Cantonalismo

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Cantonalismo proviene de cantonal. Es un sistema político que aspira a dividir el Estado en cantones casi independientes.

En España fue un movimiento político que tuvo lugar durante la primera república. Es partidario de un federalismo de carácter radical. Se trata de establecer una serie de ciudades (cantones) independientes que se federarían libremente. Recuerda a las polis griegas. El cantonalismo tuvo una gran influencia del movimiento obrero, sobre todo anarquista. Destacan los cantones de Loja, Sevilla, Málaga, Cádiz, Tarifa y, sobre todo, Cartagena. Este resistió hasta que en 1874, Martínez Campos y Pavía lo derrotó.

Cantón

Entidad territorial de carácter subnacional, en especial en Suiza, donde constituyen el ente político y administrativo sobre el que se construye el estado nacional: de hecho, la llamada Confederación Helvética, de carácter fuertemente federal no adoptó su condición actual hasta 1848, fecha hasta la cual cada uno de los cantones entonces existentes (desde entonces ha habido modificaciones menores en su número y configuración) poseía sus propias fronteras, ejército y moneda y, a pesar de formar parte, en el plano teórico, del Sacro Imperio Romano, gozaban en la práctica de una independencia virtualmente ilimitada desde la derrota suiza sobre el Emperador Maximiliano en 1499. La estructura y características de los cantones suizos son muy variadas, con extensiones entre 37 y 7.105 kilómetros cuadrados, y poblaciones entre los aproximadamente catorce mil habitantes del menos populoso a los más de un millón doscientos mil habitantes de Zürich.

Toda competencia no atribuida expresamente por la Constitución Suiza a la Confederación pertenece a los cantones, que a su vez deciden qué competencias asignan a sus municipios, lo que da lugar a una gran heterogeneidad en el grado de autonomía y nivel de competencias municipales. Dos de los cantones aún mantienen la democracia directa, mientras en el resto la voluntad popular se expresa en las urnas.


Extracto de La Anarquía a través de los tiempos de Max Nettlau

El anarquismo en los grandes países discutidos hasta (Francia, Inglaterra, Alemania, Estados Unidos), es como fenómeno que forma parte de la evolución humana progresiva, sea el resultado directo de la humanización liberal que termina en el siglo XVIII, sea, después del peréodo glacial autoritario (para expresarme así), que comienza en 1789 y que continúa aún, una de las formas y la más acentuada, de la continuidad de ese espíritu, de su reanimación con más experiencia y energía, pero en proporciones todavía muy pequeñas en el siglo XIX.

Si otros países han sufrido otra evolución general, la idea anarquista, o bien se desarrollará naturalmente de otra manera o será implantada imitativamente y entonces el desarrollo será diverso.

El anarquismo ha alcanzado hoy (Aquí el autor se refiere a la época en que escribió este libro), su mejor desarrolló en España; las raíces históricas en este país habrán sido, pues, diferentes, relativamente, como en los otros grandes países, y sería interesante poder examinarlas. Sería preciso saber discernir los elementos que la cultura internacional aporta desde el siglo XVI, lo que las propagandas imitativas (sobre todo la influencia francesa), han producido y lo que es original del país, un trabajo que, por lo demás, habría de hacerse para cada país.

No pudiendo entrar aquí en el detalle histórico y estando muy imperfectamente informado, por lo demás, diré sólo que, por su configuración, la península ibérica no favorece ese estatismo centralizador, que en los otros grandes países europeos ha sido el producto temporariamente inevitable de necesidades económicas. El estatismo en España ha sido siempre de puro sello dominador y para proteger la continuación del feudalismo económico, de la manumisión feudal sobre una parte tan grande de la tierra; además para proteger la gigantesca empresa américo - latina - española de los siglos XVI, XVII y XVIII. El estatismo español para el pueblo no fue nunca más que el régimen administrativo, judicial, militar y, por el clero, religioso, que le mantenía en sumisión forzada y le tomaba lo que podía tomar, en hombres (militares), impuestos y beneficio garantizado a los propietarios. Había con eso esta ventaja para el pueblo de las ciudades y de los campos, que pudo conservar sus tradiciones autonómicas y federalistas y que no concibió ese amor a la grandeza del Estado que alimenta el autoritarismo, a excepción siempre de muchos adoctrinados, fanatizados, interesados, que se convirtieron en el personal ejecutor del Estado, esa clase de perros de guardia que existe en todos los países. Había esta otra ventaja, que la gran unidad nacional inspiraba al menos ese sentimiento de sociabilidad que se expresa por federación y asociación y no dejaba echar raíz a las corrientes de la atomización de la vida social y de la relegación de los hombres en pequeñas unidades asociales.

