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 Asunto: El supremacismo masculino
NotaPublicado: 14 May 2018, 18:34 
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https://www.lamarea.com/2018/05/13/el-supremacismo-masculino-la-renovada-reaccion-de-la-extrema-derecha-contra-las-mujeres/

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El supremacismo masculino: la renovada reacción de la extrema derecha contra las mujeres

En una sociedad patriarcal por definición la misoginia y el machismo son un problema estructural, afectan a todas las ideologías y estratos sociales, a todas las corrientes de pensamiento en mayor o en menor medida. Sin embargo, la nueva ola reactiva que ha surgido contra el feminismo y las mujeres, enmarcada en el supremacismo masculino, tiene una especial predominancia en la extrema derecha, sobre todo en sus declaraciones más radicales. Nuria Varela, periodista y experta en temas de igualdad, establece el marco: “La extrema derecha está a la cabeza de la reacción porque la igualdad fractura todos sus principios y su concepto de sociedad pero, en realidad, el patriarcado beneficia al conjunto de los varones. Por lo tanto, la reacción es transversal”

Susan Faludi ya analizó en los años 90 las reacciones patriarcales contra los movimientos feministas cuando se intuía que las mujeres podrían alcanzar ciertas cotas de igualdad. En su obra Reacción. La guerra no declarada contra la mujer moderna analiza las diferentes formas en que esa manera de pensar se conforma y lo peligrosa que es por su capacidad de adaptarse: “La reacción antifeminista no se desencadenó porque las mujeres hubieran conseguido plena igualdad con los hombres, sino porque parecía posible que llegaran a conseguirla. Es un golpe anticipado que detiene a las mujeres mucho antes de que lleguen a la meta”.

La reacción misógina contemporánea se diferencia entre las distintas ideologías por el modo en el que se hace pública y concreta, por su agresividad y virulencia. Alba González Sanz, escritora e investigadora experta en historia del feminismo, lo atribuye a las diferentes formas de la cultura política de cada ideología: “Como es una reacción patriarcal es intrínsecamente transversal pero hay, claro, diferencias relacionadas con la cultura política del sujeto que emite esos discursos: en la izquierda (entendiéndola en un sentido amplio) hay ciertos consensos muy elementales sobre el respeto a los derechos humanos, la defensa de lo público, el principio de redistribución de la riqueza, etc., que dificultan quizás el descaro de quienes asientan esto desde ideologías en marco competitivo, neoliberal e individualista.”

La persecución furibunda contra la víctima de La Manada ha alcanzado en España su máxima expresión en redes minoritarias de extrema derecha que hacen aflorar un sentir extendido pero sin capacidad para expresarse de forma abierta en la opinión pública. Sin embargo, estas expresiones de odio se ven legitimadas por comentarios que refrendan sus posiciones en algunos medios de comunicación y por parte de líderes de opinión que, además, se sustentan en la posición política de algunos partidos conservadores que han promovido estos comportamientos.

Votos particulares como los del juez Ricardo González, columnistas que aprovechan para llamar histéricas e irracionales a las que protestan, o fundadores de partidos con aspiración de gobierno y espacio en grandes medios sirven de caldo de cultivo para la contrarreforma machista que irremisiblemente va unida a cualquier movimiento feminista emancipador a lo largo de la historia. Ni es novedad, ni es desconocido por el movimiento feminista, aunque muta y adquiere diferentes formas de concreción a nivel global y local.

Es importante dejar claro que el movimiento reactivo contra el feminismo que hemos presenciado estos días ejemplificado en el ataque a la víctima de La Manada no es algo novedoso, solo la exaltación radical de un movimiento contrarreformista que lleva acompañando al feminismo desde que comenzó a reivindicar sus posiciones. Alba González Sanz lo expresa así: “La reacción no es una novedad, simplemente ahora debe mostrarse de forma virulenta porque necesita reaccionar a un discurso que desde la pluralidad de los feminismos pone en cuestión el privilegio y el orden del mundo”.

Los movimientos feministas de emancipación en los años 70 siempre se encontraron con movimientos reactivos que intentaban evitar que la liberación de la mujer se concretara. Uno de sus ejemplos paradigmáticos es el veto que impulsó Richard Nixon en 1972 sobre una propuesta aprobada en el Congreso de una ley de cuidados infantiles para familias con bajos recursos, la denominada Comprenhesive Child Developement Act, que buscaba liberar de ese trabajo a las mujeres norteamericanas. El que fue uno de los grandes triunfos del movimiento feminista en esos años fue derribado por la reacción. El entonces presidente de EEUU argumentó que no quería que sus mujeres fueran como las de los países soviéticos, sino las que cuidaran de sus hijos.

