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 Asunto: El Estado, ¿sujeto u objeto?
NotaPublicado: 10 Mar 2016, 20:01 
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Desde un enfoque libertario, ¿cuál debe ser la visión que debemos tener del estado? ¿es solo un instrumento de la burguesía como afirma el marxismo o tiene intereses propios? ¿es una herramienta del Poder o es el Poder en sí mismo? ¿el estado sirve al capital o el capital sirve a éste? ¿se ayudan mutuamente el estado-capital?


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 Asunto: Re: El Estado, ¿sujeto u objeto?
NotaPublicado: 10 Mar 2016, 22:24 
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Citar:
¿cuál debe ser la visión que debemos tener del estado?


La condensación de las relaciones sociales y sus tensiones.

Citar:
¿es solo un instrumento de la burguesía como afirma el marxismo o tiene intereses propios?


Las dos cosas.

Citar:
¿es una herramienta del Poder o es el Poder en sí mismo?


Es una herramienta para ejercer y legitimar el poder.

Citar:
¿el estado sirve al capital o el capital sirve a éste?


Es una relación dialéctica, la misma que trabajo y estado.

Citar:
¿se ayudan mutuamente el estado-capital?


el cpaital se ayuda a si mísmo utilizando al Estado si puede.

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“Si lo real es móvil, que nuestro pensamiento sea también móvil y que sea el pensamiento de ese movimiento. Si lo real es contradictorio, que nuestro pensamiento sea pensamiento consciente de la contradicción.”


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 Asunto: Re: El Estado, ¿sujeto u objeto?
NotaPublicado: 10 Mar 2016, 22:55 
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Este artículo me parece bastante explicativo.

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http://prdlibre.blogspot.com.es/2016/01 ... icado.html
¿HACIA LA GRANJA HUMANA?
EL GOBIERNO DE LA VIDA Y SUS DESASTRES.


“El poder no es un medio, sino un fin en sí mismo”
Georges Orwell

La biopolítica, el plan para gobernar, ordenar y someter la vida y la muerte a las necesidades del poder es la esencia de nuestro tiempo.
El control demográfico es solamente una pequeña porción de la biopolítica, el objetivo es mucho más ambicioso, el control sobre las decisiones vitales, las conductas, las relaciones, la salud y la muerte son todos procesos que el poder necesita administrar para sostenerse.
El objetivo último del poder es gobernar la vida en todas sus dimensiones. Es falsa la idea de que la mayor aspiración de los poderosos sea el dinero, el lujo o la posesión de las cosas, el bien más preciado es la omnipotencia que aspira al señorío sobre la naturaleza, sí, pero ante todo se afana en el dominio de los otros; son los seres humanos, su sumisión y sometimiento, el objeto decisivo de la gran maquinaria de control social.
En “La riqueza de las naciones” Adam Smith plantea que la verdadera riqueza de los países reside en el trabajo, no en los metales acumulados ni en las tierras, por ello es el manejo de los seres humanos el principal objetivo del Estado, pero se trata ente todo de la conversión de las personas en instrumentos puros del gran proyecto social del poder y no únicamente sujetos productivos. El aumento de la potestad de someter y dominar es, por sí misma, la meta de todos los actos económicos, políticos, legislativos y culturales de la sociedad con Estado.



LA ILUSTRACIÓN COMO ESTRATEGIA BIOPOLÍTICA

La historia de los últimos doscientos cincuenta años es la del ascenso del aparato estatal y su supremacía sobre la vida. Las revoluciones liberales basan su proyecto en la idea de una sociedad ordenada según un plan, la noción del bien público como idéntico al bien de las instituciones estatales prevalece sobre cualquier otra. Detrás de este programa hay una concepción del individuo como puro engranaje de la maquinaria social.
Según los principios liberales la vida en libertad es desorganizada y caótica y necesita ser planificada; el ser humano en libertad es incompetente, agresivo y nocivo para la convivencia y requiere de ser contenido y educado por las instituciones del poder. Y el Estado se justifica por esa necesidad de regular el desorden y el conflicto.
Todas las utopías sociales han jugado con la idea de una sociedad ordenada según un plan que se identifica con el “Bien” en la que la libertad haya sido sustituida por el ordenamiento perfecto y acabado, una sociedad cuartel o, más aún, una sociedad cárcel, en ello coinciden con el gran proyecto ilustrado que consiste justamente en el imperio absoluto de la política que ha de prevalecer sobre la vida y ordenar ésta según un plan elaborado por la autoridad.
Lo que las revoluciones del XIX aportan es la expansión absoluta del control de los seres humanos hasta en los actos más primarios, el ensanchamiento ilimitado de lo que se ha llamado biopolítica, que es el conjunto de las ciencias para la domesticación del individuo y la hiperregulación de la sociedad y de la vida, es decir el plan de la “Granja humana”.
La revolución liberal fue, en toda Europa, y especialmente en el territorio ibérico, un proyecto para derrotar al antagonista natural del Estado que era la comunidad horizontal de los iguales basada en vínculos naturales de sangre y de territorio y dotada de cultura, instituciones, legalidad y legitimidad, e imponer la tutela del artefacto estatal el pueblo.
La tutela de la conducta privada del individuo, de sus actos vitales básicos requería de un largo proceso de desmantelamiento de las instituciones autoconstruidas que daban fuerza y mismidad al pueblo y a cada uno de sus miembros. Un proceso largo y violento que ocupó casi todo el siglo XIX, un siglo de convulsiones y baños de sangre que fueron el umbral a una nueva sociedad[1].
El desmantelamiento de la propiedad comunal, los sistemas de trabajo colectivo, el apoyo mutuo, la solidaridad vecinal, las obligaciones sociales y las reuniones, las fiestas y los ritos convivenciales y, especialmente, de las instituciones de gobierno popular o concejo abierto fue el principal ejercicio de las nuevas instituciones liberales. Todo ello se hizo a través de la legislación, la imposición y la represión pero también del soborno el adoctrinamiento, el sistema educativo, el arte y la seducción de las masas.
Las estructuras de vida y convivencia son organismos complejos, la vida de las personas está mediada por las relaciones y la historia de esas entidades suprapersonales que son el caldo en el que se desarrolla la biografía de cada individuo por eso el control sobre la existencia individual se basa sobre todo en la transformación y administración de las estructuras materiales que sostienen las necesidades básicas de los humanos.
Si un ser humano es un complejo de capas que van desde el núcleo del Yo, el carácter absolutamente singular e indiviso del individuo, los avatares biográficos, el impacto del entorno personal y la huella de la sociedad y de la historia, que componen, todos, el espacio-tiempo personal en el que nos construimos es lógico que el nuevo Estado moderno comenzara a morder la estructura de la vida de su antagonista por sus capas externas, las instituciones sociales, los fundamentos económicos y políticos de la comunidad en la que se inscribía un sujeto, hombre o mujer, que, hasta entonces, era auto-construido y autónomo por definición pero a la vez firmemente abrigado por la sociedad y anclado en la cultura, cargado de seguridad confianza y por ello refractario al poder de manera radical.
La estrategia biopolítica del poder se inició, pues, por aquello más externo a la persona. La liquidación de la vida comunitaria cuyos fundamentos hundían sus raíces en el Medievo e incluso recogían la impresión de las culturas prerromanas.
Heridas de muerte las instituciones de una sociedad que creía en el respeto, el desinterés y el amor como cimientos de la vida buena pudo entrar la autoridad en el segundo estrato de la vida del individuo, el entorno más cercano. La familia fue el siguiente objetivo de las políticas liberales e ilustradas. La codificación civil y el nuevo derecho de familia, que tardó en imponerse por la resistencia popular, llegó en 1889; además de regular las relaciones entre los sexos estableciendo la desigualdad de varones y mujeres en el matrimonio en el que la mujer estaba obligada a obedecer al varón y el hombre a protegerla, impuso la supremacía de la familia nuclear frente a la extensa que había sido hasta ese momento un núcleo fundamental de la existencia de las personas junto a la comunidad vecinal y que permitía que los sujetos no se ahogaran en la potente intimidad de las relaciones afectivas más primarias.
La liquidación de la economía del apoyo mutuo obligó a cada individuo y cada célula familiar a trabajar de forma incesante y enfrió las relaciones vecinales y familiares, con ello cada sujeto se hizo vulnerable y manipulable desde el poder.

