B.1.6 ¿Puede terminar la jerarquía?

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Frente al hecho de que la jerarquía, en sus diversas formas, ha estado por largo tiempo con nosotros y modela de manera tan negativa a quienes se hallan sujetos a ella, algunos podrían concluir que la esperanza anarquista de acabar con ella, o aun reducirla, es poco menos que un sueño, una utopía. Seguramente, se argüirá, como los anarquistas reconocen que quienes están sujetos a la jerarquía se adaptan a ella, ¿esto excluye automáticamente la creación de personas capaces de liberarse de ella? [duda]

Los anarquistas disienten. La jerarquía puede terminar, tanto en sus formas espeíficas como a nivel general. Una rápida mirada a la historia de la especie humana muestra que es posible. La gente que ha estado sujeta a la monarquía ha acabado con ella, creando repúblicas allí donde reinaba el absolutismo. La esclavitud y la servidumbre han sido abolidas. Alexander Berkman sólo afirmaba lo obvio al señalar que “muchas ideas, una vez creídas ciertas, han llegado a considerarse malas e incorrectas. Es el caso de las ideas del derecho divino de los reyes, de la esclavitud y la servidumbre. Hubo un tiempo en todo el mundo creía que esas instituciones eran adecuadas, justas e inmutables.” No obstante, fueron “desacreditadas y perdieron su dominio sobre la gente, y finalmente las instituciones que incorporaban esas ideas fueron abolidas” ya que “sólo eran útiles a la clase dominante” y “fueron deshechas por levantamientos y revoluciones.” [What is Anarchism?, p. 178] Es improbable entonces que las actuales formas de jerarquía estén exentas de este proceso.

Hoy podemos ver que éste es el caso. Los comentarios de Malatesta datan de más de un siglo, y son aún válidos: “las masas oprimidas [...] nunca se han resignado por completo a la opresión y a la pobreza [... y] se muestran sedientas de justicia, libertad y bienestar.” [Anarchy, p. 33] Los de más al fondo están constantemente resistiéndose a la jerarquía y sus negativos efectos, e, igualmente importante, creando formas de vida y de lucha no-jerárquicas. Este constante proceso de auto-actividad y auto-liberación puede observarse en los movimientos obreros y feministas, entre otros –en los que, en cierto grado, las personas crean sus propias alternativas basadas en sus propios sueños y esperanzas. El anarquismo se basa y se desarrolla en este proceso de resistencia, esperanza y acción directa. En otras palabras, los elementos libertarios que los oprimidos producen continuamente en su lucha al interior y en contra de los sistemas jerárquicos se extrapolan y generalizan en lo que se denomina anarquismo. Son esta lucha y los elementos anarquistas que generan, los que hacen que el fin de toda forma de jerarquía sea no sólo deseable, sino también posible.


Entonces, ya que el impacto negativo de la jerarquía no es extraño, tampoco lo es la resistencia a ella. Esto porque el individuo “no es un papel en blanco sobre el que la cultura escribe su texto; es un ente cargado de energía y estructurado de cierta manera, el cual, mientras se adapta, reacciona de ciertas maneras específicas y cognoscibles a condiciones externas.” En este “proceso de adaptación,” las personas desarrollan “definidas reacciones mentales y emocionales que surgen de propiedades específicas” de nuestra naturaleza. [ Erich Fromm, Man for Himself, p. 23 y p. 22] Por ejemplo:

El hombre puede adaptarse a la esclavitud, pero reaccionará a ella reduciendo sus cualidades morales e intelectuales [...] El hombre puede adaptarse a condiciones culturales que exigen la represión de las pulsiones sexuales, pero cuando logra adaptarse desarrolla [...] síntomas de neurosis. Puede adaptarse a casi cualquier patrón cultural, pero en tanto éste se contraponga a su naturaleza, desarrollará perturbaciones mental y emocionales que luego lo forzarán a cambiar esas condiciones, dado que no puede cambiar su naturaleza [...] Si [...] el hombre pudiera adaptarse a todas las condiciones sin luchar contra aquéllas que van en contra de su naturaleza, no tendría historia. La evolución humana se funda en la adaptabilidad del hombre y en ciertas cualidades indestructibles de su naturaleza que lo compelen a buscar condiciones que se ajusten mejor a sus intrínsecas necesidades.

