Resumen al margen de la cuestión femenina para el compañero M.R. Vázquez

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Al comenzar mi serie de artículos sobre la cuestión femenina, no me guiaba el deseo de llenar vanamente algunas columnas de nuestro diario, sino el de comenzar a dar forma a un anhelo largamente sentido.

Tal vez vaya a echar sobre mis hombros una tarea superior a mis fuerzas; acaso las difíciles circunstancias en que mi vida se desenvuelve me impidan alcanzar mi objetivo, pero no me importa. Iniciada la labor, a la vista de una cosecha prometedora, no faltaría quien, acaso con más títulos y más capacidad que yo, echaría sobre sí la obligación de continuarla.

Me he propuesto abrir para la mujer las perspectivas de nuestra revolución, ofreciéndole elementos para que se forme una mentalidad libre, capaz de discernir por sí misma lo falso de lo verdadero, lo político de lo social. Porque yo creo que más urgnte que organizarla en los sindicatos -sin que desdeñe esta labor-, es ponerla en condiciones de comprender la necesidad de esta organización.

Sé que la tarea es larga y difícil, y adivino que algún camarada -si es que los camaradas me leen-, de esos que ven la revolución detrás de cada esquina, se sonreirá con suficiencia, y me dirá que es demasiado tarde para emprender este camino. Pero yo también he de sonreirme recordándole que por tener todos los días la revolución al alcance de la mano -sin lograr atarparla-, he visto abandonada la educación de nuestros jóvenes, muchos de los cuales, para llamarse anarquista, entienden que basta con saber cargar una pistola. Está bien esperar la revolución todos los días; pero mejor aún es ir en su busca, forjándola minuto a minuto en las inteligencias y en los corazones.

No sé hasta que punto pueden interesar mis propósitos a los camaradas; sospecho que muchos se han encogido ya de hombros pensando que hay problemas muy importantes aresolver para gastar su tiempo y su atención en cosas de mujeres. Sin embargo yo, que conozco toda la trascendencia de la cuestión no cejaré; y quiero, una vez más, resumiendo mis artículos anteriores, antes de enfocar otros aspectos, dejar bien patentes las conclusiones sentadas en aquéllos, que, por algunos indicios, he podido suponer no han sido perfectamente comprendidos.

Debe tenerse presente que mis artículos se titulaban La cuestión femenina en nuestros medios: esto es, no la cuestión en términos generales, no la cuestión en terreno filosófico, sino la cuestión en términos anarquistas.

Fuera de nuestro campo, camarada Vázquez -y me dirigo al compañero Vázquez porque en su artículo Por la elevación de la mujer, resume seguramente el pensamiento de otros camaradas-, fuera de nuestro campo es muy comprensible y hasta disculpable, y, si se quiere hasta muy humano que el hombre desee conservar su hegemonía y se sienta satisfecho de tener una esclava, como el burgués defiende su situación y su privilegio de mando. pero yo no hablaba a todos los hombres, camarada: yo hablaba para los anarquistas exclusivamente, para el hombre superado, para el que, enemigo de todas las tiranías, está obligado, si quiere ser consecuente, a arrancar de sí cualquier fuero de despotismo que sienta apuntar. Lo muy humano es esto, que es la razón -el atributo genuinamente humano- sobre lo otro, que es el instinto, lo infrahumano.

Por eso el anarquista -he dicho el anarquista, fíjate bien- que pide su colaboración a la mujer para la obra de subversión social, ha de comenzar por reconocer en ella una igual, con todas las prerrogativas de la individualidad. Lo contrario será muy humano, pero no será anarquista.

Y de aquí, precisamente, que yo crea que no es él el llamado a establecer las funciones de la mujer en la sociedad, por muy elevadas que las suponga. Lo anarquista, repito, es dejar que la mujer actúe en uso de su libertad, sin tutelas ni coacciones; que ella se inclinará hacia lo que su naturaleza y la índole de sus facultades le dicten.

Y ahora, una pregunta, camarada Vázquez. ¿Cómo ha podido ocurrírsele comparar la situación de la mujer respecto al hombre, con la del asalariado respecto al burgués?

Olvidas que los intereses del patrono y obrero son encontrados, son incompatibles, mientras que los de hombre y mujer -que son los intereses de la humanidad, los de la especie- son complementarios, o, por mejor decir, son uno mismo. Solamente en el absurdo sistema actual pueden existir intereses de sexos, incompatibles de todo punto, con la concepción anarquista de la vida.

¿Concibes tú a un burgués diciendo que hay que emancipar a los trabajadores? Pues si encuentras que el anarquista, en cuanto a hombre, es lógico que tenga aherrojada a la mujer, tal que el burgués al asalariado, es absurdo oírle gritar "hay que emancipar a la mujer". Y si grita, ¿cómo no decirle: comienza tu mismo?

Porque la mujer hace tiempo ya que comenzó la tarea de emancipación. Nada puede reprochársele en este sentido. Compárese al mundo femenino de hace sólo cincuenta años con el de hoy, y díganme si no ha avanzado. Pero es que ahora no se trata sólo de su emancipación, sino de que coadyuge a la emancipación de la humanidad. Y si la invitas a que establezca previamente una lucha de sexos -porque encuentras muy natural que el hombre, aunque sea anarquista, quiera tener una esclava-, mal se compadece con la necesidad de una obra común. ¿Cómo dirás a tu compañera ayúdame a llevar esta carga, cuando no es dueña de sus pies ni de sus manos?

No conviene a los proletarios la lucha de sexos, sino todo lo contrario, establecer la compenetración de intereses entre hombres y mujeres. Y éste, no por capricho sino porque el mundo sólo hallará su equilibrio cuando esté organizado y regido por los dos. Porque siendo, en efecto, diferentes, sus cualidades se complementan y forman un todo armónico; porque a la rudeza y la sequedad masculina corresponden la gracia y la ternura de la mujer; porque al egoísmo de uno, conviene la abnegación e la otra, y, a la naturaleza arrebatada y violenta de él, la dulzura y la ponderación de ella; a la gravedad de él, al agudeza de la mujer. Y no habrá armonía en la vida futura, si todos estos elementos no entran proporcionalmente en su constitución.

¿Comprendes bien ahora que no se trata tanto de la emancipación de la mujer, como de la edificación del futuro, y que los anarquistas, si son sinceros, si no están en el anarquismo por puro deporte, vienen obligados a seguir el camino que señalo?

Y esto sí que será aprovechar el tiempo, camarada Vázquez; porque lo importante para realizar una obra en común, no es pelearse sino ponerse de acuerdo.

Y no hay que culpar al esclavo de su esclavitud, amigo, sino en cuanto ésta es aceptada en plena conciencia y de grado, y no cuando le es impuesta por la violencia, como en el caso de la mujer.

¿Coincideremos al fin? ¿Habré logrado al cabo ser comprendida? Me esfuerzo cuanto puedo por hacerme fácil y comprensible para los camaradas; sino lo consigo, culpad a mi pluma, que no sabe ser el órgano adecuado de mi pensamiento.

Y ya sólo unas palabras para terminar, amigo Vázquez. No recojo tu sugerencia para la página femenina de "Solidaridad Obrera", aunque es muy interesante, porque mis ambiciones van más lejos; tengo el proyecto de crear un órgano independiente, para servir exclusivamente a los fines que me he propuesto. De ello hablaremos más adelante.


Lucía Sánchez Saornil

Solidaridad Obrera, 8/11/1935


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