LA BIOPOLÍTICA Y LA GUERRA

La natalidad se incrementó artificialmente por la presión estatal y produjo el efecto deseado por el poder que estableció la conscripción militar obligatoria y contó con una reserva de soldados que, como dice Federico Áznar Fernández-Montesinos en “Entender la Guerra en el siglo XXI” “cambió los fundamentos del arte militar” El crecimiento demográfico del siglo XIX permitió el derroche de vidas del desastre colonial de 1898 y sostener inmediatamente la guerra de Marruecos que ocupó casi todo el primer tercio del siglo XX. En Europa es la Primera Guerra Mundial la primera conflagración militar en que se usa principalmente la estrategia de desgaste que hace que se imponga quien más recursos movilice. Puesto que los ejércitos ya no tenían escasez de soldados, las batallas de gran desgaste que hasta entonces habían sido evitadas ahora eran buscadas pues por elevadas que pudieran ser las bajas se podían reponer mediante recluta. La sangría de varones fue descomunal pero la demografía se recuperó por la crecida natalidad o bien por la inmigración como fue el caso francés[2]
Pero a principios del siglo XX, el pueblo, en lo que llaman España, seguía teniendo un acento cultural propio, socialidad horizontal y un sentimiento de independencia y dignidad que le hacían empoderado y levantisco. El gobierno no alcanzaba a ser eficaz y funcional porque la ley no era interiorizada por los que debían someterse a ella, el poderoso sentimiento de soberanía en el ámbito de la vida privada impedía que el Código Civil se implantara consecuentemente en otros sectores que no fueran las clases medias que eran una fracción insignificante de la sociedad.

BIOPOLÍTICAS DEL FRANQUISMO

Fue el franquismo, después del gran baño de sangre de la guerra civil, el que pudo acometer, por fin, la gran revolución biopolítica cuya trama se asentó en el descomunal movimiento de población que se produjo en los años sesenta del siglo XX. El inmenso movimiento migratorio que desplazó a más de seis millones de personas desde el campo a la ciudad rompió redes tejidas a lo largo de siglos, descoyuntó vínculos de sangre y pertenencia que parecían indestructibles y creó una nueva realidad, un modelo de vida y unas estructuras sociales que transformaron radicalmente el trabajo, las relaciones y con ello a las personas y el vivir. Esto es en esencia el biopoder, la capacidad de administrar la vida en todos los planos.
La familia nuclear diseñada por el Código Civil de 1889 se hizo la realidad dominante gracias a ese proceso. La arquitectura de las ciudades sancionó la fragmentación de la vida y de los seres, la separación entre lo privado y lo público, entre el trabajo y el ocio y el trabajo y la vida, entre las mujeres y los hombres y entre la pareja y sus hijos. Los pisos de la ciudad ya no eran hogares sino jaulas para las mujeres que perdieron en ellas su antigua socialidad y el equilibrio emocional y mental, para los hombres eran ergástulas donde recuperar las fuerzas que el esclavo entrega cada día al trabajo incesante, para las criaturas horrendas mazmorras, para los jóvenes lugar de paso en el que estar el menor tiempo posible.
Las ciudades crearon al ama de casa neurótica y manipulada por las organizaciones del Estado como la Sección Femenina de Falange que desarrolló las primeras políticas de género con la misma orientación que las que se iniciaban en todo Occidente, convirtieron en asalariados a la gran mayoría de los hombres arrojándolos a un mercado de trabajo que fagocitaba sus fuerzas hasta el último aliento, robó la infancia de millones de criaturas que crecieron en el agobio barrios horrendos, bajo la custodia de madres que enloquecían por no poder soportar la cárcel en la que habían sido confinadas, esas criaturas tomaron fundamentalmente dos caminos, una parte de ellos buscaron una huida de su origen en el medro y el ascenso social, se esforzaron en las aulas del sistema público de enseñanza que fue universalizado por el régimen de Franco y construyeron la gran clase media que ha levantado la sociedad actual, otra parte chocó con el sistema y, lejos de deteriorarlo, colaboraron en su sostenimiento entrando en el circuito de la auto-destrucción, fueron diezmados en masa por la droga, la violencia y la cárcel. Nada quedó de la familia que no fuera un triste espejismo con el mismo nombre que la antigua institución que apoyaba al individuo desde el nacimiento a la muerte y era a la vez sostenida por el sujeto libre y responsable.

EL POST-FRANQUISMO, EL INDIVIDUO INTERVENIDO POR EL ESTADO.