Op. cit., pp. 22-23

Y así como hay quienes se adaptan a la jerarquía, hay quienes se resisten. Esto quiere decir que la sociedad moderna (capitalista), como cualquier otra sociedad jerárquica, se enfrenta a una contradicción directa. Por un lado, estos sistemas dividen a la sociedad en un pequeño estrato que da las órdenes y la vasta mayoría de la población que (oficialmente) están excluidos de la toma de decisiones, siendo rebajados a llevar a cabo (ejecutar) las decisiones tomadas por los menos. Resultado: la mayoría de las personas se sienten alienadas e infelices. Sin embargo, en la práctica, las personas tratan de superar su posición de impotencia, y así la jerarquía genera una lucha contra ella misma a manos de quienes se le someten. Este proceso sucede todo el tiempo, en mayor o menor medida, y es un aspecto esencial en la creación de la posibilidad de conciencia política, cambio social y revolución. Las personas se rehúsan a ser tratadas como objetos (como lo requiere la sociedad jerárquica), y al hacerlo crea la posibilidad de su destrucción.

Ya que la desigualdad de poder y riqueza producida por las jerarquías, entre poderosos e impotentes, entre ricos y pobres, no fue ordenada por fuerzas divinas, naturales ni sobrehumanas. Fue creada por un sistema social en específico, sus instituciones y operación –un sistema basado en relaciones sociales autoritarias que nos impactan física y mentalmente. Entonces sí hay esperanzas. Así como los rasgos autoritarios se aprenden, así también pueden ser desaprendidos. Como lo sintetiza Carole Pateman, las evidencias sustentan el argumento de “que nosotros aprendemos a participar, participando”, y que un ambiente participativo “también puede ser efectivo en la disminución de la tendencia a actitudes no-democráticas en el individuo.” [Participation and Democratic Theory, p. 105] Así la opresión engendra su resistencia y las semillas de su propia destrucción.

Es por esto que los anarquistas recalcan la importancia de la autoliberación (ver sección A.2.7) y “apoyan toda forma de libertad parcial, porque estamos convencidos de que uno aprende a través de la lucha, y que una vez que se comienza a disfrutar un poco de libertad, uno acaba por quererlo todo.” [ Malatesta, Errico Malatesta, His Life and Ideas, p. 195] Por medio de la acción directa (ver sección J.2), las personas se esfuerzan y se levantan por sí mismas. Esto rompe el condicionamiento a la jerarquía, rompe la sumisión que requieren y producen las relaciones sociales jerárquicas. Así, la lucha cotidiana contra la opresión “sirve como campo de entrenamiento para desarrollar” en el individuo “el entendimiento de su rol adecuado en la vida, para cultivar la auto-confianza y la independencia, enseñarle la ayuda mutua y la cooperación, y hacerle consciente de su responsabilidad. Aprenderá a decidir y actuar por sí mismo, sin dejar a los líderes o políticos la atención y el cuidado de su bienestar. Será quién determine, junto a sus compañeros [...], lo que necesitan y los métodos que servirán mejor a sus propósitos.” [Berkman, op. cit., p. 206]

En otras palabras, la lucha aviva todos los rasgos que la jerarquía corroe y, en consecuencia, desarrolla las capacidades no sólo de cuestionar y resistirse a la autoridad sino, en último término, de acabar con ella de una vez por todas. Esto significa que cualquier lucha cambia a quienes toman parte en ella, politizándolos y transformando sus personalidades al despojarse de los rasgos serviles producidos y requeridos por la jerarquía. Como ejemplo, luego de las huelgas de brazos caídos en 1937 en Flint, Michigan, un testigo vio cómo “el auto-trabajador se convirtió en un ser humano diferente. Las mujeres que habían participado activamente se transformaron en mujeres distintas [...] Caminaban distinto, con la frente en alto y confianza en sí mismas.” [Genora (Johnson) Dollinger, en Voices of a People's History of the United States, Howard Zinn y Anthony Arnove (editores), p. 349] Tales cambios suceden en toda lucha (ver también la sección J.4.2). Para los anarquistas no es nuevo porque, como se discute en las secciones J.1 y J.2.1, desde hace tiempo hemos reconocido las aspectos liberadores de la lucha social y el rol clave que desempeña en la creación de personas libres y otros requisitos y condiciones previas y necesarias para una sociedad anarquista (como la estructura social inicial; ver la sección I.2.3).

