Lo que fuimos, lo que somos y lo que podemos ser
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Tengo ochenta y dos años. Desde antes de los veinte, vengo militando en las filas del anarquismo, que conocí a través del semanario "Tierra", publicado en La Habana durante más de treinta años y que era la continuación de otros periódicos igualmente anarquistas, publicados en los tiempos coloniales.
Pronto pude leer el valioso semanario español "Tierra y Libertad", que aparecía en Madrid primero y más tarde en Barcelona, y que era altamente apreciado entre los militantes y los simpatizadores cubanos. E igualmente conocí la gran cantidad de libros y folletos que por entonces se publicaban en España y en la Argentina, así como el inmenso volumen de propaganda vigente en Francia e Italia.
Hasta la víspera de la Primera Guerra Mundial, el anarquismo no sólo mantuvo un ritmo propagandístico de primera magnitud sino que se vio honrado con la presencia en sus cuadros de muchas de las más altas figuras del pensamiento literario y científico mundial. Recuerdo con el sano orgullo con que escuchamos al Dr. Ferrara, político que llegó a ocupar los más altos cargos en el gobierno de la República, durante el juicio seguido en la audiencia habanera a nuestro compañero Abelardo Saavedra por su campaña contra el dictador mexicano Porfirio Díaz, relatar ante un fiscal que llamó al anarquismo "ideología de ignorantes" la larga lista de escritores, artistas y sabios que, en aquellos momentos, o formaban en las filas anarquistas o expresaban abiertamente sus simpatías hacia ese ideal renovador:
El príncipe Kropotkin, etnólogo de fama universal; el gran escritor Tolstoi; los más grandes geógrafos de la época, hermanos Elías, Onésimo y Elisée Reclus; el cubano Fernando Tarrida del Mármol junto a su entrañable amigo el español Ricardo Mella; el filósofo norteño Brandés y el dramaturgo noruego Ibsen, que llenó la escena durante muchos años, juntaban su nombre y su fama con Sebastián Faure, uno de los mejores oradores franceses, mientras en Latinoamérica, en Buenos aires se publicaba el diario “La Protesta”, dirigido por Gilimón y en cuyas columnas colaboraban plumas como las de Pacheco y Teodoro Antillí, y los poetas Ángel Falco, José de Maturana, Alberto Ghiraldo y el mayor de los dramaturgos de1 continente: Florencio Sánchez, llamado "el Ibsen americano"; mientras en Perú el nombre de Manuel González Prada ganaba respeto y admiración, no sólo por su numen radioso que le coloca, junto a Martí y a Gutiérrez Nájera, como uno de los precursores de la Nueva Poesía, sino por la brillantez de su prosa y su altivez anarquista, mantenida, desde las páginas de los periódicos “Los Parias” y “El Hambriento”.
Sin cañones ni escuadras, perseguidos y denostados por la mayoría de los gobernantes del mundo, los anarquistas afirmábamos nuestros altos conceptos libertarios, tanto por la expresión de nuestros renombrados propagandistas cuanto por la firmeza de nuestros compañeros, obreros y campesinos.
Y no había rincón de la tierra donde nuestra voz no sonora, donde nuestra idea no contara sostenedores.
Descontando los países europeos, teníamos valerosos y valiosos representantes en China, en Corea, en el Japón y hasta en Birmania. Y si, tal como hemos dicho, la República Argentina era un bastión nuestro, no faltaban núcleos valiosos de compañeros en Brasil, Chile y Uruguay, mientras nuestra propaganda se dignificaba, en México, con los nombres de Práxedes Guerrero, Ricardo Flores Magón, Rafael Romero Palacios y muchos más, y en Costa Rica, junto a la publicación de una revista razonadora y valiente, figuraba el nombre de un poeta, José M. Zeledón, a quien se le llegó a considerar el poeta nacional, cuando compuso el himno de la pequeña república, sin caer en las acostumbradas invocaciones a las glorias guerreras o las hazañas políticas de cualquier caudillo. Entretanto, en los Estados Unidos se escuchaba el verbo pujante de Alexander Berkman y de Emma Goldman; la palabra encendida y de belleza magistral del italiano Luigi Galleani; se leían las publicaciones de distintos idiomas desde el español “Cultura Obrera” hasta el ruso “Golos Truda”, pasando por los italianos “Cronacca Sovversiva”, “L´Adunata dei Refrattari”, el “Controcorrente” e “Il Martello”, debiendo reconocer el alto significado de los principios según la exposición del veterano “Fraie Arbeiter Stimme” (en yiddish), hallaban apoyo insobornable nuestros planteamientos económicolaborales en la combatividad de los heroicos IWW: los inmortales "Trabajadores Industriales del Mundo". Podríamos decir, entonces, repitiendo el famoso desafío de Tertuliano: "Somos de ayer y llenamos el mundo".