En la actualidad, una de las maneras en las que la contrarreforma machista está ordenando sus elementos de ataque para acabar con la nueva ola feminista que se está viviendo en España bebe de lo que sucedió en EEUU con la llegada al poder de Donald Trump. Una involución cimentada en el supremacismo. No solo el racista, sino en mayor medida articulada a través del supremacismo masculino que crece en redes sociales, algunos medios de masas y libelos de odio.

Exaltación radical del machismo

El supremacismo masculino es una corriente de pensamiento que considera a la mujer genéticamente inferior al hombre y establece que su papel en la sociedad está limitado a la reproducción sexual, como mero objeto dispuesto a servir al disfrute del hombre. El supremacismo masculino no es más que una exaltación radical del machismo, la gradación máxima de una sociedad patriarcal como la que habitamos. Para la Southern Poverty Law Center (SPLC) esta corriente ideológica tendría que ser considerada una ideología de odio, al igual que cualquier pensamiento supremacista. No existe diferencia entre considerar ser superior a una raza o a un género.

No es una simple casualidad la preeminencia del fenómeno Trump en la representación que el supremacismo masculino tiene también en España. La victoria del actual presidente de EEUU se cimentó en los WASP (hombres blancos anglosajones y protestantes) que tuvieron su expresión máxima en Internet en vertederos de odio, articulados a través de medios como Breitbart, como explica Jaime Rubio Hanckok en un artículo en Verne.

Este supremacismo masculino es una representación de lo que Rosa Cobo denomina “Los nuevos bárbaros del patriarcado”, que es la manifestación más agresiva del sistema misógino reactivo. La publicación de los datos de la víctima en redes sociales y foros copados por la extrema derecha como Forocoches, Burbuja.Info, The Daily Stormer o La Tribuna de Cartagena son un ejemplo muy concreto de este supremacismo en España. The Daily Stormer es una copia española de la web nazi norteamericana del mismo nombre que a su vez imita a Der Stürmer, el tabloide nazi de los años 30 dirigido por Julius Streicher. Por otra parte, el director del libelo con nombre de la ciudad española es un ex falangista con ganas de notoriedad al que por esa misma razón ni mencionaremos.

La frustración que sienten algunos hombres que no son capaces de entablar relaciones con las mujeres conforma la ideología del supremacismo masculino concretada en los años 70 en organizaciones como el MRM (Men’s Rights Movement), y ahora forma parte estructural de movimientos como los MGTOW (Men Going Their Own Way) y los tristemente conocidos últimamente INCELS (célibes involuntarios), una comunidad a la que pertenecía el autor del atentado terrorista en Toronto que causó diez muertos en un atropello masivo el pasado abril. Representaciones extremas minoritarias, pero con un peligro más extremo aún: el de lograr la hegemonía política al poseer unas líneas discursivas con capacidad potencial de éxito en amplias capas de la sociedad que sienten esas reivindicaciones antifeministas como propias.

El peligro de hegemonía del supremacismo

Pilar López Díez, doctora en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid, establece la razón por la que esta idea del supremacismo masculino tiene muchas posibilidades de hacerse fuerte: “La ideología de la supremacía masculina ha sido tan poderosa y generalizada, tan incrustada en la parte masculina de la población, en todos los sectores sociales, que creo que forma parte del ADN masculino, y que quienes se alejan de ella son un sector muy minoritario”. Es precisamente esa la clave que hace del supremacismo masculino una ideología de odio con mucho riesgo que convendría no minusvalorar.

Que la extrema derecha tenga la voz dominante en España en lo que respecta al supremacismo masculino no debe obnubilar la razón para pensar que es un movimiento minoritario de inadaptados que solo son capaces de expresarse bajo el anonimato en redes ocultas de internet. El machismo, como elemento estructural de la sociedad, posee los mimbres para que ese pensamiento tenga posibilidades de mantenerse y ganar adeptos en un país inmerso en pleno proceso de contrarreforma conservadora. Si bien el movimiento feminista parece tener ganada la posición en la batalla de la opinión pública, surgen de forma cada vez más notoria opiniones muy a tener en cuenta en elementos discursivos que tienen la posibilidad de hacerse hegemónicos. Así lo cree también Alba González Sanz: “Por desgracia pienso que puede tener mucho calado: el discurso del pobrecito hombre blanco occidental con el que las mujeres no quieren tema tiene campo amplio para expandirse. Y es más fácil culpar al ‘otro’ por antonomasia, al que culturalmente e históricamente está construido como opuesto, que ponerse a analizar las estructuras del poder o del dinero. Es una salida de victimismo fácil y con arraigo milenario en la misoginia”.