Sobra decir que un sistema jerárquico como el capitalismo no puede subsistir sin una clase obrera insumisa, y los jefes emplean una cantidad considerable de tiempo, energía y recursos en intentar quebrar el ánimo de la clase trabajadora para que se someta a la autoridad (ya sea involuntariamente, por miedo a ser ejecutados, o voluntariamente, induciéndolos a creer que la jerarquía es natural o premiando la subordinación). No es tampoco extraño que esto nunca llegue a tener éxito, y es así cómo el capitalismo está regado de constantes luchas entre oprimidos y opresores. Algunas de estas luchas tienen éxito, otras no. Algunas son defensivas, otras no. Algunas, como las huelgas, son visibles, otras no tanto (como trabajar a un ritmo más lento e ineficiente que lo que la gerencia quiere). Y estas luchas son emprendidas por ambas partes de la escisión jerárquica. Quienes están sujetos a la jerarquía luchan por limitarla e incrementar su propia autonomía, y quienes ejercen la autoridad luchan por magnificar su poder sobre el resto. El ganador varía. Durante los sesenta y setenta hubo crecientes victorias a favor de los oprimidos en todo el espectro capitalista pero, infelizmente, a partir de los ochenta, como se discute en la sección C.8.3, ha habido una implacable lucha de clases dirigida por los poderosos, quienes han logrado derrotar en numerosas oportunidades a la clase trabajadora. Cabe añadir que los ricos se vuelven más ricos y poderosos desde entonces.

Entonces, los anarquistas participan en la constante lucha social, en un esfuerzo por acabar con ella de la única forma posible: el triunfo de los oprimidos. Una pieza clave de esto es la lucha por libertades parciales, reformas de mayor o menor alcance, fortaleciendo a la vez el espíritu revolucionario y comenzando el proceso de aniquilación de la jerarquía. De estas luchas enfatizamos la autonomía de los involucrados y no sólo los vemos como el medio de conseguir más justicia y libertad en el actual sistema no-libre, sino también como un medio de exterminar las jerarquías contra las que luchan de una vez por todas. Así, por ejemplo, en la lucha de clases abogamos por "[l]a organización de pies a cabeza, comenzando por el taller y la fábrica, con la fundación de los intereses comunes de todos los trabajadores, independientes del gremio, la raza o la nacionalidad" [ Alexander Berkamn, op. Cit., p. 207] Dicha organización, como ya dijimos en la sección J.5.2, sería emprendida a través de asambleas en los lugares de trabajo, y constituiría el medio ideal para reemplazar la jerarquía industrial capitalista por la auténtica libertad económica, i.e. La auto-gerencia obrera de la producción (ver la sección I.3). De igual modo, en la comunidad defendemos las asambleas populares (ver la sección J.5.1) como un medio no sólo de combatir el poder estatal sino también para reemplazarla por comunidades libres, autogestionadas (ver la sección I.5).

De tal manera que la propia lucha actual tiende el puente entre lo que es y lo que podría ser:

Asamblea y comunidad deben surgir desde el interior del mismo proceso revolucionario; es más, el proceso revolucionario debe consistir en la formación de asambleas y comunidades, y con ello, la destrucción del poder. Asamblea y comunidad deben convertirse en 'palabras de lucha', no en panaceas lejanas. Deben constituirse como formas de lucha contra la sociedad existente, no como abstracciones teóricas o programáticas.

Murray Bookchin Post-Scarcity Anarchism, p. 104

Eso no es todo. Así como necesitamos luchar contra el estado y el capitalismo, también necesitamos luchar contra otras formas de opresión. Esto significa que los anarquistas aducen que se necesita combatir las jerarquías sociales como el racismo y el sexismo, la jerarquía laboral y las clases económicas; necesitamos enfrentarnos a la homofobia y al odio religioso tanto como al estado policial. Estas opresiones y luchas no se distancian de la lucha contra la opresión de clase o el capitalismo, sino que forman parte de la lucha por la libertad humana, y no se las puede ignorar sin dañarlas fatalmente.