Los años de la transición y los decenios de los ochenta y noventa del siglo XX han sido cruciales en la transformación de nuestro mundo, la gran carnicería que supuso la droga con sus efectos colaterales de delincuencia, violencia, lumpenización, enfrentamiento social y miedo entre iguales es el ejemplo modélico de intervención biopolítica, miles de jóvenes murieron o quedaron arrasados de forma profunda y permanente y toda esta trama fue dirigida y acaudillada por las instituciones del Estado. La nueva cultura juvenil emergida en un baño de alcohol y narcóticos fue lanzada desde la industria de la conciencia y la diversión, espoleada por los medios del sistema, y directamente subvencionada por ayuntamientos, comunidades autónomas y gobiernos de turno, espoleada por personajes supuestamente intachables e íntegros como aquél alcalde de Madrid, Enrique tierno Galván, que inició su discurso con un “el que no esté “colocao” que se coloque”.
El crecimiento del Estado del bienestar, es, como explica Javier Ugarte en “La administración de la vida. Estudios biopolíticos”, un instrumento del biopoder para dirigir la conducta individual e interponerse en las relaciones naturales. El franquismo fue muy activo creando políticas de protección social. La Ley de Bases de la Seguridad Social de 1963 es el origen del sistema de pensiones actual, pero no es el único elemento ni siquiera el más sobresaliente, la política de viviendas protegidas, la ley de arrendamientos urbanos y tantas otras subvenciones del Estado dirigidas a fomentar el abandono del campo y la afluencia a las grandes urbes de la población fueron tan decisivas como aquella. Todos esos incentivos no son sino una forma de intervenir la sociedad y al individuo. La educación estatal universal, es un mecanismo de adoctrinamiento permanente, el sistema de subvenciones, pensiones, subsidios, ayudas y servicios que ofrece la institución estatal, todas iniciadas en el franquismo y continuadas por el sistema parlamentario actual, son la forma concreta como el Estado interviene a la sociedad y al individuo, administra y gobierna la vida según sus necesidades e intereses e impide por lo tanto la libertad más esencial, la libertad natural que todo ser humano debería tener.
La mercantilización de la asistencia a las necesidades vitales que hace Estado del bienestar, en la versión pública, y las empresas de servicios en su versión privada, suponen la destrucción de los vínculos primarios y la prostitución de esas funciones naturales y esenciales de la humanidad.

GOBERNAR A LAS MUJERES PARA GOBERNAR LA VIDA.

Ya el franquismo dedicó una enorme energía a dirigir, “educar” y “capacitar” a las mujeres. La Sección Femenina de la Falange española tuvo, desde el mismo momento de la victoria un papel decisivo en la implantación del régimen en cada rincón del país. Su acción así como la puesta en marcha de otros instrumentos culturales –la radio y el cine especialmente- permitió utilizar a las féminas como iniciadoras de las estrategias familiares de emigración y también deconstruir, con su colaboración, la vida familiar, la crianza y las relaciones con los hombres al dictado de las expertas de la SF y los medios.
Las políticas de género del post-franquismo han sido mucho más continuadoras de aquellas de lo que se cree, basta leer el libro de la Condesa de Campo Alange, “La secreta guerra de los sexos” publicado en 1948 para percibir la similitud en su ideología con la de los últimos 40 años. El franquismo aplicó de forma peculiar en el lenguaje pero rigurosa en el contenido las políticas de la ONU para las mujeres y el postfranquismo continuó ese proyecto.
En las políticas demográficas los decenios posteriores a la posguerra fueron natalistas (lo fueron en toda Europa), sin embargo el Estado español nunca consiguió la meta de los cuatro hijos por mujer. La curva demográfica española se diferencia poco de la europea, la caída demográfica se inició pocos años después que la de los países cercanos pero fue mucho más acusada y nos puso en la vanguardia de la desnatalidad.
La creación en 2008 del Ministerio de Igualdad es el hito más llamativo de la intervención estatal en la vida de las mujeres sin embargo cuatro años antes se aprobó la Ley Integral de Violencia de Género que supuso un auténtico punto de inflexión, una colosal afirmación del nuevo patriarcado al victimizar a las mujeres y presentarlas como sustancialmente indefensas y desamparadas, débiles e irresponsables y sobre todo permanentes menores de edad y objeto de la tutela del Estado, sus instituciones y sus funcionarios.
Conseguir el control sobre la conducta de las mujeres permite gobernar comunidades, poblaciones y países. La mujer ha sido históricamente central en el sostenimiento de la vida y el patriarcado no tiene otro objetivo que la dominación de la vida por el Estado a través del sometimiento femenino. El patriarcado es básicamente la expresión del biopoder, el poder sobre la vida.
Desde este prisma se entiende mejor el origen de las políticas de género y su centralidad en la sociedad moderna.

DESNATALIDAD DIRIGIDA

Las políticas de control demográfico son muy antiguas, el control de la natalidad, para aumentarla o para disminuirla ha sido objeto de la acción de todas las sociedades con Estado. La eugenesia también es una corriente antigua que conoció un enorme auge con las revoluciones liberales y se ha mantenido hasta nuestros días.
En el mundo resultante de la II Guerra Mundial, salvo una primera etapa de recuperación demográfica de los primeros años de la postguerra, la desnatalidad ha sido la política dominante. El número de hijos por mujer ha venido cayendo en todo el planeta (salvo el centro de África) desde 1980. Las campañas de planificación familiar desarrolladas por la ONU incluyeron no solo la “educación” de las poblaciones y especialmente de las mujeres sino la imposición, algunas veces manu militari (como fue el caso de la India, China o el Perú de Fujimori) de esterilizaciones masivas y uso de venenos esterilizantes, como el Depoprovera, de efectos terribles. Grandes Fundaciones del capitalismo, organizaciones mundiales y gobiernos han colaborado estrechamente en estos procesos pero también se han sumado corrientes ideológicas como el feminismo anti-maternal, el ecologismo neo-malthusiano y las modernas corrientes eugenésicas.
De forma espuria se ha considerado que la anticoncepción y el aborto son la garantía de la libertad reproductiva y se ha obviado que la libertad para ser madres y padres está desapareciendo en nuestra sociedad.

POBLACIONES ITINERANTES

Los movimientos de población son otro elemento biopolítico fundamental, en los últimos 30 años han conocido cifras sin precedentes. El trasvase de población desde el campo a las ciudades ha sido un proceso a escala mundial desde el decenio de 1960 y aún anters. Además las guerras, desastres naturales, hambrunas etc. la mayor parte de las veces provocadas por los sistemas de poder político y económico, han sacado y siguen sacando a millones de personas de su lugar de origen creando grandes éxodos cuyas consecuencias serán permanentes y aniquilarán comunidades, culturas y civilizaciones. A ello se suman las vastas migraciones económicas que mueven a millones de seres humanos por todo el mundo cada año y consiguen que la población afluya allí donde es llamada por los grandes emporios económicos, convirtiendo a los que antes eran personas con cultura, historia, arraigo y vínculos estables en pura mano de obra, ganado de labor o seres sin destino.


