Informe del Coronel Puigdendolas sobre la defensa de Badajoz

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Del 25 de julio al 5 de agosto

Próximamente a las siete de la tarde del día 25 de julio aterricé en las proximidades de Badajoz. A la entrada en la población pude observar el nerviosismo que existía en ella. Grandes grupos de campesinos, armados de escopetas la mayoría, pululaban por la población y me recibían con manifestaciones de entusiasmo y seguían el coche que me conducía al Gobierno Civil. Al llegar a éste tuve que salir al balcón y hablarles, con lo cual se reprodujo el entusiasmo de las masas. Conferencié con el Gobernador Civil y con las personalidades del Frente Popular, que me manifestaron que tanto el Ejército como la Guardia Civil estaban a punto de sublevarse y que temían [que] saliesen las fuerzas y se apoderasen del mando de la ciudad. Llamé inmediatamente por teléfono al coronel Cantero y comandante jefe de la Guardia Civil Sr. Vega. Les manifesté que venía a hacerme cargo del mando de la plaza y fuerzas que en ella había y que obraría con suma energía si por alguien se pretendiera alterar el estado de cosas. Me manifestaron ser leales a la República y que se ponían inmediatamente a mis órdenes. Les entretuve en el Gobierno Civil hasta primeras horas de la noche, en que ordené al coronel Cantero que marchara al cuartel y que inmediatamente se presentaría en él el comandante de Asalto, al cual entregaría doscientos fusiles y diez cajas de municiones, efectuándose esto normalmente; bien es verdad que también ordené que todas aquellas masas con escopetas taponaran las calles adyacentes a los cuarteles por si las fuerzas de ellos intentaran salir. Ya en mi poder los doscientos fusiles y las municiones ordené [que] se distribuyeran a doscientos hombres sin armas, a los cuales les di la misma misión que a los anteriores.

A la mañana siguiente a primera hora ordené a dicho coronel que entregara trescientos fusiles más y cien mil cartuchos, como así lo efectuó, y se armaron, por tanto, trescientos hombres más. Más tarde ordené que me entregara la totalidad de municiones y explosivos que quedaran en el cuartel de Asalto. Ordené que los jefes y oficiales de la Guarnición se presentaran en mi despacho de la Comandancia Militar y que los dos tenientes coroneles Sres. Recio y Gomudorena [Furundarena] vinieran inmediatamente a verme, los cuales marcharon en un coche para la estación a seguir a Madrid por haber quedado disponibles en dicha plaza, disposición que pedí y obtuve del Ministerio de la Guerra por ser éstos elementos perniciosos y francamente rebeldes. Al recibir a los jefes y oficiales de la guarnición les exhorté [a] que fueran francamente leales al Gobierno constituido y algo parece que obtuve de ellos por el momento, pues parece que acordaron en el Cuartel de Banderas, según supe después, de (sic) no actuar en contra del poder Constituido. El comandante de la Guardia Civil me hizo manifestaciones de responder por su honor de que la Guardia Civil no tomaría actitud contra el Gobierno, sino que estaba dispuesta a apoyarle en todo momento.

En la población existía un malestar que se traducía en todo momento; durante la noche se oían continuas detonaciones que causaban gran alarma y aunque los individuos del Frente Popular procuraban buscar a los alarmistas sus gestiones eran infructuosas. La policía no hacía nada tampoco por corregir aquel estado de cosas.

Las armas recogidas por mí fueron las siguientes:

  • 500 fusiles del Regimiento de Infª. nº 3
  • 400 que más tarde mandó Madrid y
  • 200 del desarme de la Guardia Civil, los cuales distribuí en la siguiente forma:
    • 150 que mandé a Mérida
    • 100 que más tarde entregué al Reg. de Infª. para armar a los soldados que volvieron de licencia y
    • 15 que di a la estación de ferrocarril de Badajoz, para armar a los ferroviarios de ella, quedando por tanto para las Milicias 835.