Como parte de ese proceso, los anarquistas apoyan y defienden la incorporación de todos los sectores de la población por su humanidad e individualidad, resistiéndose a la actividad racista, sexista y anti-homosexual, y desafiando tales visiones en cotidianidad y en todo lugar (como señala Carole Pateman, "la dominación sexual estructura tanto el lugar de trabajo como la vida conyugal” [The Sexual Contract, p. 142] Significa la lucha de toda la clase obrera en contra de las tiranías internas y externas que enfrentamos –debemos luchar contra nuestros propios prejuicios a la vez que apoyar a quienes tienen enemigos comunes con nosotros, sin importar su género, color de piel o sexualidad. Las palabras de Lorenzo Kom'boa Ervin acerca de la lucha contra el racismo son aplicables a cualquier forma de opresión:

{{cita|El racismo debe ser combatido vigorosamente dondequiera que se encuentre, ya sea en nuestras propias filas y aun en nuestros propios pechos. De igual modo, debemos acabar con el sistema de privilegio de piel blanca que emplean los jefes para dividir a la clase y someter racialmente a los trabajadores oprimidos a la explotación. Los obreros blancos, especialmente en Occidente, deben resistirse al intento de usar una sección de la clase obrera para ayudarlos a avanzar, mientras se retienen las ganancias de otro segmento en base a la raza o la nacoinalidad. Este tipo de oportunismo y capitulacionismo de clase por parte de los obreros blancos deben ser desafiadas y derrotadas directamente. No podrá existir unión en los trabajadores hasta que el sistema de sobreexplotación y la Supremacía Blanca mundial llegue a un fin.|Anarchism and the Black Revolution, p. 128|]]

La progresión hacia la igualdad puede ser y ha sido hecha. Mientras aún es cierto que (en las palabras de Emma Goldman) “[e]n ninguna parte la mujer es tratada de acuerdo al mérito de su trabajo, sino más bien como un sexo” [Red Emma Speaks, p. 177] y que la educación sigue siendo patriarcal, con mujeres jóvenes todavía siendo apartadas de carreras y trabajos tradicionalmente “masculinos” (lo que enseña a los niños que a hombres y mujeres les corresponden diferentes roles en la sociedad y los prepara para aceptar esas limitaciones a medida que crecen), también es verdad que la posición de la mujer, como la de los negros y homosexuales, ha cambiado. Esto se debe a diversos movimientos auto-organizados de autoemancipación, los cuales se han desarrollado continuamente a través de la historia, siendo la clave de lucha contra la opresión en el corto plazo (y creando el potencial para la solución a largo plazo para desmantelar el capitalismo y el estado).

Emma Goldman aducía que la emancipación comienza "en el alma de la mujer." Sólo a través de un proceso de liberación interna, en la que los oprimidos logran reconocer su propio valor, se respetan a sí mismos y a su cultura, ellos pueden estar en una posición para combatir de manera efectiva (y vencer) la opresión y las actitudes externas. Sólo una vez que te respetas a tí mismo puedes estar en posición de que otros te respeten. Los hombres, los blancos y heterosexuales que se oponen a la intolerancia, la inequidad y la injusticia deben apoyar a los grupos oprimidos y rehusarse a condonar las actitudes y acciones racistas, sexistas u homofóbicas de otros y de ellos mismos. Para los anarquistas, "ni un sólo miembro del movimiento obrero puede ser discriminado, reprimido o ignorado impunemente [...] Las organizaciones obreras [y de otras índoles] deben estar construidas sobre el principio de libertad igualitaria de todos sus miembros. Esta igualdad implica que sólo cuando cada trabajador es una unidad libre e independiente, que coopera con el resto en virtud de intereses mutuos, el movimiento obrero puede funcionar con éxito y hacerse poderoso." [ Lorenzo Kom'boa Ervin, op. cit., pp. 127-8]