LA REVOLUCIÓN DEL NACIMIENTO

Pero tal vez la mayor revolución que se ha producido en los últimos 70 años es la del nacimiento. Todo el proceso de la reproducción humana ha sido intervenido de forma integral y ha pasado de ser una función natural a una función gobernada y legislada según un proyecto político.
El parto hospitalario fue una auténtica subversión, si bien muchas culturas antiguas habían intervenido el nacimiento a través de ciertas prácticas y recomendaciones, ahora se convirtió en un proceso productivo más.
En España el franquismo actuó en consonancia con el mundo occidental al que siempre perteneció. Se mintió sobre la seguridad del parto en el hogar que era muy alta como confirman las biografías de muchas parteras populares y se puso en manos de funcionarios que, como bien explica Tania Gálvez San José[3], estaban mandados por militares, pues militares fueron los ministros de sanidad que proyectaron el nuevo modelo de nacimiento, lo cual no puede considerarse dentro de lo anecdótico.
El parto hospitalario permitió la intervención de las primeras relaciones entre la madre y la criatura, la separación obligada de los primeros días, la anestesia, primero el pentotal que se usó en muchos lugares y cuyas consecuencias no se han estudiado y luego la epidural a la que se han asociado trastornos del vínculo y de la lactancia entre otros muchos. El parto medicalizado y la cesárea se hicieron cada vez más corrientes de manera que la capacidad de parir por sí mismas de las mujeres ha ido cayendo en picado hasta nuestros días[4].
La lactancia también fue tutelada, se aplicó un código general que la acortó y sobre todo la desnaturalizó.
La universalización del trabajo femenino a salario impuso la separación de madre y criatura desde edades muy tempranas y la institucionalización de una gran parte de los niños y niñas desde casi su nacimiento. El Estado arrancó así a los sujetos y los tomó para sí desde el primer minuto de la vida. Con ello se consigue alterar e intervenir la naturaleza de lo humano desde su origen y crear sujetos cuya humanidad ha sido mutilada al robarles la forma originaria de entrar en la vida y en la sociedad humana.
Todos los procesos asociados a la reproducción están hoy profundamente dañados, la cópula es cada vez más un acto difícil y problematizado. La guerra de los sexos instigada desde el poder ha dañado profundamente las relaciones entre las mujeres y los hombres y las relaciones eróticas. La disfunción sexual masculina será, según algunos expertos, la epidemia del siglo XXI. Esto ha permitido abrir la puerta a una situación inquietante y amenazadora, el ascenso de la natalidad artificial.
La naturalización de la fecundación in vitro y sobre todo de los vientres de alquiler con el argumento del derecho de todos a ser madres y padres ha abierto una nueva etapa en la que se hace la posible la industria de la producción de seres humanos, las empresas de gestación subrogada en algunos países asiáticos son ya realmente un proyecto de granja humana. La investigación sobre una gestación absolutamente artificial nos pone más cerca de una sociedad como la que se perfila en algunas antiguas distopías.
Las revoluciones liberales situaron desde sus inicios su objetivo en la creación de la “nueva criatura” del Estado[5], hoy ese monstruo de la razón se acerca a nuestra casa.
Termino con otra cita de Orwell, demasiado profética, “Pero en el futuro no habrá ya esposas ni amigos. Los niños se les quitarán a las madres al nacer, como se les quitan los huevos a la gallina cuando los pone. El instinto sexual será arrancado donde persista. La procreación consistirá en una formalidad anual como la renovación de la cartilla de racionamiento. Suprimiremos el orgasmo. Nuestros neurólogos trabajan en ello.”




[1] Para profundizar en los complejos mecanismos políticos y económicos de la destrucción de las instituciones populares durante el siglo XIX es imprescindible el trabajo de Félix Rodrigo Mora “La Democracia y el triunfo del Estado”, así como su revisión del carlismo en “Naturaleza, ruralidad y civilización”. También “Sobre el sujeto de la revolución”, Prado Esteban Diezma, he tratado esta cuestión. http://prdlibre.blogspot.com.es/2012/12 ... ucion.html
http://prdlibre.blogspot.com.es/2012/12 ... ucion.html
http://prdlibre.blogspot.com.es/2012/12 ... on_23.html

[2] Historia de las poblaciones de Europa / directores, Jean-Pierre Bardet y Jacques Dupâquier .

[3] http://lasinterferencias.blogspot.com.e ... rante.html

[4] Michel Odent “Nacimiento y la evolución del homo sapiens”

[5] “El mito del hombre nuevo” Dalmacio Negro


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 Asunto: Re: El Estado, ¿sujeto u objeto?
NotaPublicado: 11 Mar 2016, 00:57 
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Del nuevo ídolo

En algún lugar existen todavía pueblos y rebaños, pero no entre nosotros, hermanos míos: aquí hay Estados.

¿Estado? ¿Qué es eso? ¡Bien! Abrid los oídos, pues voy a deciros mi palabra sobre la muerte de los pueblos.

Estado se llama al más frío de todos los monstruos fríos. Es frío incluso cuando miente; y ésta es la mentira que se desliza de su boca: “Yo el Estado, soy el pueblo”.

¡Es una mentira! Creadores fueron quienes crearon los pueblos y suspendieron encima de ellos una fe y un amor; así sirvieron a la vida.

Aniquiladores son quienes ponen trampas para muchos y las llaman Estado: éstos suspenden encima de ellos una espada y cien concupiscencias.

Donde todavía hay pueblo, éste no comprende al Estado y lo odia, considerándolo mal de ojo y pecado contra las costumbres y los derechos.

Esta señal os doy; cada pueblo habla su lengua propia del bien y del mal: el vecino no la entiende. Cada pueblo se ha inventado un lenguaje en costumbres y derechos.

Pero el Estado miente en todas las lenguas del bien y del mal; y diga lo que diga, miente – y posea lo que posea, lo ha robado. Falso es todo en él; con dientes robados muerde, ese mordedor. Falsas son incluso sus entrañas.

Confusión de lenguas del bien y del mal: esta señal os doy como señal del Estado. ¡En verdad voluntad de muerte es lo que esa señal indica! ¡En verdad, hace señas a los predicadores de la muerte!

Nacen demasiados: ¡para los superfluos fue inventado el Estado!

¡Mirado cómo atrae a los demasiados! ¡Cómo los devora y los masca y los rumia!

“En la tierra no hay ninguna cosa más grande que yo: yo soy el dedo ordenador de Dios” – así ruge el monstruo. ¡Y no sólo quienes tienen orejas largas y vista corta se postran de rodillas!

¡Ay, también en vosotros los de alma grande susurra él sus sombrías mentiras! ¡Ay, él adivina cuáles son los corazones ricos, que con gusto se prodigan!

¡Si, también os adivina a vosotros los vencedores del viejo Dios! ¡Os habéis fatigado en la lucha, y ahora vuestra fatiga continúa prestando servicio al nuevo ídolo!

¡Héroes y hombres de honor quisiera colocar en torno a sí el nuevo ídolo! ¡Ese frío monstruo – gusta de calentarse al sol de buenas conciencias!

Todo quiere dároslo a vosotros el nuevo ídolo, si vosotros lo adoráis: por ello se compra el brillo de vuestra virtud y la mirada de vuestros ojos orgullosos.

¡Quiere que vosotros le sirváis de cebo par pescar a los demasiados! ¡Sí, un artificio infernal ha sido inventado aquí, un caballo de muerte, que tintinea con el atavío de honores divinos!

Si, aquí ha sido inventada una muerte para muchos, la cual se precia a sí misma de ser vida: ¡en verdad, un servicio íntimo para todos los predicadores de muerte!