De estos pronto pude observar que próximamente a doscientos milicianos se habían ido a sus pueblos y, aunque se ordenó a los Alcaldes que regresaran éstos a Badajoz, nada pudo conseguirse, quedando por tanto 635 milicianos en la plaza.

Ordené que se presentara a mí el capitán Domínguez del Regimiento de Infª. por tener noticias [de] que se trataba de un fervoroso republicano y quedó a mis órdenes como ayudante. También ordené que todos los Suboficiales que se encontraban con licencia y sobrantes del Regimiento no tachados de ser de derechas se me presentaran y en un número aproximado de 15 a 20 los destiné para el mando y organización de las milicias. Al frente de éstas puse al comandante de Infantería Sr. Calderón, que se ofreció a mí como republicano, y al capitán retirado Sr. López Garrido. Imprimí a todos mis actos la máxima rapidez y energía, revistando las Milicias y no perdiendo el contacto con los oficiales del Ejército a los cuales pretendí en todo momento atraer al servicio del Gobierno. Al teniente coronel de Carabineros, hombre leal a todas luces a la República, le ordené y así lo efectuó la concentración de las fuerzas de Carabineros y la organización de dos compañías.

También ordené al comandante de la Guardia Civil la formación de una compañía que quedaba a mis inmediatas órdenes y que formaría parte de una columna que estaba formando para próximas operaciones de guerra. A los alcaldes de los pueblos se les ordenó por teléfono que todos los soldados que se encontraban con licencia en sus pueblos se concentraran en Badajoz, fueran estos de cualquier guarnición o arma. Al poco tiempo pudieron reunirse unos doscientos y con ellos formarse dos compañías con oficiales del Rgto. de Infª. dando el mando de estas fuerzas al Comandante Bertomeu, de dicho Regimiento.

Ante el requerimiento de necesidad absoluta del capitán Medina, que atacaba y sitiaba Villanueva de la Serena, hube de mandarle 150 fusiles y 100.000 cartuchos de los que antes he hecho mención.

El día 31 de julio tuve noticias de que el enemigo se había apoderado, con muy poca resistencia, de San Vicente de Alcántara, por lo que en la mañana del día siguiente marché sobre dicha población. A mi llegada el enemigo la había abandonado en la noche anterior y una vez restablecidas las autoridades volví con la columna a Badajoz.

Por la situación de esta plaza, que no me inspiraba confianza, y como en aquel momento todas mis actividades las dedicaba a la constitución de una fuerte columna que en su día pudiera marchar sobre Sevilla, adopté este acuerdo. La situación de la Guardia Civil de la provincia en su adhesión a la República era cada vez más sospechosa, por lo cual el general Pozas ordenó que toda la Comandancia de la Guardia Civil de Badajoz marchara a Madrid, por lo que se dispuso que en un tren especial saliera la compañía que había en Badajoz y recogiera a su paso por Mérida a otra compañía que se encontraba en otra población al mando de un comandante. El tren salió de Badajoz con la citada compañía, uniéndose en Mérida la otra y al llegar este tren a la estación de Medellín las dos compañías se apearon del convoy y marcharon campo a traviesa a Miajadas, posición ocupada por el enemigo, uniéndose a él. Las deserciones de la Guardia Civil eran continuas, por lo que dicho general ordenó [que] se desarmara al resto de la fuerza de la Guardia Civil que quedaba en la provincia, para lo cual se formó una columna al mando del comandante Bertomeu y en la que iba el comandante de la Guardia Civil Sr. Vega, marchando a Santa Marta y Fregenal de la Sierra, en donde desarmó a las fuerzas de este Instituto y regresó con ellas, ya desarmadas, a Badajoz. Al día siguiente se efectuó la misma operación en Barcarrota y Fuente de Cantos. Al día siguiente había de efectuarse esta misma operación con la compañía de Llerena, pero esta fuerza, durante aquella noche, abandonó la población y marchó a incorporarse al enemigo.