Porque, efectivamente, sobre todo el mundo (hasta en las tierras siempre agitadas del Atlas africano), el verbo anarquista se hacía oír.
¿Y hoy. ..? ¿Cuál es la situación de nuestro movimiento, en el mundo? ¿Dónde están aquellas voces de verdad, aquellas robustas voces libertarias que llamaban a la renovación de la sociedad?
Con tristeza comprobamos el empobrecimiento de nuestros efectivos, en todas las naciones; lo reducido de nuestra prensa, lo escaso de nuestros folletos, de nuestras hojas ocasionales... ¿Por qué?
Hace unos veinte años, el compañero chino Li Pei Kan, nos escribía en francés, desde Cantón, diciéndonos con apesadumbrado tono: “Teníamos un hermoso movimiento en China... Sopló el viento comunista y se nos disolvió entre las manos...”.
Lo mismo podríamos decir de muchas, de casi todas partes: “Sopló el ventarrón comunista y se nos disolvió entre las manos…”. Y aquí, repetir la pregunta: ¿Por qué…? ¿éramos, acaso, tan frágiles que bastó un soplo envenenado de mentira (un soplo que esperábamos, señalando su ponzoña, desde siempre) para arrasar nuestros muros, para reducir a la insignificancia nuestras filas? ¿Es que manteníamos doctrinas, principios equivocados, mientras la verdad estaba con los que siempre combatirlos...? ¡No!, y si nuestra fuerza y claridad polémicas no nos afianzaran en ese mentís, ahí están los hechos, los hechos irrefragables, para darnos toda la razón. ¡No y mil veces no!: estábamos y seguimos estando en lo cierto, mientras nos mantengamos frente a los inescrupulosos autoritarios que pretenden destrozar nuestros pendones.
Al estallido de la Revolución Rusa, ante la determinación de aquel pueblo que se libraba de sus amos, rechazando una contienda a la que le llevaran cabildeos palaciegos, ambiciones militares y compromisos de cancillerías, nos sentimos enteramente identificados con el movimiento, lo aplaudimos y, desde nuestro sitio de lucha, lo ayudamos en cuanto pudimos. Cuando presenciamos la caída de Kerensky por su empeño de continuar la pelea, aplaudimos el gran gesto rebelde y hasta nos solidarizamos con Lenin y su actitud... Pero cuando, andando poco tiempo, pudimos conocer la persecución contra nuestros compañeros y contra toda expresión de inconformidad; cuando las tropas del Ejército Rojo asesinaron a los proletarios de Kronstadt y a los seguidores de Mackno; cuando comprobamos lo pronosticado por nuestros teóricos respecto a la naturaleza liberticida del marxismo una vez en el poder y su carencia de todo sentido humano; cuando, en fin, llegaron a cada una de las recién creadas secciones de la Tercera Internacional, los 21 Puntos, absolutistas y absorbentes hasta lo sumo, quienes llevábamos en lo hondo el amor al grande ideal libertario, comprendimos claramente lo extenso del fraude y lo criminal del propósito.
De ahí la división, la repulsa... Pero fueron muchos, muchos los de nuestro campo, los acomodados entusiásticamente en el otro, en el de la violencia y el despotismo; en el de la negación de toda libertad y hasta de toda dignidad para el individuo. ¿Qué pudo determinar semejante retractación, tamaño ajuste a condiciones extrañas, adversas al anarquismo...? ¿Cómo y por qué pudieron esos anarquistas de la víspera (algunos de vieja data y probado esfuerzo) negar con su cambio su pasado?
A poco que reflexionemos hallamos la causa mayor de tal abjuración, en la presencia de un concepto falso, totalmente falso, respecto a la más íntima esencia de las ideas anarquistas y a los modos advocativos de su aplicación. En la mayoría de los tránsfugas, operaba más el odio (explicable pero siempre obnubilatorio, cegador) que la reflexiva consideración de los fenómenos sociales. Operaba en ellos y con mayor fuerza que otro sentimiento alguno, el afán de revancha, el dictado de venganza. Y aún más que eso, la convicción enteramente antianárquica, antihistórica y antilógica, de poder alcanzar mutamentos liberadores por medio de las leyes y de la fuerza. Hoy la experiencia (extensa en el tiempo y en la vida) nos ha demostrado la falsedad de semejante aserción. Pero los que se pasaron al otro lado del arroyo límite, ni saben ni quieren volverse atrás.