Estado llamo yo al lugar donde todos, buenos y malos, son bebedores de venenos: Estado, al lugar en que todos, buenos y malos se pierden a si mismos: Estado, al lugar donde el lento suicidio de todos – se llama “la vida”

¡Ved, pues a esos superfluos! Enfermos están siempre, vomitan su bilis y lo llaman periódico. Se devoran unos a otros y ni siquiera pueden digerirse.

¡Ved, pues a eso superfluos! Trepan unos por encima de otros, y así se arrastran al fango y a la profundidad.

Todos quieren llegar al trono: su demencia consiste en creer – ¡que la felicidad se asienta en el trono! Con frecuencia es el fango el que se asienta en el trono – y también a menudo el trono se asienta en el fango.

Dementes son para mí todos ellos, y monos trepadores, y fanáticos. Su ídolo, el frío monstruo, me huele mal: mal me huelen todos ellos juntos, esos servidores del ídolo.

Hermanos míos, ¿es que queréis asfixiaros con el aliento de sus hocicos y de sus concupiscencias? ¡Es mejor que rompáis las ventanas y saltéis al aire libre!

¡Apartaos del mal olor! ¡Alejaos del humo de esos sacrificios humanos!

Aún está la tierra a disposición de las almas grandes. Vacíos se encuentran aún muchos lugares para eremitas solitarios o en pareja, en torno a los cuales sopla el perfume de mares silenciosos.

Aún hay una vida libre a disposición de las almas grandes. En verdad, quien poco posee, tanto menos es poseído: ¡alabada sea la pequeña pobreza!

Allí donde el Estado acaba comienza el hombre que no es superfluo: allí comienza la canción del necesario, la melodía única e insustituible.

Allí donde el Estado acaba, – ¡mirad allí, hermanos míos! ¿No veis el arco iris y los puentes del superhombre!

Así habló Zaratustra.


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 Asunto: Re: El Estado, ¿sujeto u objeto?
NotaPublicado: 11 Mar 2016, 09:11 
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Nietzsche se le cita mucho, y muchas veces por puro snobismo, en este caso yo se que no porque lo se y ya está. Adonde quiero ir a parar es que es uno de los ejemplos mas evidentes donde se suele juzgar el libro por la tapa, y que eso es precisamente lo que le suele pasar a la teoria libertaria, que con mucha frecuencia se descarta sin más como un contrasentido. Por ejemplo, sin nisiquiera nombrar palabas como anarquismo o libertario, hablando solo de lo que es una aptitud de rebeldía o sumisión ante las jerarquias de poder y lo que es autoridad y autoritarismo, recibí esta respuesta ayer mismo: "Alguien que esta en contra del orden no es un rebelde, es un estúpido."

Para que voy a comentar lo que ya sabemos sobre la confusión entre ausencia de jerarquias y ausencia de organización. Al anarquismo se le demoniza, pero sobretodo se le ningunea, se descarta como un sinsentido y un despropósito sin reflexion previa, como mero prejuicio. Cuando hay pocas cosas tan estúpidas como los prejuicios.

Yo tambien tengo los mios propios sobre el anarquismo y muchos mas, no me ruboriza decirlo. Es mucho más comodo aceptarse como un zoquete, un tarugo :lol:


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 Asunto: Re: El Estado, ¿sujeto u objeto?
NotaPublicado: 11 Mar 2016, 15:17 
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Felixito al ataqueeeee...

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“Si lo real es móvil, que nuestro pensamiento sea también móvil y que sea el pensamiento de ese movimiento. Si lo real es contradictorio, que nuestro pensamiento sea pensamiento consciente de la contradicción.”


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 Asunto: Re: El Estado, ¿sujeto u objeto?
NotaPublicado: 11 Mar 2016, 17:24 
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Registrado: 10 Mar 2016, 12:56
Como veo que Mora y cía tiene algunos detractores este otro artículo lo explica de un forma más técnica. Un blog interesante que aconsejo leer a todo anarquista, aunque sea solo darle una ojeada.
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http://emboscado.blog.com/2016/02/08/el ... entarismo/
EL ESTADO Y EL PARLAMENTARISMO

Los orígenes del parlamentarismo se remontan a la Edad Media europea, época en la que aparecieron los primeros órganos representativos bajo los auspicios de la Iglesia católica a través de los llamados concilios eclesiásticos. En dichos concilios se encuentra el germen de los cuerpos representativos estamentales y parlamentarios en Europa.[1] Estos órganos medievales se encargaban de representar a las grandes clases sociales, tanto al clero como a la aristocracia y a los elementos más destacados del denominado Tercer Estado. En la Europa continental encontramos el caso de Francia con los Estados Generales, mientras que en el reino de Castilla eran las Cortes. Por su parte en Inglaterra, desde la época de los reyes normandos, existía un parlamento que integraba a las grandes clases sociales.[2] En general esta institución operaba como contrapeso del poder regio, de modo que la corona en ocasiones se veía obligada a negociar con los representantes de los estamentos agrupados en estas cámaras para obtener concesiones en la forma de impuestos y tropas para sus guerras, lo que a cambio exigía la confirmación por parte del monarca de determinados privilegios que disfrutaban los integrantes de dichos estamentos.

Desde los mismos orígenes del Estado la comunidad política ya estaba compuesta por una minoría que detentaba la soberanía con la que disfrutaba de la capacidad para tomar decisiones vinculantes para toda la población, lo que se amparaba en el recurso a la coerción para su correspondiente aplicación. Durante la Edad Media la comunidad política la integraba la corona y los poderhabientes: aristócratas, clero y ciertos elementos del Tercer Estado a través de corporaciones y otras instituciones semejantes. Si bien es cierto que el reparto de poder entre la corona y los poderhabientes fue desigual al ser favorable para estos últimos durante el periodo medieval, paulatinamente fueron produciéndose sucesivos reajustes en las relaciones mutuas que a la postre cristalizaron en la formación de los primeros regímenes parlamentarios en Europa. Para entonces las grandes clases sociales fueron definitivamente integradas en las tareas de gobierno con la promulgación de constituciones que hacían del parlamento el depositario de la soberanía. Esto estuvo unido a la concesión y reconocimiento de la ciudadanía política a estas mismas clases sociales, lo que fue realizado a partir de un criterio de riqueza. De este modo sólo quienes ostentaban la ciudadanía política en virtud de su riqueza podían participar en la política, y por tanto elegir y ser elegidos para cargos institucionales. Sobre esta premisa se forjó el concepto moderno de la comunidad política en lo que vino a llamarse pueblo o nación. Por esta razón cuando en documentos históricos y oficiales se mencionaba al pueblo únicamente se hacía referencia a aquellas clases sociales que disfrutaban de la ciudadanía política, y que por tanto componían la comunidad política de la que la mayor parte de la población estaba excluida.