En la noche del día cuatro se me avisó de que una fuerte columna enemiga avanzaba por la carretera de Sevilla a Badajoz, por lo que ordené que una compañía de Infantería marchara a tomar posiciones delante del pueblo de [Los] Santos de Maimona, saliendo yo con la columna en la mañana siguiente sobre dicha población.

A mi llegada a dicho pueblo el enemigo ya hacía fuego sobre la posición ocupada por dicha compañía, por lo cual hube de tomar mis disposiciones y entrar inmediatamente en fuego. La maniobra fue ejecutada normalmente pero los morteros de la Sección de Asalto no pudieron funcionar por manifestarme el teniente que mandaba la Sección que [en] los cartuchos de proyección su pólvora estaba estropeada y al picar el percutor sobre ellos no explotaba. Extrañado hube de llamar al sargento de dicha Sección, lo que me corroboró lo manifestado por el teniente (sic).

Mi idea de maniobra fue la de que, cerrado el frente de combate por las dos Compañías de Infantería, tomadas las posiciones de mi ala izquierda por los milicianos, envolver o, cuando menos, desbordar al enemigo por la derecha, y, una vez efectuado esto, pudiera la Infantería, en un ataque frontal, tomar las posiciones enemigas, para lo cual había reservado las fuerzas de Carabineros al mando del Capitán Jala [Gata]. Ordené que éstas avanzaran para ejecutar la maniobra, pero estas fuerzas que estaban pegadas al terreno no hubo forma de hacerlas avanzar y, a pesar de haber recurrido a todos los recursos imaginarios, estos Carabineros no se pusieron en pie para efectuar el avance, por lo cual y no disponiendo de más reservas, pues la mayor parte de los milicianos habían retrocedido y otros huido a Los Santos de Maimona y aun a Badajoz, y aproximándose la noche y ante el peligro de ser envueltos por el costado derecho por el enemigo, hube de retirarme en perfecto orden a Badajoz. No se dejó en el campo ni un arma. Todas las bajas fueron mandadas a Badajoz.

El fracaso total de la operación fue debido única y exclusivamente a la Compañía de Carabineros. Su capitán, más tarde, con esa misma compañía se pasó al enemigo. También he de decir que durante el combate un Teniente de esa Compañía de Carabineros y otro de Infantería se me pasaron al enemigo. Regresé, como digo, a Badajoz y el enemigo siguió su marcha sobre Almendralejo y Mérida. La situación de esta plaza me preocupaba grandemente y aunque sabía [que] tenía gran número de milicianos con mucho armamento y dos cañones de 7,5, le mandé un refuerzo de 120 hombres de los que consideraba en mejores condiciones para la lucha, más veinticinco hombres a Almorchón y treinta a Medellín.

Más tarde el diputado Sr. Cartón, que vino a Badajoz, se llevó 40 hombres más para reforzar su columna. Mérida cayó en poder del enemigo y las fuerzas que remití a dicha población no volvieron a Badajoz.

En el puesto de Puebla de Obando puse un destacamento de 30 hombres y de 60 en Alburquerque para cerrar el paso a toda columna que pudiera venir de Cáceres o de Valencia de Alcántara.

Con la pérdida de Mérida supuse, y así se efectuó, que el enemigo pronto aparecería sobre Badajoz; para retrasar y dificultar el avance del enemigo, ordené que por las carreteras que daban acceso a Badajoz fueran volados todos los puentes, pero ni los socialistas que se ofrecieron, ni los sindicalistas, a los que facilité todos los medios, ni aun los mineros de Azuaga, que me prometieron hacerlo, lo efectuaron y el enemigo tuvo paso franco hacia Badajoz. El total de los milicianos que debían quedar en Badajoz, pero de cuyo número no respondo, era de 275 armados con fusil, 200 carabineros y próximamente unos cien soldados de Infantería que quedaron después de los bombardeos de aviación; hacia el doce de agosto estas fuerzas eran suficientes para defender Badajoz si no hubieran abandonado los puntos que a cada uno se le señaló en la línea de defensa. A los milicianos que quedaban con escopetas o desarmados también se les señaló su misión. Los servicios de abastecimiento a las líneas se le encomendó al Ayuntamiento. Del municionamiento a las posiciones también se encargaron otros. Los Guardias de la Comandancia Militar, cárcel y cuartel de San Agustín donde se encontraban los 275 Guardias civiles y de Asalto presos estaban cubiertos y se nombraron delegados del Frente Popular que ejercían autoridad para su custodia, seguridad y manutención.


