sabe interpretarlas mal vamos.


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NotaPublicado: 09 Ene 2007, 18:30 
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Juro que intento pasar de la décima línea, lo juro. Pero me duele la cabeza. La fraseología marxista es agotadora, podían "emanciparse" del discurso coñazo y hacer algo que tenga a la vez palabras que acoten perfectamente el significado de lo que se quiere decir y que no sean tan joíamente recurrentes y pelmazos.

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NotaPublicado: 09 Ene 2007, 18:41 
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¿Los pesaos que firman no son los mismos chicos-spam que no paran de dar la brasa con que en esta página se les censura y se les tortura y se les reprime y se les criminaliza y se les practican abortos contra su voluntad? ¿Los mismos que cosen a insultos a quien les contraríe?

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NotaPublicado: 09 Ene 2007, 18:54 
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Sí. ¨Los Ausentes¨

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NotaPublicado: 11 Ene 2007, 03:07 
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Mal que te pese, l@s miembr@s del CICA estamos por el comunismo y por la anarquía. Que no entremos en tu estrecha definición de organización anarquista no es excusa para tu trolling.


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NotaPublicado: 11 Ene 2007, 07:00 
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Traducción al español por Huan Manwë
     
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