Cinismo

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El cinismo y la figura de "Autarca", por Nekrosis

Grecia, siglo IV a. C. Las ciudades-estado griegas, fuentes de riqueza intelectual daban a su fin y abrían paso a una Grecia unida bajo el imperio del monarca, primero Filipo (351-336 a. C) y posteriormente Alejandro Magno (336-323 a.C). Si a este cambio de sistema político, de unas ciudades significativamente democráticas a monarquías tiránicas, le sumamos la opresión religiosa comprenderemos el malestar anímico del que eran presa los hombres y mujeres de la época.

En este contexto hacen aparición múltiples escuelas que intentan dar solución a este problema: tales como el escepticismo, el hedonismo, el cinismo y posteriormente el estoicismo. Nos centraremos aquí en el cinismo, que nace de la mano de Antístenes (443-336 a.C). Este discípulo de Gorgias (sofista griego) y Sócrates fundó una escuela llamada Cinosargo (el perro blanco), de donde proviene el nombre de cinismo (del griego kynismós: cinismo; kynós: perro). Pero si a Antístenes se le ha reservado el privilegio de ser reconocido como el fundador, Diógenes de Sínope (412-323 a.C) pasaría a ser recordado como el máximo representante de dicha filosofía.

El que fueran llamados (y se comportaran) como perros fue una de las señas de identidad de éstos maestros de la contracultura para los cuales nada humano merecía el más mínimo respeto. La crítica cínica lo abarca todo: Estado, propiedad, religión, familia, trabajo, sociedad... Además de comportarse como perros vivían como mendigos, siempre con aspecto descuidado, alojándose en cualquier lugar (Diógenes de Sínope era llamado el del tonel dado que éste era el lugar donde vivía).

La filosofía cínica es totalmente antipolítica y antisocial. Diógenes dijo en una ocasión que «los políticos son mayordomos magnificados». Los cínicos nos recuerdan que las leyes son artificiales y existen por coacción, mientras que las disposiciones de la naturaleza son necesarias. Se opusieron a todo proyecto político, no encontrando razón de ser en una autoridad cualquiera, y se declararon «ciudadanos del mundo». Se buscaba una vuelta a la Naturaleza, una forma de vida natural frente al agobio de la organización social.

Dicho esto, se deduce que los cínicos no presentaban ninguna alternativa o proyecto social, y menos político. Esto es correcto, la filosofía cínica tiene por objeto una meta puramente individual, el estado de autarquía. Autarquía viene del griego arkéo: “yo me basto” y se ha definido de forma más extensa como el «medio de liberación de las necesidades externas, es decir, sociales. Se es autosuficiente para poder vivir fuera del Estado, para no depender en nada de la sociedad», en tanto que lo social aparece como perversión de la naturaleza.

Enumerando uno de los ejemplos de la autosuficiencia cínica o autarquía, nos sumergiremos en un ámbito como es el del amor, que a más de uno le apena de forma obsesiva. Diógenes sentenciaba que «los enamorados encuentran su placer en ser infelices». Éste lograba satisfacer el apetito sexual masturbándose en medio del ágora (plaza pública) exclamando: «¡Ojalá el hambre pudiera ser también aliviada con sólo frotarse el estómago!».

Como medio para llegar a la autarquía proponían la ascesis, la renuncia de las pseudo-necesidades que crea la civilización. En palabras de Antístenes: «el equipaje de quien viaja debería ser tal que, caso de naufragio, pudiera nadar con él». Despreciaban el dinero, la fama y la nobleza.

A Diógenes se le recuerdan muchas anécdotas curiosas, acompañadas siempre del sarcasmo y sentido del humor que lo caracterizaban. Cuenta D. Laercio (conocido historiador griego) que «habiéndole uno invitado a entrar en su lujosa mansión, le advirtió que no escupiese en ella, tras lo cual Diógenes arrancó una buena flema y la escupió a la cara del dueño, para decirle después que no le había sido posible hallar lugar más inmundo en toda la casa». Diógenes «no juzgaba inconveniente robar en un templo o comer la carne de cualquier animal; ni impío comer carne humana, lo que –decía- se sigue con evidencia de las costumbres de otros pueblos». Apólogo también del incesto, práctica en cuya erradicación se basa el origen de las sociedades.

Hay que señalar que nuestro personaje, a pesar de ser objeto de burla, era muy querido entre la población. Una de sus anécdotas más conocidas relata un encuentro entre Alejandro Magno (que iba a la búsqueda de un filósofo) y Diógenes de Sínope; mendigo frente a emperador. Alejandro le ofreció lo que quisiese y Diógenes le contesto que únicamente deseaba “que se apartase, que le tapaba el sol”. El cínico más conocido en ocasiones iba acompañado de una lámpara en actitud de búsqueda: “Busco un hombre”, decía a quienes preguntaban (un hombre honesto tal vez). Dijo en una ocasión Diógenes: «Los perros muerden a los enemigos; yo muerdo a los amigos para salvarlos». En efecto, el cinismo parece ser una terapia a los males de la época (y a todas las sociedades habidas y por haber). Y Nos podríamos seguir deleitando con sus anécdotas, pero este artículo se extendería demasiado... Al cínico más famoso «le sobrevino un cólico a consecuencia de la ingestión de un pulpo crudo, hallando así la muerte». (Otra versión menos creíble apunta que se suicidó conteniendo la respiración). Los cinicos opusieron «a la fortuna, el valor; a la ley la naturaleza y a la pasión, la razón». He aquí las claves del cinismo.

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