Día 6

En la tarde de este día la totalidad del Cuerpo de Asalto, al mando del teniente Acosta, recogiendo armas, municiones, ametralladoras y morteros, se refugia en el cuartel de la Guardia Civil que estaba en convivencia [connivencia] con él y se alzaron contra la República. Como las noticias eran confusas y no me parecía verosímil que estas fuerzas se hubieran sublevado, sino que había una confusión por el tiroteo que algunas veces se producía en la plaza, marché al citado cuartel a enterarme de lo que ocurría, salió el comandante Vega y algunos oficiales más, manifestando que las milicias les estaban tiroteando y como efectivamente se oía fuego por detrás del cuartel y parecían tener razón, ordené al capitán De Miguel, que me acompañaba, [que] penetrara para hablar por teléfono con el Gobernador pidiéndole [que] ordenara a los dirigentes obreros [que] se corrigieran estos hechos; unos momentos después unos guardias de Seguridad que se encontraban a mi espalda se abalanzaron sobre mí y violentamente me metieron en el cuartel, donde quedé prisionero en compañía del capitán De Miguel y el comandante Benítez.

Paso las últimas horas de la tarde y la noche siguiente en una habitación donde soy vejado y amenazado de muerte. Por lo que oí hablar durante la noche deduzco que se comunican por radio con Sevilla y que les ordena [que] se resista y les anuncia que una columna irá en su ayuda. Al amanecer es bombardeado este cuartel con un mortero del Regimiento de Infª. y paquetes de dinamita que desde las casas próximas lanzan los milicianos. Como consecuencia de este bombardeo recibo una herida de metralla en el antebrazo izquierdo.

Los civiles, presos de un terror pánico, abren la puerta de la habitación donde me encontraba y me piden, suplicando, muchos de ellos de rodillas, que salga del cuartel a ordenar que cese el ataque; así lo hago. Ordeno que fuerzas de Carabineros y Guardia Civil formen unas líneas por donde han de pasar los rendidos para evitar que sean muertos por las milicias. Son conducidos prisioneros a un cuartel vacío en un total de 275 con once oficiales.

Día 7

El comandante Vega, que está herido en una pierna, es conducido en camilla al Hospital. El comandante Calderón, capitán Ortiz y varias clases de las milicias huyen y pasan la frontera portuguesa, haciéndolo también algunos soldados. Lo mismo ocurre con el teniente de Intendencia encargado del abastecimiento de la fuerza, que luego supe que se pasó al enemigo.


Días 8 al 11

Un trimotor bombardea diariamente la población produciendo gran cantidad de bajas y como su fuego lo dirige principalmente sobre el Cuartel de Menacho los soldados huyen de él y se marchan al campo sin que nadie pueda impedir estas deserciones, pues al huir con sus fusiles amenazan a los que pretenden detenerlos. Se extienden por la provincia refugiándose en los pueblos; los hay que pasan la frontera. Consigo de los alcaldes que regresen algunos, muy pocos. Ordeno el abandono de este cuartel y que sea trasladado al cuartel de la Bomba, que está sobre la muralla y que dispone de algunos abrigos, efectuándolo con todos sus efectos, armas y municiones. La población civil huye al campo. Prohíbo la salida de los hombres pero a pesar de eso nada consigo por hacerlo también muchos de los que formaban la guardia de las puertas y roturas de las Murallas. El Capitán Gata, de Carabineros, dos tenientes más y una compañía de dicho Cuerpo huyen en la noche del once.