El parlamento fue integrado en las estructuras estatales y de este modo se convirtió en una institución más del Estado que durante largo tiempo fue un órgano determinante en la toma de decisiones políticas al constituir el poder legislativo del ente estatal. Pero el peso del poder legislativo declinó progresivamente como consecuencia del desarrollo de la rama ejecutiva del Estado, lo que fue sobre todo consecuencia de la dinámica de competición entre las diferentes potencias en la esfera internacional y de modo particular por el efecto producido por las revoluciones militares. En este sentido la búsqueda de los medios para preparar y hacer la guerra conllevó un desarrollo de la estructura organizativa central del Estado, sobre todo de su burocracia ante la necesidad de reunir los recursos financieros, económicos, humanos y materiales con los que preparar ejércitos cada vez mayores para guerras más costosas y devastadoras. Después de cada guerra la economía quedaba exhausta y el Estado endeudado, lo que requería una creciente intervención gubernamental sobre la sociedad y la economía para recomponer las capacidades nacionales con las que hacer frente a sucesivas carreras armamentísticas.[3]

En el s. XIX se generalizaron los regímenes parlamentarios en Europa occidental y llegó a establecerse un gobierno directo desde la cúspide del poder estatal hasta la base de la pirámide social compuesta por el pueblo llano. Este proceso de reorganización política y social estuvo acompañado, como acabamos de señalar, de un crecimiento de la rama ejecutiva del ente estatal. Si por un lado creció el tamaño de los ejércitos también lo hizo la burocracia con la aparición de diferentes departamentos ministeriales, órganos reguladores, cuerpos policiales, etc. Este crecimiento fue especialmente intenso y rápido al final del s. XIX, de forma que la estructura organizativa central del Estado dio un salto cuantitativo y cualitativo en lo que a su tamaño y capacidad de intervención se refiere, a lo que hay que unir un considerable aumento del gasto estatal. Durante esta fase final del s. XIX se dio un crecimiento de las funciones civiles del Estado como ocurrió con las comunicaciones, sobre todo ferrocarriles, pero también con la implantación de un sistema educativo obligatorio, a lo que hay que sumar un aumento de la intervención estatal en la economía, juntamente con la creación de programas asistenciales que fueron los precursores del Estado de bienestar, tal y como ocurrió en la Alemania de Bismarck.[4] A pesar de esta expansión de la burocracia estatal hay que apuntar que el Estado continuó siendo fundamentalmente una institución militar en la que el ejército acaparaba la mayor parte del presupuesto, sin olvidar que el poder militar disfrutaba de un elevado grado de autonomía dentro del Estado.[5]

La hipertrofia del poder ejecutivo unido a su progresiva normativización en su funcionamiento interno ha contribuido a una mayor institucionalización del ente estatal. Esto es lo que ha permitido que la burocracia, en tanto que parte integrante de la estructura organizativa central del Estado que detenta la titularidad formal del poder, se haya constituido en un actor político con sus propios intereses y que con ello haya dotado al Estado y a sus elites de una mayor autonomía al disponer de su propio ámbito. No cabe duda de que la expansión del Estado por medio de su burocracia civil y militar ha servido para una mayor politización de la sociedad, y que ello ha redundado en una socialización del parlamentarismo al suprimir las restricciones de fortuna que imponía el sufragio censitario mediante la instauración del sufragio universal. La nueva situación creada permitió la integración de diferentes sectores de la sociedad en las instituciones oficiales del orden constituido.

La expansión y crecimiento del Estado conlleva nuevas cargas sobre la sociedad que requieren ser compensadas de alguna manera, pues a medida que el Estado extrae nuevos y crecientes recursos económicos y humanos de la sociedad es preciso efectuar ciertas concesiones que legitimen esa situación. Por este motivo el parlamentarismo, que en su origen fue un sistema político altamente elitista en el que la política como tal era un asunto de notables, necesitó aumentar su legitimidad a través de la generalización del sufragio universal y la integración de otros sectores de la población que hasta entonces habían permanecido excluidos de los ámbitos de decisión política. De este modo surgió en la teoría del Estado moderno la corriente pluralista que concibe la modernización como una transferencia del poder político al conjunto de la sociedad, o como sugirió Bendix del rey al pueblo.[6] Así es como desde esta perspectiva teórica dicha transferencia se llevó a cabo en dos procesos, por un lado con la aparición de una contestación institucionalizada entre los partidos y grupos de presión que representaban una pluralidad de intereses en el seno de la sociedad, y en un segundo momento con la reivindicación de la participación del pueblo en esa contestación. Según este punto de vista la combinación de la contestación y la participación es lo que dio origen a lo que desde el actual establishment se llama democracia representativa, o democracia de partidos, y que Robert Dahl llamó poliarquía.[7]

A través de la llamada democracia de partidos, y siempre según la perspectiva pluralista, el Estado representa en última instancia los intereses de los ciudadanos en tanto que individuos, mientras que las clases sociales pueden considerarse los grupos de interés más importantes después de los partidos, o bien uno más entre los muchos que se contrarrestan entre sí en la lucha partidista.[8] Las corrientes pluralistas, que ideológicamente se ubican en el terreno del liberalismo, sostienen que las denominadas democracias liberales de Occidente posibilitan la existencia de un considerable grado de competición y participación suficiente entre grupos de interés y partidos políticos para producir gobiernos formados por elites competentes y responsables. De este modo las sociedades están gobernadas por una pluralidad de actores y no por una sola elite o clase dominante ya que las desigualdades de poder no son acumulativas sino dispersas.[9]

Las teorías pluralistas desempeñan una función legitimadora del parlamentarismo en el terreno ideológico, de manera que el Estado simplemente es un lugar que representa a la sociedad. La política de los partidos y de los grupos de presión irradia hacia dentro del Estado con el fin de controlarlo, lo que en el fondo no deja de ignorar que la soberanía como tal no se ubica en los parlamentos pues, como veremos más adelante, se encuentra radicada en la burocracia estatal así como en aquellas instituciones, como el ejército, las policías, los servicios secretos, etc., encargadas de mantener el monopolio de la violencia en manos del Estado para asegurar el cumplimiento de las leyes que dan forma al orden constituido. Además de esto las corrientes pluralistas caen en el error de considerar la sociedad como un todo que el gobierno se encarga de representar.