El proceso de conformación de la reacción actual en España es similar al estudiado por Faludi en su obra publicada en los primeros años de la década de los 90: “El actual proceso de reacción contra el feminismo empezó a manifestarse, de un modo marginal a finales de la década de los setenta entre la derecha evangelista. A comienzos de la década de los ochenta la ideología integrista se había hecho dueña de la Casa Blanca. Mediada la década de los ochenta, cuando la oposición al feminismo había adquirido ya aceptación política y social, empezó a penetrar en la cultura popular; todos estos hechos coincidieron con señales que hacían presagiar que las mujeres estaban a punto de conseguir logros importantes”.

Existen dos niveles de antifeminismo en la opinión pública enmarcados en el supremacismo masculino. Uno, el radical, marginal y extremo, y otro, el moderado, sensato y aceptable. El primero necesita del segundo para aceptar la preeminencia y la hegemonía. Susan Faludi explicaba cómo los líderes antifeministas radicales de la nueva derecha reaccionaria necesitaban a los segundos para que sus ideas prosperaran: “Para difundir sus ideas a escala nacional necesitaban cabezas parlantes menos apocalípticas y más centradas, intermediarios pulidos por el contacto con los medios de comunicación y provistos de credenciales académicas, capaces de traducir sus furiosas diatribas contra la independencia de la mujer en discursos sensatos y convincentes y en libros sesudos y merecedores de críticas elogiosas”.

El moderado, envuelto en una pátina de respetabilidad, puede llamarse Javier Marías, Arturo Pérez Reverte, Jorge Bustos o Juan Soto Ivars. Escribe columnas en el diario El País o El Mundo y no se corresponde a una adscripción ideológica determinada. Comienza en los ámbitos conservadores pero empapa posiciones más progresistas.

Existen multitud de ejemplos de esta representación moderada de la reacción antifeminista tras el caso de La Manada. Francesc de Carreras, el valedor de Albert Rivera en el partido naranja y cofundador de la formación, escribió en el diario de Manuel Mirat una columna titulada Feminismo y nacionalismo en la que dibujaba el feminismo como una ideología irracional y excluyente en la que afloraba, casi sin darse cuenta, la premisa fundamental en la que se basa el supremacismo masculino. El orgullo herido del hombre blanco: “La identidad (colectiva) de la mujer se fundamenta en aquello que la diferencia del hombre y, en muchos casos se afirma, precisamente, contra el hombre”.

Contra el hombre. Esa es una de las consignas que Toni Cantó le lanzó a unas diputadas del PSOE en un debate en el Congreso: “Ustedes han fraguado su idea de igualdad contra los hombres”. Ese antifeminismo naranja se ha visto también en otro de sus máximos exponentes mediáticos, Arcadi Espada, pidiendo que se vean vídeos íntimos de la víctima. Una estructura de pensamiento para valorar si de verdad se merecía que la violaran entre cinco. Si se lo había buscado.

La otra representación es la radical, agresiva y descarnada. Pero que se retroalimenta de medios y representantes políticos que dan legitimidad a sus posiciones. Son la punta de lanza del supremacismo que solos no saldrían de su caverna digital. En Internet se mueven en foros como Forocoches o Burbuja, en chats como 4chan o Discord y en medios minoritarios como The Daily Stormer o La Tribuna de Cartagena ayudados por medios convencionales como El Español, Periodista Digital u Okdiario, que les facilitan el trabajo insultando, humillando o despreciando al movimiento feminista. Se conforma en supuestas asociaciones de afectados por la ley de violencia de género que se reúnen con Toni Cantó en el Congreso otorgándole falsas estadísticas que el diputado difunde sin contrastar. Se legitima y difunde con peticiones como las citadas de Arcadi Espada.