Las personalidades del Frente Popular han desaparecido, rompiendo la lista de sus afiliados y el acuciamiento que he sufrido pidiéndome armas que no tenía cesa y por el contrario se encuentran algunas abandonadas por las calles y me dicen que otras han sido arrojadas al Guadiana.


Día 12

Sigue el bombardeo de la aviación, produciendo bajas.

El capitán de Carabineros López Sánchez, teniente Salguero y algún otro desaparecen y sólo quedan en la plaza unos cuarenta carabineros con el teniente coronel. También desaparece el alférez Borrego, de Infantería. A éste y al capitán Suárez los encontré más tarde en Portugal refugiados y presos en un cuartel. Estos dos siempre se manifestaron con buen espíritu republicano. Los otros que cito se pasaron al enemigo.


Día 13

Durante la noche fue cortada toda comunicación con el exterior, las últimas noticias fueron de que el enemigo se dirigía hacia Badajoz y que ningún puente ha sido cortado a pesar de mis reiteradas órdenes.

Por la mañana me dicen que el Gobernador, que se encontraba solo en el Gobierno Civil, ha marchado de la plaza. Más tarde me dicen lo mismo del comandante de Asalto. El capitán Suárez, de Carabineros, que mandaba una compañía, también ha desaparecido. Mando buscar al telegrafista para ponerme en comunicación con Madrid, pero éste también marchó. Encuentro por fin otro policía que dice ser radiotelegrafista y el que manifiesta que la Estación no funciona por encontrarse estropeada. Después ya no encuentro nadie que sepa manejar la Estación de Radio.

La aviación durante todo el día bombardea nuestras posiciones de defensa. A las tres de la tarde el enemigo, que ya ha tomado contacto con la plaza, hace un violento fuego de cañón cuando el avión desaparece; siembran el terror en las milicias y las fuerzas, que se refugian en los sótanos y casas próximas de las posiciones. Me avisan de que en la Comandancia, que la guarnecía un capitán de Oficinas Militares y unos doce soldados, la han abandonado, sin que sepa dónde han ido. Cierra la noche con fuego en las posiciones de los escasos defensores que la defienden.

A última hora de la tarde el capitán, comandante del Fuerte de San Cristóbal, Sr. López Diéguez, lo abandona con la guarnición y se pasa al enemigo.


Día 14

Al amanecer un fuerte bombardeo de aviación hace desaparecer de los puntos de defensa a los pocos milicianos que durante la noche habían guarnecido las posiciones. El enemigo, que ha ocupado el cuartel de Menacho, al envolver la plaza, hace fuego principalmente desde dicho punto. También lo hace sobre la puerta Trinidad y Memoria de Menacho, pero su fuego más eficaz es el que hacen desde las baterías que tienen puestas en San Roque. Aunque débilmente se les contesta desde algunas posiciones por el casi nulo número de hombres de que se dispone. Vuelve el avión y cesa el poco fuego que se hacía por nuestra parte. Sobre las nueve de la mañana las fuerzas de Infantería que debían defender el cuartel de la Bomba y el sector a izquierda o derecha de él, abandonan las posiciones y, saliendo por la Puerta de Rotezna [Poterna], con bandera blanca, se pasan al enemigo. A su frente va el coronel Cantero con la totalidad de oficiales, clases y soldados que quedaban, más los de la Caja de Reclutas (Más tarde supe que dicho coronel, un comandante y algunos más fueron fusilados por los rebeldes, sin duda porque estando comprometidos no se sublevaron a su debido tiempo o porque se dejaron coger las armas por mí, con las que armé al pueblo). Al enterarme de esto mandé a algunos milicianos que pude recoger a dicho cuartel para que desde sus aspilleras pudieran defenderlo. Cuando más tarde volví a él, estos milicianos también habían desaparecido. El primer hecho se produjo cuando recorría las posiciones del sector que había abandonado el cuerpo de Carabineros.