Sobre tales bases aproximadamente, el desarrollo local fue muy diferenciado, a lo que se agregan las diferencias naturales del norte y del mediodía, acercadas y no menos separadas en ese territorio como en ninguna parte. Eliseo Reclus dice que el principio de la federación parece escrito sobre el mismo suelo de España, donde cada división natural de la comarca ha conservado su perfecta individualidad geográfica. Semejantes condiciones han hecho nacer el federalismo en Suiza. Pero las manos de la Corona de Castilla y de la iglesia católica pesaron sobre todo eso durante los siglos de los espíritus en Europa, y el sentimiento popular no pudo expresarse más que en revueltas locales y por su aversión inquebrantable contra el Estado y todo lo que a él se refería. España no tuvo siglo XVIII liberal ni revolución francesa, y su socialismo, que han esbozado algunos pensadores del siglo XIII al XVIII, es sobrio y realista, superando raramente el colectivismo agrario y muy raramente pudo ser - como se hizo por Martínez de Mata, en Sevilla, en el siglo XVII -, objeto de una propaganda pública. Pero la rebelión agraria estaba siempre en incubación; el pueblo sabía lo que quería. Las ideas sociales de la revolución francesa no aportaban, pues, nada nuevo a España; sus ideas humanitarias fueron en Francia misma relegadas bien pronto por el gubernamentalismo a ultranza, que no decía nada a España, que tenía bastante ella misma, y bien pronto entre los dos países continuó esa guerra de tantos siglos que culminó en la conquista francesa, la cual encontró esa resistencia tenaz y encarnizada que marca el comienzo del fin del Imperio de Napoleón I (1808).

Cuando las esperanzas de un régimen soportable (la Constitución de 1812), fueron frustradas, el absolutismo fue atacado por la revolución constitucional de 1820, sofocada por el ejército de la fe francés en 1823, que restableció el orden tal como lo comprendía la Santa Alianza de los Reyes. Desde entonces, virtualmente después de la restauración en 1814, hubo lucha contra la monarquía, con algunos intervalos de liberalismo moderado, e incluso República, sobre todo los años 1854 - 56 y de 1868 a 1874, y en fin, la caída de la monarquía el 14 de abril de 1931 y una República que dió muy poca satisfacción al pueblo desde ese día. Esa lucha se hizo igualmente contra, todos los nuevos acaparadores del poder central, militares y políticos, y así fue elaborada la concepción federalista y se convirtió en la palabra de unión popular, la República Federal. Estas ideas, a veces, no siempre, acompañadas de sentimientos de justicia y de equidad sociales, fueron la concepción política de la parte verdaderamente despierta del pueblo español y su intérprete más reconocido fue Pi y Margall (1824-1901) , cuyo libro La reacción y la revolución, publicado durante el intervalo progresista (1854 - 1856), ha sido mencionado ya, así como sus traducciones de Proudhon (1868 - 70). Se vio impedido entonces, por la reacción que había vuelto al poder, para completar ese libro con su parte social; más tarde tampoco lo acabó. La Federación. (Barcelona, 12 de junio de 1870), el órgano de la Internacional, pone de relieve este hecho, y las cosas quedaron allí. Como jefe del partido federalista, Pi y Margall no ha querido probablemente dividir ese partido exponiendo sus ideas sociales personales, que habrían sido rechazadas por la parte no socialista de su partido. Ha elaborado en detalle la aplicación territorial del federalismo en Las Nacionalidades (Madrid, 1877 - prefacio del 14 de noviembre de 1876-, VIII, 378 págs. en gr. 8o), pero esas soluciones por autodeterminación puramente nacional son muy defectuosas, como sabemos por la experiencia desde 1918 - 19, si descuidan los factores económicos, o más bien si los pervierten arbitrariamente. La acción federal en 1873, el cantonalismo, fue una iniciativa sobre una escala tan vasta como la Comuna de París y las Comunas en el Mediodía francés de 1870 - 71 (Lyon, Marsella, Toulouse, Narbonne, etc.), militarmente aplastada también. Si Pi y Margall se había vuelto escéptico respecto a la anarquía y si no ha sobrepasado probablemente la idea del Estado - mínimo, conservó hasta el fin el respeto por las aspiraciones de la anarquía integral.

