Fecha actual 22 May 2013, 07:38

Todos los horarios son UTC [ DST ]




Nuevo tema Responder al tema  [ 1 mensaje ] 
Autor Mensaje
 Asunto: Carta de una economista keynesiana a un economista marxista
NotaPublicado: 01 Mar 2010, 01:20 
Desconectado
Avatar de Usuario
Registrado: 15 Mar 2009, 20:44
Bueno, aqui pego una correspondencia que mantuvo Joan Robinson con un marxita. La encontré interesante, y ahora buscando en internet para echarle otro vistazo no la encontraba, hasta que me di cuenta que la tenía en mi ordena.

Citar:
Debo advertirle que le será muy difícil seguir esta carta. No porque sea difícil, al menos así lo
espero (no le importunaré con fórmulas algebraicas, o curvas de indiferencia), sino porque le
resultará tan desconcertante que no sabrá como tomársela. Ante todo, deseo aclarar mi postura
personal. Usted es muy educado y procura que no se le note, pero al ser yo una economista
burguesa, el único interés que puede tener en escucharme es enterarse de qué tipo particular de
insensateces voy a decir ahora. Peor aún, soy una keynesiana de izquierdas. Por favor, no se
moleste en ser cortés al respecto: sé lo que piensa de los keynesianos de izquierdas.

Casi podría decirse que soy la keynesiana de izquierdas por antonomasia. Estaba sacando
conclusiones rosáceas, en vez de azuladas, de la Teoría General mucho antes de que ésta se
publicase. (Me encontraba en la situación privilegiada de pertenecer a un grupo de amigos que
colaboraron con Keynes mientras la escribía.) Por tanto, fui la primera gota que cayó en la tinaja
con la etiqueta "keynesianos de izquierdas". Además, en la actualidad constituyo una proporción
importante del contenido de la tinaja, ya que buena parte del resto se ha ido evaporando. Ahora ya
sabe lo peor. Pero, deseo que me considere dialécticamente. El primer principio de la dialéctica
es que el significado de una proposición depende de lo que niega. Conque la misma proposición
tiene dos significados distintos según desde dónde se aborde.

Sé aproximadamente desde qué perspectiva enfoca usted a Keynes y comprendo su punto de
vista. Emplee un poco de dialéctica e intente comprender el mío. Estudié en una época en que la
economía vulgar se hallaba en una situación particularmente vulgar. Ahí estaba Gran Bretaña,
siempre con más de un millón de obreros parados, y ahí estaba yo con mi supervisor
enseñándome que el paro era lógicamente imposible por la Ley de Say.

Ahora llega Keynes y demuestra que la Ley de Say es una tontería (Marx también lo demostró,
evidentemente, pero mi supervisor nunca me habló de las ideas de Marx al respecto). Además (y
es por eso que soy keynesiana de izquierdas y no de otra variedad), en el acto comprendo que
Keynes está demostrando que el paro será un hueso muy duro de roer, porque no es un mero
accidente; tiene una función. En resumen, Keynes me llevó a la misma idea del ejército de reserva
de mano de obra, de la cual mi supervisor había procurado apartarme con tanto cuidado.

Si posee aunque solo sea un poco de dialéctica, comprenderá que la frase "soy keynesiana" tiene
un significado completamente distinto, cuando la pronuncio yo, que si la dijese usted
(naturalmente, usted nunca podría llegar a eso).

Ahora voy a decirle aquello que le dejará demasiado anonadado o demasiado acalorado (según su
temperamento) para comprender el resto de esta carta: entiendo a Marx muchísimo mejor que
usted. (En seguida le daré una interesante explicación histórica de por qué es así, si para entonces
no se ha quedado tieso o hirviendo de cólera.)

Cuando digo que entiendo a Marx mejor que usted, no quiero decir que conozca el texto mejor que
usted. Si comienza a bombardearme con citas me dejará fuera de combate en un instante. De
hecho, ya desde un principio me niego a participar en este juego.

Lo que quiero decir es que yo llevo a Marx en la médula de los huesos y usted lo tiene en la boca.
Tomemos, por ejemplo, la idea de que el capital constante es una materialización del trabajo
aplicado en el pasado. Usted piensa que esta noción debe demostrarse con mucha palabrería
hegeliana. En tanto que yo digo (aunque no empleo una terminología tan pomposa): "Claro, ¿qué
otra cosa podría ser?"