Las expertas consultadas aportan algunas reflexiones sobre cómo combatir el proceso de reacción machista más agresivo para que no se vuelva mayoritario. Nuria Varela aboga por la “hora de la insumisión” y considera que es necesario poner en cuestión “principios, valores y actitudes aprendidos e interiorizados desde la infancia”. Para Alba González Sanz es imprescindible abordar el problema desde la educación: “Tenemos una educación capitalista y necesitamos otra que vuelva a resituar los valores humanos, los derechos, el conocimiento, en el centro”, además, considera necesario “deconstruir la masculinidad tradicional”. Pilar López Díez defiende un trabajo minucioso, diario, de creación de conciencia feminista entre amigas, compañeras y familiares que contagie a los hombres que tienen a su lado para que evite la propagación del virus del supremacismo masculino: “Un trabajo feminista y revolucionario diario, de creación de conciencia de las demás. Esa conciencia que hace hacer click en las mentes de las personas y que, entonces, a su vez, siguen creando conciencia en las demás.¡He visto a tantas mujeres hacerse feministas y empezar, inmediatamente, a convencer a otras!”


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 Asunto: Re: El supremacismo masculino
NotaPublicado: 14 May 2018, 22:49 
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bueno , esto es generalizar , por que solo la derecha ? yo creo que esto nace es de la crianza , yo he visto izquierdos bien machistas .


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 Asunto: Re: El supremacismo masculino
NotaPublicado: 18 May 2018, 14:00 
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Que se pare el mundo que yo me bajo. ¿INCELS? Pero qué nueva mierda es ésta...

Y encima hoy en día con la Internet que quien no se estrena es porque no quiere.

Hay un fallo en la educación cuando se vive pensando que los demás son sirvientes.

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 Asunto: Re: El supremacismo masculino
NotaPublicado: 18 May 2018, 17:53 
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Es flipante lo de éstos temas.

Esta columna salió hace un año, acerca de la "censura" que sufren los trolls porque les llaman trolls. Está bastante relacionado, aunque es otro ángulo del asunto. No habla solamente de anti-feminismo. Pero en cierto modo la misma "batalla cultural" de fondo; y el cómo se forman ciertas corrientes de opinión en los medios y en la sociedad. al final cosas como lo de Arcadi Espada y los videos de la manada es otra prueba más de lo que decía éste columnista aquí. Escoria humana

http://ctxt.es/es/20170524/Culturas/12930/poscensura-Juan-Soto-Ivars-redes-sociales-libertad-expresion-CTXT.htm

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Escenas de la guerra cultural en el extremo centro comercial
Adular al superior, ofender al inferior y quejarse por la indignación del ofendido: he ahí la fórmula del ascenso social en el escalafón intelectual de nuestro tiempo

Atención: lo que viene a continuación no es una reseña de Arden las redes, el libro de Juan Soto Ivars del que usted, muy probablemente, ya se ha formado una opinión. Lo que sigue es una reseña de reseñas y entrevistas producidas con ocasión del lanzamiento editorial de Arden las redes, el libro de Juan Soto Ivars del que usted, muy probablemente, ya se ha formado una opinión a través de alguna de esas reseñas y entrevistas. El libro no es más que la excusa argumental de este artículo, del mismo modo que, en el mercado de las ideas, el libro no es más que la excusa argumental de esas reseñas y entrevistas.

El núcleo del libro de Soto Ivars, y de todo el tinglado informativo que se ha montado a su vera, es el concepto de “poscensura”: “Un sistema represivo que no requiere leyes ni Estado censor, y que impone sus prohibiciones infundiendo el miedo a ser catalogados como traidores” (“De la posverdad a la poscensura: obsesionados con no ofender”, El Mundo, 30 de abril de 2017). En numerosos artículos y entrevistas ha glosado Soto Ivars ese concepto, alertando de una proliferación de “linchamientos digitales” que “amenaza con enmudecernos a todos”: “Ser criticado, atacado, insultado, boicoteado, condenado, multado, penado, despedido de tu empleo… Eso sucedía antes con la censura franquista, y ahora con la poscensura” (La Vanguardia, 11 de mayo de 2017). Aunque menudea con casos de “poscensura” de derechas o conservadora, es más generoso en ejemplos de intolerancia de izquierdas, esto es, “linchamientos” contra personas calificadas de machistas, racistas u homófobas por parte de “pajilleros de la indignación”.

