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 Asunto: la construccion de la subjetividad femenina
NotaPublicado: 08 Dic 2011, 00:36 
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Registrado: 05 Nov 2011, 18:13
Les dejo este texto porque me parece importante analizar como se construye la subjetividad femenina de la subordinacion, y como de esa forma vamos teniendo como mujeres menor margen de poder de desicion sobre nosotras mismas.



Diario de una mujer anarquista

Siempre estuve en desacuerdo en escribir en primera persona. Me parecía que era como negar otras voces, a lxs demás que te rodeaban, como si fueras la única persona que existía y que tenía el derecho de alzar su voz por sobre las demás. Como si lo que tuvieras para decir fuera de vital importancia como para tomar tanto protagonismo y acaparar tanta atención.
Hoy me di cuenta de esa necesidad de hablar desde una, desde la propia experiencia. Porque es desde nuestras vivencias personales, en las que se combinan esos hechos objetivos que le otorgan sentido, significancia a nuestras vidas, a nuestras realidades, que unx ve y habla. Un compañero hace algún tiempo me pedía que escribiera esto para poder entender (me) desde lo subjetivo, desde lo que sentía, para poder identificarse con mi dolor, supongo.
Hoy mi voz es la protagonista. Sin embargo, sé que muchas otras voces de mujeres se verán reflejadas porque son realidades que compartimos, y por la cual luchamos para superarlas. Espero que dispare otros diarios, sé que tenemos mucho para decir. Este escrito es para ellas, para que juntas reflexionemos. En segunda instancia es para ellos, para que se desenmascaren y vean desde que lugar estamos hablando cuando los denunciamos, y también cuando sufrimos en silencio.