Es por eso que logró embarullarme de tal forma. Como todo el rato estaba intentando demostrarlo,
pensé que estaba hablando de otra cosa (nunca logré descubrirla) que debía ser demostrada.
Del mismo modo, supongamos que los dos deseamos rememorar un punto difícil de El Capital, por
ejemplo el esquema final del Volumen II. ¿Qué hace usted? Lo mira en el libro. ¿Qué hago yo?
Cojo un papel y lo reconstruyo.

Ahora voy a decirle algo aún peor. Supongamos, a título de mera curiosidad, que lo busco en el
libro y resulta que la respuesta que había elaborado en mi trozo de papel no coincide con lo que en
realidad dice el texto ¿Qué hago? Compruebo mis deducciones, y si no puedo encontrar ningún
error, busco el error en el libro. Supongo que más vale que no siga escribiendo, pues debe pensar
que me he vuelto loca. Pero, si es capaz de seguir leyendo, intentaré explicárselo.

Como he dicho, fui educada en Cambridge en una época en la cual la economía vulgar había
alcanzado un bajísimo nivel de vulgaridad. Pero, así y todo, en medio de los disparates, se había
conservado un precioso legado: el método de razonamiento de Ricardo.

Es algo que no puede aprenderse en libros. Si desease aprender a montar en bicicleta, ¿se
inscribiría en un curso por correspondencia? No. Pediría prestada una bicicleta vieja, se montaría
en ella y se caería y se heriría las rodillas y se tambalearía hasta que de pronto, ¡ahí va!, sabría
montar en bicicleta. Seguir un curso de economía en Cambridge era lo mismo. Y tal como sucede
con la bicicleta, una vez que se ha aprendido se convierte en una segunda naturaleza.

Cuando leo un párrafo de El Capital, primero tengo que pensar a qué significado de c se estaba
refiriendo Marx en ese momento: si se trata del stock total de trabajo incorporado, o del flujo anual
de valor a que da lugar en el trabajo incorporado (no es frecuente que nos facilite las cosas
diciéndonos de qué se trata: es preciso deducirlo del contexto). Y salgo a toda marcha en mi
bicicleta, perfectamente a mis anchas.

El marxista es muy distinto. Sabe que lo que dice Marx debe ser correcto en cualquier caso, ¿por
qué malgastar, pues, energías mentales deduciendo si c es un stock o un flujo?

Entonces llego a un punto en que Marx dice que se está refiriendo al flujo, aunque del contexto se
desprende claramente que debería referirse al stock ¿Qué hago? Dejo mi bicicleta y rectifico el
error; vuelvo a montar y sigo adelante.

Ahora, imaginemos que le digo a un marxista: "Mire aquí ¿Se está refiriendo al stock o al flujo?" El
marxista dice: "C es el capital constante", y me da una pequeña conferencia sobre el significado
filosófico del capital constante. Le digo: "Deje el capital constante ¿No habrá confundido el stock
con el flujo?" Entonces el marxista dice: "¿Cómo iba a equivocarse?¿No sabe que fue un genio?",
y me da una pequeña conferencia sobre el genio de Marx. Pienso para mis adentros: tal vez sea
marxista, pero no sabe mucho de genios. Su activa mente procede paso a paso, tiene tiempo de
avanzar con cuidado y no dar patinazos. Su genio lleva botas de siete leguas y avanza a todo tren,
dejando tras de sí un rastro de pequeños errores (¿y qué más da?). Digo: "Deje el genio de Marx
¿Se trata de stock o del flujo?" Entonces el marxista se envara un poco y cambia de tema. Y yo
pienso para mis adentros: es posible que este hombre sea marxista, pero no entiende mucho de
bicicletas.

Lo interesante y curioso de todo ello es que la ideología que rodeaba mi biciclita como una densa
niebla cuando comencé mi trayecto tendría que haber sido muy distinta de la ideología de Marx y,
sin embargo, mi bicicleta debería ser exactamente la misma, con algunos adelantos modernos y
algunos modernos defectos. Lo que voy a decir ahora cae más dentro de su línea, conque ya
puede relajarse un momento.

