
Aprovechando el guión basado en la novela homónima de Daphne du Maurier, Hitchcock despliega todo su saber tras las cámaras, moldeando situaciones y actores.
Un gran argumento con muchas posibilidades, Hitchcock lo explota con calculados cambios de ritmo: una primera parte en que parece una comedia romántica, una nueva versión de Cenicienta. Pronto esa Cenicienta se encuentra pisoteada psicológicamente, obligándose a competir con la idolatrada Rebeca, la difunta esposa. Una tercera parte, en la que casí se mezcla la intriga y lo policiaco.
Las interpretaciones son realmente buenas, los actores controlan de tal forma la expresión corporal y los pequeños detalles sobre sus personajes, que les hace absolutamente creíbles. Tan sólo el ama de llaves en alguna ocasión parece “exagerada” o sobreactuada.
Joan Fontaine va empequeñeciendo desde que llega a Manderley, encogiéndose cada vez más, y cada vez ocupando menos espacio, sin ocupar más que una parcela de la silla donde se sienta, o el sillón donde reposa. Cada vez más frágil mientras el recuerdo de Rebeca se vuelve fuerte y lo llena todo. Otra mención especial merece Laurence Olivier (Maximilian de Winter), con su porte erguido y serio en todo momento, resultando una caja cerrada.
Pero sin lugar a dudas, lo que hace diferente a esta película, lo realmente interesante de esta película es que la protagonista no aparece en la película, pero está presente de principio a fin. Nos cuentan su historia a través de los que sí están, y a través de la comparación con una joven (Joan Fontaine) sencilla, dulce y, para qué negarlo, sumisa como “toda mujer decente” de la época, a la que ni siquiera nombran. Vive a expensas de su marido, siendo la esposa de Winter, la que debe reemplazar el lugar de la difunta esposa: Rebeca. Pero todos en la mansión, Manderley, se encargan de recordarle que eso es imposible: nadie conseguirá alcanzar a Rebeca en sofisticación, belleza o inteligencia.
En fin, lo único que lamento es no haber leído antes la novela.
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