La vida en familia. El inicio de mi historial de violencia
Desde muy chica me di cuenta de lo poco que se asemejaba mi realidad al mundo de princesas y príncipes que veía a través de las pantallas, que leía en los cuentos. La princesa siempre convaleciente esperando que el valeroso ciudadano perfecto, siempre perfecto, la rescatara de ese mundo de tinieblas. La felicidad íntegra después de ese encuentro.
Después de que las dos horas de rodaje se acaban, claro, escuchar detrás de la puerta como mama y papa discuten. No solamente discuten, sino que la voz de papa se escucha mucho más fuerte, la de mama se mezclan con llantos, es indescifrable lo que dice, no la entiendo a pesar de que hago esfuerzo por escuchar.
Y que a los gritos le sigan los golpes a la mesa, o las cosas que se van rompiendo mientras papa las tira con furia hacia el piso es algo predecible para mí. Es lo que viene después. Y después de ese “después” es fácil adivinar qué es lo que falta, lo estoy esperando. Y lo hago porque esto ya ha pasado otras veces, otros fines de semana, otros domingos. Esto es parte cotidiana en mi vida intrafamiliar, pero corresponde solo a este plano, porque nadie más sabe, salvo yo y mi mama que esto está pasando.
Después de contar esto se desprenden dos cosas. Una son los gritos de papa, lo que decían. Lo fuertes que eran esas palabras, que después yo las repetía justificando los golpes. Mamá que no acompaña a papá en los problemas económicos que atravesamos. Que cada vez son más deudas y deudas, créditos que son infinitamente interminables, las refinanciaciones, y el “¿cómo se pagan?”
Los tres vivíamos en una casa que corresponde a propiedad del Estado. Mi papá es trabajador estatal, sereno de una Universidad, y también empleado de mantenimiento de ese lugar. Mi mamá obrera textil de una importante empresa privada, que después de la crisis del 2001 cierra y que por iniciativa propia continúa trabajando como cooperativista en un pequeño taller con algunas compañeras. Su sueldo disminuye considerablemente, por lo que se agrega al discurso de mi viejo el “deja de trabajar ahí, si lo que aportas no sirve”.
Y todas esas palabras, yo sin quererlo las voy agregando a mi discurso, las hago propias. “¿Por qué mama no se calla?, ¿Por qué le contesta?, que se calle así papá para”. Es ahí donde se desprende lo otro que antes había mencionado, la rebeldía incesante de mi vieja, sus deseos de liberarse y una lucha que emprende completamente sola.
En todas las vivencias que recuerdo, en las imágenes que guardo, y que ahora de grande las vuelvo a explorar y re significar, me encuentro siempre temerosa, cuidando cada paso, cada palabra para no “provocar” la ira de papá, su enojo. Me siento identificada en el dolor cuando mi mamá es arrastrada por la tierra de los pelos, y luego es apedreada. Quiero que pare.
Me siento asombrada cuando mi vieja recibe violencia estando embarazada de mi primer hermanita. Y escucho y asimilo a mi subjetividad el “¡otro hijo más trajiste!, ¿y ahora cómo vamos a hacer?”. Y con ese discurso la relación directa entre la mujer y sus hijxs, que aparentan no ser hijxs del hombre. Y de a poco yo me voy formando con esa violencia de todos los días, me voy haciendo más vulnerable a recibir violencia de otros hombres en el futuro, voy aprendiendo a respetar la palabra de una figura masculina más que la de una compañera. Naturalizo gestos intimidatorios, malos tratos. Conozco la culpa, siento culpa hasta por haber nacido y siento que si mi mamá no me hubiera tenido no estaría atada a mi viejo que le causa tanto dolor. Esto último se acentúa cuando la carga no es solamente una hija, sino tres. Las tres mujeres, ¿casualidad del destino?
Empiezo a sufrir por los demás. Sufro y siento culpa. Padezco la tortura de mi mamá de tener que dormir y vivir en el mismo techo que mi viejo. Mi vieja preguntándome, siendo una niña, que pasaría si ellos se separaran. Yo pienso que es lo mejor que nos podría pasar, pero también en la ausencia de la figura paterna que tendría mi hermanita. Y claro, ahora esto suena ridículo.
Y sufro por cada golpe a mis hermanitas, pero ya no por los míos. Porque ya son costumbre, porque es lo que merezco por estar ahí, por ser su hija. Y estoy metida en un submundo de terror, y vivo dos mundos paralelos. Mis amigas de clase media no están en la misma que yo, pero ellas son mi refugio y con ellas encuentro el placer de vivir.
Sin embargo, frente a la hegemonía del patriarca de mi mamá, que hasta la adolescencia será también el mío, se contrapone la lucha por la propia supervivencia de mi vieja. Y eso, de alguna forma, también lo voy asimilando.
Pero lo voy desviando a otras formas, y me digo a mi misma que nunca voy a ser como mi mamá, que a mí nunca me van a golpear, que nunca me va ni me tiene que pasar todo esto a mí. Que por eso no me tengo que casar, ni tener pareja, ni hijxs. Por eso aborto. Porque eso impediría que pueda tomar decisiones en mi propia vida, sobre lo que yo quiero hacer. Que lo peor que podría pasarme es ser obrera textil, por asociarlo a un trabajo muy femenino, y muchos etcéteras.
Y hoy, con 21 años, siendo obrera de la alimentación me siento más cerca que nunca de mi mamá. Porque ahí me encuentro todos los días con otras como ella. Y ahora sí, a ellas las puedo ayudar. Y ayudarlas es ayudarme a mí misma. Y eso es anarcofeminismo.
Y ahora veo que no se necesita haber vivido los años ´70 para conocer la tortura, porque cada mujer la recibe todos los días, y ahí tampoco nadie hace ni dice nada. Y eso se llama impunidad.