El comandante Bertomeu, capitán [De] Miguel, los dos de Infantería, alcalde Madroñero y diputado Nicolás de Pablo manifiestan que, en vista de que ya está abandonada la defensa y abierta por todos sitios la plaza, hay que abandonarla y marchar a la frontera. Reconozco la situación desesperada en que nos encontramos, pero es necesario aguardar hasta el último momento y de ninguna manera pasar la frontera y, buscando el punto más débil del enemigo, atravesar sus líneas y marchar hacia cualquier sitio; dicen que esto no puede efectuarse pues el cerco es ya completo y sólo queda la parte del Guadiana que se puede pasar por el Puente de Palmas; nos encontramos en dicho sitio, allí los dejo y parto solo otra vez a recorrer en mi coche la muralla con la esperanza de que una reacción ante el peligro haya hecho acudir a los puestos de defensa a los milicianos que todavía quedan en la plaza. A los anteriores Srs. ya no los volví a ver hasta que tres horas después los encontré en Campomayor (Portugal).

Sólo encuentro milicianos en Puerta Trinidad, en un número aproximado de una docena y están en lo alto de una defensa en la muralla de un túnel donde se refugian cuando aparece un avión. Les llamo y no consigo hacerlos bajar a pesar de que mandé al chófer para que les explicara la situación de la plaza. Su desobediencia impidió toda actuación. En el punto de nominado Memoria de Menacho encuentro al teniente coronel de Carabineros con cuatro milicianos; tiene un fusil en la mano y en ese momento cae herido con un balazo en el cuello. Yo mismo con el chófer tengo que meterlo en el coche, pues nadie lo recoge y se desangra por momentos, llevándolo al Hospital, que está próximo. Vuelvo a la muralla; nadie. Sin embargo, la artillería y fusilería enemiga hace un fuego continuo sobre nuestras posiciones abandonadas. Doy otra vuelta por detrás de la muralla; sigue todo igual. La fiebre se ha apoderado de mí. El brazo herido pesa como plomo. Al pasar por Puerta de Palmas el chófer, que parece aterrorizado, aprieta el acelerador, pasa el Puente y en dos minutos estamos en la frontera. Me salvó la vida, pero me parece que me he dejado mi dignidad profesional y mi honor de militar en Badajoz ante tanta cobardía y tanta traición de los unos y de los otros. Era próximamente las tres de la tarde. Desde la frontera un oficial portugués me llevó a Campomayor (Portugal), en donde me encontré al comandante Bertomeu, a Madroñero y a Nicolás de Pablo. Otro oficial portugués nos conduce a estos oficiales y a mí a Elvas, a la Comandancia Militar, y desde ella a mí sólo al Hospital Militar de esa plaza, en donde me hacen una cura y me encaman dejándome en una habitación encerrado y rigurosamente incomunicado.


Badajoz

Fue una plaza fuerte rodeada de antiguas murallas. La fortificación dejaba mucho que desear para una guerra moderna, pero estaba en condiciones de haberla adoptado [adaptado] a las necesidades de la técnica militar del día con algunas modificaciones y abrigos hechos en la misma muralla. Necesidad absoluta por encontrarse Badajoz a cinco kilómetros de la frontera, pero, no entendiéndolo así, los concejales de dicha población acordaron destruir sus murallas y desde hacía año y medio no cesaron en esta tarea. En la actualidad se encontraba abierta por tres lados, alguno de ellos, como el correspondiente a lo que fue Puerta del Pilar, con unos doscientos metros de extensión, con lo cual su ya escasa importancia militar quedó desparecida. Los ediles que ordenaron esta destrucción hicieron un flaco servicio a la República. A pesar de todo, si los puntos de defensa que sobre el terreno se organizaron no hubieran sido abandonados por los que los guarnecían, la plaza ?yo estoy seguro? no hubiera podido ser tomada.

Emisiones de radio clandestinas daban noticias a Sevilla de todo cuanto ocurría en Badajoz. Una orden general publicada en la de la plaza era comentada por Queipo de Llano en Sevilla a la hora y media de su publicación en su charla habitual que oía por medio de la radio toda la población.