He ahí el socialismo que correspondía al sentimiento popular del país hasta 1868, cuando las ideas de Bakunin fueron conocidas; y he ahí por qué las corrientes socialistas autoritarias, todas más o menos conocidas por traducción del francés y por algunos adeptos muy activos en España, no crearon nunca verdaderos movimientos allí. El comunismo, como ideal, el principio asociativo de los fourieristas, correspondían a aspiraciones sociales en Andalucía y en Cataluña, y las ideas democráticas fueron rodeadas de socialismo estatista por republicanos de acción social autoritaria en Madrid, etc.; pero todo eso fue pasajero y no dio satisfacción real. De lo que se deseaba verdaderamente - aI menos en los ambientes obreros avanzados de Cataluña - se juzgará por algúnos extractos de El Eco de la Clase Obrera (Madrid; a partir del 5 de agosto de 1855; redactado por el obrero Ramón Simó y Badia, de Barcelona):

Los comunes han sido el golpe más terrible que pudo dirigirse nunca al feudalismo. De ellos han salido las instituciones salvadoras que contienen en germen la libertad de los pueblos, y en ellos está el origen y el manantial fecundo de todas las conquistas políticas. En ellos se han apoyado los Reyes para combatir la anarquía feudal, y ellos son las únicas instituciones que han podido resistir a la tiranía triunfante de los Reyes. Por eso los pueblos han mirado o mirarán siempre a sus municipios como la salvaguardia de sus derechos, como el arca santa de sus libertades.

Toda revolución social para ser posible, ha de empezar por una revolución política, así como toda revolución política será insustituible y estéril, si no es seguida de una revolución social. Por esto los comunes que eran la forma política por donde empezaba el mejoramiento de las clases pobres, debieron multiplicarse. Y en efecto, así sucedió, etc. (Pasado, presente y porvenir del trabajo, por G. N.; 26 de agosto de 1855).

Figurémonos por un momento que en Madrid, en Barcelona, en ValencIa(?), en Malaga, en SevIlla(?), en Valladolid, en Tolosa, en todos los centros industriales empiezan a asociarse por una parte los tejedores de seda, por otra los de algodón, por otra los de lino, por otra los cajIstas, por otra los carpInteros, por otra los albañiles, por otra los sastres, por otras, en fin, los operarios de todas las artes y oficios. Constituidas ya en cada pueblo todas estas asociaciones, nombran, por sufragio universal, su junta directiva. Los directores de estas juntas se asocian entre sí y deliberan sobre las cuestiones e intereses comunes. Este centro de directores se pone en comunicación con los demás centros. Los centros de toda una provincia, delegan un individuo de su seno para la formación de un comité provincial que reside en el pueblo más céntrico o más fabril de la comarca. Los comités provinciales delegan otro para la de un comité nacional, destinado a dirigir y a velar por los intereses de toda la clase obrera ...

... La asociación en las asociaciones o sea la asociación organizada en grande escala ...

... En el antiguo Principado (Cataluña), las asociaciones son numerosísimas. Reconocen todas, o por lo menos han reconocido, un solo centro. El comité provincial ha sido allí una realidad y lo es, a no engañarse. Si la organización no es aún ni tan fuerte ni tan vasta como podría, todos sabemos la causa. Todo ha debido hacerse allí a la sombra. El desarrollo de la espontaneidad social ha sido no favorecido sino impedido hasta sistemáticamente ... (Influencia de las Asociaciones, por P. M.; 14 de octubre de 1855).

El mismo P. M. dice (21 de octubre): ... Una vasta asociación, la Iglesia, destruye la esclavitud antigua. Otra vasta asociación, las cruzadas, rompe los muros que nos separan del Oriente. Otra vasta asociación, los gremios, acaba con el feudalismo. Otra vasta asociación, ¿no ha de poder concluir con la nueva tiranía?