Formando (me) mis propios patriarcas
Después de haber absorbido los principios y valores que me inculcaron en el seno familiar salgo al mundo, al fin, escapando. Y lo hago con profundos deseos de cambiar este mundo, para que otras y otros como yo no tengan que sufrir lo que viví. Y ese el principal argumento de mi Revolución.
Y ahora que soy grande, me enfrento a cosas que no estaban detalladas en ningún libro y voy improvisando, y sigo aprendiendo. Y me viene a la mente el recuerdo de mi primera vez, que también fue la vez primera de él. A pesar de que me dolía solamente necesitó decir “aguantá, ya termino” para que yo no hiciera nada para finalizar con mi dolor, que solamente aguantara, como lo había hecho siempre. Ahí entendí que el principio y el fin de un acto sexual lo determinan ellos, no vos.
Y en el camino, en un momento de debilidad, encontré a la arcilla perfecta que creí poder modelar, quien sería mi compañero por dos años. Era mi proto padre, mi papá en germen, lo supe desde siempre. Creí que si lo agarraba a tiempo podría cambiarlo, pero hoy el tiempo me demuestra lo contrario. El amor no lo cura todo, me creí Jesucristo. Después entendí que el machismo no es una enfermedad que necesita cura, es una forma de vida que uno elige o legitima al mirar para otro lado.
Con él practiqué y reviví todo lo que fui consumiendo en mi infancia. En el plano de la cotidianeidad de la relación yo tomaba mis propias decisiones, es por eso el hecho de la relación abierta. Queda demostrado que las formas no son todo, como la asamblea no es nada por sí sola.
Así es que reprimí las prácticas de sumisión llevándolas al plano sexual, casi sin saberlo. Quería sentir miedo, ese miedo de morir, de sentirse sin aire, probar los limites, el “hasta donde llego”, pero de una forma más segura, la situación estaba “bajo control” (¿de quién?, hoy me lo pregunto). Que me tire del pelo, que me pegue, poner sus manos en mi cuello, que me ahorque, que me tape la boca, que no me deje hablar, que mi palabra no valga, solo la de él, que me denigre como mujer en múltiples formas: putita, que me haga decírselo, para que yo también me lo crea.
La creatividad fluía, que haga conmigo lo que quiera, que me termine adentro, que reafirme su poder y dominio sobre mí todo el tiempo que quisiera, si él sabía que lo tenía. Y cada vez que siento más miedo, siento más placer. No los puedo disociar. Me duele y me siento bien, mientras más sometida mejor.
Después se agregó ahogarme con un almohadón, invención suya. No solamente no podía moverme, no podía hablar, ni respirar, ni ver. Solamente sentir. Era y es un sentimiento y sensación de contradicción todo el tiempo, un doble juego operando en mi subjetividad.
Y ante una muestra fingida de rebeldía, iba un golpe, una cachetada, un “quedate quieta”, también actuado. ¿Actuado?
La relación en crisis. El lazo de unión afectivo-sexual puesto en cuestión. Tres nuevos actos sexuales de similares características. Pero a estos, dentro del contexto de separación los percibo más violentos. Ahogarme con la almohada, con sus manos en mi cuello, taparme la boca, y su última frase: “acá mando yo”. Dignas palabras de un anarquista. Ahí es cuando me pregunto si los dos éramos actores en ese repertorio.




Palabras finales
No hago el texto con el objetivo de victimizarme. Siento como mujer que no soy una máquina que tiene un chip insertado de sumisión. Muchas acciones las hago conscientemente, con el “sé que no debería” presente todo el tiempo. Hay otras que no.
Quería contar todo esto para que entiendan que el lugar desde donde (nos) pensamos, es un lugar de opresión de nuestra subjetividad, por sí todavía no había quedado claro. Muchas cosas las queremos decir, pero no podemos. De a poco, en el camino de deconstrucción del patriarcado que para nosotras representa reafirmarnos como individuas de derecho, como sujetos, vamos aprendiendo a plantarnos, a no dejar pasar ciertas cosas. Lastimosamente, una forma muy recurrente en los últimos tiempos ha sido aprender a los golpes. Sería bueno que los compañeros hagan un balance, y se vean así mismos también en retrospectiva.
Declararnos ideológicamente anarcofeministas no implica para nosotras que tengamos poder de decisión sobre nuestras vidas, si no que asumimos la doble tarea de liberarnos de la doble explotación. Ustedes compañeros, también tienen una tarea pendiente. Yo no la voy a explicitar, ni voy a dar nada por obvio. Encuentren sus propios espacios de reflexión y autocritica si es que verdaderamente les interesa la opresión que vivimos y nos ven como pares. Y si simplemente toman al anarcofeminismo como algo “progre”, o como un deber quedar bien, ni se molesten, desmascárense, porque a nosotras nos desgasta.
En el último tiempo un paso en la conciencia de un compañero que ejerce violencia sobre una compañera, significó dos pasos de avance más diez de retroceso en la compañera. Hay situaciones que son muy evitables. Y el tome de conciencia no se trata de reprimir nuestro machismo que luego se redirecciona hacia formas más perversas de dominación, mas difíciles de desentrañar.
Entre tanta humareda de desconcierto la única salida que veo posible ante tanta represión hacia nuestras mentes y nuestros cuerpos, es el fortalecimiento de nosotras mismas, entre nosotras mismas. No como un grupo de terapia, pero si como un lugar de encuentro para el análisis y la denuncia que se reflejen en actos concretos que permitan propagar la conciencia para todas y todos.


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Traducción al español por Huan Manwë
     
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