Las órdenes que se daban a la policía para los servicios sobre este extremo, como cuanto se relacionaba con la información necesaria, eran saboteadas por ella, que haciendo protesta de lealtad fue, como la Guardia Civil, nuestro gran enemigo.

Desde patios y azoteas se oían durante la noche continuos tiroteos producidos por los fascistas que sembraban la alarma en la ciudad. Todas cuantas disposiciones he tomado para evitarlo fueron inútiles.

En Badajoz el enemigo interior fue tan importante y numeroso y a veces más que el exterior; en resumen, la población era una caldera en ebullición. De los pueblos de la provincia acudían en continua peregrinación hombres pidiendo armas y municiones que no se podían dar ya por haberse terminado, marchándose renegando de las autoridades y del Gobierno a pesar de exponerles la situación [en] que éste se encontraba, bien a su pesar, al no poder atenderlos y exhortándoles a que la resistencia se hiciera con los escasos medios de que se disponía. En los días de bombardeo por la aviación enemiga, al ver que no acudía la gubernamental, su moral se resquebrajó totalmente. Las protestas contra el Gobierno arreciaron. Los que parecía [que] debían estar más interesados en el triunfo de la causa del pueblo y tener más comprensión eran los más rebeldes.


Las fuerzas

El Regimiento de Infantería nº 3. Este Regimiento desde antes de la sedición se encontraba comprometido para seguir el movimiento militar. El coronel Cantero, hombre débil y con pocas energías, no ponía dificultades. Los tenientes coroneles, capitanes y tenientes pugnaban por la sublevación. Los comandantes, capitán De Miguel y algunos alféreces se esforzaban por no salirse de la legalidad. La mayor parte de los oficiales eran fieles a la República y los soldados y cabos parecían estar influenciados por éstos. En este estado de forcejeo y nerviosismo llegué a Badajoz, lo que hizo cobrar alientos a unos y desmayo a otros. Hacía unos días se habían destacado a Madrid, a las órdenes del comandante Farrona, la mitad de su fuerza y como casi la mitad de su plantilla total se encontraba con permiso de verano sólo quedaban en la plaza unos trescientos hombres.

Destituí a los dos tenientes coroneles y la pretendida sublevación pareció quedar desarticulada. De la fuerza, encuadrada en dos compañías, tomó el mando el comandante Bertomeu, que fue fiel a la República.

Con los soldados de todas las armas que estaban con licencia en la provincia ordené que se concentraran en Badajoz; se formó otras dos compañías, que quedaron bajo el mismo mando. En particular estos últimos parecían estar con exaltación republicana; pero en los primeros días de bombardeo de la aviación huyeron casi todos y se volvieron a sus pueblos. También hiciéronlo así gran parte de los que componían las dos primeras compañías.

El día 13 escasamente quedaban en la plaza sesenta o setenta de éstos. El pánico fue general pero puedo asegurar que no hubo mucho empeño por la mayoría de los oficiales y suboficiales en impedir la huida. Bien es verdad que la mayor parte de estos fueron afectados del mismo mal. El 14 y próximamente a las 9 de la mañana, con todos sus oficiales, comandante Alonso y la tropa que quedaba, ya muy escasa, con los oficiales de la Caja de Reclutas, se pasaron al enemigo, saliendo por la que fue puerta de la Poterna del Cuartel de la Bomba y posiciones inmediatas, abandonando y dejando abierto por tanto un gran sector de defensa.


Los Carabineros

Este Cuerpo, casi en su totalidad, era republicano. El teniente coronel Pastor, que lo mandaba, era hombre de probada fe del que no había que dudar. Le ordené que concentrara en la población toda la fuerza que fuera posible, reuniendo unos doscientos hombres, con los cuales se formaron dos compañías, después [de] que la Sección de Especialidades de Asalto con sus ametralladoras y morteros quedara agregada a estas fuerzas bajo el mando de dicho teniente coronel.