Debemos tratar a todas las personas como iguales respetando al mismo tiempo sus diferencias. La diversidad es una fortaleza y fuente de gozo, y los anarquistas rechazan la idea de que igualdad significa conformismo. Con estos métodos, de auto-liberación interna y solidaridad ante la opresión externa, podemos luchar contra la intolerancia. El racismo, el sexismo y la homofobia pueden ser reducidas, quizá casi eliminadas, contestando a sus golpes con autonomía y rehusando ser sometido a abusos raciales, sexuales o antigay o dejando a otros salirse con la suya (lo cual cumple un papel esencial en hacer al resto consciente de sus propias actitudes y acciones, ¡actitudes a las que incluso pueden estar ciegos!).

El ejemplo de las Mujeres Libres en España durante los años treinta muestra que es posible. La mujeres anarquistas invlucradas en el CNT y la FAI se organizaron autónomamente para llevar al debate el problema del sexismo en el movimiento libertario a nivel global, incrementar la participación de la mujer en las organizaciones libertarias y ayudar en el proceso de la autoliberación de la mujer de la opresión machista. En este camino también debieron combatir las actitudes sexistas (demasiado comunes) de sus "revolucionarios" compañeros anarquistas. El libro de Martha A. Ackelberg Free Women of Spain es un excelente recuento de este movimiento y los problemas que levanta a los ojos de quienes se preocupan de la libertad. Décadas más tarde, el movimiento feminista de los sesenta y setenta siguió la misma senda, proponiéndose desafiar el sexismo tradicional y el patriarcado de la sociedad capitalista. También formaron sus propias organizaciones para luchar por sus propias necesidades como grupo. Trabajaron juntas y concitaron fuerzas para sus batallas personales en el hogar y en la sociedad.

Otra parte esencial de este proceso consiste en que tales grupos autónomos se apoyen activa y mutuamente en la lucha (incluyendo a miembros del/la raza/sexo/género dominante). Esta solidaridad y comunicación práctica pueden, al combinarse con los efectos radicalizantes de la lucha misma en sus participantes, ayudar a romper con el prejuicio y la intolerancia, socavando las jerarquías sociales que nos oprimen a todos. Por ejemplo, el apoyo de grupos de gays y lesbianas a la huelga minera de 1984/5 en el Reino Unido, resultó en que dichos grupos tuvieron lugares de honor en varias marchas de mineros. Otro ejemplo es la gran huelga de obreros judíos inmigrantes en Londres, en 1912, y que ocurrió al mismo tiempo que una gran Huelga del Muelle de Londres. "La lucha común reunió a obreros judíos y no-judíos. Se organizaron asambleas conjuntas, y los mismos voceros hablaron en las manifestaciones conjuntas." La huelga judía fue un éxito, dando el "golpe de gracia al sistema de explotación en los talleres. Los trabajadores ingleses ya miraban con otros ojos a los obreros judíos después de su victoria." La huelga del muelle de Londres continuó y muchas familias de estibadores seguían pasando necesidad. Los exitosos huelguistas judíos emprendieron una campaña "para llevar a los niños de los estibadores a sus hogares." Esta ayuda práctica "contribuyó en gran medida a estrechar la amistad entre trabajadores judíos y no-judíos." [ Rudolf Rocker, London Years, p. 129 y p. 131] Esta solidaridad fue devuelta en octubre de 1936, cuando los estibadores fueron los primeros en detener las marchas de los fascistas camisanegras de Mosley al interior de áreas judías (la famosa batalla de Cable Street).

Para los blancos, los hombres y los heterosexuales, la punica aproximación anarquista es apoyar a otros en la lucha, rechazar la intolerancia de las otras personas y despojarse de sus propios miedos y prejuicios (sin dejar a la vez de ser crítico de las luchas de autoemancipación –¡solidaridad no quiere decir apagar el cerebro!). Por supuesto esto implica llevar el problema de la opresión social a todas las organizaciones y actividades obreras, asegurándose de que en ellos no se margine a ningún grupo oprimido.

Sólo así se puede debilitar la aprehensión a esas enfermedades sociales y crear un sistema mejor, no jerárquico. Dañar a alguien es dañar a todos.


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