Y nos hallamos (se halla el mundo todo) ante el mortal peligro de un cambio hacia formas conviventes de lo más degradantes, mientras se ve atrapado entre las tenazas de una técnica gigantesca y una ciencia monstruosamente poderosa e inmisericorde.
No es difícil establecer un parangón entre el actual momento histórico y otro vivido por los pueblos no hace todavía dos siglos: cuando, tras la definitiva derrota de Napoleón y tras el Congreso de Viena, pareció que los reyes vengativos de Europa acabarían con cuantas conquistas había logrado la humanidad, merced a los empujones del liberalismo; tras los sanguinarios esfuerzos de sus mesnadas dispuestas a borrar todo rastro de un pasado cuyo recuerdo escocía a los nobles resucitados y a los aspirantes a tronos en agraz, se produjo el fenómeno del constitucionalismo que, mientras suavizaba al republicanismo, vino a recortar las aspiraciones despóticas de las familias linajudas, de los entorchados ensoberbecidos y de los dignatarios eclesiásticos. Y más de una y más de dos monarquías ofrecieron a los súbditos mayores oportunidades de avanzar en lo moral y en lo material que las oportunidades presentes en muchas de las repúblicas de reciente fundación. Y se comprobó una extensión ganada por los esfuerzos del Despotismo Ilustrado, en el siglo precedente.
De aquí que, hoy, vemos cómo va produciéndose el contagio; en dirección enteramente contraria: Así como el republicanismo, alcanzado el poder, devino en algo menos amenazante y como las monarquías tomaron de él métodos y modales suavizadores, así vemos al marxismo triunfante, rampante y amenazante, limarse las uñas para llegar a las carantoñas de los gobiernos democrático-burgueses; mientras en éstos, alrededor de éstos y hasta a la sombra de éstos, entre los elementos desposeídos del mundo y la riqueza, cunde el contagio enemigo, afirmando el repetido y experimentado axioma de que los extremos se tocan. Por lo cual, resulta difícil a la hora de ahora, distinguir, en procedimientos, a los unos de los otros; y tanto los del uno como los del otro lado de la barricada, convienen en la negación de la libertad, en lo necesario del método fuerte, definitivo. La prédica cae en una síntesis fatal, retardataria hasta lo sumo. Hasta el punto de que, no pocas veces, resulta casi imposible decir dónde termina el uno y dónde acaba el otro.
Lo pavoroso es que si antes el amansamiento republicano y su consecuente acercamiento al constitucionalismo, aceptado por las monarquías, se resolvió en términos propicios al establecimiento de prácticas políticas cuya mayor elasticidad propiciaba reglas de conducta más libres, permitiendo el nacimiento y la expansión de credos sociales, políticos y religiosos distintos y hasta contrarios a los mantenidos por quienes gobernaban, esta simbiosis de ahora, marcará el requiem para todas las gestiones liberadoras, morderá hasta el corazón toda esperanza redentorista y el mundo, humillado, aplastado hasta el hundimiento por el peso brutal del mesianismo rojiblanco, empezará a contar una nueva era: la del oprobio, la sumisión y la muerte.
Empero ¿es ésta una profecía irrebatible, una predicción ineluctable? ¿No existe posibilidad de arrancar la simiente maldita antes de que su fruto envenenado y envenenador crezca, haciéndose invulnerable a los esfuerzos rescatadores? Existe ciertamente y está ahí, en el contenido de la doctrina anarquista, por su eterna y poderosa sustancia libertaria. Está ahí y se mantiene como promesa de salvación, no importa qué núcleo humano la mantenga, no importa qué advocación la ampare, no importa qué bandera pueda cubrirla.
Somos y seguramente seguiremos siendo, por mucho tiempo, el “pequeño cuarterón” del que hablaba Malato; sin embargo, poseemos la todopoderosa fuerza de la verdad, que hace libres a los humanos. Si sabemos mantener esa verdad, si ni desmayamos en su prédica ni nos dejamos ganar por amenazas o por lisonjas, el porvenir será nuestro, porque será de la libertad y la justicia.
Frente a las ansias crecientes de los reglamentistas ciegos por los reflejos del poder y exaltadores del Estado hasta la glorificación, repetimos nuestra fórmula sencilla, simple e inmensa: la convivencia sin Estado, el gobierno por afinidad electiva y el objetivo social cifrado en el predicado que acuñara Sebastian Faure: “Conseguir para cada hombre y para cada mujer la mayor suma de bienestar dentro de la riqueza social y la mayor suma de felicidad que él mismo y a su medida pueda fabricarse”.
- Marcelo Salinas en “Reconstruir” nº 77, marzo-abril de 1972