El extremo centro, con sus rituales para advenedizos y todo su catálogo de postonterías, ha dejado de ser un lugar ideológico para convertirse en una modalidad de autopromoción

El concepto de “poscensura” ha sido recibido con aplausos y alharacas por decenas de presuntas víctimas de “linchamientos digitales” que no han perdido un instante en salir disparados del armario a contarnos sus vidas. Esta es una de las virtudes de las tesis de Soto Ivars: su capacidad para concitar el autorreconocimiento de una parte muy importante de su público, precisamente esa parte en la que viven periodistas, críticos, columnistas y gente que es las tres cosas a la vez. Es difícil leer Vida y destino y exclamar: “¡Eso me pasó a mí!”, pero con Arden las redes es, visto lo visto, facilísimo. Quien no ha aprovechado la ocasión para contarnos su experiencia (“Como cualquier persona con un poco de proyección pública, he sido víctima de la poscensura”, confesaba un empático Sergio del Molino), ha aprovechado para imaginársela (“Yo mismo no estoy en las redes sociales pero no soy tan tonto como para ignorar que allí me daña una escoria que es más ‘norma’ que yo”, conjeturaba un ¿envidioso? Ignacio Vidal-Foch). Hasta yo podría apuntarme un tanto contándoles mi fugaz encontronazo con Barbijaputa. Todo sea por situarse del lado de las víctimas, mucho más vistoso y venturoso que el de los verdugos.

Cierto que estas adhesiones se producen porque en la situación descrita hay un fondo de verdad: que en las redes sociales se expresa con total libertad una gran cantidad de cretinos, que se profieren sentencias e insultos de más que dudoso gusto, y que el volumen de exabruptos y estupideces es mayor del que sería saludable toparse a lo largo de toda una vida. Lo que cuesta más creer sin un análisis cuantitativo que lo sustente es: a) que ese conjunto de comportamientos sea mayoritario entre los usuarios de las redes sociales; b) que ese conjunto de comportamientos sea más frecuente en las redes sociales que fuera de ellas; y, especialmente, c) que ese conjunto de comportamientos sea revelador e ilustrativo de las carencias sociales e intelectuales de una mayoría social denominada habitualmente “la masa”, “la chusma” o “la gente”.

Adversus populistas

“El comunismo ya no es el enemigo principal de la democracia liberal –de la libertad– sino el populismo”. Así de contundente se expresaba Mario Vargas Llosa en El País (“El nuevo enemigo”, 5 de marzo de 2017), y si algo hemos aprendido últimamente es que, cuando Vargas Llosa se pone contundente, hay que tomárselo en serio. Fundamentalmente por su condición de prima donna del pensamiento áulico en España desde hace dos decenios, pero también por su innata capacidad para forjar apotegmas incontestables a partir de obviedades o generalizaciones de escaso o nulo contenido empírico. Pero hay que ser justos con Vargas Llosa: su lugar en la cúspide de la cadena trófica intelectual es, hablando con propiedad, un no-lugar. Su función es puramente decorativa, como la de un rey emérito, pero no genera opinión en el sentido instrumental del término: a lo sumo solemniza la opinión hegemónica del momento, vistiéndola de chaqué y exponiéndola al aplauso. El trabajo sucio lo hacen otros.

La construcción del enemigo populista es una labor de equipo en la que colaboran los think tanks de los grandes partidos-empresa, los consejos de administración de periódicos y cadenas de televisión, y las nuevas milicias intelectuales organizadas en grupos de afinidades e intereses. Nada nuevo. Tampoco debería sorprendernos, en este contexto, la resurrección del cliché más gastado de la ya vieja nueva derecha, a saber: la “dictadura de lo políticamente correcto”: “Se impone (es decir, domina) lo políticamente correcto sobre una gran cantidad de personas que no son conscientes de su alcance y gravedad: son embaucadas (sinónimo de manipuladas, como es sabido) por el aura buenista en que se oculta este movimiento totalitario […] El totalitarismo de lo políticamente correcto promueve y triunfa, en efecto, sobre […] una inmensa muchedumbre de gente que certeramente ha sido denominada hombre-masa o, simplemente, masa” (Manuel Ballester, “Lo políticamente correcto o el acoso a la libertad”, FAES, abril-junio 2012). La demonización de las redes sociales como lugar virtual donde esa masa bruta e ignorante se concentra y ejerce su poder represor contra individuos libres e informados forma parte de la misma estrategia.