Los carabineros, si bien se manifestaron leales y con buen espíritu republicano, bien pronto pude observar [que] no eran fuerzas combatientes; tardos y pesados no dieron nada de sí a pesar del esfuerzo que puso su jefe en que rindieran algún producto.

En Los Santos de Maimona su actuación negativa hizo fracasar la operación y con ello se abrió paso a las fuerzas enemigas en su avance hacia Mérida y que trajo como consecuencia el derrumbamiento de la provincia. En Badajoz el miedo a la aviación les hizo abandonar las posiciones y aun la plaza, pasándose unos al enemigo y otros internándose en Portugal (uno de mis mayores enemigos fue la proximidad de la frontera); si traicionaron lo hicieron por miedo insuperable, hubo algunos que se escondieron en las casas y en sus escondrijos quedaron. Luego he sabido que el enemigo, a quien fueron denunciados, los pasó por las armas. El día 13 por la mañana quedaban muy pocos en las fortificaciones. El día 14 ya no quedaba uno, por lo que el sector que comprendía el de la Puerta Trinidad a la de Palmas quedó abierto al enemigo.


La Guardia Civil

El Cuerpo de Seguridad


Mandaba dicho Cuerpo el comandante D. Luis Benítez y sus efectivos se componían aproximadamente de 40 hombres de Seguridad y 30 de Asalto, constituyendo estas últimas la Sección de Especialidades con cuatro ametralladoras y dos morteros de 50. Era su único oficial el teniente Acosta, prototipo de la traición y de la cobardía; siempre supuse adicta a estas fuerzas hasta los sucesos del día 6, en que el teniente con su sección, armas, municiones y todas las máquinas abandonando su cuartel se pasó al de ésta [la Guardia Civil], en donde, sublevados, se hicieron fuertes. Cuando, noticioso, su comandante fue a dicho cuartel a enterarse de lo que ocurría fue hecho prisionero por la Guardia Civil sin que los de Asalto se opusieran.

Siempre sostuvo el comandante Benítez, y yo así lo creo, que fuera del teniente Acosta, que engañó a sus fuerzas diciéndoles que iba a ser asaltado el cuartel de la Guardia Civil, que estaba custodiado por estar desarmado por una guardia del Cuerpo de Seguridad y que era necesario ir en su ayuda y protección, el resto de la fuerza permaneció siempre a las órdenes del Gobernador, dando las guardias del Gobierno Civil, la de los bancos y otros y la de su prevención, en donde se encontraba el depósito de municiones y explosivos.


Las Milicias

Puse especial cuidado en la organización de estas fuerzas a pesar de la precipitación con que hubieron de organizarse formándolas en secciones de 30 hombres y poniendo a su frente a un comandante que se encontraba disponible y que se ofreció como republicano y a un capitán retirado que se ofreció igualmente. Se organizaron éstas por las relaciones que me entregó el diputado Nicolás de Pablo con los afiliados a los sindicatos denominados ?Trabajadores de la Tierra?. Éstos, a pesar de los discursos que continuamente se les dirigía para que se adaptaran al mando, manifestando ?que no tenían por qué sujetarse a disciplina alguna y que no eran militares?, pensando siempre en volverse a sus pueblos, como parece [que] ordenaban sus comités, que así hicieron muchos.

Los dirigentes a los que acudí en petición de ayuda para que procuraran informarse no lo hicieron o nada consiguieron pues el mal me fue imposible corregirlo. Las últimas milicias que armé ya lo hice con obreros de Badajoz, pues supuse que cuando menos estos no se marcharían de la plaza. Saqué poco producto de ellos y cuando me vi precisado a mandar fuerzas a Mérida los utilicé ordenándoles que regresaran a Badajoz una vez cumplido su cometido en Mérida; allí estuvieron y a pesar de que abandonaron Mérida no volvieron y de ellos no supe ya nunca. En resumen, estas milicias fueron un gran fracaso.