M. G. M., discutiendo sobre asociación y libertad, demuestra que son inseparables, que una o la otra, sola, es insuficiente: Nunca la humanidad ha sentido tanto ni tan imperiosamente la necesidad de la armonía, nunca ha deseado con tan ansioso anhelo la fórmula de la síntesis social (De la asociación; 11 nov. 1855).

Cuando los delegados de Barcelona, Joaquín Molar y Juan AIsina, son saludados en Madrid por un centenar de trabajadores, en un banquete, el Eco escribe: ... preveemos el día en que toda la clase obrará bajo la inspiración de un solo centro, de un gran comité nacional compuesto por delegados de los comités de todas las provincias (11 de nov. 1855). Hablando de las provincias, división establecida en 1833, el periódico escribe: ... y el día en que sea España una federación, como está llamada a ser, y será tal vez dentro de no muchos años, prevalecerá la (división) de las antiguas (regiones provincias, arbitrariamente separadas, como en Francia, por la división en departamentos).

P.M. escribe aún: La organización de las demás clases a imitación de la obrera tendrá efectivamente lugar dentro de un tIempo dado. Pero, ¿acaso no ganábamos también en que la entidad gobierno se perdiese en el seno de ese nuevo organismo económico? El gobierno sería entonces el de las mismas clases; la suma de estas, reunidas, compondrían un gran centro directivo. Se realizaba así el bello ideal de los pensadores eminentes de Alemania, ¿habíamos todavía de quejamos? Las consecuencias de esta reforma serían incalculables. ¡Ojalá llegase el día que sucediese lo que algunos temen! (23 de diciembre de 1855).

Este periódico fue publicado para contrarrestar un proyecto de ley odioso contra las asociaciones, del 8 de octubre de 1855, y al reunir firmas de protesta, las cifras alcanzadas en diciembre (Eco del 16 de diciembre), fueron 33,000 de las cuales 22,000 en Cataluña, 4,540 en Sevilla, 958 en Málaga, 650 en Córdoba, 1,028 en Antequera, 1,280 en Alcoy, 1,100 en Valladolid, 600 en Madrid, etc., llegando todavía 800 de las Baleares, etc. Los delegados de Barcelona ante una comisión parlamentaria hablan de 80,000 obreros asociados en Cataluña en julio de 1855 (Eco del 9 de diciembre).

Se sabe que las asociaciones en Barcelona han comenzado en 1840 y continuado abierta o clandestinamente hasta la revolución de septiembre de 1868 y que entonces, en gran parte, se afiliaron a la Internacional y a las sociedades que le sucedieron hasta la C. N.T. Esos votos de 1855 - 56, con todas sus vacilaciones y sus tanteos, nos muestran, lo pienso al menos, en qué grado lo que dirán la Internacional, la Federación Regional, la C. N. T., existía ya en el espíritu de los hombres de 1855, y se desarrolló pues, de 1840 a 1855, y sobre un fondo que se formó en los años de luchas después de la muerte de Fernando o antes aún. Es el federalismo social, la asociación de las asociaciones (textual solidaridad, es decir, la asociación entre todas las asociaciones; Simó y Badía, en el banquete mencionado; Eco, 18 de noviembre 1855), la síntesis de asociación y libertad (que no puede ser más que el anarquismo socialista), la sociedad económica que sustituirá al gubernamentalismo político, en fin, es esa estructura de comités de oficio, locales, comarcales, nacionales que se elaboró tan cuidadosamente para la Internacional en 1870 y que se elabora aún en nuestros días y que, más débil o más fuerte, es en 1935 la argolla obrera de las relaciones entre los trabajadores, como lo fue en 1855 al menos en sueños de porvenir próximo, que fue en efecto realizado. Se comprende que sobre ese fondo de ideas y de práctica, sobre la lectura de Pi y Margall y de Proudhon además, y sobre la práctica de la asociación, de las huelgas, de la solidaridad probada de las actividades clandestinas y algunas veces de las luchas armadas, se comprende que sobre los militantes de esa especie, el socialismo autoritario no tuviera ninguna influencia, mientras que las ideas del anarquismo colectivista, transmitidas de parte de Bakunin y de sus camaradas, fueron el complemento lógico y bienvenido de lo que esos militantes sentían ya ellos mismos desde hacía mucho tiempo.

En ninguna parte del mundo se habría encontrado esa predisposición en 1868, y ya en 1855; lo que la Internacional ha querido fundar en 1864, existía en España en espíritu y realidad.

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