¿Cómo actúan esas masas alienadas y manipuladas por la “dictadura de lo políticamente correcto”? “Mi respuesta es que la hiperconexión de las sociedades democráticas nos ha sumido en una guerra intransigente de puntos de vista, en una batalla cultural de batallones líquidos, a los que uno se adscribe sin más compromiso que la necesidad de que el grupo le dé la razón, y que un nuevo tipo de prensa sensacionalista promociona y legitima estos sentimientos exacerbados, de forma que el debate racional es prácticamente imposible en el entorno de las redes sociales. Éstas se han convertido en un canal por el que la ofensa corre libremente hasta infectar a los periódicos, la radio y la televisión. Las masas se levantan en grupos que exigen, según lo que afecta a sus sensibilidades, recortar la libertad de expresión” (Juan Soto Ivars, Arden las redes: La poscensura y el nuevo mundo virtual). A pesar de algunas expresiones (“hiperconexión”, “batallones líquidos”) que dan aroma a megamodernez, la estructura argumental de este discurso no es demasiado novedosa: recorre la literatura sociológica de signo conservador desde hace casi dos siglos. Así se expresaba Gustave Le Bon en 1895: “Los sentimientos buenos o malos, manifestados por una masa, presentan la doble característica de ser muy simples o muy exagerados. En este aspecto, así como en tantos otros, el individuo-masa se aproxima a los seres primitivos. Inaccesible a los matices, ve las cosas en bloque y no conoce transiciones. En la masa, la exageración de un sentimiento está fortalecida por el hecho de que, al propagarse muy rápidamente por sugestión y contagio, la aprobación de la que es objeto acrecienta su fuerza de modo considerable” (Psicología de las masas). Irracionalidad, tendencia a la exageración, simpleza, búsqueda de la aprobación del grupo: los batallones líquidos de Soto Ivars se comportan igual que las masas proletarias estigmatizadas por Le Bon, Taine y otros nostálgicos del Antiguo Régimen.

El concepto de “poscensura” ha sido recibido con alharacas por decenas de presuntas víctimas de “linchamientos digitales” que no han perdido un instante en salir disparados a contarnos sus vidas

El catalizador de las descargas de furia e indignación de las masas tuiteras sería, como hemos adelantado, la ideología de lo políticamente correcto. De nuevo se echa en falta un análisis riguroso de la influencia de esta ideología en la sociedad española, pero pasémoslo por alto en aras de la brevedad y el buen rollo. Me parece más urgente preguntarnos a quién le supone un problema que una Consejería de Educación difunda un manual destinado a erradicar la discriminación por razón de género, raza u orientación sexual. ¿Qué libertad en concreto se está atacando cuando se recomienda o incluso se impone el uso de terminología inclusiva en el lenguaje burocrático? ¿Hemos oído hablar de las “normas de etiqueta”? ¿Aceptaríamos con total naturalidad que un funcionario se dirigiera a un ciudadano llamándole “eh, tú, hijo de la gran puta”? La extirpación de expresiones ofensivas en las comunicaciones oficiales de la administración, y su progresiva extensión a otros contextos comunicativos, no parece un objetivo demasiado censurable, a no ser que uno tema que por el camino le sean cercenados unos cuantos privilegios que hasta ahora detentaba por razón de género, raza u orientación sexual.

El hecho de que la extensión de la democracia conlleve la incorporación progresiva de colectivos e identidades al disfrute de los derechos constitucionales y a la ocupación del espacio público, implica que esos colectivos e identidades hasta entonces subalternas adquieran y ejerciten una autoestima de la que carecían. Teniendo en cuenta que la ideología sustentadora de las democracias modernas nos atribuye derechos a todos y cada uno de nosotros, la oposición frontal a las exigencias de reconocimiento de esos colectivos tradicionalmente excluidos (mujeres, homosexuales, personas de raza no blanca o religión no cristiana) no puede recurrir a mecanismos de legitimación de privilegios que se consideran extintos o de mal gusto (la pureza racial, la gracia divina, la virilidad), de modo que, al no poder atacar los fundamentos teóricos y formales de esas exigencias, debe contentarse con embestir contra los modos (intolerantes, exaltados, etc.) en que éstas se manifiestan.