Ricardo existió en un momento particular en el cual la historia inglesa estaba dando un viraje tan
brusco que las posiciones progresivas y reaccionarias cambiaron de lugar en una generación. Se
sitúa justo en el punto en que los capitalistas estaban a punto de sustituir a la vieja aristocracia
terrateniente como la clase efectivamente dirigente. Ricardo era progresista. Su principal
preocupación era demostrar que los terratenientes eran unos parásitos de la sociedad. Con ello se
convertía, en cierto modo, en defensor de los capitalistas. Estos formaban parte de las fuerzas
productivas por contraposición a los parásitos. Era más pro-capitalista contra los terratenientes que
pro-obrero contra los capitalistas (con la ley de hierro de los salarios, los obreros siempre saldrían
malparados, ocurriese lo que ocurriese).

Ricardo tuvo dos discípulos capaces y bien preparados: Marx y Marshall. Entre tanto, la historia
inglesa ya había dado el viraje y los terratenientes ya no preocupaban a nadie; ahora se trataba de
los capitalistas. Marx modificó así el argumento de Ricardo: los capitalistas se parecen mucho a los
terratenientes. Y Marshall lo modificó en sentido contrario: los terratenientes se parecen mucho a
los capitalistas. Pasada la curva de la historia inglesa topamos con dos bicicletas exactamente
iguales: una se dirige a la izquierda y otra a la derecha.

Marshall hizo algo mucho más eficaz que modificar la respuesta. Cambió la pregunta. Para
Ricardo, la teoría del valor era un medio para estudiar la distribución del producto total entre
salarios, rentas y beneficios, cada uno considerado globalmente. Este es el gran problema.
Marshall redujo el significado del valor a un pequeño problema: ¿por qué un huevo es más caro
que una taza de té?.

Tal vez sea un pequeño problema, pero su solución es difícil y complicada. Se necesita mucho
tiempo y bastante álgebra para deducir la teoría que lo explica, de modo que tuvo ocupados a los
discípulos de Marshall durante cincuenta años. No tuvieron tiempo de pensar en el gran problema,
ni tan sólo de recordar que existía un gran problema, porque tenían que estar siempre estudiando
la teoría del precio de la taza de té.
Keynes volvió a cambiar la pregunta. Comenzó razonando en términos de Ricardo: el producto
global, y ya no tiene sentido preocuparse de una taza de té. Cuando se razona en términos del
producto global, los precios relativos quedan diluidos, incluso el precio relativo del dinero y del
trabajo. El nivel de precios entra en el planeamiento, pero solo como complicación, no como
cuestión esencial. Si tiene una cierta práctica en el manejo de la bicicleta de Ricardo no tendrá que
detenerse a pensar cómo proceder en este caso, simplemente siga adelante: se prescinde de la
complicación hasta haber resuelto el problema central. Conque Keynes comenzó por quitar de en
medio los precios monetarios. La taza de té de Marshall se hizo humo. Pero si no podemos
valernos del dinero, ¿qué unidad de valor tomaremos? Una hora-hombre de trabajo. Es la medida
de valor más asequible y razonable, de modo que, lógicamente, se adopta. No es preciso
demostrar nada, sólo hacerlo y ya está.

Como puede ver, volvemos a plantearnos los grandes problemas de Ricardo y estamos utilizando
la unidad de valor de Marx ¿De qué se queja, pues? Por amor de Dios, no mezcle a Hegel en esto
¿Qué pinta Hegel entre Ricardo y yo?

Joan Violet Robinson


Arriba
 Perfil  
 
Mostrar mensajes previos:  Ordenar por  
Nuevo tema Responder al tema  [ 1 mensaje ] 

Todos los horarios son UTC [ DST ]


¿Quién está conectado?

Usuarios navegando por este Foro: No hay usuarios registrados visitando el Foro y 1 invitado


No puede abrir nuevos temas en este Foro
No puede responder a temas en este Foro
No puede editar sus mensajes en este Foro
No puede borrar sus mensajes en este Foro

Buscar:
Saltar a:  
phpBB2 Czar-Orange Theme © CirtexHosting
phpBB3 Czar-Orange Theme © Shadow_One
Powered by phpBB © 2000, 2002, 2005, 2007 phpBB Group
Traducción al español por Huan Manwë
     
Aviso Legal  |  Política de Privacidad  |  Contacto  |  Licencias de Programas  |  Ayuda  |  Soporte Económico  |  Nodo50.org