La teoría pluralista acierta al afirmar que las elites son plurales y diversas, lo que contrasta con la teoría elitista según la cual dichas elites están compuestas por una minoría más o menos homogénea y cohesionada que, de un modo organizado y centralizado controla y derrota a las masas desorganizadas.[10] Lo cierto es que en la elite del poder nos encontramos con diversos elementos de diferente procedencia, desde políticos a altos funcionarios, pasando por altos mandos militares, jefes de los servicios secretos, mandos policiales, periodistas, banqueros, empresarios, sindicalistas, abogados, jueces, fiscales, sacerdotes, consejeros políticos, intelectuales, etc. Pero las teorías pluralistas hierran al considerar el Estado sólo como un espacio en el que se desenvuelven las luchas políticas, y en última instancia como un instrumento al servicio de las facciones que lo controlan. Sin embargo, el crecimiento y desarrollo del Estado a través del poder ejecutivo de su administración le ha dotado no sólo de una creciente autonomía sino que sobre todo ha avasallado a los restantes poderes que lo integran, tanto el legislativo como el judicial. En la práctica el Estado es ante todo un actor que además tiende a maximizar sus propios intereses, lo que le hace llevar una labor distributiva en la sociedad al extraer de esta los recursos que necesita para su sostenimiento.[11] El Estado es en última instancia un invasor al preocuparse sobre todo por sus propios intereses,[12] lo que hace que el poder distributivo irradie desde el Estado y no hacia él como plantean las teorías pluralistas.

De lo que aquí se trata no es tanto desarrollar una definición del Estado sino de poner de manifiesto que la hipertrofia de su rama ejecutiva ha ido en detrimento de la influencia y capacidad decisoria que en el pasado tuvo la rama legislativa. El elevado poder que ha adquirido la rama ejecutiva del Estado, que constituye hoy por hoy el núcleo central del ente estatal como tal, le ha dotado de un grado inusitado de autonomía que le ha permitido llevar la iniciativa política en el contexto de los regímenes parlamentarios. Esto queda bien patente en el hecho de que más del 90% de las iniciativas legislativas proceden del poder ejecutivo, lo que ha hecho que en la práctica las cámaras parlamentarias se limiten a una labor de ratificación de dichas iniciativas. Los parlamentarios no elaboran las leyes, labor de la que se ocupan los altos funcionarios de los diferentes departamentos ministeriales. Los parlamentos se encargan de ratificar las propuestas legislativas que reciben del poder ejecutivo, con lo que en la práctica la soberanía es ejercida por la rama ejecutiva aunque formalmente el parlamento sea su depositario.

Es cierto que en los sistemas presidencialistas existe una más estricta separación de poderes que dificulta el entero sometimiento del parlamento al poder ejecutivo, como ocurre en los EEUU. Sin embargo, nada de esto impide que se produzcan acuerdos entre los representantes políticos de las cámaras parlamentarias y el poder ejecutivo para sacar adelante las diferentes propuestas legislativas. Pero al margen de esta particularidad que presentan los sistemas presidencialistas la regla general es que en los sistemas típicamente parlamentarios el color político del gobierno coincida con el color político de la mayoría parlamentaria, lo que facilita la aprobación de leyes y reduce la cámara parlamentaria a una máquina que se limita a votar y ratificar las iniciativas legislativas que el ejecutivo le presenta.

Lo anterior cuestiona el papel que tradicionalmente se le ha atribuido a la clase política y a los partidos en los regímenes parlamentarios. Si en la práctica los parlamentos no tienen tanto poder como siempre se ha pensado, entonces la clase política no es ni de lejos tan poderosa como en principio pudiera pensarse. El hecho de que un determinado partido llegue al gobierno no significa que detente el poder político como tal, pues más bien nos encontramos ante la situación de que el gobierno depende en lo esencial del Estado, y más específicamente de la administración en tanto que conjunto del aparato organizativo del Estado que ostenta la titularidad formal del poder. La administración como tal está inserta en el poder ejecutivo de manera que no es posible establecer una diferencia funcional entre esta y el gobierno. Así pues, no existe una separación entre administración y política sino que más bien se da una participación de la burocracia en el poder político y en las decisiones que este toma. En lo esencial el gobierno depende en todo del aparato organizativo de la administración, y más concretamente de los altos funcionarios que ocupan los cargos directivos en el seno de la estructura del Estado.

Es cierto que los políticos tienen la posibilidad de nombrar a los más altos funcionarios de los diferentes departamentos ministeriales, sin embargo esta capacidad está bastante limitada tal y como ocurre, por ejemplo, en el caso español. Así, el margen de maniobra de los políticos para nombrar altos cargos en la administración está regulado por la ley 6/1997, comúnmente conocida como LOFAGE (Ley de Organización y Funcionamiento de la Administración General del Estado), al estar reservados a funcionarios de carrera que reúnen los requisitos establecidos por dicha ley. Aunque cada vez que se forma un gobierno de diferente color político se nombran en torno a 6.000 altos cargos, quienes ocupan dichos puestos forman parte integrante de la burocracia estatal de la que proceden al cumplir con las exigencias que marca la ley para este tipo de nombramientos.

Incluso en los EEUU, donde históricamente ha dominado el spoil system caracterizado por el clientelismo con el cual los partidos purgan a los altos funcionarios para nombrar en su lugar a personal de confianza, terminó imponiéndose el principio de eficacia.[13] Para esta labor se recurrió a la corporación, invento americano por excelencia, debido a que ofrecía modelos de eficacia burocrática que no tardaron en aplicarse a la administración gubernamental.[14] Así es como para 1882, con la Pendleton Act, fueron clasificados diferentes trabajos de la administración federal para protegerlos de las purgas políticas para lo cual fueron establecidas medidas de selección a través de exámenes eliminatorios. Los puestos de la administración federal así clasificados pasaron del 10% en 1884 al 29% de 1895, el 45% en 1896 y el 64% en 1909. Después de la Primera Guerra Mundial se produjo una reorganización importante de la burocracia federal como consecuencia del esfuerzo de guerra en EEUU, de tal manera que este tipo de puestos alcanzaron el 80%, nivel en el que permanecen hoy día.[15] En cualquier caso el patronazgo aún persiste con los nombramientos en la cúspide del nivel federal de la burocracia, pero estos se han realizado siempre combinando la cualificación técnica con la lealtad al partido.

El poder del gobierno es muy limitado y está condicionado por la burocracia de la cual depende y que al mismo tiempo participa de manera activa en los procesos de decisión política, tanto mediante la redacción y propuesta de leyes como a través del consejo y asesoramiento a los líderes políticos del gobierno. Todo esto deja bien claro que el gobierno en última instancia es un apéndice del enorme poder ejecutivo que constituye la administración estatal. Por tanto, el peso de la clase política y de los partidos en el sistema de dominación parlamentario resulta ser bastante relativo.

A la luz de los hechos es natural preguntarse la razón de ser del parlamentarismo en un contexto en el que la soberanía reside de facto en el poder ejecutivo, mientras las cámaras parlamentarias en la mayor parte de los casos se limitan a ratificar las propuestas legislativas que reciben. Como ya se ha indicado anteriormente el parlamentarismo ha servido para legitimar el sistema de poder que representa el Estado, todo ello mediante la institucionalización de los conflictos sociales y políticos existentes. Esto es lo que ha dotado al Estado, y más concretamente al parlamentarismo, de un elevado grado de flexibilidad que le ha permitido reponerse de las crisis sociales, económicas y políticas a través de la canalización de las diferentes fuerzas sociales y políticas hacia las instituciones oficiales, creando de esta manera nuevas y sucesivas legitimidades a través de los diferentes procesos electorales. El parlamentarismo facilita la integración de los actores sociales y políticos en el entramado institucional del Estado, lo que hace que pasen a estar sometidos a la lógica de poder del ente estatal.