Ocurre, no obstante, que esa denuncia de malos modos, insultos, “linchamientos digitales”, etc., plantea más problemas de los que trata de resolver. Fundamentalmente por su carácter consecuencialista, pues instala en el imaginario social el temor de que, liberada a su capricho, esa masa intolerante actúe despóticamente, despojándonos de nuestras libertades fundamentales. Sin embargo, seguimos esperando a que se produzcan esas brutales consecuencias: al repasar los últimos casos de persecución legal de la libertad de expresión en España (y ojo, esto lo hace Soto Ivars en su libro, lo que lo vuelve todavía más incomprensible), brillan por su ausencia las condenas o secuestros de publicaciones por haber ofendido a algún colectivo discriminado. Lo que abundan son condenas y secuestros de publicaciones por ofensas a la monarquía, a la bandera, a víctimas del terrorismo que no se sintieron ofendidas o a jerarcas de la dictadura franquista. Comparadas con la realidad, las quejas de los “poscensurados” reales o imaginarios tienen mucho de frivolidad. Comparadas con otras realidades no demasiado lejanas, adquieren un matiz obsceno: en lo que llevamos de 2017, en México han sido encarcelados 193 periodistas y 166 internautas, y han sido asesinados ocho periodistas y dos internautas. El último, Javier Valdez, hace tan solo unos días. Uno de sus últimos tuits decía: “Que nos maten a todos, si esa es la condena de muerte por reportar en este infierno. No al silencio”.

Teniendo en cuenta que hasta hace muy poco muchos periodistas españoles sí que estaban en el punto de mira de armas de verdad, la transmutación de valores que se está produciendo es más que sospechosa

Por lo demás, ¿cuál sería el antídoto contra ese veneno totalitario? ¿Cómo limitar esos presuntos ataques a la libertad de expresión sin limitar la libertad de expresión misma? El problema planteado por Soto Ivars, en el supuesto de que fuese un problema, carece de solución. Es más bien la expresión de un pensamiento contradictorio: si yo, haciendo uso de mi derecho a opinar, provoco que tú hagas uso del tuyo para contradecirme, no puedo hacer nada al respecto salvo limitar ese derecho que trato de salvaguardar. Eso suponiendo que no se trate de una ofuscación transitoria y lo que quiera decir es que yo puedo decir lo que me dé la gana pero tú, en cambio, no puedes.

¿De dónde sale, entonces, ese goteo incesante de protestas por la intolerancia de las masas digitales? Es verosímil que en algunos casos sea puro cinismo, o militancia, o cheque al portador expedido por alguna fundación filantrópica de esas que se dedican a elaborar argumentarios para políticos balbuceantes, pero uno se resiste a admitir cualquiera de esas causas o todas a la vez como razón última de tanto espasmo verbal. Teniendo en cuenta, además, que hasta hace muy poco tiempo muchos periodistas españoles sí que estaban en el punto de mira de armas de verdad, no de mentirijillas, la transmutación de valores que se está produciendo últimamente ya es más que sospechosa. Si tuviera mucha prisa por acabar este artículo, echaría mano del comodín Podemos, pero seamos serios: no todo obedece a una campaña orquestada contra ese partido.

La lógica del ‘wannabe’

Al comentar el papel del desprecio y la repugnancia en el trato moderno con las masas, dice Peter Sloterdijk: “Allí donde se tiene que elegir, en relación con un colectivo, entre comunicación vertical (ofensa) y comunicación horizontal (adulación), está en liza algo a lo que llamaremos necesariamente un problema objetivo de reconocimiento […] Negar el reconocimiento significa despreciar, del mismo modo que rechazar y desestimar un posible contacto significa sentir repugnancia” (El desprecio de las masas. Ensayo sobre las luchas culturales de la sociedad moderna). El desprecio se ejerce de arriba abajo: se desprecia al que se siente como inferior, menos valioso que uno mismo, siguiendo las recomendaciones del refranero patrio (“No hay mayor desprecio que no hacer aprecio”) o, en su defecto, de Javier Marías (“Recomendación del desprecio”, en El País, 14 de mayo de 2017). Pero el que es despreciado puede sentirse ofendido, y con razón, al ver su precio rebajado en el mercado común del reconocimiento entre iguales. Especialmente si ese desprecio es deliberado o deliberadamente instrumental. Que tantos artistas del extremo centro ideológico se jacten de haber ofendido a más o menos seres despreciables empieza a ser normal en el ecosistema cultural español, y fortalece esa imagen ilusoria del enemigo como masa rencorosa y vengativa.

La adulación, en cambio, funciona de otra manera. Y a pesar de lo que piensen Sloterdijk, Errejón o Pérez-Reverte, cada uno desde su propia trinchera, la adulación horizontal (esto es, entre iguales) o de arriba abajo (del líder a la masa) no acaba de dar fruto en las democracias avanzadas salvo cuando se ha consumado la construcción de ese “pueblo” indistinto al que dirigirse. Lo más parecido a esto que hemos experimentado últimamente es la victoria electoral de Donald Trump, pero ni siquiera en los Estados Unidos estamos cerca de alcanzar los niveles de masificación deseables para que el populismo pueda ser considerado efectivamente un enemigo de la democracia, y en cualquier caso, como vemos, la construcción de ese “pueblo” que devendrá objeto de la adulación populista es una tarea a la que se aplican con más primor las derechas que las izquierdas. La indignación de la que se quejan tantos damnificados por la dictadura de la intolerancia es más plural de lo que desean hacernos creer, mucho más fragmentaria de lo que presupone la caricatura de una multitud con antorchas.

La adulación, en nuestro caso, es inevitable y lamentablemente vertical y en sentido ascendente: se adula a los superiores, a los que pueden aliviar nuestras penurias económicas, a los que tienen la llave de nuestro éxito. En la pirámide del prestigio social, hay adulados y ofendidos, pero curiosamente el adulador y el ofensor suelen ser la misma persona. A riesgo de colar aquí una observación particular sin mayor trascendencia ni valor probatorio, he de decir que los ejemplos más nauseabundos de peloteo público que he visto en muchos años los he leído en las cuentas personales de Twitter de muchos de esos cruzados de la libertad de expresión que nos alertan a diario del peligro que corremos de volvernos todos iguales. En busca de la distinción propia, y de la aprobación de los mejor situados, es como se emprenden muchas de esas campañas que, al más puro estilo de matón de colegio, comienzan con un gesto ofensivo (como llamar “idiota” a una musicóloga sin dar más explicaciones, o “político con horizontes de mierda” a Lluis Llach, como hizo recientemente Soto Ivars, quien por lo visto no considera que eso sea insultar ni linchar públicamente a nadie). El gesto puede quedarse en eso, en gesto, o aspirar a convertirse en gesta (no hagamos sangre: lo de Christina Hendricks ya lo iremos olvidando), pero lo que se busca en todo caso es que el interpelado se ofenda, se encienda y salte sobre el ofensor, el cual tendrá entonces la oportunidad de venderse a sí mismo como víctima de la masa intolerante y por tanto como individuo especial, distinto, distinguido. A mi juicio, es esa forma de automarketing la que explica por qué tantos jóvenes sin especial talento se apuntan a denunciar al enemigo feminista, al multiculturalismo o al lobby gay (táchese lo que no proceda) que les impide brillar como se merecen.

El extremo centro, con sus rituales para advenedizos y todo su catálogo de postonterías, ha dejado de ser un lugar ideológico para convertirse en una modalidad de autopromoción. Adular al superior, ofender al inferior y quejarse por la indignación del ofendido: he ahí la fórmula del ascenso social en el escalafón intelectual de nuestro tiempo. Que con ello se le haga el juego al pensamiento conservador y se convierta uno en lacayo de unas elites aterrorizadas por la pérdida paulatina de sus privilegios puede ser una consecuencia no deseada de esa estrategia o, por el contrario, el resultado de una convicción militante, pero no tengo, de momento, elementos de juicio para inclinarme por una u otra hipótesis.


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 Asunto: Re: El supremacismo masculino
NotaPublicado: 18 May 2018, 18:49 
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Registrado: 10 May 2018, 18:52
entiendo , bueno sinceramente cuando empezó con esa tralla del feminismo pare la lectura , es que me parece algo degradante , me agrada ver a la mujer y al hombre en igualdad de condiciones , no me gusta presenciar un ataque de ningún genero al otro .


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 Asunto: Re: El supremacismo masculino
NotaPublicado: 18 May 2018, 19:24 
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Registrado: 20 Oct 2005, 10:44
Lo tuyo es un ataque a la inteligencia y a la más mínima esencia de un pensamiento revolucionario con tus chascarrillos de cuñado de bar.
En forocoches estarías en tu salsa.
Por favor, cierre la puerta al salir.

_________________
Hay muchos problemas y pocas soluciones.
Muchas críticas, lo sé, y pocas son constructivas.
Kery James - Déséquilibre


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