Los partidos políticos dependen en lo esencial del Estado, tanto en su aspecto formal al estar organizativamente regulados por las leyes establecidas, como en la dimensión puramente funcional en su relación con las instituciones en las que participan y de las que en ocasiones, tal y como ocurre en el caso español, reciben sustanciosas subvenciones directas e indirectas en la forma de dinero, pero también de ventajas fiscales, de apoyo infraestructural y logístico, y de otros muchos privilegios que les son exclusivos. Esto explica que a pesar de los eventuales cambios del color político del gobierno de turno la política llevada a cabo desde estas instancias sea esencialmente la misma que la de gobiernos precedentes, pues los partidos, una vez en el gobierno, se limitan a realizar y desarrollar la política del Estado.

A la luz de todo lo hasta ahora expuesto podemos concluir que el papel que desempeñan los políticos y sus respectivos partidos es el de meras comparsas del aparato estatal, sobre todo si tenemos en cuenta que no pocos líderes políticos son altos funcionarios en excedencia. El parlamentarismo convierte la política en una cuestión exclusiva de las instituciones, y por tanto de la elite dominante. La sociedad permanece totalmente excluida de los ámbitos decisorios mientras sus intermediarios, representados por los políticos, se limitan a mercadear con sus intereses y a conseguir toda clase de prebendas y beneficios. De este modo la lucha política y partidista que los políticos escenifican en los parlamentos forma parte del circo mediático con el que mantener distraída a la sociedad, además de dividida con el propósito de captar votos por medio de la demagogia y de la manipulación propagandista para, así, aumentar las subvenciones obtenidas y las correspondientes sinecuras institucionales. Mientras tanto la población permanece pasiva y muda ante el espectáculo político de parlamentos y campañas electorales.

El parlamentarismo es un sistema de dictadura política del Estado y de sus elites dirigentes. Se trata de un régimen en el que una minoría impone su voluntad al resto de la sociedad gracias a los medios coactivos que tiene a su disposición, sin olvidar la labor de manipulación ideológica realizada a través de la propaganda para crear el debido consentimiento social a tal estado de cosas. Frente a dicho modelo autoritario de organización de la sociedad sólo cabe contraponer aquel otro en el que la sociedad participe directamente en la política a través de asambleas populares soberanas, y pueda tomar de esta manera sus propias decisiones sin la existencia de instituciones coercitivas, económicas y adoctrinadoras que coarten su libertad política, civil y de conciencia. Sólo un orden social y político sin Estado y capitalismo, en el que la sociedad se autoorganice de un modo asambleario, pueden darse unas condiciones de libertad razonable que impidan las imposiciones de una minoría, tal y como acontece hoy en día.

[1] Hintze, Otto, Feudalismo – Capitalismo, Barcelona, Editorial Alfa, 1987, pp. 90-91

[2] El poder regio en Inglaterra fue limitado por el parlamento y especialmente a través de la promulgación de la denominada Carta Magna en 1215, lo que constituyó el principal antecedente del parlamentarismo inglés que se desarrolló en los siglos siguientes. En cualquier caso merece la pena resaltar que ya en el año 1100 había sido promulgada la Carta de Libertades, lo que en cierto modo hizo que fuera precursora de la Carta Magna. Crossman, Richard H. S., Biografía del Estado Moderno, Madrid, Fondo de Cultura Económica, 1977, pp. 55-57

[3] Parker, Geoffrey, La revolución militar. Las innovaciones militares y el apogeo de Occidente, Madrid, Alianza, 2002. Roberts, Michael, “The Military Revolution, 1560-1660” en Clifford J. Rogers (ed.), The Military Revolution Debate: Readings on the Military Transformation of Early Modern Europe, Colorado, Westview Press, 1995, pp. 13-36. Duffy, Michael (ed.), The Military Revolution and the State 1500-1800, Exeter, University of Exeter, 1980. Parker, Geoffrey, “Military Revolutions, Past And Present” en Historically Speaking Vol. 4, Nº 4, Abril 2003, pp. 2-7. Hintze, Otto, “La organización militar y la organización del Estado” en Beriain Razquin, Josetxo (coord.), Modernidad y violencia colectiva, Madrid, Centro de Investigaciones Sociológicas, 2004, pp. 225-250

[4] Mann, Michael, Las fuentes del poder social, Madrid, Alianza, 1997, Vol. 2, pp. 473-524, 624-662

[5] En la actualidad el caso más claro de autonomía del ejército dentro del Estado es el de los EEUU, donde el Pentágono acapara la mayor parte de los recursos del presupuesto federal mientras los generales desempeñan un papel decisivo en la política interior y exterior de esta gran potencia. Carroll, James, La casa de la guerra. El Pentágono es quien manda, Barcelona, Memoria Crítica, 2006. Wright Mills, Charles, La elite del poder, México, Fondo de Cultura Económica, 1957, pp. 166-189

[6] Bendix, Reinhard, Kings or People: Power and the Mandate to Rule, Berkeley, University of California Press, 1978

[7] Dahl, Robert, Polyarchy, New Haven, Yale University Press, 1977

[8] Lipset, Seymour M., Political Man, Londres, Mercury Books, 1959

[9] Dahl, Robert, A Preface to Democratic Theory, Chicago, University of Chicago Press, 1956, p. 333. Ídem, Who Governs? Democracy and Power in an American City, New Haven, Yale University Press, 1961, pp. 85-86

[10] Mosca, Gaetano, La clase política, México, Fondo de Cultura Económica, 2002

[11] Krasner, Stephen D., “Approaches to the state: alternative conceptions and historical dynamics” en Comparative Politics Vol. 16, Nº 2, enero 1984, pp. 223-246. Levi, Margaret, Of Rule and Revenue, Berkeley, University of California Press, 1988, pp. 2-9

[12] Poggi, Gianfranco, The State. Its Nature, Development and Prospectus, Stanford, Stanford University Press, 1990

[13] Skowronek, Stephen, Building the New American State: The Expansion of National Administrative Capacities, 1877–1920, Cambridge, Cambridge University Press, 1982

[14] Yeager, Mary A., “Bureaucracy” en Porter, Glenn (ed.), Encyclopedia of American Economic History, Nueva York, Charles Scribner’s Sons, Vol. 3, 1988, pp. 895-926

[15] Mann, Michael, Op. Cit., N. 4, p. 614. Van Riper, Paul P., History of the United States Civil Service, Nueva York, Row, Peterson, 1958, pp. 191-223


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Traducción al español por Huan Manwë
     
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